miércoles, 5 de enero de 2022

Como a un perro

 

No lo querrás creer, pero ¿a que no adivinas a quién vi esta mañana? ¡A Eloína! Ya sabes, Eloína, la de Gelín, la hija de Manuela, la sorda. Estaba esperando en la frutería a que me tocara la vez y se llegó a mí por la espalda y me tocó en el hombro y, cuando me di la vuelta para ver quién era, ahí estaba Eloína. Hacía la tira que no nos veíamos, casi no la reconozco de lo cambiada que está; pero, no me extraña, las debe de estar pasando mal por lo de su cuñada Conchita, que estaba casada con el hermano mayor de Eloína, Saturnino; te tienes que acordar, ¿cómo no te vas a acordar? Saturnino, el andaluz lo llamaban, porque no pronunciaba bien las eses. Bueno; pues a lo que iba. Que todo el mundo la critica; a ella y a Lidia, la hija, que fue la que la armó gorda con lo de Conchita. ¡Eso no se hace! ¡Y menos a la familia! Hasta el hermano de Conchita, Juan, cuando le preguntan cómo murió Conchita, él dice que no murió, que la mataron. Y, claro, la cosa llegó a los oídos de Eloína y ahora me viene esta mañana a quejarse, porque Teresa y Adamina andan diciendo por ahí que a Conchita la mató Lidia. Que no, que no lo dicen ellas, le dije, que eso es cosa de su hermano Juan. Y la verdad es que no le falta razón, porque Lidia trató a su tía muy mal; yo creo que Conchita murió de pena. Dos meses, eso fue lo que duró en el geriátrico al que la llevó. Para ser sinceros, no se merecía menos, por lo mal que trató a las otras, a Teresa y a Adamina, que cuidaron de ella tanto y, al final, ya ves, llegó Lidia y se lo llevó todo. No sé cómo pudo haber salido tan ladina, porque sus hermanos no son así; lo que es Gersán, es un cacho de pan, y Fernando, un bendito de Dios que no se entera de nada; si hasta la mujer de Fernando está contra Eloína y Lidia, porque ella ya sabe lo que es eso, que también a ella le hicieron lo mismo cuando murió su padre. Ya ves, a Teresa y a Adamina no les dejó ni un mendrugo de pan; y a Juan, el pobre, ni los “buenos días”. ¡Pobre hombre! Con lo mal que lo trató. Conchita, por muy hermana que fuera suya, le arruinó la vida. Figúrate tú, que si se separó de la mujer fue por culpa de ella, y cuando se arrimó a la otra, lo mismo. Si lo tenía como un perro faldero y, claro, así no se le arrimaba ninguna. La verdad, pobre sí que fue, pero también un calzonazos, que se dejaba manipular por la hermana. ¿Ya te conté lo suyo con la que le limpiaba la casa? Sí, mujer; ¿cómo no te lo iba a haber contado? Pues verás. Resulta que Juan ya está muy mayor, debe de ser unos años primero que Conchita, seguro que tres o cuatro por lo menos, y hay tareas que no puede hacer en casa, así que contrató a una mujer para que pasara por allí un par de días a la semana. Un día la invitó a un café, como amigos, y resulta que se toparon con Teresa en el bar, pero ésta no dijo ni chitón, a lo suyo, “hola” y “adiós”; ¿qué se le iba a ella que si andaba con esta o aquella otra? El caso es que un día tropezó en la calle con Lidia y se le escapó decírselo, sin querer, estaban hablando y se lo contó. Pues verás lo que hizo la zorra de Lidia; le faltó tiempo para ir hasta el geriátrico a visitar a Conchita: “Mira a tu hermano, a Juan, que tiene algo de mozuca por ahí, y las otras, la Teresa y la Adamina, no te dicen nada”, le soltó; y, bueno, la Conchita, que todos sabemos cómo es: “Será desgraciado; él por ahí con una pelandusca y a mí que me parta un rayo”. Y eso que Juan la iba a visitar todos los días en autobús, con lo mal que le sientan los viajes; pero ella, la Conchita, ya sabemos todos de qué pie cojea, ¿qué le importaría a ella si su hermano andaba con una o con otra? Toda la vida igual; lo desgració con esa manía de tenerlo bien atado; en cambio, al otro hermano, a Primo, que ni mira por ella, a ése lo idolatraba: que si Primo esto, que si Primo lo otro, que si Primo lo de más allá; y el tal Primo, que si te veo no me acuerdo; no quería saber nada de ella, ni una sola vez la visitó en vida, y eso que Juan, con quien no se hablaba, lo llamó varias veces por teléfono cuando se puso tan mala. Pero, la tosca de ella ¡hala! Primo era un santo y al otro, a Juan, que tanto se preocupó de ella, no le dejó ni un céntimo, todo para Primo; bueno, para Primo y para Lidia, que bien se la supo camelar, que consiguió que cambiara el testamento después de que ya estaba todo firmado. Un día la sacó del geriátrico, “mañana vas a comer con nostras a casa de mi madre”, le dijo. Y Conchita, tan feliz. Sí, sí; allí le dieron palique y, después de comer, dijo: “Tía, vamos a hablar”, y eso se lo dijo la misma Conchita a Adamina. Y hablararon del testamento, que cómo lo tenía escrito, que qué dejaba qué a quién. Ya sabes, antes de morir Saturnino había hecho un testamento, y Saturnino dejó bien claro que las fincas del Tomelloso eran para Adamina, y las del Barañón para Teresa, y que, cuando él muriese, si moría antes que Conchita, la parte que correspondía a sus hermanos era para ellos. ¡Ya! Ni lo uno ni lo otro. Murió Saturnino y no se repartió nada, que, al parecer, habían hecho otro testamento después, y que quedaba todo para Conchita. Y, luego, ella misma hizo otro, cuando ya estaba viuda, y dejaba las fincas como había dicho Saturnino, el piso se lo quedaba Juan, con todo lo que había dentro, y para el otro, para Primo, no sé qué cantidad de dinero, que ya te puedes imaginar que no era poco. Y, al final, llega Lidia, y se queda con todo. Ahora ya entiendo: cuando tropezábamos con Eloína por la calle y preguntábamos por Conchita, decía que tenía prisa y no podía parar a hablar, y escapaba con el rabo entre las piernas: claro, porque ya estaban en ello y no querían que nadie lo supiera. A mí no me importa que se hayan quedado con todo, con casi todo, porque a Primo tampoco le fue mal, que se quedó con el piso; pero, a Eloína y a Lidia... Si eso no se hace, y menos a la familia. Mira cómo sería que, mientras Conchita estuvo en el primer geriátrico, Juan la iba a ver todos los días; y Adamina y Teresa, unos días iba una y otros días iba la otra. Y siempre que llegaban, lo primero iban al mostrador a preguntar cómo iba Conchita, porque, como tenía esa diabetes tan mala, tenía que comer algo cada poco tiempo, y, bueno, que ahí controlaban lo que comía y los niveles de azúcar y todo eso. Y, luego, salían con ella a dar una vuelta por la calle, a veces, incluso, la llevaban a la peluquería, como ella era tan “puesta”, siempre andaba por ahí presumiendo, pintada y bien arreglada. El caso es que llegó Lidia un día y le dijo que si quería ir a vivir con ella y su marido y su hijo. Conchita vio el cielo abierto, porque no es lo mismo estar en el geriátrico, aunque estuviera bien cuidada, que en una casa. Así que llegó una tarde al geriátrico y les dijo a los encargados que se la llevaba a vivir a su casa, y la sacó de allí. Ya me dirás tú cómo dejaron que se la llevara, porque, cuando la ingresaron, tuvo que firmar Juan, así que para sacarla tenía que firmar también él, porque Conchita ya no estaba para ello. Pero, Lidia la sacó de allí y se la llevó al geriátrico donde trabajaba ella en la limpieza sin decírselo a nadie. ¡Dos meses! Dos meses duró allí. “Mira, tía”, le dijo Lidia; “no puedo llevarte a casa, porque yo trabajo casi todo el día y Jamín sale por ahí y no atiende para nadie, y mi hijo está estudiando, así que no hay nadie que te pueda atender”. La muy artera. Allí la tuvo abandonada hasta que se murió. Yo creo que murió de pena, después de darse cuenta del mal que había hecho: dejar sin nada a Teresa y Adamina, que tanto trabajaron con ella. Fíjate que, antes de ingresarla en el geriátrico, como padecía del Párkinson, aunque ella decía que no, pero cogía una cuchara de sopa y, cuando llegaba a la boca, ya no tenía nada, había caído todo por el camino; pues eso, caía en casa y, como estaba en los huesos de no comer, porque Conchita no comía más que un yogur, y no entero; cada poco caía y no podía levantarse, así que, no sé cómo se las arreglaba, pero conseguía llegar al teléfono y llamaba a Teresa o a Adamina, y éstas dejaban lo que estuvieran haciendo e iban a levantarla. Un día, tres veces seguidas llamó a Adamina; a la cuarta, ésta llamó a Teresa y le pidió que fuera por ella, que tenía que preparar la comida para los niños y no podía ir más veces. Y mientras tanto, la Lidia sin aparecer. Tres años, más, estuvieron así; y en tres meses que asomó Lidia, ésta se lo llevó todo. Y Sarita, la hija de Alvarín, el que tuvo una zapatería en la plaza de la fuente; tienes que acordarte, estás harta de verlo por ahí. Bueno, da igual; Sarita trabaja allí, en el geriátrico al que Lidia llevó a su tía; y decía Sarita que veía a Conchita sentada en un rincón, sola y con la cabeza gacha. Una vez que la vio caer y se lo dijo a Lidia, ésta contestó “pues que se levante”, y siguió a lo suyo; como ya había cambiado el testamento... Decía Sarita que la pobre mujer estaba cada vez más delgaducha y pálida. Normal, en el primer geriátrico cuidaban de ella, de eso ya se encargaba Juan y Teresa y Adamina, que para algo la Concha pagaba un pastón; pero, en ese otro al que la llevó Lidia, no atendían para ella: si quería comer, que comiera, y si no, que lo dejara. Yo pienso que ni siquera le controlaban lo de la diabetes. Que la mataron allí, sobre todo, Lidia, como dice Juan; aunque yo creo, para mí, que Conchita debió de arrepentirse al final y eso aceleró la muerte. Mira como sería, que después de su muerte ni siquiera pusieron una esquela ni le echaron una misa, con lo que ella iba a la iglesia: todos los días con las amigas, siempre emperifollada. Pues ni una misa echaron. Entre Lidia y Primo la llevaron a incinerar y al día siguiente la enterraron en la tumba con Saturnino. Como a un perro la trataron. Ese día estaban allí Eloína y toda su familia, Lidia, Fernando, Gersán; bueno, todos, y Dolores, la que está casada con Juaco. Tú no pareces de este pueblo, ¿cómo no los vas a conocer? Que ella estuvo liada con José, que tenía un bar en la plaza del Ayuntamiento. Pareces tonta, si estoy segura de que los conoces de sobra. Bueno, a lo que iba. Que Dolores estaba en el cementerio, porque había ido a limpiar la lápida de su hermano, el pobre murió abrasado dentro del coche; ¿lo puedes creer? Quedó atrapado en el coche y prendió fuego. Cuando lo sacaron era un trozo de carbón. Pueso eso, que decía Dolores que sólo estaba la familia de Eloína, y ella, que conoce por todo lo que tuvieron que pasar Teresa y Adamina, me llega la otra tarde y me dice que cómo pudieron Adamina y Teresa haber hecho a Lidia lo que hicieron, acusarla de haber matado a Conchita, que se habían portado muy mal con ella. Y encima, después de haber marchado con toda la herencia, entierran a Conchita como a un perro; peor todavía. Si es que eso no se hace. Y encima, ¿no va y me viene Eloína a decirme que si quiere puede denunciar a Adamina y a Teresa por robar a Conchita? Pues, sí, ya ves qué cara tienen. Resulta que, cuando fue Lidia a abrir la caja fuerte de la casa, porque ya sabes que tenía la llave de la casa y la combinación de la cerradura, se topan con que estaba vacía. ¡Qué chasco! ¡Qué bien les cayó! Un par de meses antes, en vida de Conchita, la abrió para guardar no sé qué papeles y allí había dinero y un cofre lleno de joyas, ni siquiera podía cerrar de lo lleno que estaba, porque Conchita, como no tenía gastos y Saturnino tenía una buena paga, empleaba el dinero que cobraba del Estado en comprar joyas, pero nada de baratijas, sino oro. Pues ¡zas! Iba Lidia a echarle las zarpas ¡y no había nada! Seguro que ya se lo había llevado Primo. Pues ahora me llega Eloína y me dice que, si quiere, puede acusar a Adamina de robar las joyas. ¿Y de dónde iba ella a sacar la llave para entrar en el piso y la combinación para abrir la caja fuerte? Pero mucha culpa de todo esto la tiene Conchita, que siempre fue muy mala, ya desde pequeña. “Saturnino tiene que estar en el cielo”, me dijo Juan una vez. “Mira que yo soy su hermano, y no la aguanto más de dos horas seguidas; no sé cómo Saturnino la pudo aguantar tantos años”. A mí no me extraña, porque era un calzonazos; lo traía a la baqueta. Sin ir más lejos, poco antes de caer tan malo e ingresar en el hospital, Conchita le reñía porque no hacía las camas o no iba a recados. “Pero no ves que no puedo con el peso y me ahogo”. Al pobre, que tanto padecía, le había dicho el médico que nada de esfuerzos, que la silicosis estaba muy avanzada. Acuérdate de que a cada poco tenía que poner oxígeno porque no podía respirar. Y esa caradura, ¡hala!: que si vete a la carnicería, que si vete al trastero, que si mueve este mueble. Y el tontorrón de él, a obedecer, como un imbécil. Fíjate cómo lo trataría que, cuando ya estaba para morir en la cama del hospital, Conchita no paraba de reprocharle que la dejara sola, como si se muriera a posta. “Tanto atender para él”, se quejaba, “y yo aquí con estos dolores de espalda”. De dolores no se muere, pero Saturnino ya estaba en las últimas; hasta en ese momento hacía burla de él. Además, ella siempre fue muy quejica, así que lo de los dolores no debían de ser para tanto. Bueno, pues eso, que Eloína y yo estuvimos charlando un tanto de todo menos de lo de Conchita; porque, claro, a ver quién es la guapa que menta lo que hizo Lidia. Y cuando enterraron a Conchita, ella que era tan de ir todas las tardes a la iglesia con sus amigas, tan devota decía, ni esquelas pusieron para que nadie se enterara, y, claro, durante el oficio, los bancos vacíos; la familia de Eloína en los primeros bancos y algún que otro curioso repartido por los demás. Ya te digo, como a un perro, peor, la mataron y enterraron.

Mi abuelo

 

¿Qué se puede desenterrar de la fosa? ¿A mi abuelo? No lo creo. Allí no está mi abuelo, ni allí ni en otra parte, por eso no merece la pena desenterrar nada. Supongamos que exhumamos sus restos: unos jirones de ropa deshechos, tal vez alguna pertenencia suya como un anillo, una pulsera, una moneda... y sus huesos; eso es todo. Pero eso no es mi abuelo.

¿Jirones de ropa? que se pudran bajo tierra; ¿para qué quiero jirones de ropa? Desde luego, ésos no son mi abuelo, ni mucho menos. ¿Un anillo, una pulsera, una moneda...? Lo mismo podrían pertenecer a otra persona y eso no la convertiría en mi abuelo, de modo que tampoco esas cosas son mi abuelo. “Pero los huesos sí, ésos sí son mi abuelo”, podría decir alguien. Pues, no; ésos tampoco son mi abuelo. ¿Acaso si sustituimos los huesos por otros de fibra de carbono o de aluminio o de grafeno o de abramantium, dejaría entonces de ser mi abuelo; creo que no, que seguiría siendo él, aunque le falten todos los huesos, luego ésos no son mi abuelo.

¿Qué es, entonces, mi abuelo? Mi abuelo son sus actos, sus palabras y sus pensamientos. De sus actos tenemos noticias por quienes le conocieron, por los documentos en que aparece reflejado, por los soportes audio-visuales que de él se conservan. Mi abuelo es el que se levantaba todos los días a las cinco de la mañana para recorrer andando ocho kilómetros antes de entrar en la mina del carbón; mi abuelo es el que en cierta ocasión recibió una buena tunda por defender a un niño a quien maltrataba su padre; mi abuelo es el que se negó a disparar un solo tiro durante la guerra civil porque le parecía que aquello no estaba bien. Todo eso, y mucho más, es mi abuelo. Sus palabras las conocemos por testimonios de quienes le oyeron decirlas, de quienes las reflejaron por escrito o de quienes las grabaron en algún soporte analógico o digital. Mi abuelo es el que, cuando alguien le pedía consejo sobre inmiscuirse o no en polémicas, decía que cada uno gobernara en su alma y no en la de los demás; o el que martilleaba con aquella frase tan suya “no mires a otro lado, si no quieres darte de bruces contra el suelo”, cada vez que alguien le contaba que no quería saber nada de lo que ocurría alrededor; o el que, cuando su vecina retrasada mental le saludaba por la mañana con un “holita mismo, don Remigio”, contestaba de forma impepinable “Dios te tiene en un pedestal, Rosita, de tanto como te quiere”. Todo eso, y mucho más, es mi abuelo.

En cuanto a sus pensamientos, sólo él sabrá cuáles son, porque nadie puede asegurar que los haya oreado al viento. Ellos conforman su verdadera personalidad, mi verdadero abuelo; lo anterior, las acciones y las palabras, sólo le dieron forma de cara a los demás: nos hemos formado una idea suya a través de lo que hacía y de lo que decía, pero mi verdadero abuelo sólo él mismo lo conocía, y no tiene por qué ser el mismo que los demás veían. Casi nadie actúa según sus palabras, de donde se deduce que casi nadie dice lo que piensa; luego, pensar, hablar y actuar no suelen corresponderse; por eso existían dos abuelos: el verdadero, el íntimo, el único, el desconocido; y el exterior, el que asomaba al mundo, el conocido por todos. Los dos pueden ser ciertos, no excluyentes, pero sólo el primero es mi abuelo.

Así pues, ¿qué me importan a mí unos huesos, unos jirones de ropa o unas posesiones? Nada de eso es mi abuelo, nada de eso lo describe, de nada sirven esas cosas, salvo para que algunos se lleven unas monedas extras a costa del sentimentalismo de los más débiles, de los frustados, de quienes aún no han superado la pérdida de un ser querido. Mi abuelo, en cambio, vive en mis pensamientos; lo otro, los huesos, la ropa y los anillos, no son él, no le representan, son nada.

La profecía del adivino

 

El rey mesó su larga barba largo tiempo antes de dar largas al adivino; luego, a través de la ventana observó a su hijo adolescente ejercitándose en el manejo de la espada. ¡Cuánto amor en su mirada! ¡Cuánta piedad en su corazón! Y aquel insensato agorero trayendo nubarrones sobre él y su hijo. De todos son conocidos los vaticinios en que se auguran parricidios por doquier, sobre manera en forma de regicidio; pero éste no era el caso por mucho que insistiese en ello el vidente: “un día tu hijo te habrá de quitar la vida, así está escrito en las estrellas”. ¡Qué estrellas ni qué paparruchas! ¡Ni que unas cuantas luces en el cielo pudieran predecir el futuro! ¿Acaso tenía que privar de la vida a su hijo por mor de salvar la suya propia, y todo ello porque un hechicero infausto afirma haber leído en unas luces que, de no actuar de tal forma, habría de perder corona y cabeza a un tiempo a manos de aquel regio muchacho? ¡Cuántas veces le abrazó siendo niño con aquellos bracitos blandengues que apretaban su cuello sin apenas fuerza! ¡Cuántas veces le mostró respeto y amor, obedeciendo siempre, pronto a ayudar en lo que pudiere, tendiéndole la mano y en ella su amor y respeto! ¿Y si aquel miserable pronosticador llevaba razón? ¿Qué hecho insólito podría corromper la honestidad de un hijo como el suyo? ¿Qué gusano podrido habría de viciar un corazón tan devoto y virtuoso? Aun así, ¿cómo castigar un crimen que no se ha cometido? ¿Es que el alma humana no es capaz de señalar su propio destino? Si nada puede el hombre por evitar lo que ha de venir, ¿de qué nos sirve el libre albedrío?

El rey se debate, lucha consigo mismo. Ha de tomar una decisión con urgencia. ¿Qué ser más funesto se divierte escribiendo tales oráculos en las estrellas? ¿Por qué se nos otorga el don de elegir si no luego no se nos da una elección? Pues ya sea cierta o ilusoria la profecía, que el destino disponga de nos. De este modo el monarca se tomó la advertencia de su consejero adivino. Siguió educando a su hijo como siempre había hecho, mas con el recelo de verlo aspirar al trono, midiendo sus palabras y, sobre todo, sus hechos, con quién conversa, con quién se reúne, en brazos de quién se deja caer. No acaba de creerse títere del hado, pero tampoco se atreve a negarlo por completo, de modo que ha comenzado a pasar las noches en vela y dormitar durante el día cuando buenamente puede. La salud se debilita y toda la Corte, incluido su propio hijo, se dan cuenta de ello. ¿Por qué no duermes? ¿Por qué no descansas? ¿Qué te tiene tan preocupado? El heredero ansía averiguar el motivo de aquella decrepitud que va consumiendo el cuerpo y el espíritu de su padre, mas todo lo que intenta es en vano.

Y así el tiempo fue transcurriendo: el rey envejece más y más cada día, cada hora, cada respiración; el príncipe, en cambio, se hace hombre, fortalece los músculos, amplía los conocimientos, se instruye en materias de gobierno. Sin embargo, ambos continúan unidos por lazos familiares, ni el amor paternal ni el amor filial han flaqueado con los años. ¡Qué estúpidez, pensar que moriría a manos de su hijo cuando éste le idolatra como padre, le enorgullece como soberano! Pero una cierta mañana recibe noticias de un aliado suyo, rey en otras tierras, compañero de juventud durante guerras pasadas y ya casi olvidadas: sus tierras se hayan asediadas por un ejército hostil que pretende invadir el reino y arrebatarle, cuando menos, el trono, por el cual motivo le pide acuda en su ayuda. Funestas noticias, malos augurios, sin duda. Teme acudir a la llamada de socorro con sus tropas y dejar a su hijo rigiendo el reino, pues que tal vez fuera ésa la causa por la que conocería su traición. Quizás debiera llevárselo con él, a su lado, para que adquiera experiencia en el campo de batalla y se haga aún más hombre de lo que es; claro que en ese caso los súbditos quedarían sin gobierno y los asuntos de estado podrían torcerse y a su regreso encontrar un país revuelto, inmerso en una profunda crisis. Pero ¡cómo arriesgarse a dejar a su hija ante la tentación de cumplir con su destino, ofrecerle la posibilidad de alzarse como soberano de la nación y desterrar a su propio padre! ¿Quién sabe si el adivino, cuando dijo aquello de que “un día tu hijo de habrá de quitar la vida”, no se referiría a que fuera el parrida material del hecho, sino solamente el inductor? No se puede colocar una zanahora delante del hocico del burro y esperar que éste la rechace. Estaba decidido, su hijo le seguiría en la campaña militar.

Finados que fueron los preparativos, sus tropas embarcaron en las naves de la escuadra naval, cruzarían el piélago de anchas aguas y acudirían en auxilio de su amigo. Así pues, zarpó del puerto  la escuadra con viento a favor. Juntos iban el rey y el príncipe, ambos en el mismo barco, pues que incluso el padre recelaba de que, si su hijo se viedra al frente de su propio navío, crecieran en él ínfulas de poder y, obnubilado por ellas, surgieran en su mente mil dolos con que dar muerte a su padre. Así pues, y en contra de lo que la prudencia dicta en estos casos, rey y herederos viajan juntos. Orgulloso, el patriarca va señalándole este o aquel detalle sobre el modo en que los marineros se comportan, incidiendo en las diferencias con los soldados de tierra; o bien explicándole cómo realizar las rutas marinas apuntando con el dedo en un mapa extendido sobre la mesa; o recordándole las formas en que ha de mandar, llegado el caso, sosteniendo siempre entre sus manos la balanza donde se ha de pesar la severidad de los castigos y la indulgencia de los perdones.

En fin, que cercana la noche el cielo se oscurece aún más por causa de negros nubarrones, la brisa se enfurece poco a poco y las aguas se van agitando alrededor. Sin duda, una tormenta les acecha y todos han de ponerse en alerta, dejándose aconsejar y dirigir por la más experta marinería, que de seguro se ha visto en lances parecidos en más de cien ocasiones. Pero la tormenta no amaina, los buques son zarandeados como palitos arrojados a un torrente bravío; la lluvia se ceba con los hombres atemorizados y algunos rayos amenazan con caérseles desde lo más alto del cielo. Una cuerda que se rompe, un mástil que se astilla, una bocanada de agua salada que barre la cubierta y arrastra lo que encuentra a su paso. Voces que se ahogan en el mar, las de los que caen por la borda; voces que mueren entre los estampidos de los truenos, las de los heridos a los que nadie puede auxiliar; voces que ordenan y se pierden en el vacío, voces que mueren apenas salen de la boca, voces que nadie escucha. Y entre esas voces, la del rey, a quien una ola traicionera ha empujado contra la barandilla, donde una tabla rota recibe la pierna real, cuyo cuerpo acaba precipitándose al mar fragoso, y en la caída nota que algo se le ha roto por dentro; su hijo que lo ve, que intuye una pronta muerte, arroja un barril casi vacío, pues los víveres que en él hubo una vez han sido engullidos días atrás; tras el barril se arroja él mismo, llega a duras penas hasta su padre y con esfuerzo hercúleo consigue arrastarlo hacia el barril, al cual se agarra con desesperación en tanto sujeta al amado progenitor.

Amainada la tempestad, padre e hijo recalaron en un islote de no más de cinco metros de diámetro, exhaustos por el esfuerzo, más el rey, cuya pierna herida ha dejado escapar gran cantidad de sangre y la debilidad amenaza con extinguir el ánima. Allá a lo lejos el príncipe avista una lancha, mejor acomodo para entrever alguna solución a sus vidas, y así se lo indica a su padre. Pero no hay nadie en ella y el oleaje no la acerca, sino que la aleja, de modo que deberán nadar hasta ella un largo trecho. La soberana expresión es de abandono, él no podrá alcanzarla ni aun con la ayuda de su querido hijo, pues no sólo le es inútil la pierna herida, sino que otra todavía mayor le mortifica en las entrañas, y es consciente de que la muerte no tardará en llevarse su alma. Viéndose en esa situación, no puede por menos que sonreír: no fue su hijo quien le va a arrebatar la vida, sino la desgracia de su propio destino. En nada acertó el adivino con sus alocadas profecías; ahora estaba bien seguro de que no había errado al ordenar que le cortasen la testa, por falso y por peligroso, no fuera a írsele aquella profecía de sus labios y cayera en oídos inoportunos. El rey insiste a su hijo en que se eche a la mar, nade hasta la barca y, si puede, regrese a buscarlo; mas el hijo se niega a ello por temor a que la corriente sea, como parece, tan fuerte que no pueda hacer retornar la barca y ésta, sin remos ni timones, se lo lleve mar adentro. El uno porfía en que debe abandonarle y buscar su propia salvación, que quizás algún barco haya resistido el embate del temporal y acabe por recogerlo; el otro en quedarse a su lado y afrontar juntos lo que haya de venir, sea cual fuere el final que les espera.

Conmovido se encuentra el rey por el amor y la lealtad de su hijo, mas ya no hay tiempo para holgarse en ello, ya que la corriente aleja cada vez más a la barca y pronto ni siquiera su hijo podrá alcanzarla. Una vez más suplica que le deje allí, una vez más el hijo se niega a dejarle morir solo, como un perro apaleado. Sólo cabe una solución, piensa el rey: morir prontamente para que su hijo pueda irse, mas la muerte se demora y la barca continúa separándose. “Toma mi daga”, dice al fin, “y arrebátame tú mismo la vida, de manera que, una vez muerto, quedes libre de irte”. El hijo no da crédito a lo que oye, pero su padre le convence de que nada puede ya alargarle la vida más de lo necesario y hay que preocuparse del reino, de futuros herederos, de que la estirpe prosiga su caminar a través de los siglos. Sólo él, el príncipe heredero, podrá realizar dicha labor, y para ello tendrá que ayyudarle a morir. Así pues, con los ojos llorosos y el espíritu lacerado, el hijo clavó la daga en el corazón del padre, tal como estaba escrito en las estrellas.

El perro que todo lo olía y que un día salió a la carretera para oler un trozo de papel y un camión le pasó por encima y el chucho quedó muerto sobre el asfalto

 

Y fin.

La despedida

 LA DESPEDIDA

Ella fingía dormir, con los párpados lo suficientemente despegados para observarlo. No quería ser descubierta, pero la congoja, como una bola de sebo ardiente que le subía desde las entrañas, penetraba en el interior de la garganta y se abotaba detrás de los ojos, empujaba la ardiente agua a salir. Él le echaba alguna que otra furtiva mirada mientras se vestía, sospechando que fingía, pues su respiración, aquel movimiento contenido del pecho, eso indicaba, y, ya al final, vio cómo de sus ojos se desprendían sendos reguerillos lacrimosos; pero no hizo nada, simuló no enterarse de ello y, tras agacharse para besarle los labios, murmuró un “te quiero” quedo y triste para, acto seguido, abandonar la estancia.