sábado, 27 de abril de 2013

Una mañana


Laura apenas acababa de levantarse, cuando se dirigió hacia la cocina para preparar un poco de café enfundada en una bata gruesa de invierno, aunque afuera lucía un espléndido sol de verano. Mientras trajinaba con el agua y la cafetera, Laura murmuraba entre dientes algunas palabras confusas, revueltas y sin sentido. De vez en cuando levantaba la voz, como si al otro lado del salón contiguo alguien la estuviera escuchando: “ya te lo dije ayer, ¿ves lo que ocurre? Otro día sin noticias”. Luego, tornaba a sus murmuraciones ininteligibles. Una vez que se hubo servido una taza de café, salió de la cocina con el pocillo en la mano. Se fue directa al despacho de su marido, se sentó ante la mesa y encendió el ordenador al tiempo que volvía a levantar la voz: “La verdad es que no sé por qué me molesto en mirar el correo; seguramente hoy tampoco habrá nada”. De cuando en cuando sorbía un poco de café sin apartar la mirada de la pantalla, al tiempo que con la mano libre manejaba el ratón. “¿Lo ves?”, dijo al cabo de un par de minutos, “Nada”. Se levantó de golpe.

 Al darse la vuelta, se dio de cara con su habitación; clavó la mirada en la puerta, cerrada. Allí dormía ella; allí dormía con su marido. Se había acostumbrado a levantarse como a hurtadillas para no despertarlo, pero al poco ya le estaba dando voces para que despertara; y así siempre, en los últimos quince años. Su marido solía tardar en levantarse y en no menos de quince o veinte minutos no acostumbraba a desperezarse. Entre tanto, Laura preparaba el café para los dos y unas tostadas, aunque los últimos meses se había olvidado de esto último y su desayuno se reducía a esa tacita de café que no apeaba de la mano hasta haber apurado la última gota. Todas las mañanas era la misma rutina: se tomaba el café mientras revisaba el correo electrónico y, al final, acababa sentada en la cocina aguardando a que su marido tuviera a bien acompañarla. Ese día, sin embargo, se quedó con la mirada fija en la puerta sin saber por qué. Le tembló ligeramente la mano con el café, algo no muy normal en ella, que presumía de un pulso a prueba de todo. Fueron unos pocos segundos, durante los que su rostro pareció haber visto un espectro; pero sólo fueron unos segundos, después de los cuales retornó a la normalidad, como si nada la hubiese interrumpido.

Se fue a la cocina, se sentó en la misma silla de siempre y volvió a levantar la voz: “Ya van para dos semanas y tu hijo sigue sin venir por aquí”. Guardó silencio antes de preguntar: “¿Me has oído?”. Nadie respondió. Absorbió la postrera gota de café, dejó el pocillo sobre la mesa y salió de la cocina; de nuevo volvió a mirar la puerta de la habitación, cerrada, y sintió el mismo estremecimiento. Vuelta en sí y sin dejar de susurrar para sí, se acercó a la puerta y, una vez que hubo llegado a su lado, extendió la mano y la rozó con la punta de los dedos; daba la impresión de que estaba a punto de perder el conocimiento, pues su cuerpo comenzó a balancearse sin que sus pies se movieran medio milímetro.

Entonces, una llave en la cerradura de la puerta de la calle la retrajo al mundo. Laura se giró bruscamente hacia ella, sorprendida de que alguien tuviera una llave de la puerta. Ésta se abrió y entró un hombre que rondaba los cuarenta años, vestido con traje oscuro y corbata negra. Al ver a Laura allí, de pie, en bata, con el cabello alborotado, se le acercó sin apartar los ojos de ella; le extendió los brazos y la rodeó con ellos, recibiendo, a su vez, otro abrazo no menos intenso. “Hijo”, murmuró Laura, “hijo”, repitió; “tu padre…” y la frase se ahogó en su garganta.

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