Allí
donde el color se difumina, donde nada es lo que parece y nada parece lo que
es; allí donde el mar besa los montes, donde el cielo acaricia las cumbres;
allí donde los corazones se encogen, endurecen y agrietan, donde se funden en
uno pasado, presente y futuro; allí mismo se encuentra Siféride. Cuando
realidad y fantasía se daban la mano para caminar juntos por los vericuetos de
la vida, época endémica en la perdida memoria de nuestros antepasados; cuando
la frontera entre la vigilia y los sueños se diluía sutilmente en los
recónditos cerebros de supersticiosas gentes, tiempo escondido tras la fina
gasa del miedo y la ignorancia; cuando hechiceros, brujas, genios y hadas
deambulaban entre la muchedumbre; en aquella época vivió Sigdo, jardinero en la
engreída Siféride.
Sigdo
tenía ese aspecto de anciano apacible, con unas barbas en caos, con pliegues
venerables en la piel, con unos ojos de azufre sereno. Era uno de esos
personajes a quien se le puede abrir el corazón sin miedo a caer en la burla
por más que surjan confesiones ridículas, dignas de befa e incluso de
tormentos. En Siféride todos le apreciaban y le tenían por confesor laico: la
doncella atribulada le pedía consejo sobre un mozo que la cortejaba, el alcalde
le instaba a opinar sobre algún mojón movido del sitial [porque Sigdo conocía
de antiguo los lindes y los usos, hasta el más insignificante detalle, el
mínimo palmo de tierra, camino y vereda, las piedras mismas tenía catalogadas
todas en su cabeza], el sacerdote le comentaba aquella ingrata situación del
monaguillo sorprendido en el robo del cepillo, y hasta la vieja de la cabaña
[que se decía, como era usual con las ancianas que viven solas y alejadas del
pueblo, era una bruja] le urgía de vez en cuando a que le suministrara esta o
esa otra planta que precisaba para un preparado remediador de la tos o del
vómito o del mareo. En fin, nadie le negaba el saludo y le estimulaban a la
conversación.
Pero
Sigdo no era hablador, ni siquiera paseante; lo suyo eran las flores, su propia
vida era un herbolario. Disfrutaba de un jardín al que dedicaba todos sus
afanes. De ocaso en ocaso y de alba en alba gastaba el día en mimar las flores
y la noche en darles pábulo. A tal punto llega su afición por ellas, que cada
una poseía nombre, padre y prole: una azucena grácil era Lilia, de una amapola
adormilada habían surgido las hermanas Papaveria y Sopora, y así una por una
sin olvidar ninguna. Pero su obsesión eran las rosas; para ellas tenía guardada
la solana más acogedora de todas, para ellas destinaba el primer sol y la
primera luna; tan hondo era su afecto por ellas, que las amaba con intensidad
sobrehumana. A veces, cuando la pasión rozaba el desenfreno, se tendía supino
entre ellas y las soñaba en carne mundana y las poseía en el arrobamiento
propio de un frenesí inusitado.
Pero
Sigdo también padecía de una frustración, un deseo vehemente inalcanzable para
su entendimiento; quería descubrir un arcano: el verdadero secreto de las
flores y, sobre todo, de las rosas, porque eran las rosas el Amón, el Marduk,
el Zeus, el Odín de los dioses. A menudo les manifestaba su anhelo
prometiéndoles un amor infinito.
Poco
antes del amanecer de una de aquellas noches pasadas en vela, el viejo
jardinero percibió un aroma, uno sólo, desconocido. No provenía de los crisantemos,
las azaleas, los geranios o las camelias, mucho menos de las rosas. No, aquel
olor no pertenecía a ninguna de sus flores. Pero aquella fragancia le era tan
intensa, tan embrujadora, que cerró los ojos y se dejó llevar. Impregnado por
el perfume, una brisa comenzó a rociarle el cetrino cutis, a embargarlo, a
sumirlo en un sueño renovador, a abrazarlo e izarlo sobre el suelo y elevarlo
suspendido del aura. Ese mismo perfume se colaba por entre los poros y todo su
cuerpo era invadido por efluvios cautivadores: todo él era vapor incandescente.
Primero
fue un tallo, el de un narciso, que se flexionó en reverencia; luego, fueron
los de en derredor; a continuación, se abrió una senda recta hacia él. Las
flores todas despejaban el camino a un suave airecillo: unas se erguían
majestuosas al paso invisible, otras se doblaban rendidas. Sigdo quedó
obnubilado, sin movimiento, con una parálisis fuera del común sentido, pues el
único sentir era el de paz, sosiego, mansedumbre, descanso, paz. Como un rocío
de escarcha alada, la brisa le envolvió y sobre él caían menudos copos de nieve
seca y cálida; parecían pétalos inmaculados de un albor más allá de lo natural.
Notaba cómo los dedos del manso vientecillo peinaban su cabello tosco,
friccionaban sus sienes embutidas; le besaba la faz una boca apenas
perceptible; las ropas se deslizaban e iban al suelo: su cuerpo corito. Todo el
jardín fue Edén, los colores eran centellas luminosas que irradiaban música;
allá los crótalos de las campanillas hijas de la enredadera, violines de
alhelís, flautas de claveles, arpas de helechos, un celestial coro de rosas y
más música de más flores, notas que brotaban, caracoleaban y se desmayaban. Y
aquel suspiro era el director, aquel aliento mágico que le infundía tanto
deleite.
Los
dedos insistían, pero apenas rozaban la piel rugosa de su amante, el amante de
las rosas. La larga cabellera, undosa en el aire, azotaba el enjuto rostro, mas
cual aura enamorada y lasciva, que no cual flagelo sanguíneo. ¡Pobre jardinero
envuelto en ternura! ¿Pobre? Más bien irremediablemente imbuido. Aquello era lo
que había ansiado hallar: la esencia misma de las flores, el alma, el espíritu,
el… Una meliflua voz resbaló entonces hasta sus oídos.
-Yo soy la respuesta a tus plegarias, hechicera, bruja o encantadora,
según unos; diosa, hada o maga, según otros. Yo soy a quien la naturaleza toda
rinde culto, a quien las flores adoran, a quien los árboles rezan, ante quien
la hierba se inclina. Yo soy el néctar y la ambrosía que dan la eternidad o
quitan la vida. Yo hago crecer y multiplicarse al mundo. Así pues, nada temas
de mí. Tú eres mi elegido, mi clandestino amado, mi protegido. Ven conmigo.
Y
Sigdo obedeció. De pronto, la espesa tamuja del lugar se revoluciona, cosida la
hojarasca por la fibra dorada de la voluntad divina; se arremolina en lúbricas
volutas, que giran sobre sí, se elevan en el aire y rodean al anonadado
jardinero. En segundos la figura humana deja de serlo y desaparece entre la
maraña de hojas. Una brisa, hálito de la diosa, levanta la masa y la suspende
lejos de la seguridad del terreno. Presto, cual ninguna mirada mortal haya
visto, la tamuja se deshace, las hojas se desunen y desparraman por todas
partes, dejando en nada el lecho mullido en donde ha poco rebullía un cuerpo
ahora ido, transportado a la dimensión incognoscible: la morada de la amante.
La
morada, el palacio de ornamentos bruñido: paredes que son pétalos floridos,
columnas que son tallos, luminarias que son corolas, lluvia que es polen,
suelos herbáceos, techos estelares, frisos de madreselvas, cuadros de hiedra
devoradora, atmósfera ingrávida, olor a pensil.
Un
céfiro reconocible cruzó la estancia y una figura de sublime belleza apareció
sonriendo y dispuesta a dedicar sus más sensuales encantos al anciano. Heredera
de Isis, Ishtar, Afrodita y Baldr, ella sola era la mitad del Cielo, tan
perfecto hermosura, que las encías eran de rosicler y sus ojos ¡ah, sus ojos;
qué intensidad en su mirada!, con saetas de amor hiere cuando levanta sus ojos.
Se acercó a él sin tocar materia alguna, le abrazó y su hálito le empapó la
faz.
-Bésame, loco mío, y con tus brazos rodea mi cintura. Humedece
tus ojos en los míos y con tus manos abraza mis pechos. Me ofrezco a ti, toda
desnuda, y a las caricias tuyas peritas en flores. Arranca de mis entrañas el
secreto que deseas; soy tuya, tómame. Pronto el alba anunciará que la noche
termina y nuestra despedida asoma su cabeza tras la niebla. No perdamos tiempo,
viejo mío, y con tus sabias maneras convierte este instante en el instante más
perfecto, instante envidiado por imperfectos mezquinos.
Nunca
lo habría creído; no existirá el placer, el gozo excelso y extremo después de
esta noche embrujada. ¿Cuál era ese misterio?: la puridad de la diosa, pues de
ella emana el fluido que alimenta a la naturaleza; los árboles sorben su
néctar; las plantas, su ambrosía; los rayos del sol penetran en la médula de
los pecíolos y los amamanta, los de la luna sacan el brillo esplendoroso de la
coraza y la vaharada del hada extrae de todo ello los vívidos colores.
Allí,
en el vergel deífico, lo comprendió todo. Las rosas rebosaban de vida,
respiraban, escuchaban y hasta parecían hablar. ¡Y el aroma enajenador! ¡Y el
color! Todos los colores estaban allí, en el Paraíso, y las rosas los poseían
todos. ¿Todos? No. Hay encendidos rojos, perpetuos encarnados, adorables
amarillos, verdes mundanos, lilas misteriosos, violetas pudorosos, rubís,
esmeraldas, diamantes, amatistas, perlas. ¿Y azules? ¿Por qué no zafiros? ¿Y la
rosa azul?
-Todos son tuyos –le había dicho-, todos menos uno: el azul. Ésa es mi posesión, sólo yo he de poseerlo.
Confórtate con los demás a cambio de esta noche que no quisiste interminable,
porque la rosa azul es la única que no pone fin. Ella, la rosa azul, es
interminable; en cambio, tú eres finito, como todas las demás flores con sus
esplendorosos colores.
Ninguna
rosa hubo o habrá más perfecta que las debidas al amoroso cuidado de Sigdo.
Sólo los dos amantes conocen ahora el arcano: ellas, las flores, son las hijas
de la hechicera, pues ella es quien les infunde la maravilla irreal. Ni al filo
de metal ni al filo de cualquiera otra materia les estaba permitido quebrar su
endeble talle. Sólo a los dedos lícitos del jardinero, guiados por su amante,
les estaba reservado sajar sin derramar la savia, sin producir dolorosa herida,
sin que la rosa misma sufra tortura ni sus espinas la causen. ¡Las rosas,
tesoro del pensil, corazón sobrehumano! Mas no se holgaba en ellas Sigdo con el
hedonismo de quien todo lo ha conseguido, pues todavía quedaba la rosa azul;
por ella no dormía, no comía, no respiraba.
Su
desesperación, sus lágrimas de rabia, llegaron a la diosa y ésta, apiadándose
del pobre jardinero, acudió en su ayuda una noche de plenilunio. El vergel
resplandecía con la inesperada visita. La dama se enrosca a los pies del
anciano, sierpe multicolor; de las yemas táctiles fluye la electricidad desde
sus nervios; el césped chispea en torno suyo y una hebra rubia eriza las hojas,
resbala por los troncos y se anilla a la cintura de Sigdo. Ella, tan
inalcanzable para los simples mortales, se desprende voluptuosa del jamete
encubridor y deja todo el cuerpo a la intemperie.
-Ante mis rosas pronuncias mi nombre en silencio
–dijo.
-¿Cómo pude, si no lo conozco?
-Mi nombre es el anhelo tuyo. Yo soy la rosa
azul.
-Entonces, dime tu secreto.
-¿No te es suficiente que te haya revelado
el de mis hermanas?
-El tuyo me es más querido.
-Ése es mi secreto, mi propia existencia.
-En ese caso, necesito tenerte.
-Me costará la vida, pues sin ese secreto mi
razón de ser se extingue.
-Yo te mantendré siempre viva en mi
pensamiento.
La
diosa derramó lágrimas de ardiente tristeza y sus ojos se volvieron oscuros y
su piel se tiñó de gris ceniza. Y sus piernas ya no eran de carne, sino dos
cataratas de agua trasparente, y sus pechos y su pubis y su espalda… todo dejó
de ser lo que era para ser flor, una rosa azul, y, cuando la rosa azul abrió su
capullo, como un bostezo, surgió una sonrisa de desconsuelo. De repente, el
aroma, ese aroma impregnado de ambrosía, néctar, poesía y amor, huye de la
flor, taladra el aire e invade, nariz adentro, el reino interno del jardinero;
desciende a los pulmones y los revienta de fragancia, inunda el corazón y lo
adormece lánguidamente, hipnotiza los nervios, deja flácidos los músculos,
azulea la sangre, huesos y dermis. Luego, desciende con lentitud y enajena la
razón, atora los sentidos. Sigdo agoniza en el gozo supremo. La diosa sabe del
sin. Tres lágrimas surgidas de sus ojos, piedras sulfúreas, se congelan al
colgar de los pétalos. Sigdo suspira, exhala el postrer hálito y una sonrisa se
dibuja en los labios justo antes de tornarse en un gesto de asco y desprecio,
pues la rosa azul, una vez entregada su existencia, se extingue dentro del
propio anciano y con su muerte el jardinero se libera de su posesión más
preciada, pues, al tiempo de penetrar en el arcano, comprende que ha perdido su
guía. Conoce todo sobre las flores, pero se ha quedado vacío, pues ya no tiene
nada por lo que vivir y el resto de sus días los habrá de pasar persiguiendo un
fantasma: los recuerdos de la Rosa Azul.
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