A decir verdad no me entusiasma
en absoluto viajar, pero mi profesión me lo exige de vez en cuando. Lo que más
detesto es conducir. Si voy con mi esposa, es ella quien conduce; si con mi
hijo mayor, entonces él. A pesar de todo, hay ocasiones en que los viajes dejan
cierta huella, un recuerdo, un resabio, una anécdota quizás, digna de ser
contada; al menos yo quisiera contarla, una historia más de las que ya existen
en número tan grande, que no pocas quedarán mudas, porque no encuentren un
lector en quien subsistir, y eso que son historias escritos, pues las orales,
las que no llegan a grabarse en papel o en microchip o en celuloides, las
orales mueren tan pronto salen de los labios del bardo, sobre todo las
historias triviales, pero todas. Cuando las cuentan a un espectador indiferente
a ellas, caen en el olvido apenas ven la luz; a nadie le interesan los asuntos
ajenos, si no interfieren en su vida. Tal vez ésta, mi historia, llegue a
formar parte de esas otras que dejan de existir sin haber nacido, tal vez no
merezca la pena escribirla o grabarla o rememorarla; quizás no tenga sentido
contar una historia más, habiendo tantas por descubrir.
En
fin, el caso es que el coche se negó a seguir andando más, de eso hace un mes,
día más día menos, parándose en una de esas carreteras tan largas y tan rectas,
que sin siquiera se adivina donde termina o donde empieza otra o donde se
desvía o donde se estremece o donde se apacigua, una carretera secundaria como
hay muchas en tierra castellana, esa tierra atravesada por caminos en todas
direcciones, que parecen las arrugas de una piel reseca por el calor y el
cansancio. Inútil intentar arrancar el motor; se ahogaba nada más girar la
llave. Era una protesta suave, sin estridencias, la negativa a seguir adelante
sin antes repostar su pábulo: el indicador de la gasolina, el piloto rojo
chillón que tanto me había molestado aquella noche, era la voz del vehículo
pidiendo, es más, exorando gasolina. ¿Qué hacer? A lo lejos se veía una luz
diminuta. Si se trataba de una casa, de las que se resisten a derruirse en
medio de la nada, y sus habitantes, sin duda agricultores encallecidos, a
rendirse y acabar emigrando al pueblo más próximo o a la ciudad lejana, al otro
mundo de su mundo; si se trataba de esa casa, entonces no estaría tan lejos
como la luz diminuta mostraba.
Todo
fueron atenciones. Era una casería hombruna; esto es, un lugar regido por y
para hombres, como si hiciese años, siglos que una mujer no entraba allí o que
la mujer, que con ellos estuviere, no conviviera, sino viviera independiente de
la estancia y de los inquilinos. Padre e hijo se desenvolvían torpemente, mas
era lo único con vida; las paredes tenían más de lápidas que de paredes, los
muebles tenían el aspecto de llevar inmóviles varios milenios, hasta la comida
vertida en los platos daba la impresión de estar fuera de este mundo. No me
extrañó, pues, la disparidad entre el carácter de los hombres: su físico
imponente moldeado en el trabajo, sus modales desmañados, su habla burda; y la
viejecita que se sentó a la mesa, encogida, minúscula, como metida en sí misma.
Entró en la cocina, que servía de comedor, arrastrando los pies, con el peso
del mundo a sus espaldas, la mirada barriendo el suelo polvoriento; me miró con
unos ojos desapasionados, hueros, ojos de muerto. Entró en la cocina como un
espectro, sin saludo, sin habla, sin espíritu. Luego, se sentó en una silla a
la mesa, una silla que era suya, porque se sentó en ella con la naturalidad de
quien hace las cosas sin saber que existen otras formas de hacerlas, una silla
ante la que no había platos ni vasos ni pan ni cucharas ni cubierto alguno; sea
cual fuere el motivo, aquella noche no cenaría con nosotros. Es probable que su
cena tuviera lugar más tarde, a solas, como un niño, una niña castigada por
alguna travesura.
Mientras
cenábamos, la viejecita persistía en su silencio, en su inmovilidad,
insistiendo en abstraerse del mundo, creo que a veces ni respiraba; sólo oye y
observa sin levantar la vista. Las manos cruzadas sobre el regazo. Las piernas,
que asomaban bajo los faldones decimonónicos, colgando de la silla, tan cortas
que ni tocaban el suelo. La piel seca, sobre la que alguien había ido
cincelando miles de arrugas y pintado con paciencia esas manchas oscuras que
anuncian la decrepitud; el alma misma de su propia tierra, la reseca tierra con
sus carreteras secundarias como arrugas o venas o pliegues, y los campos de
cultivo, las eras como manchas decrépitas.
Mi
vejiga, por desgracia, ya no es lo que era y todas las noches me veo obligado a
levantarme, despejado el sueño por la necesidad, para acudir al servicio una o
dos veces. Aquella noche la vejiga incordió un par de horas después de la
medianoche, cuando más dulce era el sueño, pero los contratiempos suelen
presentarse de improviso, en mitad de la fortuna. Sentí algo de frío, el aire
gélido de la noche serrana; lo notaba entrar por las rendijas de la ventana con
sus marcos de madera podrida, por eso me arrebujé entre las sábanas antes de
ponerme en pie para ir a desahogar la dichosa vejiga. Pensé en que a la mañana
siguiente tendría que andar tres o cuatro kilómetros hasta el coche, alimentarlo
con un par de litros de gasolina y ponerme en marcha otra vez; odioso viaje, no
sólo el del coche, también el obligado desde el lecho al cuarto de baño. El
suelo estaba helado, así que me puse los calcetines negros remendados. Seguía
percibiendo el frío, me calcé los zapatos. Una brisa fría, la que se escabullía
por las rendijas, me golpeaba con sus carámbanos la espalda desnuda; me coloqué
la chaqueta sobre los hombros, no era cuestión de vestirse completo sólo para
ir a orinar.
Al
cruzar por el pasillo, que va a dar a la cocina, no pude evitar escuchar una
voz que platicaba. Normalmente procuro no atender a las conversaciones ajenas,
pero esta vez ocurría algo extraño, ya que la voz no era masculina, tampoco la
de una viejecita; era una voz que sonaba etérea, tan inmaterial, que así deben
de sonar las de ultratumba. Quise averiguar quiénes charlaban tan apaciblemente
allí dentro y a quién pertenecía la voz desconocida para darle un rostro,
porque una voz sin rostro o un rostro sin voz es como una flor sin aroma, algo
insustancial y anodino; necesitamos relacionar voz y rostro como necesitamos
relacionar una cara con el ser amado. Apoyado en el quicio, inclinaba el cuerpo
cuanto daba de sí, pero la extraña voz salía de una esquina de la cocina
invisible desde la puerta. Sólo la viejecita, ella, el espectro sin
sentimientos, permanecía a la vista en su silla, enfrente de la mesa, las manos
en el regazo y la cabeza gacha, tan gacha que el mentó rozaba su pecho, los
ojos abiertos… parecía que ni tan siquiera respiraba. Para los hombres de
aquella casa la mujer no existía; a mí no me la presentaron ni yo hice para que
así fuera, no hablaban con ella y no se dirigieron a ella en ningún momento; se
comportaban como si no estuviera allí, tan menudita, con grietas en los labios
mudos y los pelos caídos sobre el vestido decimonónico, pelos de muertos que se
dejaban arrastrar desde la cabellera hasta los hombros.
Cuando
regresaba de evacuar las inmundas aguas, alguien cerraba tras de sí la puerta
de una habitación, sólo vi cerrarse la puerta, y la viejecita entraba en un
cuartucho, por lo que vi en tanto la puerta estuvo abierta, donde se desconocía
la existencia del aseo. No había más que fijarse en la entrada, una puerta en
cuyas bisagras debía dormitar algún arácnido dueño de las telas que por allí se
esparcían. Aún más raro resultaba el hecho de que el pomo estuviese cubierto de
polvo inveterado, inviolado desde su nacimiento. Mi preocupación, empero,
seguía estando en el visitante invisible, al menos invisible para mí. Volví a
asomarme a la cocina, entré en ella a oscuras, luego encendí la luz creyéndome
a solas y mi instinto hizo que me girara hacia el rincón en donde se suponía
había estado el otro: nada.
Tardé
en dormirme, desvelado por el frío y por la persona con voz y sin rostro.
Podría tener el aspecto de un campesino frustrado, porque la última cosecha se
hubiere arruinado a causa de una lluvia torrencial, o la de un hombre de
negocios a quien le acabaren de comunicar su bancarrota, o un profesor de
instituto al que le hubieren abierto un expediente disciplinario, o un
sacerdote acusado de abusos sexuales a uno de sus feligreses; pero también
podría tener el rostro de un deportista ganador en una olimpíada, o un obrero a
quien le acabare de tocar el gordo de la lotería, o un actor al que le hubieren
contratado para desempeñar el papel que llevara esperando toda su vida. Podría
haber sido cualquiera de todos ellos, o de todos los que faltan y que nada
tienen que ver; una voz sin rostro a quien podemos dar una personalidad, una
historia; una voz, un locutor de la radio que pasea anónimo por la calle y sólo
lo reconocen cuando habla.
Pensé
también en el hijo dormido, en quién le velaría en su sueño. Algunas noches,
cuando en mi casa regreso a la cama después de la excursión al servicio y, como
en aquella noche, me desvelo, me quedo en vigilia cuidando a mi esposa dormida,
observándola mientras duerme, amándola, confesándole cuánto la necesito, cuánto
necesito saber que ella estará en casa, que me espera tranquila, que aguarda a
que yo retorne de los odiosos viajes, sigo en vigilia porque también en el
sueño se comparte la vida. Pero en aquella casería nadie comparte nada; cada
uno en su habitación y fuera de ella cada cual a lo suyo, sino la voz sin
rostro. Yo sería incapaz de ignorar a mi esposa, lo supe desde la primera vez
que hicimos el amor, cuando apenas nos conocíamos y concebimos el acto sexual
como una mera necesidad biológica. Pero no fue como nos habíamos imaginado,
como cuando lo hacen dos desconocidos que lo único que intentan es darse placer
a sí mismos. Lo nuestro, en cambio, fue bien distinto, pues buscábamos, aun sin
premeditarlo, ofrecernos para el placer del otro, así que ninguno de los dos
disfrutó realmente de ello.
Me
costó horrores reprimir la comezón. Yendo y viniendo por la casa con excusas no
muy creíbles, fui escrutando las habitaciones, todas ellas vacías, excepto la
polvorienta en la que supuse a la viejecita todavía sumida en el sueño; se la
veía tan acabada. Me moría de ganas por preguntar a uno de los dos hombres de
la casa qué rostro tenía la voz de la noche anterior o qué mal pesaba sobre la
abúlica mujer, la ancianita sin voluntad que no respiraba en su silla frente a
la mesa. Incluso me interné por recovecos de insinuaciones y sugerencias, mas
de balde. Parecía que allí sólo vivían ellos dos. Acallé mi curiosidad por no
incurrir en un desaire con los inquilinos, que tan bien me habían tratado.
¿Quién era yo para reprenderlos por su desaire a la viejecita? Quizás el único
misterio que existiese estuviera e en mi cabeza, me excusé a mí mismo; quizás
no fuera más que una anciana, una de tantas, que lo único que espera de la vida
es que termine sin más demora, como los ancianos que se pasan el día con otros
ancianos, recordándose a sí mismos que la muerte no tardará muchos años, meses
tal vez, en venir a buscarlos, y hasta ese momento se dedican a dormir en los
geriátricos sobre su sillón preferido para regresar después a su casa, que ya
no es la suya, sino la de su hijo o su hija o nieto o sobrina, y dormir en la
cama en vez del sillón.
Estoy
convencido de que envejecemos de pronto, no poco a poco, al menos en los
hombres. Una noche nos acostamos excitados por las piernas de aquella joven que
nos encontramos en la calle, aquel culo tan bien formado que parecía imposible
que existiera, un cuerpo veinteañero; a la mañana siguiente nos despertamos,
volvemos a la calle y de nuevo nos encontramos a la misma joven con las piernas
y el culo más de diosa que de mortal, pero cuando la vemos pasar a nuestro lado
deja de ser la primera y se queda en la segunda hecha niña, ya no nos excita,
no nos fijamos en ella; entonces comprendemos que hemos envejecido y su cara ya
será siempre de niña, a menos que su piel se reseque como la tierra árida,
incontables arrugas la resquebrajen como si fueran caminos intrincados y unas
manchas a modo de eras vayan sembrándose por doquier. No es la edad ni la
experiencia, sino la vida, la propia vejez, la conciencia del paso del tiempo,
lo que nos envejece; somos viejos cuando estamos seguros de que ya no somos
jóvenes. Probablemente la viejecita abúlica de las manos en el regazo se
considere más muerta que viva, por eso los vivos no le prestan atención, por
eso no necesita alimentar su cuerpo ni entretenerse con las deleznables
banalidades que la realidad le ofrece. Pueden otros vivir por ella, hablar por
ella, ver por ella y hasta alimentarse por ella; pero nadie está libre de
padecer los mismos infortunios.
En
el momento de despedirnos me desearon buen viaje y me instaron a que les
hiciera una nueva visita. Palabras amables que guardan en sí uno de nuestros
males. Resulta cuanto menos curioso el modo en que nuestro comportamiento se
vuelve cínico e hipócrita a lo largo de los años, incluso en aquellas personas
a las que uno le aplicaría el calificativo de “bueno”. ¿Acaso no nos
comportamos así cada vez que saludamos con un simple “hola”, tal vez con un
“eh” mucho más detestable? Nos cruzamos en la calle con ese amigo de la
infancia con quien habíamos compartido, durante tantos años, nuestros juegos,
sueños y esperanzas… las circunstancias nos alejaron y ahora sólo nos decimos
un “hola”, que es un “te conozco, pero sigue con tu vida, que yo seguiré con la
mía”. Es probable que nos enteremos de su fallecimiento y entonces diremos “a
ése lo conocía yo”, y será mentira.
La
gasolina que me dieron los hombres, el padre, fue suficiente para llegar al
pueblo, en donde un único surtido abastecía a todos los vehículos de la zona.,
Un conjunto de edificios en torno a una plaza, que ni tenía ayuntamiento, sólo
una fuente de la que no emanaba agua, escomida, no el agua, sino la fuente, por
el mal uso y el largo tiempo maltratada. El surtidor de la gasolina estaba
medita en una especie de nave, como si temiesen que el calor estival acabara
reventando el depósito; una nave que daba a una calle, una que no era
principal, porque en estos pueblos, como en todos, no hay calles principales
como en las ciudades, en las que no sólo existe una, sino varias, calles
modernas que no son más que una sucesión de tiendas y establecimientos de
consumo a tal punto, que, si cerramos esos establecimientos, las calles dejan
de tener sentido. Un pueblo metido en sí mismo, como la viejecita del vestido
decimonónico, la anciana abúlica.
Se
me quedó mirando con la cara estúpida de quien no termina de comprender lo que
se le acaba de contar. Se diría que veía en mí a uno de esos extranjeros
venidos de la ciudad en busca de exotismo, como si el campo fuese un lugar de
aventuras cinematográficas, diríase que oníricas; un extranjero que hace mofa
de cuanto desconoce sin reconocerse un chocarrero de mal gusto y pésimo
civismo. “Está usted equivocado”, me dijo, mientras me atendía, con ese tono y
esa sabiduría que sólo los iletrados poseen, frente a las frases inconexas,
enunciados infantiles, discursos gaseosos emitidos por agujeros cerebrales
disfrazados de la autoridad de quienes tienen la oportunidad de ser entrevistados
en algunas televisiones; sin duda el español no razona cuando habla, no piensa
antes de emitir su criterio, por eso grita. Está claro que, en nuestro propio
detrimento, otras muchas veces pensamos más rápido de lo que hablamos, de ahí
que a veces se nos ocurran grandes discursos que, al intentar darlos a luz, se
quedan sin las palabras apropiadas y todo se traba y confunde, aunque yo he
conocido a personas que eran capaces de hablar más rápido de lo que pensaban.
“Está usted equivocado. En esa casa hace muchos años que no vive ninguna mujer.
La anciana que usted cree haber visto, según las señas con las que usted me la
ha referido, debe de ser la abuela del chico”.
Allí
mismo me contó que esta abuela había envenenado a su marido. Como venganza, su
hijo, el mayor de los dos que me habían acogido en su hogar, el hombre de piel
encallecida por la vida del campo, ese mismo hombre había encerrado en la casa
“se dice por ahí” a su madre, muerta al fin de inanición, porque su hijo y el
hijo del hijo le habían negado la comida. “Asunto de malos tratos. La vieja
mató a su marido, porque estaba harta de las palizas que le propinaba, y acabó
padeciendo el maltrato de su hijo. Cosas de la vida, ¿sabe usted?”.
Fantasmas
o no, verdad o no, lo que sigo sin saber es cómo descubrir el rostro de aquella
voz, que oí en la cocina hablando con la viejecita que no debería de existir.