lunes, 15 de abril de 2013

El señor Rosales


                El señor Rosales, Rogelio Rosales, cruzó la sala con aire distraído mascullando entre dientes que su esposa volvía a retrasarse, lo cual le molestaba mucho; el mayordomo le miró de soslayo, pero no le dio más importancia. Rosales salió al exterior, al jardincillo en donde solía comer cada día. Se fue derecho hacia la mesa, en donde reposaban los cubiertos para una sola persona, “hasta el servicio sabe que no llegará a tiempo”, pensó, “y a mí no me dice ni Pamplona”. Con aspecto cansado y el gesto un tanto descompuesto, hizo una señal al mayordomo y al punto le trajeron la comida. Rogelio Rosales apenas hablaba con la servidumbre, se comunicaba con ellos a través de pequeños gestos que el mayordomo, que ya hacía muchos años había entrado a su servicio, interpretaba casi siempre de forma inequívoca.
         El señor Rosales, Rogelio Rosales, comió con frugalidad, apenas unos bocados de pescado y otros pocos de carne; el postre ni lo tanteó. Se veía que estaba desmejorado, que su delgadez no era la acostumbrada. En otro tiempo, Rosales se distinguía con rapidez de entre sus contertulios: era alto y fuerte, no como ahora, encorvado y flaco. El mayordomo, que junto a su señor había conocido mejores tiempos, meneó la cabeza en señal de desaprobación, pero se contuvo de hacerlo entender a Rosales. En la mirada que el mayordomo dirigió al huésped de la casa no había censura, sino más bien conmiseración.
         El señor Rosales, Rogelio Rosales, entró en la casa con paso decidido; sin duda, iba a sentarse al salón, en el sillón viejo que había frente al televisor, iba a encender un cigarro y a servirse una copa de sol y sombra, iba a relajarse mirando las paredes del salón decoradas por su esposa. Así fue todo, mas al llegar al último punto, maldijo a la infortunada que todos los días faltaba a la comida y nunca le avisaba. “Seguramente estará en casa de alguna amiga chismorreando de otra”, pensaba en voz alta, “o, a lo peor, se habrá liado con cualquier estúpido del tres al cuarto y querrá fugarse con él a algún lugar paradisíaco; ¡pues que les vaya bien y no regresen! En cuanto esta noche la vea cruzar por esa puerta le pongo las maletas en la cara”.
         El señor Rosales, Rogelio Rosales, se durmió con el cigarro en una mano y la copa en la otra, con lo que ambos, cigarro y copa, acabaron en el suelo. El mayordomo se acercó a él, recogió el cigarro y la copa, y cubrió a Rosales con una manta. Rogelio despertó al anochecer; como por las noches apenas dormía, se levantaba en vela y andaba por la casa argumentando cualquier elucubración consigo mismo, cuando llegaba la sobremesa se quedaba dormido durante varias horas. Al despertar, lo primero que hizo fue dirigirse a la puerta de la entrada, la abrió y observó si el coche de su esposa estaba aparcado. “Todavía no ha llegado”, dijo en voz alta y algo excitado. “Esta vez ha ido demasiado lejos, cerraré la puerta y yo mismo me sentaré aquí; así, cuando llegue me va a oír y la mando con viento fresco”. Pero quien llegó no fue su esposa, sino su médico, José Bermúdez, que había sido avisado por el mayordomo, preocupado porque el señor Rosales parecía que tampoco esa noche iba a cenar, como de costumbre, y tal vez con la visita de Bermúdez se animaría a meter algo en la boca.
         El señor Rosales, Rogelio Rosales, recibió al médico, amigo suyo por demás, con los brazos abiertos. Los dos se sentaron en el salón, disfrutando de un buen cigarro y una copa de brandy. Rogelio le contó a Bermúdez sus sospechas sobre la infiel esposa y la determinación a la que había llegado. “Pero no puedes hacer eso”, le replicó el médico. “Esta es mi casa y haré lo que me apetezca”, insistió Rosales elevando la voz. “¿Es que no comprendes…?”, iba a decir Bermúdez, cuando su amigo se levantó de súbito: “ya sabes cómo la amaba…”, murmuró como una queja lastimosa. “Lo sé, y ella a ti”. “¿Por eso se va con otro?”. El médico y amigo le cogió con suavidad del brazo y le susurró quedamente: “Amigo Rogelio, no pienses más en ello y conserva el buen recuerdo que tu amada esposa te dejó… antes de morir”.
         El señor Rosales, Rogelio Rosales, se llevó las manos a la cara y lloró amargamente.

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