jueves, 25 de abril de 2013

La rosa azul


                Allí donde el color se difumina, donde nada es lo que parece y nada parece lo que es; allí donde el mar besa los montes, donde el cielo acaricia las cumbres; allí donde los corazones se encogen, endurecen y agrietan, donde se funden en uno pasado, presente y futuro; allí mismo se encuentra Siféride. Cuando realidad y fantasía se daban la mano para caminar juntos por los vericuetos de la vida, época endémica en la perdida memoria de nuestros antepasados; cuando la frontera entre la vigilia y los sueños se diluía sutilmente en los recónditos cerebros de supersticiosas gentes, tiempo escondido tras la fina gasa del miedo y la ignorancia; cuando hechiceros, brujas, genios y hadas deambulaban entre la muchedumbre; en aquella época vivió Sigdo, jardinero en la engreída Siféride.
                Sigdo tenía ese aspecto de anciano apacible, con unas barbas en caos, con pliegues venerables en la piel, con unos ojos de azufre sereno. Era uno de esos personajes a quien se le puede abrir el corazón sin miedo a caer en la burla por más que surjan confesiones ridículas, dignas de befa e incluso de tormentos. En Siféride todos le apreciaban y le tenían por confesor laico: la doncella atribulada le pedía consejo sobre un mozo que la cortejaba, el alcalde le instaba a opinar sobre algún mojón movido del sitial [porque Sigdo conocía de antiguo los lindes y los usos, hasta el más insignificante detalle, el mínimo palmo de tierra, camino y vereda, las piedras mismas tenía catalogadas todas en su cabeza], el sacerdote le comentaba aquella ingrata situación del monaguillo sorprendido en el robo del cepillo, y hasta la vieja de la cabaña [que se decía, como era usual con las ancianas que viven solas y alejadas del pueblo, era una bruja] le urgía de vez en cuando a que le suministrara esta o esa otra planta que precisaba para un preparado remediador de la tos o del vómito o del mareo. En fin, nadie le negaba el saludo y le estimulaban a la conversación.
                Pero Sigdo no era hablador, ni siquiera paseante; lo suyo eran las flores, su propia vida era un herbolario. Disfrutaba de un jardín al que dedicaba todos sus afanes. De ocaso en ocaso y de alba en alba gastaba el día en mimar las flores y la noche en darles pábulo. A tal punto llega su afición por ellas, que cada una poseía nombre, padre y prole: una azucena grácil era Lilia, de una amapola adormilada habían surgido las hermanas Papaveria y Sopora, y así una por una sin olvidar ninguna. Pero su obsesión eran las rosas; para ellas tenía guardada la solana más acogedora de todas, para ellas destinaba el primer sol y la primera luna; tan hondo era su afecto por ellas, que las amaba con intensidad sobrehumana. A veces, cuando la pasión rozaba el desenfreno, se tendía supino entre ellas y las soñaba en carne mundana y las poseía en el arrobamiento propio de un frenesí inusitado.
                Pero Sigdo también padecía de una frustración, un deseo vehemente inalcanzable para su entendimiento; quería descubrir un arcano: el verdadero secreto de las flores y, sobre todo, de las rosas, porque eran las rosas el Amón, el Marduk, el Zeus, el Odín de los dioses. A menudo les manifestaba su anhelo prometiéndoles un amor infinito.
                Poco antes del amanecer de una de aquellas noches pasadas en vela, el viejo jardinero percibió un aroma, uno sólo, desconocido. No provenía de los crisantemos, las azaleas, los geranios o las camelias, mucho menos de las rosas. No, aquel olor no pertenecía a ninguna de sus flores. Pero aquella fragancia le era tan intensa, tan embrujadora, que cerró los ojos y se dejó llevar. Impregnado por el perfume, una brisa comenzó a rociarle el cetrino cutis, a embargarlo, a sumirlo en un sueño renovador, a abrazarlo e izarlo sobre el suelo y elevarlo suspendido del aura. Ese mismo perfume se colaba por entre los poros y todo su cuerpo era invadido por efluvios cautivadores: todo él era vapor incandescente.
                Primero fue un tallo, el de un narciso, que se flexionó en reverencia; luego, fueron los de en derredor; a continuación, se abrió una senda recta hacia él. Las flores todas despejaban el camino a un suave airecillo: unas se erguían majestuosas al paso invisible, otras se doblaban rendidas. Sigdo quedó obnubilado, sin movimiento, con una parálisis fuera del común sentido, pues el único sentir era el de paz, sosiego, mansedumbre, descanso, paz. Como un rocío de escarcha alada, la brisa le envolvió y sobre él caían menudos copos de nieve seca y cálida; parecían pétalos inmaculados de un albor más allá de lo natural. Notaba cómo los dedos del manso vientecillo peinaban su cabello tosco, friccionaban sus sienes embutidas; le besaba la faz una boca apenas perceptible; las ropas se deslizaban e iban al suelo: su cuerpo corito. Todo el jardín fue Edén, los colores eran centellas luminosas que irradiaban música; allá los crótalos de las campanillas hijas de la enredadera, violines de alhelís, flautas de claveles, arpas de helechos, un celestial coro de rosas y más música de más flores, notas que brotaban, caracoleaban y se desmayaban. Y aquel suspiro era el director, aquel aliento mágico que le infundía tanto deleite.
                Los dedos insistían, pero apenas rozaban la piel rugosa de su amante, el amante de las rosas. La larga cabellera, undosa en el aire, azotaba el enjuto rostro, mas cual aura enamorada y lasciva, que no cual flagelo sanguíneo. ¡Pobre jardinero envuelto en ternura! ¿Pobre? Más bien irremediablemente imbuido. Aquello era lo que había ansiado hallar: la esencia misma de las flores, el alma, el espíritu, el… Una meliflua voz resbaló entonces hasta sus oídos.

   -Yo soy la respuesta a tus plegarias, hechicera, bruja o encantadora, según unos; diosa, hada o maga, según otros. Yo soy a quien la naturaleza toda rinde culto, a quien las flores adoran, a quien los árboles rezan, ante quien la hierba se inclina. Yo soy el néctar y la ambrosía que dan la eternidad o quitan la vida. Yo hago crecer y multiplicarse al mundo. Así pues, nada temas de mí. Tú eres mi elegido, mi clandestino amado, mi protegido. Ven conmigo.

                Y Sigdo obedeció. De pronto, la espesa tamuja del lugar se revoluciona, cosida la hojarasca por la fibra dorada de la voluntad divina; se arremolina en lúbricas volutas, que giran sobre sí, se elevan en el aire y rodean al anonadado jardinero. En segundos la figura humana deja de serlo y desaparece entre la maraña de hojas. Una brisa, hálito de la diosa, levanta la masa y la suspende lejos de la seguridad del terreno. Presto, cual ninguna mirada mortal haya visto, la tamuja se deshace, las hojas se desunen y desparraman por todas partes, dejando en nada el lecho mullido en donde ha poco rebullía un cuerpo ahora ido, transportado a la dimensión incognoscible: la morada de la amante.
                La morada, el palacio de ornamentos bruñido: paredes que son pétalos floridos, columnas que son tallos, luminarias que son corolas, lluvia que es polen, suelos herbáceos, techos estelares, frisos de madreselvas, cuadros de hiedra devoradora, atmósfera ingrávida, olor a pensil.
                Un céfiro reconocible cruzó la estancia y una figura de sublime belleza apareció sonriendo y dispuesta a dedicar sus más sensuales encantos al anciano. Heredera de Isis, Ishtar, Afrodita y Baldr, ella sola era la mitad del Cielo, tan perfecto hermosura, que las encías eran de rosicler y sus ojos ¡ah, sus ojos; qué intensidad en su mirada!, con saetas de amor hiere cuando levanta sus ojos. Se acercó a él sin tocar materia alguna, le abrazó y su hálito le empapó la faz.

   -Bésame, loco mío, y con tus brazos rodea mi cintura. Humedece tus ojos en los míos y con tus manos abraza mis pechos. Me ofrezco a ti, toda desnuda, y a las caricias tuyas peritas en flores. Arranca de mis entrañas el secreto que deseas; soy tuya, tómame. Pronto el alba anunciará que la noche termina y nuestra despedida asoma su cabeza tras la niebla. No perdamos tiempo, viejo mío, y con tus sabias maneras convierte este instante en el instante más perfecto, instante envidiado por imperfectos mezquinos.

                Nunca lo habría creído; no existirá el placer, el gozo excelso y extremo después de esta noche embrujada. ¿Cuál era ese misterio?: la puridad de la diosa, pues de ella emana el fluido que alimenta a la naturaleza; los árboles sorben su néctar; las plantas, su ambrosía; los rayos del sol penetran en la médula de los pecíolos y los amamanta, los de la luna sacan el brillo esplendoroso de la coraza y la vaharada del hada extrae de todo ello los vívidos colores.
                Allí, en el vergel deífico, lo comprendió todo. Las rosas rebosaban de vida, respiraban, escuchaban y hasta parecían hablar. ¡Y el aroma enajenador! ¡Y el color! Todos los colores estaban allí, en el Paraíso, y las rosas los poseían todos. ¿Todos? No. Hay encendidos rojos, perpetuos encarnados, adorables amarillos, verdes mundanos, lilas misteriosos, violetas pudorosos, rubís, esmeraldas, diamantes, amatistas, perlas. ¿Y azules? ¿Por qué no zafiros? ¿Y la rosa azul?

   -Todos son tuyos –le había dicho-, todos menos uno: el azul. Ésa es mi posesión, sólo yo he de poseerlo. Confórtate con los demás a cambio de esta noche que no quisiste interminable, porque la rosa azul es la única que no pone fin. Ella, la rosa azul, es interminable; en cambio, tú eres finito, como todas las demás flores con sus esplendorosos colores.

                Ninguna rosa hubo o habrá más perfecta que las debidas al amoroso cuidado de Sigdo. Sólo los dos amantes conocen ahora el arcano: ellas, las flores, son las hijas de la hechicera, pues ella es quien les infunde la maravilla irreal. Ni al filo de metal ni al filo de cualquiera otra materia les estaba permitido quebrar su endeble talle. Sólo a los dedos lícitos del jardinero, guiados por su amante, les estaba reservado sajar sin derramar la savia, sin producir dolorosa herida, sin que la rosa misma sufra tortura ni sus espinas la causen. ¡Las rosas, tesoro del pensil, corazón sobrehumano! Mas no se holgaba en ellas Sigdo con el hedonismo de quien todo lo ha conseguido, pues todavía quedaba la rosa azul; por ella no dormía, no comía, no respiraba.
                Su desesperación, sus lágrimas de rabia, llegaron a la diosa y ésta, apiadándose del pobre jardinero, acudió en su ayuda una noche de plenilunio. El vergel resplandecía con la inesperada visita. La dama se enrosca a los pies del anciano, sierpe multicolor; de las yemas táctiles fluye la electricidad desde sus nervios; el césped chispea en torno suyo y una hebra rubia eriza las hojas, resbala por los troncos y se anilla a la cintura de Sigdo. Ella, tan inalcanzable para los simples mortales, se desprende voluptuosa del jamete encubridor y deja todo el cuerpo a la intemperie.

   -Ante mis rosas pronuncias mi nombre en silencio –dijo.
   -¿Cómo pude, si no lo conozco?
   -Mi nombre es el anhelo tuyo. Yo soy la rosa azul.
   -Entonces, dime tu secreto.
   -¿No te es suficiente que te haya revelado el de mis hermanas?
   -El tuyo me es más querido.
   -Ése es mi secreto, mi propia existencia.
   -En ese caso, necesito tenerte.
   -Me costará la vida, pues sin ese secreto mi razón de ser se extingue.
   -Yo te mantendré siempre viva en mi pensamiento.

                La diosa derramó lágrimas de ardiente tristeza y sus ojos se volvieron oscuros y su piel se tiñó de gris ceniza. Y sus piernas ya no eran de carne, sino dos cataratas de agua trasparente, y sus pechos y su pubis y su espalda… todo dejó de ser lo que era para ser flor, una rosa azul, y, cuando la rosa azul abrió su capullo, como un bostezo, surgió una sonrisa de desconsuelo. De repente, el aroma, ese aroma impregnado de ambrosía, néctar, poesía y amor, huye de la flor, taladra el aire e invade, nariz adentro, el reino interno del jardinero; desciende a los pulmones y los revienta de fragancia, inunda el corazón y lo adormece lánguidamente, hipnotiza los nervios, deja flácidos los músculos, azulea la sangre, huesos y dermis. Luego, desciende con lentitud y enajena la razón, atora los sentidos. Sigdo agoniza en el gozo supremo. La diosa sabe del sin. Tres lágrimas surgidas de sus ojos, piedras sulfúreas, se congelan al colgar de los pétalos. Sigdo suspira, exhala el postrer hálito y una sonrisa se dibuja en los labios justo antes de tornarse en un gesto de asco y desprecio, pues la rosa azul, una vez entregada su existencia, se extingue dentro del propio anciano y con su muerte el jardinero se libera de su posesión más preciada, pues, al tiempo de penetrar en el arcano, comprende que ha perdido su guía. Conoce todo sobre las flores, pero se ha quedado vacío, pues ya no tiene nada por lo que vivir y el resto de sus días los habrá de pasar persiguiendo un fantasma: los recuerdos de la Rosa Azul.

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