sábado, 4 de mayo de 2013

Una historia de custodias


Al igual que sus hermanos mayores habían comenzado a trabajar apenas llegada la pubertad, también a Santiago le tocó ingresar en el mundo laboral a edad temprana. Fue en una mina de carbón en donde consiguió el trabajo, profesión que ya no abandonaría hasta su muerte. El caso es que Santiago se trasladó a vivir a Siféride, a una pensión de la calle El Sol. Daba la casualidad de que los dueños de dicha pensión, Cándido Robles y Ramona Costales, tenían dos hijas, una de las cuales, Azucena, que había nacido con el siglo en 1900, comenzó a intimar con Santiago hasta el punto de que ambos acabaron por formalizar su relación con los votos del matrimonio. Los recién casados se instalaron de forma definitiva en una calle próxima a la pensión, en donde comenzaron su vida marital.
                De la unión de Santiago y Azucena nacieron dos hijos: el primogénito, que resultó ser una niña, nació en 1920 y fue bautizada como Laura; al segundo, otra niña venida al mundo apenas un año medio después que su hermana mayor, la llamaron Luisa. Apenas pudo el padre disfrutar de sus pequeñas, pues poco después del parto de Luisa hubo de abandonar el hogar para cumplir con el servicio militar, que en aquel entonces no sólo era obligatorio, sino que en su caso duró tres años, durante los cuales Santiago no pudo visitar a su familia, sobre todo porque le había tocado hacer la “mili” en Melilla. Es de imaginar, no obstante, que antes de su regreso se le hubiera comunicado una terrible noticia: su hija, Luisa, había decidido viajar al otro mundo sin haber llegado al año de edad. Para Santiago aquel año fue de defunciones, pues el día 17 de noviembre moría su padre Constantino [según consta en el acta de defunción tal deceso ocurrió a las dos de la madrugada a causa de problemas con el estómago]. Pero el año aún no habría de terminar sin otro fallecimiento, pues su esposa caería en los brazos de la muerte el 23 de diciembre debido a una bronquitis. Así pues, Santiago se quedaba en apenas tres meses sin su hija, su padre y su esposa. Ante tales decesos, su suegra Ramona y su cuñada acogieron a la pequeña Laura en su propia casa a la espera de que Santiago volviera tras cumplir con las armas.
                Y Santiago regresó, pero su suegra y su cuñada se negaron a devolver a la niña, aduciendo para ello que un hombre solo no podía atender como era debido a una criatura tan pequeña. En cambio, le reclamaron una cierta cantidad de dinero por los costes que habían tenido a la hora de alimentar y vestirla, a todo lo cual se amoldó Santiago, consintiendo aquella situación y acordando con su familia política abonar una cierta cantidad de dinero para que siguieran criando a su hija, mientras él, Santiago, se acomodaba en una casa del pueblo vecino.
Por supuesto, Santiago continuó su vida laboral como minero en un pozo que llevaba el nombre de aquella parroquia. Aunque el sueldo debía de ser más que suficiente para su sustento y para pasar a su suegra y su cuñada lo asaz para la manutención de Laura, éstas le reclamaban cada vez más dinero, pues, según ellas, cuanto mayor se hacía más necesidades aparecían. Después de una larga temporada sin importunar al infeliz padre, el día del sexto cumpleaños de Laura suegra y cuñada volvieron a reclamar por enésima vez un aumento de la asignación pecuniaria, a lo que Santiago protestó levemente, pues consideraba desmesurada la cantidad reclamada, así que prefería quedarse con la chiquilla; Ramona se negó y exigió la cantidad que pedía. Harto ya de tanta avaricia, Santiago se negó en rotundo a seguir sufragando aquellos gastos injustificados. Pero ellas también se negaron a devolverle al vástago y Santiago se retiró a su soledad sin atreverse si quiera a acudir a las autoridades pertinentes, entre otras razones porque consideraba que los trapos sucios de una familia no debían ser oreados fuera de ella.
Cuando Elena comenzó a ser cortejada por Santiago, viudo de Azucena y padre de una hija que se criaba en casa de su suegra, Mario, hermano de la chica, no vio con buenos ojos la relación. Éste, Mario, veía en esa relación algo que no le gustaba. Parece ser que Mario consideraba a Santiago un buen hombre, honrado y trabajador, e incluso tenía en muy buena consideración a su familia; lo que no le gustaba era que Santiago tenía un tío, Gerardo, que era sordomudo. Mario pensaba que si Elena tenía hijos con Santiago, tal vez alguno, por no decir varios, podrían salir sordomudos o con alguna otra tara, como aquel Gerardo que, por otra parte, Mario apreciaba también como honrado y trabajador. A pesar de estos recelos, Elena acabó casándose con Santiago, trece años mayor que ella.
Entre tanto, Santiago insistía en reclamar a su hija Laura, aduciendo que era un hombre casado y ya había una madre que podía cuidar a la niña. A pesar de estos argumentos, su suegra y su cuñada se negaban a cederle a la pequeña. Santiago culpaba sobre todo a su suegra, pues pensaba que era ella quien urdía los hilos, no conforme con tener otra nieta, Clarisa, precisamente hija de Natalia, la cuñada con quien Santiago se enfrentaba por la custodia de Laura.
Estando en estos avatares, el 20 de junio de 1927 Elena y Santiago vieron nacer a su primogénito, un niño a quien pusieron por nombre Luis. Al parecer, Gerardo, el tío sordomudo de Santiago, al no tener más familia que sus sobrinos, pasaba temporadas en casa de cada uno de ellos para ser atendido en sus necesidades; pues bien, cuando le tocaba convivir con su sobrino Santiago cuidaba del recién nacido como si fuera su propio hijo e, incluso, cuando intuía que el bebé lloraba, le indicaba a Elena que para consolarlo debía de poner un cascabel en la cuna para que el sonido de éste calmara al pequeñín. A Luis le siguió Isabel un 12 de septiembre de 1929.
Mientras tanto, Santiago consiguió recuperar al vástago perdido: las tías de Laura habían soltado malamente las riendas de su sobrina y entre dimes, diretes y rumores Santiago tenía la sospecha de que iban a intentar recuperarla, por el cual motivo Elena estaba aleccionada de que no se descuidara en la vigilancia de la niña. Se daba el caso de que cada vez que Elena veía o vislumbraba que las susodichas tías y abuela se acercaban al pueblo, cogía a Laura de la mano y se escondían detrás de su casa, simulando que no estaban allí para recibirlas.
Cuando las cosas venían bien dadas, Elena se armaba de paciencia con la chiquilla y asumía que era hija suya, aunque no de sangre, sí de afecto. De esta forma, por ejemplo, no pudo regañarle cuando Laura, jugando por la casa con un martillo en la mano, destrozó una taza de porcelana de cierto valor; al contrario, dejó que se ensañara con ella sin decirle ni una palabra, más bien le envió una sonrisa cuando ésta comprendió lo que acababa de hacer y miró a su madrastra, martillo en mano, aguardando una reprimenda que nunca llegó.
En cierta ocasión una hermana de Elena, que ejercía como costurera preparando trajes masculinos para ganarse unas “perras”, se le ocurrió confeccionar un trajecito para Laura. El día del estreno fue un domingo, día de misa. Elena se llevó a su hijastra a la misa que se impartía en la capilla de Siféride. Aquel día, sin embargo, Elena no pudo esquivar a las tías de Laura y hubo de encararlas, como había hecho en otras muchas ocasiones. También entonces hubo de aguantar los encomios de aquéllas por conseguir que Elena les dejara llevar a la infanta de paseo. Sin embargo, en esta ocasión Elena acabó por ser convencida y cedió a las tías, con la promesa de que la llevarían con su padre a la bolera, pues Santiago era jugador de bolos y tenía por costumbre acudir por las tardes a la bolera. El caso fue que desde donde se encontraba, Santiago vio a las mujeres llevando en volandas a Laura, corriendo como posesas, casi arrastrando los pies de la chica. Aunque Santiago fue tras ellas y se presentó en su casa para reclamar lo que consideraba suyo, ellas se negaron a dejarla ir sin más, así que el padre volvió solo y cabizbajo a su casa, en donde le aguardaba su esposa Elena. Al parecer durante los años siguientes, en los que continuaron las refriegas entre Santiago y sus cuñadas y suegra, las tías y la abuela de la pequeña Laura la malquistaron con su padre y la familia de éste a tal punto, que cuando llegó a la adolescencia Laura renegó de todos ellos.
La guerra intestina, que asolaría el país durante un trienio, afectó también al pequeño pueblo a tal punto, que allí los republicanos instalaron un improvisado hospital, ocupando para ello unas casas lindantes con la carretera a la entrada del lugar. El miedo invadió a las familias, entre ellas la de Santiago y Elena, los cuales miembros se refugiaron durante un par de meses en unos corrales que había a las afueras de una finca suya algo distante de la población. Era el ensordecedor ruido de los motores de los aviones, cuando éstos volaban a baja altura, lo que más aterrorizaba a los pequeños, que mordían la tela de sus ropas porque, como les habían dicho, debían apretar los dientes para que no se rompieran los tímpanos. A veces la pequeña benjamina comenzaba a llorar mientras pasaban los aviones por encima de ellos, y sus hermanos trataban de que no se oyeran los llantos, pues temían que fueran oídos por los aviadores.
Por su parte, el asunto de Laura nunca descansaba de los labios de Santiago; casi como una obsesión insistía en recordar a sus hijos que tenían otra hermana, aunque no viviera con ellos. Siempre que podía, también se lo hacía entender a la propia hija arrebatada, si bien ésta continuaba renegando de esa familia. Por aquellos tiempos de luchas y guerras, de contiendas entre “rojos” y “nacionales”, había una hornada de adultos, jóvenes y adolescentes amontonados en torno al puerto de Tarna, cuya principal misión parecía ser la de construir unas trincheras, preparados para cualquier evento bélico, pero mal asistidos; ya no sólo en armamento, sino en comida. Por ello, por la escasa y pésima comida que recibían de su bando, sus familiares les enviaban comida en un servicio que el ejército prestaba; esto es, subía un camión cargado de sacos y fardos, cada uno con el nombre del destinatario o del remitente; a veces, incluso, algún familiar acompañaba aquella carga con cartas, objetos o cualquiera otra distracción. Pues bien, una de aquellas talegas habituales, que por ahí llamaban “fardelas”, tenía escrito el nombre de Santiago. Éste, cuando recibía las provisiones, se acercaba a su hija Laura para ofrecerle parte de ellas, pues que, como otras varias jovencitas, acudían en ayuda de los hombres de vez en cuando. Ésta, sin embargo, no sólo se negaba en rotundo a recibir cualquier donación de su padre, sino que incluso se negaba a considerarlo padre, todo ello, cuando ni sus tías ni familiar alguno le enviaba las provisiones deseadas, ni tan siquiera una sola vez. Cuando Santiago le decía que al menos considerase que tenía otros hermanos, ya que ningún trato quería con él, pues que ellos, sus hermanos, en nada le habían ofendido; también entonces Laura renegaba de ellos y aducía que la única familia que tenía era la de la parte de sus tías y su abuela Ramona.
Lejos ya de los avatares de la posguerra, en los primeros años de la paz consiguiente, habían coincidido en el instituto Laura y sus hermanastros Luis e Isabel. Laura comenzó a rondarlos, sobre todo a Luis, que era el mayor de los hijos de Elena. Éste y su hermana, en realidad todos los hermanos, le ignoraban o, al menos, le daban de lado con disimulo, sobre todo por el asunto de Tarna, pues que todo se habla en casa entre los adultos y los niños todo lo oyen y comprenden. El caso es que era tan manifiesta la ronda que hacía, que muchos comenzaron a sospechar que Laura pretendía los amores de Luis, y los amigos de éste le venían con ese cuento al propio Luis y él sonreía y callaba, sabedor de las verdaderas intenciones de la joven. Mas al final, Luis y Laura acabaron por hacer buenas migas y a acudir a las fiestas juntas, y juntas se divertían.
Las cosas, al cabo, tuvieron un cambio de rumbo años después, cuando Laura sufrió una especie de colpaso y calló como un fardo en mitad de la calle; de su boca comenzó a salir suficiente sangre como para alarmar a todos, así que se la tuvieron que llevar al médico, quien no acertó a predecir qué enfermedad tenía, tal vez alguna relacionada con los pulmones y seguramente contagiosa. Una vez estabilizada, el médico la mandó a su casa. He aquí que su abuela y sus tías se negaban a hospedarla en su domicilio y acudieron a Santiago para que fuera él quien se la llevara y cuidara de ella, pues seguramente su enfermedad acarrearía gastos adicionales que ellas no podrían afrontar. Santiago, no obstante, vio entre la negrura un resquicio de poder reconciliarse con su hija, pero recibió un duro revés de su esposa, Elena. Ésta, que siempre había considerado a Laura como una hija, se negó también a recibirla en su casa. Si bien era cierto que la quería, no la quería tanto como para que, hospedándola en su casa, contagiara a sus otros hijos, algunos todavía pequeños, si es que la enfermedad era tan contagiosa como se creía, no fuera a ocurrirle a algún miembro de su familia lo que le había ocurrido a la difunta Azucena y a la pequeña Luisa, por lo que Santiago vería como por dos veces se quedaba sin una hija con ese nombre. Acordó con Santiago, empero, que éste podía gastar todo el dinero que fuera necesario para proporcionarle una residencia, así como los cuidados y medicamentos oportunos, a todo lo cual no sólo no se oponía, sino que alentaba. Eso sí, en su casa Laura no podía quedarse hasta sanar. Y así se hizo y Laura sanó.
Pero quien sí cayó realmente enferma años después fue la propia Elena. Apenas había alcanzado la cuarentena de años cuando un problema cardíaco la postró en el lecho. En cierta ocasión, siendo pequeñas, dos de sus hijas sintieron ruidos en la cocina y, un tanto asustadas, acudieron al piso de arriba, donde su madre se hallaba en cama; la enferma atendió un poco y luego las tranquilizó: “es el tío Quico. Este Quico, el mismo que poseía la tienda de comestibles en Siféride, era primo de Elena, mas de trato fraternal desde la infancia, al punto de tener en posesión una copia de la llave de la casa de Elena y otra del hórreo que había en la parte trasera de la vivienda.
Seguramente fue por aquellos años cuando la familia de Santiago y Elena decidió comprar una bicicleta para el hijo mayor, Luis. Bien es sabido que en esa época poseer una bicicleta era algo importante, pues no todo el mundo se lo podía permitir. Así fue cómo Laura vio con ojos golosos la nueva adquisición de su hermanastro y con ese cuento se fue a su abuela; a ésta le echó en cara que si no hubiera sido por su empeño en enemistarla con Santiago y los hijos de éste, ahora ella no sólo sería parte de aquella familia, sino que sería la dueña de aquella bicicleta por ser la primogénita o, en caso de no ser así, tal vez la habrían compensado con un espléndido vestido.
La enfermedad cardíaca de Elena no parecía que fuera a mejor y el médico, un ya anciano a quien llamaban don Carlos, vio cómo un nuevo médico iba sustituyéndolo en algunas labores. Este nuevo doctor acudió a visitar a Elena, que por entonces ya llevaba cuatro años rendida en el tálamo; tras examinarla le dijo con toda rudeza: “de ésta usted no sale”. La pobre mujer quedó tan confusa tras tan francas noticias que de pronto dejó de hablar y en esa mudez pasó varios días hasta que, preocupados como estaban, los hijos acudieron al tan familiar “tío Quico” para contarle lo sucedido. Éste, entonces, acudió a su vez a don Carlos y, tras explicarle lo sucedido, ambos se presentaron ante Elena. Cada cual procuró tranquilizarla a su modo, incluso con “mentiras piadosas”, tales como que el otro se había equivocado y que era seguro que sí saldría bien de aquella enfermedad. En realidad, parece ser que con una simple inyección de penicilina se hubiera recuperado, mas los tiempos de aquella España no permitían tales prevenciones médicas, según se desprende de los hechos.
Elena veía, pues, pasar la vida desde su cama y veía también a sus hijos crecer desde el lecho. De su carácter plácido y benévolo queda en la retina de sus hijos más pequeños aquella anécdota de cuando se portaban no del todo bien y se acercaban a la cama aguardando que en cualquier momento su madre les diera, al menos, un coscorrón; sin embargo, Elena les regañaba de forma ligera sin aplicarles castigo alguno, ni una palabra más alta que otra.
Tras cuatro años de estar debilitada en la cama, a Elena le llegó el fatídico verano de 1946. Concretamente, el día 2 de julio a las ocho de la tarde expiraba en el lecho y en presencia de su familia. Como una flor se fue marchitando poco a poco hasta que se agostó de forma definitiva sin dejar apenas impronta en la memoria de su hija más pequeña. Ese día, durante el velatorio y poco después del mediodía, apareció en la puerta la figura encogida de Laura, quien había acudido a dar su último adiós a aquella madrastra que no le había regañado por destrozar a martillazos una taza de porcelana. No estaba segura de lo que iba a ocurrir con su presencia allí, entre aquella gente que era su familia y a quienes apenas conocía. Su padre, apenas la vio allí plantada y a pesar del dolor por la pérdida de su amada esposa, tendió sus brazos hacia ella y ambos se fundieron en un largo abrazo. Acto seguido, Laura, como si ya le fuera dado el permiso, fue abrazándose con cada uno de sus hermanastros entre sollozos y palabras de arrepentimientos y recuerdos amables sobre la difunta. Toda la tarde y toda la noche permaneció en aquella casa y sólo la abandonó a la madrugada siguiente para ir a la de su abuela a cambiarse de ropa y acudir al entierro de su madrastra. Aquel día, fúnebre para casi todos, resultó ser el de la reconciliación. Desde entonces, Laura pasó largas horas entre sus hermanos, con su padre.
A raíz del reencuentro con su “otra” familia, Laura decidió que era el momento de recomenzar todo y de replantearse las perspectivas. Acabó culpando a su abuela y a sus tías maternas de haberle arruinado la infancia y la juventud, y de haberlo envenenado todo con su odio y rencor hasta el punto de que casi pierde a sus hermanos. Tampoco les perdonó la inquina que le insufló contra su padre, de quien no pudo disfrutar durante la mayor parte de sus años infantiles y adolescentes, así como la tirria que se le inculcó contra la pobre Elena. El caso es que Laura terminó de forma brusca la relación con su abuela y sus tías y se fue a vivir a una pensión para nunca más volver a visitarlas. A tal punto llegó su separación, que ni tan siquiera acudió al entierro de su abuela Ramona, pues para ella había muerto en el momento justo de comprender lo que le habían hecho.
Como la relación entre Laura y sus hermanastros iba en aumento, entre todos compartían algunas amistades y conocidos. Así, en cierta ocasión en que ella y Luis estaban juntos, se les acercó una chica, prima de Laura por parte materna, pues era hija de aquella tía suya, Natalia, una de las cuñadas con las que Santiago tuvo el contencioso por la custodia de la propia Laura. La cuestión es que Natalia tenía tres hijos varones y una hija, Clarisa. Por aquel entonces Luis solía cortejar a una muchacha llamada María; sin embargo, Clarisa inició su particular cortejo en torno a Luis y comenzaron a verse cada vez más a menudo, hasta que su trato amical pasó a ser más serio y acabaron por prometerse en matrimonio, con el consiguiente disgusto de la familia de Clarisa, pues era partidaria de no tener ninguna intimidad con Santiago y sus hijos. A su vez, a Santiago tampoco le hacía especial ilusión que un hijo suyo se relacionara con una hija de aquellas brujas con las que tuvo la trifulca por la custodia de su hija, principalmente con “la mujerona”, como solía referirse a su suegra y a la que culpaba de todo el entramado; por otro lado, tampoco era momento de fomentar nuevas rencillas ahora que había recuperado a Laura, así que admitía, aunque a desgana, el noviazgo. No obstante tanta oposición, Clarisa aceptó la proposición de Luis, lo que la llevó a la exclusión de la familia consanguínea. Aunque Clarisa nunca llegó a ser apreciada del todo por su suegro [de hecho Santiago se negó a asistir a la boda], pudo convivir en armonía con toda la familia del novio, unido lo cual a la inquina de su otra familia, la pobre mujer acabó formando parte de la nueva familia y suprimida casi por completo de su otro linaje.
Poco a poco todos los hermanos habrán de ir casándose. Así, Laura lo haría con Ricardo e Isabel con Juanillo, matrimonio éste que se formalizó con el visto bueno de, al parecer, todo el mundo. Después de que Isabel y Juanillo se trasladaran a vivir al nuevo hogar, Santiago sufrió un grave percance. Se hallaba en el hórreo que había detrás de la casa, uno de cuyos lados volaba a gran altura del suelo. Quiso la fortuna que Santiago cayera precisamente por aquel lado y diera con su cuerpo en el duro camino, quedando su cuerpo a medio romper. La avanzada edad  y el fuerte golpe a punto estuvieron de arrebatarle la vida en el acto; sin embargo, resistió malamente y acabó postrado en cama. Su hija Isabel lo acogió en su casa. Los últimos días de vida los pasó Santiago en la cama de la habitación más pequeña, la más soleada de todas. Allí agonizó hasta que un lunes, a la una de la madrugada del día 6 de julio de 1959, expiró, aunque todavía se podría elucubrar si la causa real de su óbito no habría sido agravada por los problemas derivados de la silicosis, porque sus pulmones, según palabras del doctor, eran “como dos chimeneas”. Sea cual fuere la causa última, en el informe del forense consta que el motivo fue una “hipertensión arterial” con un “edema agudo del pulmón”. Fue enterrado en la misma tumba que su esposa Elena.
          La muerte de Santiago dejaba cerrada la amarga historia con su hija Laura, quien, a pesar de que siguió con sus buenas relaciones con los hermanastros, éstas se enfriaron un tanto. Para Laura eran la única familia que consideraba, aparte de su esposo e hija; para ellos, los hermanastros, no dejaba de ser medio-familia, ya que, al fin y al cabo, ni siquiera se había criado con ellos. El último acto de esta tragedia tendría lugar muchos años después, en el lecho de muerte de la propia Laura, quien en sus últimas semanas de agonía se quejaba a Ricardo, su marido, por no ser visitada más a menudo por sus hermanos. Tal vez fuera Juanillo, el marido de Isabel, quien más la frecuentara, pero no tanto sus propios hermanastros. Tanto se lamentaba, que Ricardo acabó por resignarse a ello y a comentarlo de forma sencilla con Isabel.
 Con la muerte de Laura se fue la memoria de otros tiempos más oscuros. El día 30 de mayo de 1995 habría de ver el punto final de uno de los grandes avatares que aquella familia de Siféride hubo de afrontar en el siglo XX; es decir, ese día expiró Laura, la hija de Santiago y Azucena, la que durante años sirvió de excusa para las enemistades entre dos familias unidas por el matrimonio y separadas por la muerte. Con la desaparición de Laura se ponía, pues, punto y final a aquel conflicto ya casi olvidado de principios del siglo. 

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