Sumido en la desesperación, el
anciano se encontraba pensativo, sentado sobre una silla que miraba a la calle
por el ventanal. La brisa corría suave, apenas si movía los tallos de las
delicadas hojas, que pendían de las ramas de los viejos abetos. Todo se hallaba
cubierto de las vetustas hojas caídas: amarillentas, secas, sin vida. El renco
perro vagabundo erraba a lo largo de la acera; iba olfateando el suelo en busca
de comida.
El
abuelo se encontraba solo en aquella decrépita habitación sin pintar, desnuda,
sin adorno alguno. Las paredes, rancias ya, parecían irse a venir abajo en
cualquier momento envueltas en un halo de humedad; simulaban dar vueltas sobre
sí mismas para, después, ensordeciendo los oídos con agudos chillidos, ir estrechándose
más y más sobre aquel estropeado cuerpo que contemplaba los días, semanas,
quizás años de su vida. La puerta se oyó abrirse con grito afónico: daba la
sensación de pesar y dolor, como si se quejase de servir de puerta. Se adentró
en la habitación un nuevo anciano de mirada perdida en el horizonte. Se sentó
en una silla que había junto a la huera chimenea. El primero dirigió su
semiciega mirada hacia el segundo: “¿Qué? ¿Nada?”. “Nada”, respondió mientras
se levantaba de la silla y se recostaba sobre la roída cama. Poco después se
dispusieron a comer. Uno de ellos sacó un trozo de pan del bolsillo y el otro
hizo lo propio con un trozo de queso. “Parece que no vaya a venir nunca”,
exclamó el de la chaqueta a rayas. “Sí”. Siguieron con la comida aguardando con
resignación. La noche llegó al poco tiempo, cuando ya ambos se hallaban en
brazos de Morfeo, mal arropados, con el frío dentro de ellos mismos formando un
único cuerpo. Y al día siguiente con seguridad se repetiría cada movimiento,
cada palabra sin variar una sola letra, como hacía ya tanto tiempo. Pero
aquella mañana, al salir como todos los días a la calle, uno de los dos regresó
al refugio con la mirada fija en la lejanía, perdida de este mundo, y, abriendo
bruscamente la puerta, exclamó a su compañero: “¡Ya!”. Se levantó de la silla y
quiso escudriñar en el horizonte, mas sus ojos no podían distinguir más allá de
tres o cuatro metros. Entrelazaron las manos y se abandonaron: la respiración
se hizo cada vez menos intensa hasta que dejó de notarse. Y se sintieron
diluidos, como el humo del cigarrillo cuando se desvanece en el aire; se
sintieron suspendidos en el vacío, unidos de la mano, con sus cuerpos
transparentes, con la misma forma pero distinta materia a como se habían
conocido antes. “¿Qué es esto?”, murmuró uno. “No lo sé; esperaremos”, adujo el
otro. Inmóviles en aquel portento, sendos amigos atisbaban la oscuridad que les
envolvía, con los oídos atentos al silencio que les rodeaba. La espera les
irritaba, les exasperaba. La temperatura era inferior a la del ambiente, pero poco
a poco la iba sobrepasando. Hartos de aquella inactividad, que no les reportaba
nada, decidieron cerrar los ojos. Cuando despertaron, toda la habitación estaba
igual que siempre, nada había cambiado. Afuera, la brisa de todos los días,
llevando hojas de un lado a otro, con el perro tras el rastro de su alimento,
que nunca llegaba. El cansino hombre de la silla de la chimenea salió del
recinto hacia la calle para, desde allí, como venía haciendo desde hacia tantos
días atrás, vigilar su llegada. La vista tropezaba con las hojas de la calle
hasta que vio un pedazo de espejo; lo asió entre los dedos y, al querer
contemplarse en él, no vio figura alguna, no se reflejaba en el cristal y , a
pesar de ello, podía contemplar las casas y edificios a su espalda, podía
examinar centímetro a centímetro el lugar por donde había pasado hacías unos
segundos, y todo ello mirando al espejo. Pero, ¿y él, por qué no se reflejaba?
Volvió a la habitación y mostró el espejo a su camarada: lo sujetó, se miró y
no se reflejó. Levantó los ojos lentamente, sonrió y comprendió.
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