lunes, 27 de mayo de 2013

El mono sabio

Del encierro que padeció lo más angustioso era el reducido espacio que le impedía desperezarse o, a lo menos, extender los miembros uno a uno, pues los palos estaban engarzados de tal manera, que el hueco entre ellos imposibilitaba el paso de un grosor superior al de los dedos, por lo que se quedó todo el cuerpo escaldado de rozar constantemente con la pared. Además, como la jaula pendía del techo por una cuerda, durante todo el viaje, que fue de tres semanas, se vio zarandeado cual péndulo sin reposo, lo cual mareaba sus tripas y lo poco que le daban para comer y beber se alborotaba a tal punto, que pretendía salírsele por donde había entrado; él tapaba la boca con las manos al tiempo que los ojos se le volvían cegatos, mas alguna vez devolvió lo comido con tal mala suerte, que en cierta ocasión fue a parar sobre la calva del que cuidaba los reos, que eran un par de leones, varias serpientes, una cebra y tres leopardos. El esbirro se encabritó tanto, que cogió un látigo y la emprendió contra la guarida, poniéndole a caldo la espalda y las patas traseras; un golpe mal atinado hizo que la jaula se desprendiese del gancho que la sostenía y cayó sobre el propio agresor. No se puede dar fe de en qué acabó el berrinche, pero con la caída su cabeza dio con la madera de la cárcel y perdió la conciencia un par de horas. Cuando recobró el conocimiento, ya había retornado a la horquilla. Desde aquel día siempre tuvo la precaución de guardarse muy mucho de mover siquiera un dedo, cuando una calva se le cruzaba en el camino, que de malos ratos es de donde se aprende a comportarse.
                Otro día desgraciado fue el de la tormenta. Todos tenían los nervios a flor de piel, no porque se supusiera el peligro de naufragar, sino por los resplandores de los rayos y el meneo que les daban las olas. En uno de los vapuleos se soltó el cierre de la jaula de un leopardo y éste, viéndose libre y en tal situación, corrió alocado por la estancia, vociferando de tal modo, que los mismos truenos enmudecían con sus gruñidos. De esta forma el chimpancé se asustó todavía más y tantas revueltas dio entre aquellos cuatro palos, que a poco deja en ellos toda la pelleja; pero ya no por miedo al estruendo celeste, sino más bien a la enfurecida bestia, que abría sus fauces de par en par, que a él le parecía iba a tragarse todo el barco de un solo bocado. Más le amedrentaban aquellos dientes afilados como cuchillos, dispuestos a hincarse en cualquier momento. Nuevamente la mala fortuna hizo que el viento abriera la trampilla por donde penetraron bocanadas de mar, arroyando sobre la escalera; por allí saltó la fiera en busca de un refugio, pero se cree que tuvo mal fin, pues no se volvió a ver más.
                Una mañana se despertó el mono con la jaula sin movimiento. Como no estaba acostumbrado a la quietud, pensó que algo iba a cambiar. ¿Quién sabe cuántas cosas pasaron entonces por su cabeza? Temió que se presentara la calva con el látigo, que las mandíbulas del leopardo se clavasen en sus carnes, que la cuerda se desenganchara de nuevo, que se escaparan de su prisión las serpientes y lo engullesen. Con esas aprensiones y angustias pasó todo el día; mejor dijese pasaron, ya que todos padecían de las mismas inquietudes, como si aguardaran un fatal sino. Aquel viejo cascarón de pino rechinaba en todas las junturas, quejándose de la carencia de viento, de la calma total. A pesar de todo no les faltó el alimento vespertino a las fieras, lo cual, si bien no calmó los temores, sí consoló el hambre. En el ocaso le llegó un nuevo alivio; cuando daba la impresión de que el barco retornaba a su marcha lentamente, escuchó al otro lado de una tapia de madera el aullido de connaturales suyos, el cual le pareció de queja. Esto le causó a la vez alegría y congoja, pues sin duda el látigo habría hecho mella en ellos como a él se la había ocasionado días atrás. Con tales pensamientos se adormeció acurrucado en la cárcel.
                Por fin arribaron a puerto. En aquel momento imaginó lo peor, aunque le tranquilizó la curiosidad al ser desembarcado. Le llevaban subido en una especie de litera cómodamente aposentado en su diminuto reino. A medida que le transportaban por una rampa hacia el muelle, por su innato deseo de averiguar lo ajeno, viraba los ojos a todas partes embelesado por la gran cantidad de gente que trajinaba despreocupados unos de otros, cada cual a sus quehaceres. Aquí, un puesto de pescado, allí, otro de la competencia; ahí, vendedores de esclavos; acá, un grupo de pescadores ociosos; allá, un tenderete de porcelana; en una esquina, una tienda de telas finísimas y coloridas; en otra, una de telas más burdas y sencillas; un taller de hierros con su fragua, un poco más lejos; a su lado, una frutería; más lejos, un desembarco con cajas de madera; luego, una taberna bulliciosa; a la vera del mar, unos ganados en venta; por todas parte compradores, clientes y curiosos y navegantes y soldados y borrachos y paseantes… y en un rincón había gran cantidad de animales enjaulados a donde le conducían, carga y equipaje de la nao en que había viajado. Estaban apiñados los leones, las serpientes, varios simios, dos cocodrilos, una pareja de pajarracos de plumaje extravagante y hasta un elefante. Todos ellos parecían nerviosos, deambulando en lo que podían dentro de su recinto, y los que no podían se contentaban con mover la cabeza. Al chimpancé lo situaron lindero con el rinoceronte con tan mala fortuna, que al dejarlo solo el cornado se enfureció y arremetió contra el entablado próximo al suyo; los dos temblaron una y otra vez, ya se veía espetado en su cornamenta como un pincho moruno. Pero no hay bien que por mal no venga, así que con las sacudidas se soltó el cierre y se abrió la portezuela. ¡Qué maravilla apareció a sus ojos, qué milagro para sus esperanzas! Imposible describir con palabras o gestos el gozo que le invadió al contemplar la salida libre a su libertad. Aun así, dudó en la huida unos segundos por el pasmo ante tan buena ventura, mas, una vez repuesto del asombro, más que cuatro patas parecían dos pares de alas agitadas a toda prisa y sin control. No había escarmentado todavía con el hombre y se hubo de meter entre la chusma para su desgracia, pues de tan numerosos pies era fuerza que alguna tendría que pisarlo y herir su prieta carne, incluso alguien de los que lo perseguían, vociferando garrote en mano, le molió con la estaca una pata trasera. Todo así, se libró de la vapulación escalando fachadas de viviendas y aprovechando los tejados y su habilidad para imprimir más ligereza.
                Se pasó manco de la trasera un par de días, pero más tiempo sufrió los ardores producidos por la falta de condumio. Una tarde, por no soportar más aquel azuzamiento, se acercó a hurtadillas hasta la frutería del puerto, tomó una manzana sin mediar permiso y se aprestó a una huida célere, cuando de improviso notó que lo agarraban por la pata sanada y lo azotaban en la cabeza con un puño bien apretado. Soltó de inmediato el fruto, no fuera a arrepentirse tardíamente de haberlo hurtado, y tiró de la tenaza, que resultó ser la mano del dueño de la tienda, para desasirse de ella; pero el resultado fue otro buen coscorrón que lo dejó alelado y sin fuerzas para la lucha. El muy vengativo se cebó en él, a pesar del aturdimiento en que estaba sumido, y lo llenó de moratones y magulladuras a base de puntapiés y manotadas. Si se salvó de morir de la paliza fue gracias a un viejo desharrapado, que se apiadó de su suerte adversa. Entabló conversación con el propietario y acto seguido ató al simio una cuerda al cuello, lo recogió maltrecho en sus brazos y, adormecido por la zurra, lo llevó a un cuchitril en las afueras de la población, donde se aplicó a la cura y educación suya.
                Sin embargo, como ya el refrán nos apunta, nadie da nada por nada. Hay que confesar, no obstante, que su nuevo mantenedor lo trataba conforme se portara, así que hubo de esforzarse en acatar los deseos del amo, si quería nutrir el buche y dormir en blando, aunque sus buenos atolladeros de cabeza le costó entender lo que el señor pretendía. Ello era realizar ciertas piruetas con una compensación final: no más de algún cacahuete o miga de pan. Lo que más sudores le sacó fue el truco del latrocinio. Samuel, que ése era el nombre del amo, giraba la palanca de una caja, que resultó ser una especie de organillo, de la cual salía una melodía tosca; entre tanto, el simio debía echar una mirada al posible corro que en derredor suyo se formara, cosa ardua de imaginar para su cerebro, cuando debía practicarlo sin los maniquís; entonces se fijaba en la bolsa de monedas o en las joyas y, de esa manera, debía apreciar el más valioso botín. Una vez conseguido el primer paso, tenía que saltar como mimoso o asustado macaco sobre unos cuantos, entre los que estaría la víctima fijada de antemano, de quien sustraería el premio. Como recompensa a esta labor de ensayos se ganaba un plátano o una manzana.
                Adiestrado, pues, de esta suerte, recorrieron varias leguas de camino pedregoso y campo a través hasta llegar a Polarce, un pueblo de lo más rural, cuyas casas forjadas a base de adobes y piedras daban la impresión de un lugar frío y húmedo, maguer el sol calentaba de lo lindo. En una mugrienta tasca encontraron aposento y comida a pesar de las reticencias del tabernero a hospedar un simio; por ello se lo alojaron en un cuarto trasero no muy distante de la habitación de Samuel. Por temor a que su medio de vida se esfumara al verse sin vigilancia, el amo ató con una gruesa cuerda una pata trasera del animal a un arcón, confiado en que su flacucho cuerpo sería incapaz de arrastrar o levantar la grave arca. Aquella noche comió mendrugo de pan de trigo y un poco de agua, parca cena antes de morar en brazos de Morfeo.
                A la mañana siguiente, sin desayunarse, su dueño lo sacó del trastero y juntos se fueron a la plaza mayor. A un lado, una iglesia modesta precedida de escalones de piedra; a sus flancos, dos callejuelas mal empedradas y estrechas en demasía; por la izquierda, la casa consistorial, con un soportal que sostenía el balcón de los prebostes municipales; por la derecha, un ruinoso edificio, cuyo bajo estaba destinado a una tienda de ultramarinos; enfrente del recinto religioso, una amplia vía, como de veinticuatro pies, que es como decir ocho varas, y que se perdía en recovecos fuera de la población; a su diestra, una casa con ventana y puerta enrejada; a su siniestra, la vivienda engalanada del señor párroco; en el centro de todo, una fuente rodeada por un murillo de poco menos de un cuarto de metro en altura. Samuel y el mono de su mano se detuvieron al borde de las escaleras justo al tiempo de sonar las campanas de la torre eclesiástica. De pronto, el lugar se llenó, primero, de pordioseros, mendicantes y ciegos; luego, de niños traviesos; finalmente, de los devotos feligreses: unos de ricas vestiduras, otros de pobre atuendo.
                Su maestro comenzó por incitarlo a los piruetas y gracias, que le había enseñado, las cuales realizaba con renovado celo al verse admirado por tanta multitud como se agolpaba para reír y que de vez en cuando arrojaba alguna moneda al viejo, quien la recogía del suelo con prisas y se la guardaba celoso en el bolsillo. Miraban enrevesados los restantes pedigüeños al comprender que sus ganancias disminuirían con la actuación circense del macaco, mas Samuel no se amedrentó. Con parsimonia fueron entrando en la iglesia los beatos y en la plaza quedaron los humildes de bolsa. Mientras se esperaba la salida, el amo contó el dinero, que no debió de ser mucho, porque su expresión era entrecejosa y cariacontecida.
                Cuando observó el mono que preparaba el organillo, se le vino el mundo a los pies. Entendió que debía aprestarse a lo de robar al público y, como se hallaba por primera vez entre gente, los nervios desataron una tormenta dentro de sí, máxime al no haber recibido la habitual recompensa por las piruetas, lo cual le llevó a considerar que no habían sido lo asaz satisfactorias y, si erraba lo fácil, la equivocación en lo difícil podría acarrearle una buena somanta de garrotazos o una larga temporada en ayunas. Estando en éstas, llegó el momento de la verdad y a decir verdad que con sólo una canción consiguieron más dinero que andando boca abajo y saltando al aire con una vuelta mortal y rascando la cabeza como para pensar y pasando el sombrero a los espectadores y, en fin, haciendo las cabriolas y menesteres aprendidos.
                Durante una semana entera todas las mañanas hinchaban los bolsillos de Samuel, lo cual redundaba en la alimentación del animal, por lo que le tomó aún más apego. Lo único que su cerebro grabó fue lo de “socio”, a cuyo sonido acudía presto y célere. Funcionaba tan perfecto el truco de la caja musical, que, escondido en su cuarto, el viejo ataba y desataba el hatillo en el que iba depositando una pulsera, un collar, un anillo o un reloj, amén de una suculenta colección de monedas; pero su tacañería resultaba irritante, dado que sin pasar hambre ni frío vestía de torpe y comía en escasez, sólo lo suficiente para mantenerse despierto y ágil, cosa que no acababa de comprender el mono, viendo que por aquellas cosas otros humanos conseguían más comida y mejores vestidos. De todas formas, ya pensaba que los malos tratos se habían acabado, cuando un hecho desgraciado casi los llevó a la sepultura. El caso fue que una mañana, en que realizaban el numerito del organillo, fue a saltar sobre el hombro de un varón calvo. Se le vino de repente a la memoria el látigo del barco y se azoró tanto que, al irle a sustraer un reloj de oro, éste se cayó al suelo. El alopécico se enfureció de tal modo, que a poco no le descalabra allí mismo. Todos comenzaron a apedrearles, tanto al amo como a la mascota; ésta se escabulló entre las piernas no sin recibir varios golpes, que a punto estuvieron de estropearle la cola. A Samuel lo mantearon. Sin jefe ni protector se asustó y corrió alocado hasta la taberna; entró por el ventanuco de su cuchitril y no movió un pelo en espera de su maestro, el cual apareció maltrecho y a hurtadillas entrada la noche. Se alegró al encontrar al chimpancé, más al encontrar incólume el hatillo. Salieron del pueblo sin aguardar al alba. Jamás regresaron.
                Mucho tiempo hubo de pasar en recuperarse de las agresiones. Entre tanto, Samuel iba impartiéndole clases sobre nuevas habilidades, que pondría en práctica en el próximo pueblo, tales como gesticular a imitación de los humanos o adoptar sus posturas más comunes, distinguir algunos símbolos, que se conocen como letras y números, o contar con los dedos una cifra. Un día hicieron noche en un bosquecillo de castaños. Corría entre la arboleda una gélida brisa que, al rozar las oquedades de los troncos secos, silbaba demoníacamente. Como al unísono mezclaba los ramajes, rascándolos, el amo prestaba oídos a cualquier movimiento, por si un intruso hostil se les abalanzaba. Por su parte, cual si nunca hubiera salido de su ámbito humano, el mono notaba bullir la sangre y se acomodó sereno a fin de disfrutarlo. Le despertaron del ensueño los gritos del maestro, que semejaban aquéllos de la pantera huida de la jaula, por lo que chilló en su compaña aun sin conocer el motivo. Cada uno rivalizaba en superar al otro en desespero y volumen. Ello causó mayor confusión y mayor pavor. Cuando al rato calmaron el desasosiego, se averiguó el origen del atolondramiento: entre unos zarzales alguien se movía al acecho de su presa, tal vez un lobo, quizás un oso, probablemente un jabalí. El “socio” no necesitó que nadie le aconsejara, sino que con la cola entre las patas se encaramó a la copa de un árbol, vista fija en Samuel, quien se esmeraba en buscar refugio o un arma con que defenderse de la bestia. Una cacofonía llegó a él desde Samuel; acto seguido, un caco-olor; puso sus ojos en la procedencia y vio que su amo se llevaba las manos a la culera del pantalón con ceño de compungida palidez.
                Resolvió, luego, el amo asir una estaca y un tizón llameante, rodear el árbol en que aquél se cobijaba y escuchar la resolución de la fiera. Se oyó, a continuación, un raro ruido desde la maleza y nueva agitación de ramas. Por más que los dos a la par escudriñaban el enemigo, no alcanzaban a vislumbrar figura alguna, sino fueran las siluetas umbrosas que la luz de la luna proyectaba al suelo. Entonces, recordando su instinto prístino, el mono analizó la situación hasta convencerse de lo insustancial del susto: el viento movía las hojas y al choque con un hueco se obligaba a resonar. Bajó del árbol y se dispuso a acercarse allí donde esclareció a su maestro el absurdo miedo. Desde aquella aventura Samuel, y sin saber muy bien por qué, no volvió a regatear en agasajos y cuidados sin doble intención, ni a cargarlo con cuerdas ni con ensayos cansinos, los cuales suavizó en extremo para regocijo de los dos. No pecó el simio de mimoso ni malcriado, pues se atuvo a acatar los deseos del señor sin demora, no fuese a cambiar de actitud hacia él. En fin, entre éste y otros sucesos llegaron a Niango, villa de calles enrevesadas, fachadas blancas, fuentes secas y labrantíos áridos. Nada hubiera merecido la pena mencionar de ella a no ser por el quinto día de estancia allí. Mal pasaron los cuatro primeros, pues, como no sacaban un ochavo de sus habitantes, el amo se entregó a la abulia, a la apatía y al alcohol, dilapidando las ganancias que le restaban y perdiendo en el juego las joyas tan hábilmente hurtadas por las mañosas patas.
                Así pues, cuando llegó el circo, una alegría inusitada invadió al animal. El cortejo lo encabezaban payaso, que alborotaban al público y eran acosados por una miríada de pequeños mocosos; luego, avanzaban dos carromatos ornados con cintas policromas, carteles llamativos y un hombre fuerte de fácil sonrisa, quien con sus propias manos hacía resonar una especie de cuerno, a cuya llamada anunciaba la futura función en la afueras; tras éstos venían las jaulas de los animales: caballos, perros, jirafas y un corpulento oso, además de un par de pitones y una cobra, reptiles que se suponían estaban encerradas en sus respectivas cestas de mimbre y cuyas figuras se mostraban en otros tantos carteles con un dibujo tosco, pero provocador. Casi le saltaron las lágrimas al comprobar que, encerrada en otra jaula, una preciosa monita permanecía ida con los viles barrotes entre sus manitas. Volvió los ojos al amo, que dormía la última borrachera a la sombra de un soportal, y al saberse sin ataduras se abalanzó hacia la monita con ánimo de consolar sus pesares. Se colgó a su lado y rozó sus delicados dedos; ella le dirigió una triste mirada, que suplicaba ayuda. Repentinamente recibió un duro coscorrón, por lo cual tuvo que desasirse, cayó al suelo, se apartó bajo un poyo y rascó los golpes, que dolían como ascua en carne fresca. Tan ajeno a lo suyo estaba, que no percibió a los trapecistas, domadores, funámbulos, malabaristas y otros circenses personajes, que cerraban la caravana.
                Se pasó la víspera agitado, sin separarse de Samuel, que le impelía a ensayar una y otra vez lo enseñado. Tenía en sus ojos la chispa de los orgullosos maestros, cuyo alumno favorito destaca gracias a los sacrificios soportados con resignación. Mientras finaban a las tantas de la madrugada, lo alimentó a base de bien, por lo que coligó el mono que a la tarde tendrían trabajo. En efecto, una hora antes del espectáculo lo llevó de la mano a un hombre de bigote orondo y la faz arada. Hubo de realizar todo tipo de cabriolas delante de su atenta mirada, sin expresión en el rostro, incluso cuando llevó a cabo la resolución de cuestiones lógicas. Deliberaron, luego, en voz baja, como si el simio pudiese entenderlos aparcado debajo de un carromato. A continuación, inundado de compungidas lágrimas, el amo le abrazó largo y tendido para marcharse solo sin girar la cabeza. Se quedó la mascota estupefacta, unos segundos indecisa en seguir sus huellas o aguardar su vuelta, el suficiente tiempo para que el del mostacho le colocara un dogal al cuello y le encadenara a la rueda.
                Lopetegui, que así le llamaban al hombre que le había reclutado, no poseía paciencia, sino más bien una intolerante impertinencia. Al poco que le llevaban la contraria, arremetía insensible contra el primero con que tropezaba, que las más de las veces resultaba ser una concubina suya dedicada a la alambre con red. Del nombre artístico era conocida como Belamí la Mora; del verdadero, nada se sabe. Delgada, de fina silueta, de cara bella, de apariencia hermosa. De esta modo nada extraña que todos la deseasen, aunque por temor a Lopetegui apenas si le dirigían la palabra. El animal quedó a cargo de un tal Frenchi, que lo bautizó como Buba. Frenchi se encargaba también de la monita. Su malvada persona llegaba al extremo de mantenerlos separados todo el tiempo, con lo que tuvieron que conformarse con una comunicación de gestos y bufidos propios de los de su especie, aunque ninguno de los dos acabara de entender lo que el otro quería decir. A la monita la tildaron Salmona, maguer ella desobedecía sosa, si no le aplicaban la tortura de la vara, cosa que él se procuró muy mucho de no merecerla por escarmientos anteriores y amansado, en parte, por los palos y las heridas.
                Una tarde lluviosa aprovechó el descuido de Frenchi para fugarse de la jaula y visitar a Salmona. Gracias a sus dotes de observación, dedujo que el cierre de la cárcel era un barrote exterior que él mismo podía girar con los dedos, alargándolos a través del hueco de los otros barrotes. Consiguió, pues, salir y se fue derecho a la monita, la cual mostraba una curiosidad embobada por las artimañas del congénere. Con idéntico procedimiento abrió la salida de la otra prisión, pero ella no osaba siquiera pestañear. Se metió dentro, dado que la monita rehusaba la liberación; se acurrucó a su lado e intimaron sin pudor ni obsesión, con el frenesí desconocido de dos incipientes amantes. Finalizado el coito, descansaron entre las verjas unos minutos, mientras se sedaban tiernamente. Quien había aprendido a servirse del instinto y de las enseñanzas del antiguo amo, previno una más que posible desgracia, volteándolo todo a su anterior situación; esto es, encarceló a los dos por propia voluntad. Una vez comprobado el éxito de la operación, repitieron cada vez que la ocasión lo permitía, que no fueron pocas las veces, algunas con notable riesgo y ansiedad.
                El gran contento que esta relación les reportaba se reflejaba en las ansias por ampliar los horizontes de su limitada capacidad mental, por más que le costaba alguna paliza extra: si realizaba mal un ejercicio, Franchi le pagaba con un varapalo; si bien, también. De esta guisa alelaba al público formando palabras con varias letras, hasta frases elementales, cuyo sentido, aun siéndole arduo, comprendía a su manera. Incluso en los dos largos años que convivió con los del circo de población en espectáculo, llegó a aprender los rudimentos de la suma y de la resta. Creció su fama en estos inventos de voz en voz y de pueblo en pueblo; se extendió extra-carpa. Con él creció también el número de asistentes y con él el de viajes a través de una árida tierra con sólo rastrojos, polvo y calor insufrible. Sin embargo, a medida que pasaban las semanas veía cómo aumentaban las ganancias sin que los animales obtuvieran mejora alguna, más bien daba la impresión de empobrecer cada día un poco más, hasta que Buba se hartó de laborar sin predio y se fugó con su única amistad, Salmona.
                Y allá iban la una en pos del otro, saltando por encima de los matorrales, las tapias o los arroyuelos que se les iban cruzando en el camino. Perdidos en el inmenso campo, los dos sentían el extraño frenesí de la libertad recién adquirida. La monita estaba algo más decaída, sobre todo según avanzaba el día e iba comprendiendo que nadie le llevaría el bocado a la boca, pues su amiguete se dedicaba a corretear, ya sin sentido, de un lado a otro, enajenado del mundo. Así pues, Salmona se abstuvo de las correrías y se quedó mirando a Buba, que se iba alejando de ella sin darse cuenta de que iba solo, tan contento y tan poco acertado. Luego, sonó el cielo y la monita miró hacia arriba y vio malas nubes y supo que llovería y ella no tenía donde cobijarse a su gusto. Echaba de menos su casa, que no era la selva, sino el circo, la jaula con barrotes. Con la mirada triste y lágrimas en los ojos se dio la vuelta y caminó despacio; no corrió hasta sentir la primera gota caerle sobre la espalda.

Cuando Buba giró la cabeza y no vio a la monita, se quedó sorprendido, no acertaba a entender cómo había desaparecido de forma tan repentina ¡y encima había tormenta! Se olvidó de los amores tenidos con ella y no se sabe si alegre y feliz o temeroso y a punto de reventar su corazón, echó a correr buscando refugio contra el agua, que empezaba a ser ya de diluvio. Para desgracia suya, apenas gozaba de la libertad y apenas había tomado ya su primera decisión, la de abandonar a la monita sin más preocupaciones, le vino encima la vil muerte a manos de un mal rayo, que le fulminó en el acto a poco de resguardarse de la tormenta bajo un abeto. De lo cual se induce que quien a flote sale por honroso esfuerzo, el azar lo devuelve a su original estado, pues quien sube como un trueno suele bajar como un rayo. 

viernes, 24 de mayo de 2013

El suicida


El parto resultó duro, doloroso y prolongado. Al final, a la embarazada la tuvieron que practicar la cesárea, porque el bebé llegaba del revés y con el cordón umbilical alrededor del cuello. Al acontecimiento no asistió el padre y la criatura lloró más de lo usual, como si echara en falta al progenitor. Tampoco cuando dio sus primeros pasos gozó de aquella mirada paterna, aunque adivinó que tenía un padre, pues un día dijo aquello de “papá”, que arrancó unas lágrimas de alegría a su madre.

De niño recibía constantes palizas de su alcohólico ascendiente, un día sí y al otro también, sin motivo aparente, simplemente por el gusto que le proporcionaba al energúmeno hincar el diente en la criatura; la espalda del pequeño lucía las llagas señaladas por el cinturón de cuero y el escozor le abrasaba al rozar con las sábanas, con que su acólita madre le arropaba. Odiaba a su padre, pero aun odiaba más a su madre por la falta de iniciativa, por la abulia por la resignación con la que aceptaba el destino. Un día le entraron ganas de degollarla con el afilado cuchillo de la cocina, mas su padre se le anticipó aquella misma noche y, después de golpearla con el rodillo en el cráneo hasta dejarla sin vida, la descuartizó en presencia de su hijo, mientras reía ante la atónita mirada del infante. No pudo soportar el olor a sangre caliente y salió de casa sin volver la vista y sin que su padre, tambaleándose por los humores etílicos, pudiera darle alcance. Nunca más vio ni supo de quien le dio la mitad de la mida y le quitó la otra mitad.

Del hospicio, en donde le ingresaron por orden judicial tras ingresar al progenitor en un manicomio, huyó a los pocos meses. Nada le agradó de aquella experiencia: la mala bazofia que le daban para comer, los castigos que el implantaban por alguna desavenencia; las palizas que sus compañeros le propinaron le hicieron recordar la correa del genocida… así que en cuanto se le presentó la ocasión, saltó la verja y escapó. No le resultó tan fácil alejarse de las drogas, las consumía con la avidez de quien no sabe parar. No le satisfizo en absoluto pasar frío de noche y calor de día, como tampoco le bastaron los empleos a que se vio impelido a ejercer para solventar la penuria; pero el atolondramiento y la enajenación que le causaba la coca le dificultaba en su rendimiento, por lo que no duraba más de un par de meses en el oficio. Se inclinó por los atracos menores, los hurtos y los robos; mas, tras varias detenciones se decidió a dejar el vicio, ya que no conseguía tanto dinero como para mantenerlo. Y le costó algunas puñaladas y distintos moratones, que casi le conducen a la tumba; fue una compañera de infortunios la que se las arregló para salvarle una y otra vez. Con ella se casó y, después de una ridícula luna de miel que duró dos años viviendo en la calle, se volvió hacia la bebida. Emulando a su padre, maltrataba a su mujer, de quien tuvo tres hijos, el menor muerto a los dos días se cree que a consecuencia de los traumatismos sufridos por la mujer encienta. Ésta quiso abandonarle varias veces, mas, impedida por sus dos vástagos, siempre acababa por ser encontrada y el mal trato aumentaba más.

En una de aquella borracheras golpeó a su esposa con tal salvajismo, que la mató, y a ella le siguió el hijo mayor, arrojado desde un quinto piso. No logró la policía dar con él y su hija superviviente fue internada en el mismo hospicio que su padre había odiado tanto.

El año en que el dictador se fue, por fin lo metieron en la cárcel condenado por el asesinato de la mujer y el niño, pero le concedieron la libertad condicional a los pocos años. Allí dejó a sus camaradas dispuesto a rehacer la vida, lo que le resultó arduo dado que nadie estaba resuelto a arriesgarse con sus maneras. Pasó hambre, sed y sueño hasta que decidió dedicarse al tráfico de tabaco, alcohol, drogas, armas o lo que fuese. En poco tiempo llenó las vacuidades de sus bolsillos y se retiró a un honrado barucho, lejos de las preocupaciones legales con el sustento fijo y los nervios calmados. Indagó el paradero de su hija, pero ella le odiaba más todavía de lo que él había odiado a su propio padre, así que hubo de conformarse con saber que vivía sin apuros, aunque no muy feliz.

Ahora repasa lo que ha sido durante cincuenta años y lo que aún debería ser, pero ni el pasado ni el futuro le confortan el vacío que siente. A nadie tiene y a los que tuvo los desahució de malos modos; se odia a sí mismo por parecerse a quien él había odiado tanto y no halla respuesta ni en el crucifijo de su cuarto ni en las cuentas de su negocio. La pistola está dispuesta frente a la sien y el índice frente al gatillo; no hay más que apretarlo y todo se acabaría: no más disgustos, no más pesares, no más remordimientos. Apenas percibió el “click” del arma: los sesos se desparramaron sobre la mesa y el brazo se quedó colgando laso.

martes, 21 de mayo de 2013

Karban


Tú, extranjero que llegas por primera vez a estas tierras, no te detengas y prosigue tu camino o acabarás engrosando el número de los que pasean por los Campos Elíseos. Cuando desciendas de la cumbre acuérdate de baja runa rama de enebro rastrero, cuando asciendas del valle recuerda subir un ramito de margaritas blancas y, si en el camino te encuentras con una joven de bucles rosados, ojos almizcle y voz melodiosa pronunciando tu nombre y llamándote a su vera, apártate de ella, huye como si hubieras visto la muerte misma. Pero si aun así no puedes contener el impulso y te ves impelido hacia ella, no libes de sus labios beso alguno, porque cada uno de sus ósculos tiene escrito el nombre de un mortal. Se dice que esta joven es hija de los mismos infiernos, pues que, cuando llegó a esta región, lo hizo en noche tormentosa, con la luna llena tras las nubes aciagas, trayendo consigo la desgracia. Nadie conoce su procedencia, como un cometa que cruza el firmamento sin que se sepa de él o cuál es su patria. El viejo Hermedoro la acogió en su casa como si fuera hija suya, como sangre de su sangre. La bella extranjera le hechizó con su hermosura y le enamoró a tal punto, que el anciano la inició en los saberes secretos de la alquimia.

                Muchas noches pasaron en vela yendo del lecho al laboratorio y del laboratorio al lecho. Los días se pasaban en claro enseñando el uno, aprendiendo la otra. Así llegó el momento propicio para que la hermosa extranjera recibiese la lección última de los aprendices. Hermedoro le entregó un libro ajado por el paso del tiempo y por el manoseo a que había sido sometido durante tantos años. Después, se sentó en una silla y prestó oídos a lo que la joven leía. La voz de la neófita titubeaba por la emoción de leer el texto que Hermes había regalado a la humanidad para su superación espiritual, y el eco de las palabras viajaba por el aire hasta golpear las paredes del cuarto. El viejo alquimista la vigilaba en silencio, sentado junto a la chimenea, y clavaba en su pupila la mirada adusta.

                Helos ahí: la una, ávida de saber; el otro, de enseñar. La luz opalina ilumina la estancia. Es un momento solemne. Sólo el crepitar de las llamas rompe el silencio que dejan los descansos entre palabra y palabra. El anciano agarra, entonces, el libro sagrado y lee:

Ahora ve, busca al agricultor y pregúntale qué es el grano y qué la cosecha. De él aprenderás que quien siembra trigo recibirá trigo y quien siembra cebada recogerá cebada. Ello te conducirá a la idea de la creación y de la generación; acuérdate de que el hombre hace nacer al hombre, que el león hace nacer al león, que el perro reproduce al perro. Del mismo modo el otro produce oro, ¡he aquí todo el misterio!

                El juramento de los Hermanos de Hermes acaba de ser pronunciado y la joven ya forma parte de la alquimia. A partir de ese momento ya no será quien era, sino otra mujer, otra persona. Está preparada para hacer frente al dragón y matarlo con el fuego; conoce los materiales, los tiempos y las operaciones. “Ora, lege, relege labora et invenies”, aconseja Hermedoro. Pero la taimada no estaba dispuesta a acatar las premisas y su paciencia se iba agotando en cada noche que pasaba, hasta que llegó el día decisivo para la gran cocción que el anciano creía estar llevando a cabo en secreto, pues la malvada no dejaba de espiarle en cada momento, aun valiéndose de sus artes maléficas. Ese día Hermedoro se metió en el cuarto en donde reposaba el vaso, mientras ella se quedó en la habitación, lo que aprovechó para mezclar en el matraz una esencia de enebro y otra de margarita con un poco de azufre y mercurio, veneno eficaz e irremediable.

                Entre tanto, Hermedoro vigilaba el final de la Tercera Obra. Pronto el negro mudó de color; se hace blanco y del blanco pasa al amarillo con una rapidez tal, que al viejo alquimista no le da tiempo disfrutar con la emoción del éxito. Había llegado a la piedra filosofal: es la esencia perfecta de todos los elementos, el cuerpo indestructible que ningún elemento puede mermar ni destruir, la quintaesencia; arcano de todos los arcanos, virtud y poder de divinidad, término y meta de todas las cosas que están bajo el cielo, conclusión definitiva y maravillosa de las empresas de todos los sabios.

                Pero la falaz discípula acechaba, observándolo todo por el ojo de la cerradura y, convertida en brisa, penetra en el cuarto y envuelve el cuerpo del anciano, quien, sin llegar a comprender bien lo que sucede, advierte que de la brisa se forma se forma el cuerpo de una mujer más hermosa que la hermosura misma. Sumido en tan excelsa contemplación, se dejó acariciar por ella, agasajar por el placer femenino. De repente, sintió cómo unos labios humedecidos por el veneno, que al instante reconoció, se posaban en los suyos y le era arrebatado el hálito en un beso mortal. Se abalanzó hacia el atanor, cuando todavía conservaba algo de resuello, agarró la cetrina piedra para extraerla del fuego e impedir que se tornase roja, pero el dolor no le impidió destruir el fruto de toda su vida, despedazándolo contra el suelo.

   -¡Maldita seas, bestia inmunda! No consentiré que te la lleves para hacer el mal. Has venido a mí en busca de mi perdición y me arrebatas no sólo la esperanza, sino también la vida. Yo te conmino a que yerres por la tierra sin que puedas amar ni ser amada, pues que, si alguien se acercare a ti, sentirás un deseo irrefrenable de besarle y en ese beso le llevarás la muerte.

                Apenas arrojó la maldición, Hermedoro expiró. Ahora, extranjero, no detengas tus pasos aquí, si no te es necesario, pues que tal vez ni siquiera el enebro o la margarita te podrán librar del fatal beso de la joven de bucles rosados, ojos de almizcle y voz melodiosa.

sábado, 18 de mayo de 2013

Cuestión de lógica


Una anciana invidente sentada frente al televisor encendido, como si pudiera ver, descansa sus hueros ojos en la noche eterna. Un joven entra en la sala de puntillas, porque no quiere ser advertido, y se dirige a la puerta de salida.

-¿Quién es? ¿Eres tú, Rodrigo?
-¿Cómo lo has sabido, abuela?
-Soy ciega, no sorda. ¿A dónde vas? ¿Te escapas otra vez?  Si tu madre llegara a saber a dónde vas todas las noches… No sé qué vas a conseguir con tanto estudiar.
-En la escuela nocturna aprendo leyes, abuela.
-¡Qué leyes ni qué niño muerto! Lo que tienes que hacer es aprovechar ese cuerpo que Dios te ha dado y meterte a puto.
-Eso no es para mí. Prefiero estudiar una carrera; me gustaría llegar a ser notario. Me asquea la promiscuidad en el sexo.
-¡Ay, si te oyera tu madre!
-Mi madre está muy ocupada follando a diestro y siniestro.
-No seas mal hablado y mucho menos de tu madre, que ya tiene bastante la pobre con mantener fresco el marisco para no perder clientela. Ya ves, treinta años al pie del cañón y parecer una moza de lo joven que está.
-¿Tú que sabes, si no la puedes ver?
-No lo necesito; me basta con olerla.
-Huele a colonia de barrio.
-Lo que huele es a macho. Tres o cuatro polvos siempre caen por noche. Esta misma mañana llegó exhausta: seis seguidos, uno tras otro. En mis tiempos por ahí andábamos todas, pero durábamos menos; a los diez años ya éramos tan adefesios que con tres o cuatro a la semana íbamos bien servidas. Tu madre, la santa de tu madre, sigue en la brecha después de treinta años. Ya ves, si alguien te llama hijo de puta, tú con la cabeza bien alta.

                Entonces el jovenzuelo irguió la espalda, levantó la mirada y con gesto hierático abandonó la sala.

martes, 14 de mayo de 2013

Enrique, el poeta


Enrique Galíndez era poeta. Enrique Galíndez se creía poeta. A Enrique Galíndez le llamaban poeta, porque a él le gustaba y en su pueblo tenían que apodarlo de alguna forma: Enrique, el poeta. No es que Galíndez escribiera versos, no, no era eso; es que los recitaba, los suyos, claro, porque Enrique los escribía en su cabeza, los memorizaba y los soltaba después de una larga agonía puliéndose. A Enrique Galíndez le dolía con frecuencia la cabeza de tanto pulir versos “¿por qué no los escribes?” le preguntaban las gentes “no quiero legarlos al mundo así, tan desnudos, como para que cojan frío y se constipen; primero tengo que arroparlos bien” contestaba. Lo malo era que Enrique el poeta no encontraba las ropas adecuadas, aunque ya había ojeado en los armarios de los que él llamaba grandes: Góngora mucho abrigo y poco seso, y Quevedo mucho seso y poco abrigo; San Juan de la Cruz no muy claro y Jorge Manrique poco oscuro, Antonio Machado algo pasado de moda, Rafael Alberti anacrónico y Pablo Neruda errático, Miguel Hernández simplista en exceso y Rubén Darío complicado en porfía. Así era Enrique, el poeta: todo estaba por hacer, nadie daba la talla. Quería medir sin métrica, rimar sin rima y sin ritmo versificar “la fusca zarpa, lenitivo de oleajes…” poco diáfano “la oscura lija, suavizante de oleajes…” poco brillante. Un conocido, pues para Enrique sólo había un amigo, los demás, los otros sólo eran conocidos, “deberías escribir un libro”, “estoy con el primer poema; lo titulo La sevicia del óbito o tal vez La crueldad de la muerte o…” Otro conocido “¿cómo va ese poema?”, “se atranca en el primer verso y no me sale de corrido, le falta alguna ropa” Y así se iba excusando ante los conocidos, pero no ante su amigo, ante Corvino Covarrubias, el otro poeta del pueblo, el desconocido, el que gustaba de leer y no meterse en un jersey de once varas. A Corvino le gustaban las sonoridades de Góngora, el acierto de Quevedo, lo sublime de San Juan, lo humano de Manrique, de Machado apreciaba su intimismo, de Alberti su pasión y de Neruda su franqueza; idolatraba a Hernández y adoraba a Darío. A Corvino Covarrubias, otro poeta, el anónimo lector de poemas, le gustaba toda clase de poesía: la floja de Cervantes, la moralizante de Campoamor, la fabulística de Samaniego… Pero ni el poeta ni el otro poeta eran antagónicos del todos, los dos estaban de acuerdo en que la lengua española era la lengua de la poesía, que la poesía había nacido para ser loada en la española lengua. Cuando Enrique Galíndez recitaba sus últimas invenciones, de memoria, claro, a Corvino Covarrubias el paladar se le volvía manantial de alabanzas “eres el mejor, sí señor, no hay duda; el mejor” y el poeta crecía y crecía y crecía… Enrique el poeta tomaba cualquier escena de la vida y la revestía de poema; si acudía al encuentro de su amigo bajo un temporal se decía “con la cellisca medra el tarquín / en tanto la macana…” duda y rectifica “con el agua-nieve crece el vil fango / mientras el grueso palo…” Otras veces permanecía horas contemplando el trasiego de los gorriones entre la hierba de los prados y aspirando con gran ruido pensaba “un galopo oxea el averío / que arpa la tierra húmeda…” duda y rectifica “un niño espanta las aves /que arañan la tierra húmeda…” Y en cuanto topaba a su amigo el poeta anónimo, el casi poeta, el que era poeta sin serlo, el otro poeta, le decía con tono de decepción que había hallado la idea, pero la tenía en cueros vivos por falta de vestimenta; Corvino le instaba a que le recitara los últimos versos, Enrique resistía en el silencio, Covarrubias insistía más y Galíndez aún más, el otro poeta ganaba y el poeta recitaba “con la cellisca medra el tarquín /mientras con la macana el galopo / oxea…” duda y rectifica “con el agua-nieve crece el vil fango / mientras espanta un niño las…” El otro poeta, el que lee versos, se pierde entre tantas rectificaciones y se queda con la idea primera, pero Enrique el poeta le saca de su error diciéndole que los versos están desnudos, que les falta la ropa adecuada “es todo un embolismo poético” dice finalmente Corvino Covarrubias, y Enrique Galíndez agacha la cabeza “es verdad, es un embolismo… mejor sea decir una confusión, que se entiende mejor y a nadie engaña”  Después de conversar con su amigo el otro poeta, el poeta anónimo que lee versos, Galíndez siempre dice “algo me atora el colodrillo; tal vez algún abrigo se me está insinuando. Tendré que irme a la soledad, que así pinto mejor los vestidos” pero ni en la soledad del campo hallaba Enrique el poeta aquellos vestidos para cubrir sus versos. Junto a un arroyo se sentaba a su orilla, descalzaba los pies y los sumergía en la tibia agua creyendo que de ese modo surgiría alguna idea para arropar las suyas. Nada. Ni una mísera camiseta. Ni los calzoncillos. Puede que un par de calcetines, pero nada más “¿si estaré errado?” pensaba “dicen que el japonés es un idioma de poesía; ¿será posible que la poesía sea japonesa y no española?” Intentaba luego inventar palabras japonesas, pronunciaciones orientales con reminiscencia melódica. Nada. Tampoco el japonés “el inglés es muy agrio; no sirve. El francés me parece demasiado vulgar. Al italiano le faltan condimentos. El portugués, sin embargo, tiene un no-sé-qué… Pero no, tampoco. Del alemán ni se habla. Quizás haya que aprender zulú para vestir los versos con adecuado uniforme ¡qué estupidez! Japonés, tengo que aprender japonés; o el chino, que es igual” Se levantaba luego del suelo y echaba a andar sin rumbo, olvidado el calzado, los pies al descubierto, mas insensibles al dolor como consecuencia de la tibieza del arroyo “¿Cómo era aquel… el poeta japonés aquel…? ¡ah ya! ¡Boshó! No, no era así… sí, hombre; el del jaicu… ¡Bashó! Eso era, Bashó” Y se encaminaba hacia el pueblo, la vista puesta en la biblioteca, aunque no se viera hasta dar de narices con la puerta. Enrique el poeta conocía bien la biblioteca, porque allí se pasaba horas y horas buscando en los armarios de los que él llamaba los grandes poetas y algunos otros cuyo nombre nunca recordaba. Pero como en aquella biblioteca no habían oído hablar nunca de que en Japón alguien pudiera escribir poesía (¡figúrate tú, poetas en Japón! Pero si allí no hay más que hombrecitos pegados a sus máquinas, con una sonrisita idiota y unos ojillos que no parecen sino de una camada de conejos), como no había lo que buscaba, digo, Galíndez volvió pesaroso a sus adentros “a lo mejor no era uno de los grandes” Y es que a Enrique el poeta no le bastaba que un poema le resultara ameno, incluso resultón; para él, sin no lo había escrito uno de los grandes poetas, y algunos otros cuyos nombres nunca recordaba, no era para tener en cuenta la ropa que llevaba puesta “éstos son poetastros” se decía con risa falsa y esperpéntica “sólo se dedican a vestir sus versas con la ropa que se lleva de moda, y eso no está nada bien, no señor. Una idea con ropas de moda es una idea desnuda, que en cuanto se acaba la moda ¡zas! Ya no hay poema” Cuando Enrique Galíndez leía a estos poetas lo hacía con la complacencia de un padre bonachón, indulgente con los fallos de sus hijos, pero sin darles importancia. A Enrique el poeta le interesaban otras miras más altas, le interesaban los grandes poetas y la poesía del Japón “oye, tú” le dijo a su amigo “¿no has oído hablar de Blasó?, “no, no tengo el gusto de haberle leído… ¿del sur, verdad? Tiene nombre de Cádiz o de Málaga”, “no seas necio, hombre; es un gran poeta del Japón”, “¡del Japón!”, “como olo oyes; el tal Basó escribe jaicura”, “¿Qué escribe qué? Bueno, da igual; no me interesa, yo no sé japonés”, “deberías saberlo; todo el mundo deberíamos saber hablar japonés, y los poetas más”, “¿y qué es una jaicura?”, “es el abrigo que yo buscaba para mis versos” agachaban la cabeza y ambos guardaban silencio “pero ni siquiera sé de qué tejido está hecho” vuelta al silencio. A veces el poeta y el otro poeta anónimo no hablaban en minutos, a veces en horas, pero se entendían en el silencio “bueno; debo irme, porque aquí en el colodrillo tengo un algo… como un jacurio de ojos pequeñitos y piel limonada…” Y se iba sin más explicaciones. Mientras meditaba sobre el nuevo ropaje algún conocido se le cruzaba en el camino “¿cómo va el poeta?”, “solo desnudo, sin ropa y sin ideas” Otro más allá se le acercaba al verle mal meditando “¿salen mal los versos, maestro?” “muy mal” Y otro todavía más pícaro se le encaraba “recite usted algo, Galíndez” Enrique el poeta meditaba unos segundos en tanto clavaba los ojos en los del munícipe “la cineraria yacija / conserva todavía la tuina / del último estertor…”, “muy bien, maestro; es usted un genio”, “lo dije sin pensar, que no le queda muy bien el sayo, mejor ‘la caja mortuoria aún / guarda la chaqueta / del postrero resuello…’”, “es usted el más grande”, “no sé…” duda y rectifica “la idea no es mala, pero la indumentaria es floja” Torna a su paseo y reflexiona sobre la forma de arropar aquellos versos al estilo oriental “¿cómo los diría Bastó?” Enrique el poeta se deshacía en estos pensamientos y sus sesos se iban resintiendo un poco más cada día que pasaba, hasta que le entró un mal en el cuerpo que le hacía toser desaforadamente y en constantes turnos, seguían luego arcadas con alguna gotita de sangre y acababa por perder el sentido, las más de las veces en la soledad de algún sendero montés, porque Enrique el poeta solía caminar solo por los montes en busca de un abrigo para sus versos desnudos “¡reluctante razón! / hazme partícipe de tus drogmanes…” Aquello no iba bien, no tenía sentido, incluso la idea huía de sí misma “el monte blanco / aúllan negros lobos / la noche muere” Enrique el poeta se detiene un instante en mitad de la senda, levanta los ojos al estrellado cielo “no está mal, nada mal; pero no acaba de cuajar… sobra algo de carne y falta algo de ropa” Un ataque repentino de toses y arcadas le tumba en el suelo y pierde el conocimiento. A veces tarda un cuarto de hora en volver en sí, otras no es más que un amago y todavía hay otras que duran el doble. Ahora no se mueve, parece dormido, pero sus labios se mueven recitando “corto camino / conduce a la muerte /del sol brillante” duda y rectifica “largo sendero guía mis manos tibias / de sucia muerte” duda y vuelve a rectificar. De aquella crisis salió con bien, aunque con algo menos de seso. Su amigo, el otro poeta, el poeta que no escribía versos, que sólo los leía, el poeta anónimo, Corvino Covarrubias lo recogió en su casa, lo cuidó unos días y le dio plática, poca por la carencia de fuerzas en el enfermo y las pocas que aún le quedaban las gastaba en pulir los últimos versos, porque Enrique Galíndez siempre tenía unos últimos versos que pulir en la cabeza, pero eso le dolía tan a menudo y decía “el colodrillo se me está saturando; quizás se obstruya con alguna ropa, ¿no crees, amigo mío?”, “es posible; pero deberías descansar algo antes de seguir componiendo”, “no, no puede ser; luego se me olvidan las cosas”, “escríbelas”, “eso nunca, hasta que las abrigue bien, como si fueran versos en lengua japonesa. ¿No has leído nada de Basnó? Ése sí que sabía arropar” Pero Corvino Covarrubias sabía que el poeta no había leído nunca nada que no fuera escrito en español, ni siquiera traducido, porque “a mí me interesan los escritores, no los traductores” y continuaba “la enjundia poética se halla en la libre conexión entre las ideas y las ropas: sólo el original nos da una visión exacta de la verdadera obra” Pero el otro poeta sí que había leído, porque no le importaban esas menudencias, aunque leído poco y nada del japonés “en Japón hacen bien las cosas”, “claro, son tan pequeñitos…!” Y de esta forma, poco a poco, Enrique el poeta se recuperaba lindamente, a pesar de que se encenagaba algo más en la poesía oriental. De vez en cuando recuperaba la agudeza y por las calles, si algún conocido le paraba, decía “una lamerona mosca / a un buey irritaba… “ tras dudar “un goloso insecto…” y reanudaba el paseo como si nadie le estuviera observando, regresado a su oratorio, transcurrida la inspiración. Mas, a fuerza de tanto pulimento, los versos que recitaba Enrique el poeta resultaban más y más incongruentes, menos entendibles “deberías ir a un médico” l e recomendaba su amigo el otro poeta “no me gusta cómo evolucionan tus versos”, “es que siguen desnudos y se constipan”, “tal vez” y Enrique el poeta pensaba entre tanto “roncera la hiedra ergotiza / según traza la vereda hirsuta / que muere en el rellano” y ya no dudaba, sino que meneaba con pausa la cabeza negando sus pensamientos. Un día, el último del poeta, el postrero aliento de la duda, Enrique Galíndez cayó desmayado en mitad de la calle y ya no pudo levantarse. Hubiera deseado llegar al alto montaraz, pues el colodrillo le avisaba de que algo inminente y supremo estaba a punto de emerger de su alma. Corvino Covarrubias el otro poeta lo halló casi sin resuello tumbado boca arriba, con los ojos abiertos de par en par, como ventanas que miran al infinito aguardando la llegada de una respuesta, tal vez la del ropaje. Su amigo, el poeta anónimo, le llevó a su propia casa, no a la del poeta, sino a la anónima suya; intuía el desenlace. Enrique Galíndez musitó entre sábanas “tengo un no sé qué en el colodrillo… tendré que ir a orearlo entre los árboles” Por desgracia el poeta no pudo perderse más por el monte ni sumergir los pies en el arroyo. Murió sin haber leído el japonés, murió murmurando algunos versos con sonido oriental en casa del otro poeta, el poeta que sólo lee versos. Enrique el poeta, aún después de muerto, sigue buscando un abrigo para sus versos.

viernes, 10 de mayo de 2013

El rey anónimo


Ligero de peso, pues que tenía las carnes enjutas y livianas por sus muchos agujeros, avanzaba por la calle que llaman De la Concordia, el pie izquierdo barriendo el suelo, pues lo arrastraba inútil por culpa de un accidente de hacía un par de años, en el que se le rompieron los huesos, los músculos y hasta los tendones. A la altura de Marquitos tomó dirección Ayuntamiento, que está en la plaza de Arrellaneda. Aparcó su escuálido esqueleto en los soportales de la consistorial, acomodando sus reales en el real suelo, luego de doblar a duras penas las débiles rodillas. Adosó la espalda a la pared, cerró los ojos y se dispuso a dormitar. Carraspeó un tanto para aclararse la garganta, de modo que la respiración no se le hiciera harto trabajosa, y se abandonó al sueño plácido. A su lado se tumbó un perro de menguada figura, aspecto hambrón y hocico repelente; se lamió el costado, seguramente para aliviar el escozor de alguna pulga indigesta, y dejó caer la cabeza sobre una pata.

                La noche era tranquila, sin barullos de gentes, sin ruidos de motores, como casi todas las noches del año. A esa hora, la sexta de la madrugada, en Siféride siempre había calma, tan sólo interrumpida por algún borracho, algún trasnochador. Llovía. El frío se podía soportar, no es tan intenso como en los campos castellanos.

                Pocas fuerzas iba a poder reponer el vagabundo, porque no habían pasado dos horas y ya alguien le zarandeaba para despertarlo. El perro fue el primero en espabilar, en ladrar con desafuero y en echar a correr con un grito agudísimo de sorpresa y dolor al recibir un puntapié. “Vamos, gamberro; despierta de una vez”. Pues que no acababa de despejarse, de abrir los ojos o de reaccionar, el menguado cuerpo del pordiosero fue izado en volandas por cuatro robustos brazos, con el único fin de apartarlo de la entrada, ya que el pobre hombre había ido a reposar justo ante la puerta. Cuando lo volvieron a tumbar en el suelo, uno de los fortachones se inquietó un tanto. “Oye, tío; éste no respira”. “¿Pero qué dices, hombre?”. “Mira; ni respira ni se mueve”. El incrédulo le quiso tomar el pulso, apretando levemente los dedos sobre la carótida. “Pues es cierto; el tío está muerto”. “¿Y qué hacemos ahora”. “Habrá que avisar a alguien”. “Lo llevamos al ambulatorio y que se ocupen de él”. Dudó un instante el otro, pero no tardó en asentir la idea. Subieron el cadáver al coche de uno de ellos y, como estaba acordado, lo llevaron al ambulatorio.

                “¿Y qué queréis que hagamos con esto?, preguntó indignado el médico de guardia. “¿Y qué vamos a hacer nosotros con él?”. “Pues lo que es aquí no se queda ¿faltaría más! Así que ¡hala! a cargarlo de nuevo en el coche y con viento fresco”. “¿Qué vamos a hacer ahora?”, preguntó uno de los funcionarios, una vez dispuesto el fiambre en la parte de atrás del automóvil y sentados los otros dos en la de delante. “No sé, chico; no se me ocurre nada”. “Pues algo habrá que hacer”. “Estoy bloqueado”. “¡A la Guardia Civil! Que ellos se las arreglen”. “¿Maldita sea! La que nos ha caído. Y encima, mira; estoy chorreando. Y ya verás cómo tampoco quieren saber nada, pues menudos son ellos”. “Pues lo dejamos en donde lo encontramos y en paz”. “¿Sabes si tenía familia?”. “Sé lo mismo que todos”. “Pues vamos apañados”.

                Atravesaron la barriada de Colombres y llegaron, por fin, al cuartel. Al mismo tiempo, como si hubiera una sincronización pactada de antemano, cesó la lluvia. Bajaron del coche, se fijaron en la puerta, cerrada, y dudaron en seguir hacia ella. “¿Llamamos o qué?”. “No sé. ¿Y si no hay nadie?”. “¿En un cuartel de la Guardia Civil?”. “Toca el claxon, a ver si asoma alguien”. Abrió la puerta del coche y golpeó en el centro del volante tres veces; por tres veces un estrépito molesto salió del capó como un rugido celeste a punto de arrojar toda su cólera sobre el plante. Esperaron unos segundos y aquel hombre fornido volvió a repetir la estridente llamada. El otro hizo un gesto con los hombros, un gesto de conformismo, de ignorancia y de incompetencia, todos los tres en un mismo crisol. “Pues tiene que haber alguien dentro”. En lo alto de las escaleras la puerta giró en los goznes y apareció la figura desgarbada y somnolienta de un uniformado. “¿Qué pasa?”, inquirió de mal humor, “¿Se ha muerto alguien?”. “Pues, sí”. “Menos coña, que no está el horno para bollos”. “A nosotros nos lo va a decir, que llevamos media hora paseando a un muerto en el coche. Ahí dentro está”. “¿Y de dónde lo habéis sacado?”. “Estaba en el Ayuntamiento”. ¿Quién es?”. “El mendigo ése que andaba por ahí con un perro. ¿No se da cuenta? Sí, hombre”. “¡Ah, ya! El que dicen que se volvió majara de tanto escuchar estupideces”. “Pues ése será”. “¿Y de qué ha muerto?”. “No sé; de frío, supongo. Estaba muerto cuando llegamos”. “Bueno; pues si no hubo delito, ¿a qué fin me lo traéis?”. “¿Y a dónde lo vamos a llevar? En el ambulatorio tampoco quieren saber de él”. “¿Y por eso me lo queréis cargar a mí? Anda y que os zurzan”. El sargento cerró tras sí la puerta. Los dos funcionarios se miraron sin decir nada. Se sentaron en el interior del coche, pusieron en marcha el motor y quien conducía preguntó: “¿A dónde?”. “El cura sabrá lo que hay que hacer. Se lo endilgamos y Santas Pascuas; que se las ventile con el cuerpo”.

                No tardaron más de diez minutos en pulsar el timbre de la puerta. Como nadie daba muestras de vida, reiteraron en la llamada repetidas veces hasta que, pasados unos minutos, apareció la figura eclesiástica. “¿Qué horas son éstas de andar por ahí?”. “Perdone usted lo intempestivo, pero es que tenemos un problema”. “ ¿Tan grave que no puede aguardar?”. “Y más todavía”. “Pues ¡ea! Largando, que es gerundio”. “Resulta que nos hemos encontrado un muerto”. “¡Hala, hala! ¿Qué modo de hablar es ése? ¿Cómo que os habéis encontrado un muerto? Los muertos no andan por ahí esperando que sean encontrados”. “Pues éste sí”. “¿Y quién es?”. “El vagabundo del perro, ¿recuerda? El que se volvió loco, que era amigo de aquel otro que se creía algo importante y que no era más que un botarate”. “Sí, sí; ya sé quién es. ¿Y qué queréis que haga yo?”. “Pues como nadie lo quiere…”. “En el redil del Señor no tiene cabida el lobo. Ese vagabundo no ha pisado la iglesia desde que lo conozco, así que después de muerto que se vaya al Infierno”. Dio un portazo de enojo y rabia. Ya los dos funcionarios se quedaron, según se suele decir, con un palmo de narices. Se miraron un instante, volvió a reanudarse la lluvia y entraron en el coche. “¿Y ahora qué?”. “Esperamos al alcalde y Sanseacabó”.

                Aparcaron enfrente de la consistorial y aguardaron pacientemente a que apareciera el preboste del Ayuntamiento. “Los demás ya debieron de haber llegado”, dijo al poco uno. “Se nota que no nos han echado en falta”. “Vete tú a saber. Lo mismo han ido a buscarnos a casa. Con tal de hacer fiesta… No como nosotros. Deberíamos entrar y esperar dentro”. “¿A qué te refieres?”. “¡Coño! ¿A qué va a ser? Que si seguimos así nos tenemos que quedar con él”. “Como no lo reclame el perro…”.

                En tales divagaciones transcurrieron los horas primeras de la mañana. La gente pasaba al lado del coche y miraban a aquellos dos sentados dentro sin hacer ni decir nada, y ponían cara como de que habían perdido lo chaveta. Pero ellos, ni inmutarse. A eso del mediodía apareció por fin el alcalde. El conductor se apeó veloz del coche, más lentamente su acompañante, y le dieron una voz. “¡Eh, señor alcalde! ¡Aquí! Que tenemos un bulto”. “¿Quiénes sois vosotros? ¡Ah! Ya veo. ¿Qué mosca os ha picado esta vez?”. “Que en el coche tenemos al vagabundo ése que andaba por ahí despiojándose”. “¿Os habéis metido ahora a samaritanos?”. “Es que lo hemos encontrado ahí mismo, cabe la puerta, muerto”. “Será broma”. “Muy serio. El pobre estaba tieso como un carámbano. Se ve que murió de frío”. “¿Y a mí a qué me venís con ésas?”. “Que nadie se quiere hacer cargo de él”. “Pues hoy no es día de andar con tonterías, que estamos muy ocupados. No sé qué podéis hacer con él”. “Ya no queda donde llevarlo”. “Tenéis el día libre. Encargaos del muerto y no molestéis más”. “Pero, ¿qué hacemos?”. “Buscarle asilo”. Les dio la espalda y se metió en la casa, dejándoles con la boca abierta y la palabra a medio salir. Hartos ya de tanta insensatez, de tanto deambular con el cadáver a cuestas, los dos operarios decidieron deshacerse de él. “Cogemos el coche, nos plantamos en el  El Socarral y sin que nadie nos vea lo arrojamos al río”, dijo uno de ellos. “¿Y cuando lo encuentren?”. “Allá el desgraciado ése, que maldita la gracia que me hace andar con el muerto arriba y abajo”.

                Sin más se subieron al vehículo, pusieron dirección al mencionado lugar y, una vez aparcado el automóvil convenientemente disimulado a la vista ajena, descargaron el paquete de huesos enmohecidos y lo arrojaron a la orilla del río, como quien tira una bolsa de basura o un conejo muerto.
 
                Varios días después hallaron al pobre vagabundo. El forense remitió su análisis a la correspondiente competencia, en el que daba como causa mortal el ahogamiento. A la vista de los sucesos el juez dictaminó que se había suicidado. No hubo responso, indagaciones ni comentarios; tal vez alguien haya mencionado el nombre Enrique, el poeta, pero, de ser cierto, nadie oyó nada ni tampoco se acordaron de él, de aquel hombre solitario que paseaba a solas por la calle y del que se mofaban sus munícipes.

martes, 7 de mayo de 2013

Cisticerco


                Después de tantos años postrada en cama por culpa de una dolencia desconocida, Anabel se había acostumbrado a vivir desde su trono de colchas y sábanas rodeada de libros de misterio, de mandos a distancia, de productos inservibles que se anunciaban en la televisión, de galletas, pastas, licores y de un gato de fea apariencia a quien tenía un aprecio especial. A Anabel ya casi nada la molestaba: ni la parálisis de sus piernas ni el débil curso de su corazón ni la aguda asfixia que le producía el asma. Vivía mejor que cuando se dedicaba a limpiar escaleras en los edificios de los ricos o cuando mendigaba para aumentar su peculio; ahora disfrutaba de su propia enfermera y, lo que era más importante, de su propia vida para hacer de ella cuanto pudiere, eso sí, desde su púlpito donde la retenía aquella rara enfermedad.
                El mayor problema de Anabel era su carácter, un carácter arisco, huraño y vengativo; trataba a todos como si fueran la escoria que se tira en cualquier parte, siempre pensando en ella y obviando la dependencia ajena. Así fue cómo poco a poco las visitas se redujeron después de los primeros meses o cómo su asistenta cambiaba una y otra vez de nombre. La última se llamaba Estela y era una joven de no más de treinta años, desenvuelta, alegre y sufridora; pero Anabel sospechaba algo misterioso en ella y cuando podía la hacía irritar con “tráeme la comida”, “la ropa está fría caliéntala”, “ahora está muy caliente”, “pues no me apetece sopa, tráeme carne” y así sucesivamente. Estela no solía inmutarse a pesar de las vueltas       que tenía que dar de un lado a otro de la habitación limpiando el polvo donde no había, sólo porque Anabel decía que sí, ni tampoco cuando la enferma cogía alguna de sus rabietas por una insignificancia e insultaba a diestro y siniestro, maldecía y tiraba las cosas que estuvieren a su alcance.
                A veces Estela recibía a un novio suyo en el salón a escondidas, porque Anabel no quería que visitaran a nadie en su casa y mucho menos a su cuidadora. Así que Juan y Estela hablaban callandito, si hablaban, o permanecían durante horas susurrando, mirándose o en silencio. Pero la enteca bruja se las arreglaba, no se sabe cómo, para oír los susurros e intuir la presencia de un extraño; entonces llamaba a Estela, se encolerizaba y la amenazaba si volvía a repetirse.
                En cierta ocasión en que Estela limpiaba la mesilla del cuarto, encontró entre unos papeles una nota de la enferma en que acusaba a su enfermera de intentar envenenarla. Aunque se asustó un tanto por la sorprendente acusación, dejó el papel en el mismo sitio y salió de la habitación con los ojos ardorosos. Estuvo todo el día con las lágrimas a punto de salir y sólo entró en casos contados. Se lo dijo a su novio, Estela siempre le contaba cosas a Juan, y éste la tranquilizó como pudo con arrumacos y besuqueos; le aconsejaba que dejara el trabajo y que se fuera de aquella casa cuanto antes, que de lo contrario acabaría tan irascible como la vieja o quizás loca. Pero ella quería estar allí, en su puesto, para eso había estudiado y era lo que le gustaba.
                A veces Anabel le pedía libros de medicina, porque no se fiaba de los fármacos que le daban y se pasaba las noches leyéndolos y releyéndolos, tomando notas y apuntes y comparando unos síntomas con otros. Incluso le pedía que le llevara algún medicamento que no había recetado el médico, obviamente sin resultado.
                Cuando Anabel sufrió un grave ataque al corazón tras la cena, Estela estuvo a punto de dejarla morir, pero sólo fueron un par de segundos; acabó siendo su ángel protector, incluso la mimó en los días siguientes con la esperanza de que cambiase la actitud y se mostrara más amable. Anabel le achacó la culpa del paro cardíaco alegando que había intentado envenenarla una vez más y que no había llamado al médico para que no se enterara. La verdad es que no sólo había acudido una ambulancia, sino que incluso había estado ingresada en el hospital, pero de todo aquello Anabel no recordaba nada o fingía no recordarlo.       Desde entonces Anabel exigió a Estela que probara la comida y la bebida delante suyo.
                Juan veía a su compañera cada vez más cabizbaja, más desganada. Pensó que era el cansancio e insistió en que abandonara el trabajo, pero Estela estaba convencida de que los enfermos tenían el derecho a ser atendidos en todo momento por muy antipáticos y absorbentes que fuesen. Juan le replicaba que no se dejara intimidar por sus amenazas y Estela le decía que no ocurría tal cosa, que ella sabía lo que era correcto y lo que no, que en el fondo se comportaba de esa forma porque se sentía sola y desamparada.
                Anabel la trataba peor cada día, sobre todo desde que la golpeó en la espalda y la abofeteó en sus mejillas cuando, al ir a limpiarle las heces, pues Anabel tenía incontinencias, un alfiler que Estela tenía en la bata la pinchó en un brazo. Estela asumió los golpes como si los mereciera. Una mañana de mucho frío la vieja bruja se desgañitó en llamar a Estela, pero esto no aparecía ni daba señales de aparecer, así que agarró el teléfono y llamó a la policía. Cuando éste llegó a la casa encontraron a la enfermera tumbada en el sofá del salón completamente dormida: se encontraba flaca, desgreñada, pálida y fría. La llevaron al hospital y allí murió de alguna dolencia que los médicos no acertaron a puntualizar. A Anabel le pusieron otra enfermera con más experiencia y tan gruñona como la misma enferma. Según declaración de Juan a la policía Estela no comía, no bebía, no dormía y trabajaba constantemente alerta y en tensión.
                La noche de la tormenta la nueva enfermera recibió una llamada en la que le comunicaban que era requerida en su residencia familiar. No dudó en desamparar a la enferma, la cual protestó y refunfuñó hasta perder de vista a la gorda sanitaria. Anabel tenía un pavor desmesurado a los rayos y a los truenos, por lo que se enroscó entre las sábanas como la víbora sobre sí. Para colmo la electricidad se ausentó al caer un árbol sobre el tendido. Se sobresaltó un tanto, pues a la vieja le asustaba la oscuridad desde niña. Entonces quiso asir el teléfono a fin llamar a urgencias, pero se atemorizó al comprobar que no daba línea.
                De pronto imaginó que todo aquello no era casualidad, que estaba preparado, y examinó atentamente si había luz en las farolas de la calle: vio que a través de las rendijas de la persiana penetraba una luz difusa. Comenzó a sudar, a faltarle aire en los pulmones y a temblar de nerviosismo: pensó que alguien pretendía asesinarla, tal vez el novio de Estela. Palpó la mesilla sin conocer muy bien lo que había encima de ella y al hacerlo tiró involuntariamente la lámpara; el ruido del chascar la bombilla la excitó aun más y empezó a gritar y a pedir socorro, pero su voz salía confusa y afónica.
                Escuchó pasos afuera, en el jardín, acercándose a la puerta con lentitud, como si se acercaran con la premeditación de delinquir sin ser descubierto. Eran pasos de hombre, estaba segura, pasos de Juan que venía a matarla por lo de Estela. Intentó levantarse con la ayuda de los brazos, pero su cuerpo resonó seco cuando lo recibió el suelo de madera. Escuchó el ronroneo de su gato en la cocina; era el ronroneo que producía cada vez que alguien visitaba la casa, por eso sabía cuándo Estela recibía a su novio.
                Anabel se arrastró con gran dificultad hacia la ventana, quería abrirla y pedir auxilio desde ella, mas el cierre se había encasquillado y no encontraba el modo de solucionarlo. Y los pasos llegaban a la puerta de la entrada: llamaron a ella, Anabel callaba. Luego oyó el chirrido de la hoja moverse sobre sus goznes y los pasos adentrándose sigilosos, acercándose más y más, recorriendo la casa entera con parsimonia y paciencia. Anabel no acertaba a reaccionar ni atinaba a cerrar la boca abierta de par en par ni los ojos desencajados de su sitio. Los pasos se dirigían hacia su cuarto cada vez más nítidos, llegaban a él, estaban cerca, más cerca, a punto de llegar; vio la luz de una linterna colarse por debajo de la puerta. A Anabel se le cerró el corazón, notaba que se le iba la vida, que los pulmones se paraban. Una sombra abrió la puerta, miró la cama vacía y volvió a cerrarla tras de sí. Anabel notó cómo la muerte le sobrevenía al tiempo que la sombra la llamaba: “¡Señora! ¿Dónde está? Soy yo, la enfermera”. Fuera, el poste de teléfono yacía en el suelo cortado por un mal rayo y un camión de reparaciones de la compañía de teléfonos esperaba junto a él con las luces de los faros iluminando a los trabajadores.

sábado, 4 de mayo de 2013

Una historia de custodias


Al igual que sus hermanos mayores habían comenzado a trabajar apenas llegada la pubertad, también a Santiago le tocó ingresar en el mundo laboral a edad temprana. Fue en una mina de carbón en donde consiguió el trabajo, profesión que ya no abandonaría hasta su muerte. El caso es que Santiago se trasladó a vivir a Siféride, a una pensión de la calle El Sol. Daba la casualidad de que los dueños de dicha pensión, Cándido Robles y Ramona Costales, tenían dos hijas, una de las cuales, Azucena, que había nacido con el siglo en 1900, comenzó a intimar con Santiago hasta el punto de que ambos acabaron por formalizar su relación con los votos del matrimonio. Los recién casados se instalaron de forma definitiva en una calle próxima a la pensión, en donde comenzaron su vida marital.
                De la unión de Santiago y Azucena nacieron dos hijos: el primogénito, que resultó ser una niña, nació en 1920 y fue bautizada como Laura; al segundo, otra niña venida al mundo apenas un año medio después que su hermana mayor, la llamaron Luisa. Apenas pudo el padre disfrutar de sus pequeñas, pues poco después del parto de Luisa hubo de abandonar el hogar para cumplir con el servicio militar, que en aquel entonces no sólo era obligatorio, sino que en su caso duró tres años, durante los cuales Santiago no pudo visitar a su familia, sobre todo porque le había tocado hacer la “mili” en Melilla. Es de imaginar, no obstante, que antes de su regreso se le hubiera comunicado una terrible noticia: su hija, Luisa, había decidido viajar al otro mundo sin haber llegado al año de edad. Para Santiago aquel año fue de defunciones, pues el día 17 de noviembre moría su padre Constantino [según consta en el acta de defunción tal deceso ocurrió a las dos de la madrugada a causa de problemas con el estómago]. Pero el año aún no habría de terminar sin otro fallecimiento, pues su esposa caería en los brazos de la muerte el 23 de diciembre debido a una bronquitis. Así pues, Santiago se quedaba en apenas tres meses sin su hija, su padre y su esposa. Ante tales decesos, su suegra Ramona y su cuñada acogieron a la pequeña Laura en su propia casa a la espera de que Santiago volviera tras cumplir con las armas.
                Y Santiago regresó, pero su suegra y su cuñada se negaron a devolver a la niña, aduciendo para ello que un hombre solo no podía atender como era debido a una criatura tan pequeña. En cambio, le reclamaron una cierta cantidad de dinero por los costes que habían tenido a la hora de alimentar y vestirla, a todo lo cual se amoldó Santiago, consintiendo aquella situación y acordando con su familia política abonar una cierta cantidad de dinero para que siguieran criando a su hija, mientras él, Santiago, se acomodaba en una casa del pueblo vecino.
Por supuesto, Santiago continuó su vida laboral como minero en un pozo que llevaba el nombre de aquella parroquia. Aunque el sueldo debía de ser más que suficiente para su sustento y para pasar a su suegra y su cuñada lo asaz para la manutención de Laura, éstas le reclamaban cada vez más dinero, pues, según ellas, cuanto mayor se hacía más necesidades aparecían. Después de una larga temporada sin importunar al infeliz padre, el día del sexto cumpleaños de Laura suegra y cuñada volvieron a reclamar por enésima vez un aumento de la asignación pecuniaria, a lo que Santiago protestó levemente, pues consideraba desmesurada la cantidad reclamada, así que prefería quedarse con la chiquilla; Ramona se negó y exigió la cantidad que pedía. Harto ya de tanta avaricia, Santiago se negó en rotundo a seguir sufragando aquellos gastos injustificados. Pero ellas también se negaron a devolverle al vástago y Santiago se retiró a su soledad sin atreverse si quiera a acudir a las autoridades pertinentes, entre otras razones porque consideraba que los trapos sucios de una familia no debían ser oreados fuera de ella.
Cuando Elena comenzó a ser cortejada por Santiago, viudo de Azucena y padre de una hija que se criaba en casa de su suegra, Mario, hermano de la chica, no vio con buenos ojos la relación. Éste, Mario, veía en esa relación algo que no le gustaba. Parece ser que Mario consideraba a Santiago un buen hombre, honrado y trabajador, e incluso tenía en muy buena consideración a su familia; lo que no le gustaba era que Santiago tenía un tío, Gerardo, que era sordomudo. Mario pensaba que si Elena tenía hijos con Santiago, tal vez alguno, por no decir varios, podrían salir sordomudos o con alguna otra tara, como aquel Gerardo que, por otra parte, Mario apreciaba también como honrado y trabajador. A pesar de estos recelos, Elena acabó casándose con Santiago, trece años mayor que ella.
Entre tanto, Santiago insistía en reclamar a su hija Laura, aduciendo que era un hombre casado y ya había una madre que podía cuidar a la niña. A pesar de estos argumentos, su suegra y su cuñada se negaban a cederle a la pequeña. Santiago culpaba sobre todo a su suegra, pues pensaba que era ella quien urdía los hilos, no conforme con tener otra nieta, Clarisa, precisamente hija de Natalia, la cuñada con quien Santiago se enfrentaba por la custodia de Laura.
Estando en estos avatares, el 20 de junio de 1927 Elena y Santiago vieron nacer a su primogénito, un niño a quien pusieron por nombre Luis. Al parecer, Gerardo, el tío sordomudo de Santiago, al no tener más familia que sus sobrinos, pasaba temporadas en casa de cada uno de ellos para ser atendido en sus necesidades; pues bien, cuando le tocaba convivir con su sobrino Santiago cuidaba del recién nacido como si fuera su propio hijo e, incluso, cuando intuía que el bebé lloraba, le indicaba a Elena que para consolarlo debía de poner un cascabel en la cuna para que el sonido de éste calmara al pequeñín. A Luis le siguió Isabel un 12 de septiembre de 1929.
Mientras tanto, Santiago consiguió recuperar al vástago perdido: las tías de Laura habían soltado malamente las riendas de su sobrina y entre dimes, diretes y rumores Santiago tenía la sospecha de que iban a intentar recuperarla, por el cual motivo Elena estaba aleccionada de que no se descuidara en la vigilancia de la niña. Se daba el caso de que cada vez que Elena veía o vislumbraba que las susodichas tías y abuela se acercaban al pueblo, cogía a Laura de la mano y se escondían detrás de su casa, simulando que no estaban allí para recibirlas.
Cuando las cosas venían bien dadas, Elena se armaba de paciencia con la chiquilla y asumía que era hija suya, aunque no de sangre, sí de afecto. De esta forma, por ejemplo, no pudo regañarle cuando Laura, jugando por la casa con un martillo en la mano, destrozó una taza de porcelana de cierto valor; al contrario, dejó que se ensañara con ella sin decirle ni una palabra, más bien le envió una sonrisa cuando ésta comprendió lo que acababa de hacer y miró a su madrastra, martillo en mano, aguardando una reprimenda que nunca llegó.
En cierta ocasión una hermana de Elena, que ejercía como costurera preparando trajes masculinos para ganarse unas “perras”, se le ocurrió confeccionar un trajecito para Laura. El día del estreno fue un domingo, día de misa. Elena se llevó a su hijastra a la misa que se impartía en la capilla de Siféride. Aquel día, sin embargo, Elena no pudo esquivar a las tías de Laura y hubo de encararlas, como había hecho en otras muchas ocasiones. También entonces hubo de aguantar los encomios de aquéllas por conseguir que Elena les dejara llevar a la infanta de paseo. Sin embargo, en esta ocasión Elena acabó por ser convencida y cedió a las tías, con la promesa de que la llevarían con su padre a la bolera, pues Santiago era jugador de bolos y tenía por costumbre acudir por las tardes a la bolera. El caso fue que desde donde se encontraba, Santiago vio a las mujeres llevando en volandas a Laura, corriendo como posesas, casi arrastrando los pies de la chica. Aunque Santiago fue tras ellas y se presentó en su casa para reclamar lo que consideraba suyo, ellas se negaron a dejarla ir sin más, así que el padre volvió solo y cabizbajo a su casa, en donde le aguardaba su esposa Elena. Al parecer durante los años siguientes, en los que continuaron las refriegas entre Santiago y sus cuñadas y suegra, las tías y la abuela de la pequeña Laura la malquistaron con su padre y la familia de éste a tal punto, que cuando llegó a la adolescencia Laura renegó de todos ellos.
La guerra intestina, que asolaría el país durante un trienio, afectó también al pequeño pueblo a tal punto, que allí los republicanos instalaron un improvisado hospital, ocupando para ello unas casas lindantes con la carretera a la entrada del lugar. El miedo invadió a las familias, entre ellas la de Santiago y Elena, los cuales miembros se refugiaron durante un par de meses en unos corrales que había a las afueras de una finca suya algo distante de la población. Era el ensordecedor ruido de los motores de los aviones, cuando éstos volaban a baja altura, lo que más aterrorizaba a los pequeños, que mordían la tela de sus ropas porque, como les habían dicho, debían apretar los dientes para que no se rompieran los tímpanos. A veces la pequeña benjamina comenzaba a llorar mientras pasaban los aviones por encima de ellos, y sus hermanos trataban de que no se oyeran los llantos, pues temían que fueran oídos por los aviadores.
Por su parte, el asunto de Laura nunca descansaba de los labios de Santiago; casi como una obsesión insistía en recordar a sus hijos que tenían otra hermana, aunque no viviera con ellos. Siempre que podía, también se lo hacía entender a la propia hija arrebatada, si bien ésta continuaba renegando de esa familia. Por aquellos tiempos de luchas y guerras, de contiendas entre “rojos” y “nacionales”, había una hornada de adultos, jóvenes y adolescentes amontonados en torno al puerto de Tarna, cuya principal misión parecía ser la de construir unas trincheras, preparados para cualquier evento bélico, pero mal asistidos; ya no sólo en armamento, sino en comida. Por ello, por la escasa y pésima comida que recibían de su bando, sus familiares les enviaban comida en un servicio que el ejército prestaba; esto es, subía un camión cargado de sacos y fardos, cada uno con el nombre del destinatario o del remitente; a veces, incluso, algún familiar acompañaba aquella carga con cartas, objetos o cualquiera otra distracción. Pues bien, una de aquellas talegas habituales, que por ahí llamaban “fardelas”, tenía escrito el nombre de Santiago. Éste, cuando recibía las provisiones, se acercaba a su hija Laura para ofrecerle parte de ellas, pues que, como otras varias jovencitas, acudían en ayuda de los hombres de vez en cuando. Ésta, sin embargo, no sólo se negaba en rotundo a recibir cualquier donación de su padre, sino que incluso se negaba a considerarlo padre, todo ello, cuando ni sus tías ni familiar alguno le enviaba las provisiones deseadas, ni tan siquiera una sola vez. Cuando Santiago le decía que al menos considerase que tenía otros hermanos, ya que ningún trato quería con él, pues que ellos, sus hermanos, en nada le habían ofendido; también entonces Laura renegaba de ellos y aducía que la única familia que tenía era la de la parte de sus tías y su abuela Ramona.
Lejos ya de los avatares de la posguerra, en los primeros años de la paz consiguiente, habían coincidido en el instituto Laura y sus hermanastros Luis e Isabel. Laura comenzó a rondarlos, sobre todo a Luis, que era el mayor de los hijos de Elena. Éste y su hermana, en realidad todos los hermanos, le ignoraban o, al menos, le daban de lado con disimulo, sobre todo por el asunto de Tarna, pues que todo se habla en casa entre los adultos y los niños todo lo oyen y comprenden. El caso es que era tan manifiesta la ronda que hacía, que muchos comenzaron a sospechar que Laura pretendía los amores de Luis, y los amigos de éste le venían con ese cuento al propio Luis y él sonreía y callaba, sabedor de las verdaderas intenciones de la joven. Mas al final, Luis y Laura acabaron por hacer buenas migas y a acudir a las fiestas juntas, y juntas se divertían.
Las cosas, al cabo, tuvieron un cambio de rumbo años después, cuando Laura sufrió una especie de colpaso y calló como un fardo en mitad de la calle; de su boca comenzó a salir suficiente sangre como para alarmar a todos, así que se la tuvieron que llevar al médico, quien no acertó a predecir qué enfermedad tenía, tal vez alguna relacionada con los pulmones y seguramente contagiosa. Una vez estabilizada, el médico la mandó a su casa. He aquí que su abuela y sus tías se negaban a hospedarla en su domicilio y acudieron a Santiago para que fuera él quien se la llevara y cuidara de ella, pues seguramente su enfermedad acarrearía gastos adicionales que ellas no podrían afrontar. Santiago, no obstante, vio entre la negrura un resquicio de poder reconciliarse con su hija, pero recibió un duro revés de su esposa, Elena. Ésta, que siempre había considerado a Laura como una hija, se negó también a recibirla en su casa. Si bien era cierto que la quería, no la quería tanto como para que, hospedándola en su casa, contagiara a sus otros hijos, algunos todavía pequeños, si es que la enfermedad era tan contagiosa como se creía, no fuera a ocurrirle a algún miembro de su familia lo que le había ocurrido a la difunta Azucena y a la pequeña Luisa, por lo que Santiago vería como por dos veces se quedaba sin una hija con ese nombre. Acordó con Santiago, empero, que éste podía gastar todo el dinero que fuera necesario para proporcionarle una residencia, así como los cuidados y medicamentos oportunos, a todo lo cual no sólo no se oponía, sino que alentaba. Eso sí, en su casa Laura no podía quedarse hasta sanar. Y así se hizo y Laura sanó.
Pero quien sí cayó realmente enferma años después fue la propia Elena. Apenas había alcanzado la cuarentena de años cuando un problema cardíaco la postró en el lecho. En cierta ocasión, siendo pequeñas, dos de sus hijas sintieron ruidos en la cocina y, un tanto asustadas, acudieron al piso de arriba, donde su madre se hallaba en cama; la enferma atendió un poco y luego las tranquilizó: “es el tío Quico. Este Quico, el mismo que poseía la tienda de comestibles en Siféride, era primo de Elena, mas de trato fraternal desde la infancia, al punto de tener en posesión una copia de la llave de la casa de Elena y otra del hórreo que había en la parte trasera de la vivienda.
Seguramente fue por aquellos años cuando la familia de Santiago y Elena decidió comprar una bicicleta para el hijo mayor, Luis. Bien es sabido que en esa época poseer una bicicleta era algo importante, pues no todo el mundo se lo podía permitir. Así fue cómo Laura vio con ojos golosos la nueva adquisición de su hermanastro y con ese cuento se fue a su abuela; a ésta le echó en cara que si no hubiera sido por su empeño en enemistarla con Santiago y los hijos de éste, ahora ella no sólo sería parte de aquella familia, sino que sería la dueña de aquella bicicleta por ser la primogénita o, en caso de no ser así, tal vez la habrían compensado con un espléndido vestido.
La enfermedad cardíaca de Elena no parecía que fuera a mejor y el médico, un ya anciano a quien llamaban don Carlos, vio cómo un nuevo médico iba sustituyéndolo en algunas labores. Este nuevo doctor acudió a visitar a Elena, que por entonces ya llevaba cuatro años rendida en el tálamo; tras examinarla le dijo con toda rudeza: “de ésta usted no sale”. La pobre mujer quedó tan confusa tras tan francas noticias que de pronto dejó de hablar y en esa mudez pasó varios días hasta que, preocupados como estaban, los hijos acudieron al tan familiar “tío Quico” para contarle lo sucedido. Éste, entonces, acudió a su vez a don Carlos y, tras explicarle lo sucedido, ambos se presentaron ante Elena. Cada cual procuró tranquilizarla a su modo, incluso con “mentiras piadosas”, tales como que el otro se había equivocado y que era seguro que sí saldría bien de aquella enfermedad. En realidad, parece ser que con una simple inyección de penicilina se hubiera recuperado, mas los tiempos de aquella España no permitían tales prevenciones médicas, según se desprende de los hechos.
Elena veía, pues, pasar la vida desde su cama y veía también a sus hijos crecer desde el lecho. De su carácter plácido y benévolo queda en la retina de sus hijos más pequeños aquella anécdota de cuando se portaban no del todo bien y se acercaban a la cama aguardando que en cualquier momento su madre les diera, al menos, un coscorrón; sin embargo, Elena les regañaba de forma ligera sin aplicarles castigo alguno, ni una palabra más alta que otra.
Tras cuatro años de estar debilitada en la cama, a Elena le llegó el fatídico verano de 1946. Concretamente, el día 2 de julio a las ocho de la tarde expiraba en el lecho y en presencia de su familia. Como una flor se fue marchitando poco a poco hasta que se agostó de forma definitiva sin dejar apenas impronta en la memoria de su hija más pequeña. Ese día, durante el velatorio y poco después del mediodía, apareció en la puerta la figura encogida de Laura, quien había acudido a dar su último adiós a aquella madrastra que no le había regañado por destrozar a martillazos una taza de porcelana. No estaba segura de lo que iba a ocurrir con su presencia allí, entre aquella gente que era su familia y a quienes apenas conocía. Su padre, apenas la vio allí plantada y a pesar del dolor por la pérdida de su amada esposa, tendió sus brazos hacia ella y ambos se fundieron en un largo abrazo. Acto seguido, Laura, como si ya le fuera dado el permiso, fue abrazándose con cada uno de sus hermanastros entre sollozos y palabras de arrepentimientos y recuerdos amables sobre la difunta. Toda la tarde y toda la noche permaneció en aquella casa y sólo la abandonó a la madrugada siguiente para ir a la de su abuela a cambiarse de ropa y acudir al entierro de su madrastra. Aquel día, fúnebre para casi todos, resultó ser el de la reconciliación. Desde entonces, Laura pasó largas horas entre sus hermanos, con su padre.
A raíz del reencuentro con su “otra” familia, Laura decidió que era el momento de recomenzar todo y de replantearse las perspectivas. Acabó culpando a su abuela y a sus tías maternas de haberle arruinado la infancia y la juventud, y de haberlo envenenado todo con su odio y rencor hasta el punto de que casi pierde a sus hermanos. Tampoco les perdonó la inquina que le insufló contra su padre, de quien no pudo disfrutar durante la mayor parte de sus años infantiles y adolescentes, así como la tirria que se le inculcó contra la pobre Elena. El caso es que Laura terminó de forma brusca la relación con su abuela y sus tías y se fue a vivir a una pensión para nunca más volver a visitarlas. A tal punto llegó su separación, que ni tan siquiera acudió al entierro de su abuela Ramona, pues para ella había muerto en el momento justo de comprender lo que le habían hecho.
Como la relación entre Laura y sus hermanastros iba en aumento, entre todos compartían algunas amistades y conocidos. Así, en cierta ocasión en que ella y Luis estaban juntos, se les acercó una chica, prima de Laura por parte materna, pues era hija de aquella tía suya, Natalia, una de las cuñadas con las que Santiago tuvo el contencioso por la custodia de la propia Laura. La cuestión es que Natalia tenía tres hijos varones y una hija, Clarisa. Por aquel entonces Luis solía cortejar a una muchacha llamada María; sin embargo, Clarisa inició su particular cortejo en torno a Luis y comenzaron a verse cada vez más a menudo, hasta que su trato amical pasó a ser más serio y acabaron por prometerse en matrimonio, con el consiguiente disgusto de la familia de Clarisa, pues era partidaria de no tener ninguna intimidad con Santiago y sus hijos. A su vez, a Santiago tampoco le hacía especial ilusión que un hijo suyo se relacionara con una hija de aquellas brujas con las que tuvo la trifulca por la custodia de su hija, principalmente con “la mujerona”, como solía referirse a su suegra y a la que culpaba de todo el entramado; por otro lado, tampoco era momento de fomentar nuevas rencillas ahora que había recuperado a Laura, así que admitía, aunque a desgana, el noviazgo. No obstante tanta oposición, Clarisa aceptó la proposición de Luis, lo que la llevó a la exclusión de la familia consanguínea. Aunque Clarisa nunca llegó a ser apreciada del todo por su suegro [de hecho Santiago se negó a asistir a la boda], pudo convivir en armonía con toda la familia del novio, unido lo cual a la inquina de su otra familia, la pobre mujer acabó formando parte de la nueva familia y suprimida casi por completo de su otro linaje.
Poco a poco todos los hermanos habrán de ir casándose. Así, Laura lo haría con Ricardo e Isabel con Juanillo, matrimonio éste que se formalizó con el visto bueno de, al parecer, todo el mundo. Después de que Isabel y Juanillo se trasladaran a vivir al nuevo hogar, Santiago sufrió un grave percance. Se hallaba en el hórreo que había detrás de la casa, uno de cuyos lados volaba a gran altura del suelo. Quiso la fortuna que Santiago cayera precisamente por aquel lado y diera con su cuerpo en el duro camino, quedando su cuerpo a medio romper. La avanzada edad  y el fuerte golpe a punto estuvieron de arrebatarle la vida en el acto; sin embargo, resistió malamente y acabó postrado en cama. Su hija Isabel lo acogió en su casa. Los últimos días de vida los pasó Santiago en la cama de la habitación más pequeña, la más soleada de todas. Allí agonizó hasta que un lunes, a la una de la madrugada del día 6 de julio de 1959, expiró, aunque todavía se podría elucubrar si la causa real de su óbito no habría sido agravada por los problemas derivados de la silicosis, porque sus pulmones, según palabras del doctor, eran “como dos chimeneas”. Sea cual fuere la causa última, en el informe del forense consta que el motivo fue una “hipertensión arterial” con un “edema agudo del pulmón”. Fue enterrado en la misma tumba que su esposa Elena.
          La muerte de Santiago dejaba cerrada la amarga historia con su hija Laura, quien, a pesar de que siguió con sus buenas relaciones con los hermanastros, éstas se enfriaron un tanto. Para Laura eran la única familia que consideraba, aparte de su esposo e hija; para ellos, los hermanastros, no dejaba de ser medio-familia, ya que, al fin y al cabo, ni siquiera se había criado con ellos. El último acto de esta tragedia tendría lugar muchos años después, en el lecho de muerte de la propia Laura, quien en sus últimas semanas de agonía se quejaba a Ricardo, su marido, por no ser visitada más a menudo por sus hermanos. Tal vez fuera Juanillo, el marido de Isabel, quien más la frecuentara, pero no tanto sus propios hermanastros. Tanto se lamentaba, que Ricardo acabó por resignarse a ello y a comentarlo de forma sencilla con Isabel.
 Con la muerte de Laura se fue la memoria de otros tiempos más oscuros. El día 30 de mayo de 1995 habría de ver el punto final de uno de los grandes avatares que aquella familia de Siféride hubo de afrontar en el siglo XX; es decir, ese día expiró Laura, la hija de Santiago y Azucena, la que durante años sirvió de excusa para las enemistades entre dos familias unidas por el matrimonio y separadas por la muerte. Con la desaparición de Laura se ponía, pues, punto y final a aquel conflicto ya casi olvidado de principios del siglo.