martes, 30 de abril de 2013

Entre dos luces


Sumido en la desesperación, el anciano se encontraba pensativo, sentado sobre una silla que miraba a la calle por el ventanal. La brisa corría suave, apenas si movía los tallos de las delicadas hojas, que pendían de las ramas de los viejos abetos. Todo se hallaba cubierto de las vetustas hojas caídas: amarillentas, secas, sin vida. El renco perro vagabundo erraba a lo largo de la acera; iba olfateando el suelo en busca de comida.

                El abuelo se encontraba solo en aquella decrépita habitación sin pintar, desnuda, sin adorno alguno. Las paredes, rancias ya, parecían irse a venir abajo en cualquier momento envueltas en un halo de humedad; simulaban dar vueltas sobre sí mismas para, después, ensordeciendo los oídos con agudos chillidos, ir estrechándose más y más sobre aquel estropeado cuerpo que contemplaba los días, semanas, quizás años de su vida. La puerta se oyó abrirse con grito afónico: daba la sensación de pesar y dolor, como si se quejase de servir de puerta. Se adentró en la habitación un nuevo anciano de mirada perdida en el horizonte. Se sentó en una silla que había junto a la huera chimenea. El primero dirigió su semiciega mirada hacia el segundo: “¿Qué? ¿Nada?”. “Nada”, respondió mientras se levantaba de la silla y se recostaba sobre la roída cama. Poco después se dispusieron a comer. Uno de ellos sacó un trozo de pan del bolsillo y el otro hizo lo propio con un trozo de queso. “Parece que no vaya a venir nunca”, exclamó el de la chaqueta a rayas. “Sí”. Siguieron con la comida aguardando con resignación. La noche llegó al poco tiempo, cuando ya ambos se hallaban en brazos de Morfeo, mal arropados, con el frío dentro de ellos mismos formando un único cuerpo. Y al día siguiente con seguridad se repetiría cada movimiento, cada palabra sin variar una sola letra, como hacía ya tanto tiempo. Pero aquella mañana, al salir como todos los días a la calle, uno de los dos regresó al refugio con la mirada fija en la lejanía, perdida de este mundo, y, abriendo bruscamente la puerta, exclamó a su compañero: “¡Ya!”. Se levantó de la silla y quiso escudriñar en el horizonte, mas sus ojos no podían distinguir más allá de tres o cuatro metros. Entrelazaron las manos y se abandonaron: la respiración se hizo cada vez menos intensa hasta que dejó de notarse. Y se sintieron diluidos, como el humo del cigarrillo cuando se desvanece en el aire; se sintieron suspendidos en el vacío, unidos de la mano, con sus cuerpos transparentes, con la misma forma pero distinta materia a como se habían conocido antes. “¿Qué es esto?”, murmuró uno. “No lo sé; esperaremos”, adujo el otro. Inmóviles en aquel portento, sendos amigos atisbaban la oscuridad que les envolvía, con los oídos atentos al silencio que les rodeaba. La espera les irritaba, les exasperaba. La temperatura era inferior a la del ambiente, pero poco a poco la iba sobrepasando. Hartos de aquella inactividad, que no les reportaba nada, decidieron cerrar los ojos. Cuando despertaron, toda la habitación estaba igual que siempre, nada había cambiado. Afuera, la brisa de todos los días, llevando hojas de un lado a otro, con el perro tras el rastro de su alimento, que nunca llegaba. El cansino hombre de la silla de la chimenea salió del recinto hacia la calle para, desde allí, como venía haciendo desde hacia tantos días atrás, vigilar su llegada. La vista tropezaba con las hojas de la calle hasta que vio un pedazo de espejo; lo asió entre los dedos y, al querer contemplarse en él, no vio figura alguna, no se reflejaba en el cristal y , a pesar de ello, podía contemplar las casas y edificios a su espalda, podía examinar centímetro a centímetro el lugar por donde había pasado hacías unos segundos, y todo ello mirando al espejo. Pero, ¿y él, por qué no se reflejaba? Volvió a la habitación y mostró el espejo a su camarada: lo sujetó, se miró y no se reflejó. Levantó los ojos lentamente, sonrió y comprendió.

sábado, 27 de abril de 2013

Una mañana


Laura apenas acababa de levantarse, cuando se dirigió hacia la cocina para preparar un poco de café enfundada en una bata gruesa de invierno, aunque afuera lucía un espléndido sol de verano. Mientras trajinaba con el agua y la cafetera, Laura murmuraba entre dientes algunas palabras confusas, revueltas y sin sentido. De vez en cuando levantaba la voz, como si al otro lado del salón contiguo alguien la estuviera escuchando: “ya te lo dije ayer, ¿ves lo que ocurre? Otro día sin noticias”. Luego, tornaba a sus murmuraciones ininteligibles. Una vez que se hubo servido una taza de café, salió de la cocina con el pocillo en la mano. Se fue directa al despacho de su marido, se sentó ante la mesa y encendió el ordenador al tiempo que volvía a levantar la voz: “La verdad es que no sé por qué me molesto en mirar el correo; seguramente hoy tampoco habrá nada”. De cuando en cuando sorbía un poco de café sin apartar la mirada de la pantalla, al tiempo que con la mano libre manejaba el ratón. “¿Lo ves?”, dijo al cabo de un par de minutos, “Nada”. Se levantó de golpe.

 Al darse la vuelta, se dio de cara con su habitación; clavó la mirada en la puerta, cerrada. Allí dormía ella; allí dormía con su marido. Se había acostumbrado a levantarse como a hurtadillas para no despertarlo, pero al poco ya le estaba dando voces para que despertara; y así siempre, en los últimos quince años. Su marido solía tardar en levantarse y en no menos de quince o veinte minutos no acostumbraba a desperezarse. Entre tanto, Laura preparaba el café para los dos y unas tostadas, aunque los últimos meses se había olvidado de esto último y su desayuno se reducía a esa tacita de café que no apeaba de la mano hasta haber apurado la última gota. Todas las mañanas era la misma rutina: se tomaba el café mientras revisaba el correo electrónico y, al final, acababa sentada en la cocina aguardando a que su marido tuviera a bien acompañarla. Ese día, sin embargo, se quedó con la mirada fija en la puerta sin saber por qué. Le tembló ligeramente la mano con el café, algo no muy normal en ella, que presumía de un pulso a prueba de todo. Fueron unos pocos segundos, durante los que su rostro pareció haber visto un espectro; pero sólo fueron unos segundos, después de los cuales retornó a la normalidad, como si nada la hubiese interrumpido.

Se fue a la cocina, se sentó en la misma silla de siempre y volvió a levantar la voz: “Ya van para dos semanas y tu hijo sigue sin venir por aquí”. Guardó silencio antes de preguntar: “¿Me has oído?”. Nadie respondió. Absorbió la postrera gota de café, dejó el pocillo sobre la mesa y salió de la cocina; de nuevo volvió a mirar la puerta de la habitación, cerrada, y sintió el mismo estremecimiento. Vuelta en sí y sin dejar de susurrar para sí, se acercó a la puerta y, una vez que hubo llegado a su lado, extendió la mano y la rozó con la punta de los dedos; daba la impresión de que estaba a punto de perder el conocimiento, pues su cuerpo comenzó a balancearse sin que sus pies se movieran medio milímetro.

Entonces, una llave en la cerradura de la puerta de la calle la retrajo al mundo. Laura se giró bruscamente hacia ella, sorprendida de que alguien tuviera una llave de la puerta. Ésta se abrió y entró un hombre que rondaba los cuarenta años, vestido con traje oscuro y corbata negra. Al ver a Laura allí, de pie, en bata, con el cabello alborotado, se le acercó sin apartar los ojos de ella; le extendió los brazos y la rodeó con ellos, recibiendo, a su vez, otro abrazo no menos intenso. “Hijo”, murmuró Laura, “hijo”, repitió; “tu padre…” y la frase se ahogó en su garganta.

jueves, 25 de abril de 2013

La rosa azul


                Allí donde el color se difumina, donde nada es lo que parece y nada parece lo que es; allí donde el mar besa los montes, donde el cielo acaricia las cumbres; allí donde los corazones se encogen, endurecen y agrietan, donde se funden en uno pasado, presente y futuro; allí mismo se encuentra Siféride. Cuando realidad y fantasía se daban la mano para caminar juntos por los vericuetos de la vida, época endémica en la perdida memoria de nuestros antepasados; cuando la frontera entre la vigilia y los sueños se diluía sutilmente en los recónditos cerebros de supersticiosas gentes, tiempo escondido tras la fina gasa del miedo y la ignorancia; cuando hechiceros, brujas, genios y hadas deambulaban entre la muchedumbre; en aquella época vivió Sigdo, jardinero en la engreída Siféride.
                Sigdo tenía ese aspecto de anciano apacible, con unas barbas en caos, con pliegues venerables en la piel, con unos ojos de azufre sereno. Era uno de esos personajes a quien se le puede abrir el corazón sin miedo a caer en la burla por más que surjan confesiones ridículas, dignas de befa e incluso de tormentos. En Siféride todos le apreciaban y le tenían por confesor laico: la doncella atribulada le pedía consejo sobre un mozo que la cortejaba, el alcalde le instaba a opinar sobre algún mojón movido del sitial [porque Sigdo conocía de antiguo los lindes y los usos, hasta el más insignificante detalle, el mínimo palmo de tierra, camino y vereda, las piedras mismas tenía catalogadas todas en su cabeza], el sacerdote le comentaba aquella ingrata situación del monaguillo sorprendido en el robo del cepillo, y hasta la vieja de la cabaña [que se decía, como era usual con las ancianas que viven solas y alejadas del pueblo, era una bruja] le urgía de vez en cuando a que le suministrara esta o esa otra planta que precisaba para un preparado remediador de la tos o del vómito o del mareo. En fin, nadie le negaba el saludo y le estimulaban a la conversación.
                Pero Sigdo no era hablador, ni siquiera paseante; lo suyo eran las flores, su propia vida era un herbolario. Disfrutaba de un jardín al que dedicaba todos sus afanes. De ocaso en ocaso y de alba en alba gastaba el día en mimar las flores y la noche en darles pábulo. A tal punto llega su afición por ellas, que cada una poseía nombre, padre y prole: una azucena grácil era Lilia, de una amapola adormilada habían surgido las hermanas Papaveria y Sopora, y así una por una sin olvidar ninguna. Pero su obsesión eran las rosas; para ellas tenía guardada la solana más acogedora de todas, para ellas destinaba el primer sol y la primera luna; tan hondo era su afecto por ellas, que las amaba con intensidad sobrehumana. A veces, cuando la pasión rozaba el desenfreno, se tendía supino entre ellas y las soñaba en carne mundana y las poseía en el arrobamiento propio de un frenesí inusitado.
                Pero Sigdo también padecía de una frustración, un deseo vehemente inalcanzable para su entendimiento; quería descubrir un arcano: el verdadero secreto de las flores y, sobre todo, de las rosas, porque eran las rosas el Amón, el Marduk, el Zeus, el Odín de los dioses. A menudo les manifestaba su anhelo prometiéndoles un amor infinito.
                Poco antes del amanecer de una de aquellas noches pasadas en vela, el viejo jardinero percibió un aroma, uno sólo, desconocido. No provenía de los crisantemos, las azaleas, los geranios o las camelias, mucho menos de las rosas. No, aquel olor no pertenecía a ninguna de sus flores. Pero aquella fragancia le era tan intensa, tan embrujadora, que cerró los ojos y se dejó llevar. Impregnado por el perfume, una brisa comenzó a rociarle el cetrino cutis, a embargarlo, a sumirlo en un sueño renovador, a abrazarlo e izarlo sobre el suelo y elevarlo suspendido del aura. Ese mismo perfume se colaba por entre los poros y todo su cuerpo era invadido por efluvios cautivadores: todo él era vapor incandescente.
                Primero fue un tallo, el de un narciso, que se flexionó en reverencia; luego, fueron los de en derredor; a continuación, se abrió una senda recta hacia él. Las flores todas despejaban el camino a un suave airecillo: unas se erguían majestuosas al paso invisible, otras se doblaban rendidas. Sigdo quedó obnubilado, sin movimiento, con una parálisis fuera del común sentido, pues el único sentir era el de paz, sosiego, mansedumbre, descanso, paz. Como un rocío de escarcha alada, la brisa le envolvió y sobre él caían menudos copos de nieve seca y cálida; parecían pétalos inmaculados de un albor más allá de lo natural. Notaba cómo los dedos del manso vientecillo peinaban su cabello tosco, friccionaban sus sienes embutidas; le besaba la faz una boca apenas perceptible; las ropas se deslizaban e iban al suelo: su cuerpo corito. Todo el jardín fue Edén, los colores eran centellas luminosas que irradiaban música; allá los crótalos de las campanillas hijas de la enredadera, violines de alhelís, flautas de claveles, arpas de helechos, un celestial coro de rosas y más música de más flores, notas que brotaban, caracoleaban y se desmayaban. Y aquel suspiro era el director, aquel aliento mágico que le infundía tanto deleite.
                Los dedos insistían, pero apenas rozaban la piel rugosa de su amante, el amante de las rosas. La larga cabellera, undosa en el aire, azotaba el enjuto rostro, mas cual aura enamorada y lasciva, que no cual flagelo sanguíneo. ¡Pobre jardinero envuelto en ternura! ¿Pobre? Más bien irremediablemente imbuido. Aquello era lo que había ansiado hallar: la esencia misma de las flores, el alma, el espíritu, el… Una meliflua voz resbaló entonces hasta sus oídos.

   -Yo soy la respuesta a tus plegarias, hechicera, bruja o encantadora, según unos; diosa, hada o maga, según otros. Yo soy a quien la naturaleza toda rinde culto, a quien las flores adoran, a quien los árboles rezan, ante quien la hierba se inclina. Yo soy el néctar y la ambrosía que dan la eternidad o quitan la vida. Yo hago crecer y multiplicarse al mundo. Así pues, nada temas de mí. Tú eres mi elegido, mi clandestino amado, mi protegido. Ven conmigo.

                Y Sigdo obedeció. De pronto, la espesa tamuja del lugar se revoluciona, cosida la hojarasca por la fibra dorada de la voluntad divina; se arremolina en lúbricas volutas, que giran sobre sí, se elevan en el aire y rodean al anonadado jardinero. En segundos la figura humana deja de serlo y desaparece entre la maraña de hojas. Una brisa, hálito de la diosa, levanta la masa y la suspende lejos de la seguridad del terreno. Presto, cual ninguna mirada mortal haya visto, la tamuja se deshace, las hojas se desunen y desparraman por todas partes, dejando en nada el lecho mullido en donde ha poco rebullía un cuerpo ahora ido, transportado a la dimensión incognoscible: la morada de la amante.
                La morada, el palacio de ornamentos bruñido: paredes que son pétalos floridos, columnas que son tallos, luminarias que son corolas, lluvia que es polen, suelos herbáceos, techos estelares, frisos de madreselvas, cuadros de hiedra devoradora, atmósfera ingrávida, olor a pensil.
                Un céfiro reconocible cruzó la estancia y una figura de sublime belleza apareció sonriendo y dispuesta a dedicar sus más sensuales encantos al anciano. Heredera de Isis, Ishtar, Afrodita y Baldr, ella sola era la mitad del Cielo, tan perfecto hermosura, que las encías eran de rosicler y sus ojos ¡ah, sus ojos; qué intensidad en su mirada!, con saetas de amor hiere cuando levanta sus ojos. Se acercó a él sin tocar materia alguna, le abrazó y su hálito le empapó la faz.

   -Bésame, loco mío, y con tus brazos rodea mi cintura. Humedece tus ojos en los míos y con tus manos abraza mis pechos. Me ofrezco a ti, toda desnuda, y a las caricias tuyas peritas en flores. Arranca de mis entrañas el secreto que deseas; soy tuya, tómame. Pronto el alba anunciará que la noche termina y nuestra despedida asoma su cabeza tras la niebla. No perdamos tiempo, viejo mío, y con tus sabias maneras convierte este instante en el instante más perfecto, instante envidiado por imperfectos mezquinos.

                Nunca lo habría creído; no existirá el placer, el gozo excelso y extremo después de esta noche embrujada. ¿Cuál era ese misterio?: la puridad de la diosa, pues de ella emana el fluido que alimenta a la naturaleza; los árboles sorben su néctar; las plantas, su ambrosía; los rayos del sol penetran en la médula de los pecíolos y los amamanta, los de la luna sacan el brillo esplendoroso de la coraza y la vaharada del hada extrae de todo ello los vívidos colores.
                Allí, en el vergel deífico, lo comprendió todo. Las rosas rebosaban de vida, respiraban, escuchaban y hasta parecían hablar. ¡Y el aroma enajenador! ¡Y el color! Todos los colores estaban allí, en el Paraíso, y las rosas los poseían todos. ¿Todos? No. Hay encendidos rojos, perpetuos encarnados, adorables amarillos, verdes mundanos, lilas misteriosos, violetas pudorosos, rubís, esmeraldas, diamantes, amatistas, perlas. ¿Y azules? ¿Por qué no zafiros? ¿Y la rosa azul?

   -Todos son tuyos –le había dicho-, todos menos uno: el azul. Ésa es mi posesión, sólo yo he de poseerlo. Confórtate con los demás a cambio de esta noche que no quisiste interminable, porque la rosa azul es la única que no pone fin. Ella, la rosa azul, es interminable; en cambio, tú eres finito, como todas las demás flores con sus esplendorosos colores.

                Ninguna rosa hubo o habrá más perfecta que las debidas al amoroso cuidado de Sigdo. Sólo los dos amantes conocen ahora el arcano: ellas, las flores, son las hijas de la hechicera, pues ella es quien les infunde la maravilla irreal. Ni al filo de metal ni al filo de cualquiera otra materia les estaba permitido quebrar su endeble talle. Sólo a los dedos lícitos del jardinero, guiados por su amante, les estaba reservado sajar sin derramar la savia, sin producir dolorosa herida, sin que la rosa misma sufra tortura ni sus espinas la causen. ¡Las rosas, tesoro del pensil, corazón sobrehumano! Mas no se holgaba en ellas Sigdo con el hedonismo de quien todo lo ha conseguido, pues todavía quedaba la rosa azul; por ella no dormía, no comía, no respiraba.
                Su desesperación, sus lágrimas de rabia, llegaron a la diosa y ésta, apiadándose del pobre jardinero, acudió en su ayuda una noche de plenilunio. El vergel resplandecía con la inesperada visita. La dama se enrosca a los pies del anciano, sierpe multicolor; de las yemas táctiles fluye la electricidad desde sus nervios; el césped chispea en torno suyo y una hebra rubia eriza las hojas, resbala por los troncos y se anilla a la cintura de Sigdo. Ella, tan inalcanzable para los simples mortales, se desprende voluptuosa del jamete encubridor y deja todo el cuerpo a la intemperie.

   -Ante mis rosas pronuncias mi nombre en silencio –dijo.
   -¿Cómo pude, si no lo conozco?
   -Mi nombre es el anhelo tuyo. Yo soy la rosa azul.
   -Entonces, dime tu secreto.
   -¿No te es suficiente que te haya revelado el de mis hermanas?
   -El tuyo me es más querido.
   -Ése es mi secreto, mi propia existencia.
   -En ese caso, necesito tenerte.
   -Me costará la vida, pues sin ese secreto mi razón de ser se extingue.
   -Yo te mantendré siempre viva en mi pensamiento.

                La diosa derramó lágrimas de ardiente tristeza y sus ojos se volvieron oscuros y su piel se tiñó de gris ceniza. Y sus piernas ya no eran de carne, sino dos cataratas de agua trasparente, y sus pechos y su pubis y su espalda… todo dejó de ser lo que era para ser flor, una rosa azul, y, cuando la rosa azul abrió su capullo, como un bostezo, surgió una sonrisa de desconsuelo. De repente, el aroma, ese aroma impregnado de ambrosía, néctar, poesía y amor, huye de la flor, taladra el aire e invade, nariz adentro, el reino interno del jardinero; desciende a los pulmones y los revienta de fragancia, inunda el corazón y lo adormece lánguidamente, hipnotiza los nervios, deja flácidos los músculos, azulea la sangre, huesos y dermis. Luego, desciende con lentitud y enajena la razón, atora los sentidos. Sigdo agoniza en el gozo supremo. La diosa sabe del sin. Tres lágrimas surgidas de sus ojos, piedras sulfúreas, se congelan al colgar de los pétalos. Sigdo suspira, exhala el postrer hálito y una sonrisa se dibuja en los labios justo antes de tornarse en un gesto de asco y desprecio, pues la rosa azul, una vez entregada su existencia, se extingue dentro del propio anciano y con su muerte el jardinero se libera de su posesión más preciada, pues, al tiempo de penetrar en el arcano, comprende que ha perdido su guía. Conoce todo sobre las flores, pero se ha quedado vacío, pues ya no tiene nada por lo que vivir y el resto de sus días los habrá de pasar persiguiendo un fantasma: los recuerdos de la Rosa Azul.

sábado, 20 de abril de 2013

Un no cuento no infantil


Graciela era una niña de ojos de azul inmenso con la cabeza llena de fantasías; Graciela soñaba cuando dormía y cuando estaba despierta; a Graciela no le gustaban las escuelas ni los maestros ni los libros; a Graciela le gustaba soñar o jugar sola con su amiga invisible que no tenía nombre y que siempre le hacía compañía; Graciela detestaba las gafas y los correctores de dientes; Graciela disfrutaba mirando las flores de los jardines y las estrellas del cielo.

                Por las noches solía levantarse de la cama a hurtadillas y contemplar el firmamento acodada en la ventana y entonces soñaba que podía volar hasta allá arriba desde donde contemplaba la Tierra, la Luna y el Sol. Así se pasaba dos o tres horas, cuando no más, mientras se adormecía; luego se acostaba con una sonrisa y soñaba que se convertía en la estrella más brillante.

                Pero a Graciela la tenían últimamente metida en la cama, porque sufría grandes dolores en el pecho y el médico le recetaba un jarabe que sabía a mil rayos; le daban sopas calientes e insípidas y le ponían inyecciones. A veces, cuando se sentía mejor, la dejaban sentarse en una silla junto a la ventana, pero no la dejaban asomarse a la calle y en casa se aburría mucho; echaba de menos las flores. Ella los engañaba a todos y se levantaba siempre a medianoche para observar las estrellas junto a su amiga invisible. Graciela había puesto un mote a algunas de ellas y se lo decía a su amiga para que guardara el secreto: a una la llamaba “frambuesa”, a otra “lunar blanco”, a otra “titilosa” porque nunca paraba de titilar.

                Una mañana se sintió peor que otras veces y vomitó entre las sábanas; creyó que la iban a reñir y a castigar, pero su madre la acarició, la besó y la arropó con otras sábanas limpias ¡qué a gusto se sentía cuando su madre la acariciaba y le decía palabras bonitas! Aquella mañana le daba todo un poco igual, no le hubiera importado que en vez de mimos le hubiesen pegado ¡cómo le dolía el pecho! Apenas si podía respirar. A veces abría mucho los ojos para que entrara el aire por ellos, ya que no entraba por la boca y lo poco que entraba pasaba por la garganta como si fuera fuego.

                Por la noche vino el médico otra vez. Era simpático y le contaba algunas cosas que le parecían muy hermosas, pero no le gustaba nada que le recetara aquel jarabe tan malo, y menos todavía las inyecciones, porque le dejaban la nalga dolorida durante un buen trato.

                Cuando llegaba la noche su padre solía sentarse a la cabecera y le contaba un cuento. Aquella vez le contó uno sobre una tal Alicia, a la que le pasaban cosas muy raras; y soñó después que le pasaban a ella. Precisamente en aquella ocasión no pudo levantarse a ver las estrellas, se sentía muy débil y casi no podía ni moverse en la cama; se quejó a su amiga, pero ésta no quiso escucharla, así que se durmió un poco triste y tuvo pesadillas y sudaba mucho y despertaba a cada rato y su madre le quitaba el sudor de la frente con un trapo y la cubría con la manta cuando se destapaba.

                El día siguiente lo pasó casi sin moverse, muy cansada, con los párpados cerrados y, cuando los abría, veía la habitación borrosa. A la hora de comer no pudo tragar ni la sopa ni el puré; le daban arcadas y le caía la baba como a los niños pequeños; ella se enfadaba consigo misma, porque era mayor y a los mayores no se les cae la baba.

                Una tarde la visitó una tía suya a la que quería mucho, porque jugaba con ella y la dejaba hacer muchas cosas que sus padres no la dejaban. Se puso muy contenta y estuvieron jugando al parchís, a la oca, a las cartas… Pero su madre le dijo que ya era hora de dormir, que, si no, mañana iba a estar muy cansada. Graciela no quería dormirse, pues tenía miedo de despertar y que su tía no estuviera allí; pero ella prometió que volvería si se dormía pronto y, para que no tuviera pesadillas, le iba a contar un cuento. Graciela le dijo que le contara uno sobre las estrellas. Su tía se rascó la barbilla pensando cuál podría ser y se le ocurrió uno. No era muy bonito, pero Graciela se durmió pronto. Cuando despertó a la mañana siguiente, se molestó un poco porque recordaba el principio del cuento y no sabía cómo había terminado.

                Unos días después seguía en la cama sin poder levantarse y estaba harta de tener que pasarse todo el tiempo allí metida, pero su madre la regañaba cada vez que la pillaba descalza por el pasillo o junto a la ventana, mirando el cielo. Si estaba nublado, imaginaba muchas formas en las nubes y se le ocurría hacer carreras con ellas: ella escogía una nube para sí y su amiga invisible escogía otra; si perdía, ponía morros y le contaba a su amiga que la otra había hecho trampa y que era más grande y que la suya estaba malita como ella y que su madre no la dejaba corretear con el resto de las nubes.

                Una mañana que notó mucho frío al despertar presintió que había nevado fuera. Corrió a la ventana y descorrió los visillos, levantó la persiana y vio la calle cubierta de nieve. Se puso muy contenta al observarlo todo blanco y pensaba que su madre la iba a dejar salir por fin. Imaginaba que hacía muchos muñecos y les ponía nombres, incluso se imaginó que hacía una gran estrella de nieve, que volaría con ella encima, como si fuera un caballo. Pero su mamá la regañó, porque la había encontrado descalza asomada a la ventana, y le mandó acostarse y estarse quieta.

                Se pasó todo el día muy triste y por la tarde tosió mucho y echaba espumarajos por la boca y le costaba mucho respirar y a veces creía que se ahogaba. Y, a pesar de los dolores que sentía en el pecho, se fijó en cómo su mamá se daba la vuelta para que no la viera, pero sí que la vio, reflejada en un espejo: estaba llorando; nunca había visto a su madre llorar y eso la apenó todavía más. Graciela quería decirle a su mamá que no llorara, que ella estaba bien y que se iba a poner buena muy pronto, pero apenas podía respirar y no le salían las palabras.

Por la noche se desveló y quiso llamar a su padre, que le contara un cuento, pero seguía sin salirle la voz. Entonces soñaba que una estrella muy brillante le hacía compañía y que la acariciaba y que le susurraba algo, pero no entendía bien lo que decía. Intentó abrir los ojos para verla mejor, pero los párpados pesaban tanto… Quiso subir a ella con su amiga invisible, pero su amiga no estaba allí. Sintió que la habían dejado sola y tuvo mucho miedo, porque a Graciela no le gustaba quedarse sola, aunque tuviera una estrella muy grande sólo para ella.

¡Pobre Graciela! A la mañana siguiente ya no despertó: una estrella se la había llevado al cielo.

miércoles, 17 de abril de 2013

Colores


El pequeño grupo de personas que se habían reunido en torno a aquella brizna de hierba iba aumentando a medida que se extendía el rumor. Aquella brizna tenía la misma forma que las demás, parecía tener la misma consistencia y todo apuntaba a que en nada se diferenciaba de las demás briznas de alrededor, salvo por aquella extraña tonalidad que la hacía resaltar sobre sus hermanas. Todos los ojos convergían en ella como un raro fenómeno de la Naturaleza que nadie lograba explicar. Mientras el corro aumentaba, la gente pisoteaba la hierba en redor de la brizna sin darle importancia; sólo la brizna con la tonalidad diferente era respetada, pues nadie osaba acercarse en demasía a ella, mucho menos tocarla.

                Entre todos aquellos observadores se fue abriendo paso un anciano que todos conocían de verlo deambular por las calles con su inseparable bastón, que le ayudaba en su andar lento y pausado; se servía del callado porque los años le habían atrofiado los huesos: se decía de él que tenía mucho más de cien años. En sus ojos, casi ocultos por los párpados, se podrían ver todos los días vividos y el cansancio que ello le había producido. Los últimos días, sin embargo, le habían visto también en compañía de un niño de unos diez u once años que le ayudaba a caminar; al chico lo conocían también de vista, pues que era un pordiosero que vagaba por las calles pidiendo limosnas que apenas le llegaban para comer. El caso es que los últimos días el pequeño se había interesado por la salud del anciano y, sin que hubiera ley o norma alguna al respecto, el niño quiso ayudarlo sin pedir compensación alguna, como era lo usual.

                En fin, los dos, niño y anciano, consiguieron adelantarse y llegar hasta la brizna de hierba, unas veces abriéndose paso con un ligero toque y otras veces aplicando un leve empujón. Entonces, el corazón le dio un vuelco al anciano y todo su cuerpo tembló como si hubiera visto un fantasma que le venía a buscar. Su pequeño lazarillo sintió aquella convulsión como propia y agarró el brazo del anciano con fuerza, como si presintiese que fuera a desplomarse de un momento a otro. Sin embargo, el anciano se mantuvo en pie, con la mirada fija en la brizna y un brillo  nuevo en su mirada; parecía que sus ojos hubieran rejuvenecido diez lustros. Nadie, excepto el chiquillo, se dio cuenta de que una lágrima le arrollaba por la mejilla, una lágrima ardiente, una gota de agua que daba la impresión de llevarse todas las impurezas del mundo y aliviar la pesadumbre de la humanidad entera. Y el infante no podía apartar su vista de aquel anciano que lloraba de emoción ante una brizna, por muy diferente que fuera la tonalidad.

                Entonces, el centenario viejo dobló las rodillas no sin dificultad, apuntalado en el bastón y en los hombros de su pequeño amigo, hasta completar la genuflexión, hincando las dos rodillas en la hierba. Una vez que se creyó a una distancia oportuna, dejó el bastón en el suelo y, sin soltarse del brazo del chico, alargó su mano libre y la extendió hacia la brizna. Ahora sí que todos se quedaron observando al anciano, quietos, inmóviles como estatuas de frío mármol, todos ellos con unos ojos de santo de iglesia, como los ojos sin vida de esas tallas que ornan las capillas. Y el anciano acercó la mano a la brizna de hierba y con un dedo la tocó al tiempo que un “oooooooh” sonó uniforme entre todos los espectadores. Justo en ese mismo momento la voz de una mujer se levantó por encima de aquel silencio sepulcral: “¡Allí hay otra! ¡Allí hay otra! ¡Allí hay otra!”, repetía con evidente excitación y a viva voz una y otra vez mientras con un dedo señalaba hacia un árbol que había no muy distante. En efecto, la gente se volvió hacia el árbol y vieron que de entre todas las hojas había una con una tonalidad muy diferente a las demás, una tonalidad, empero, similar a la brizna de hierba; entonces, unos se dirigieron hacia el árbol y otros decidieron permanecer junto a la brizna sin saber cuál de las dos anomalías era más extravagante.

Fue en ese preciso instante cuando se oyó susurrar al anciano: “Es él, ha vuelto; es él, que renace”. Aunque nadie siquiera sospechaba a qué se refería, no hubo ninguna pregunta al respecto. Sólo una mirada inquisitiva, una mirada de pasmo y admiración a un tiempo, se posó en el rostro del anciano: era la del chico, que con ella le pedía una explicación de aquellas palabras enigmáticas. El anciano se sentó allí mismo, muy cerca de la brizna y con un gesto ostensible le indicó al chiquillo que le imitara. Cuando ambos se hubieron acomodado, el anciano le sonrió y dijo muy quedo, como para que sólo su amigo le oyera: “Son los colores ¿sabes? que han vuelto”. El crío meneó la cabeza; ¡qué iba a saber él de… ¿cómo era…? ¿los colores?!

“Cuando yo tenía tu edad”, comenzó el anciano, “el mundo era muy diferente a lo que es ahora; entonces todo estaba lleno de colores: verdes, rojos, azules, lilas, naranjas, violetas…”. El niño comenzó a sospechar que aquel viejo estaba delirando, pues no decía que la naranja era uno de esos… ¿cómo era? ¡Colores!; pero si todo el mundo sabía que la naranja era una fruta, y la violeta era una flor. “Y un buen día”, continuaba el anciano, “los colores comenzaron a desaparecer sin que nadie supiera el motivo, y todo alrededor se volvía gris, a veces más claro y otras veces más oscuro, pero todo gris, sin colores. Con el tiempo el mundo se fue acostumbrado al cambio y con el paso del tiempo todos se olvidaron de ellos, de los colores, y todo quedó en el olvido, incluso los recuerdos… hasta hoy”. Y aquí detuvo la narración; su mirada parecía perderse en la inmensidad del espacio; pero no, lo que ocurría era que el cielo se había vuelto azul y ya eran muchos los que se habían percatado de ello y sostenían sus cabezas vueltas hacia las alturas.

De repente alguien se sobresaltó: era un adusto señor de bigote y perilla que había descubierto que su jersey también había cambiado de tonalidad; lo agarraba con las manos y lo estiraba como queriendo deshacerse de él. El brillo de aquella tonalidad casi le hería los ojos, pero era incapaz de apartar la mirada, embelesado en aquel brillo nuevo, que el anciano llamó “amarillo”. Luego, muy cerca de él, una señora circunspecta y con expresión sombría dio un traspié apenas vio que en su falda lucían algunas figuras caprichosas que habían adoptado tonalidades diferentes. Poco a poco aquellos “colores” fueron adueñándose de más y más objetos hasta que llegó un momento en que todo se había inundado de ellos y los grises hubieran desaparecido por completo, si no fuera que aún permanecían en la piel de las personas. La gente deambulaba como perdida de un lado a otro sin saber a dónde ir, mirándolo todo como si un mundo nuevo se acabara de revelar a su mirada. Era tanta la profusión de colores que algunos, los más reacios a los cambios, sentían que sus ojos se herían al contemplar tanto esplendor; en cambio, la mayoría se confortaba con los colores, sentían crecer dentro de sí una felicidad del todo novedosa, como nunca hubieran pensado que podía existir. La calle fue anegándose de risas, de conversaciones: las personas se saludaban cuando se encontraban en la calle, se sonreían unas a otras, los más pequeños empezaron a divertirse con chanzas y juegos… incluso la piel fue adquiriendo una tonalidad completamente nueva, acorde con el mundo que renacía. Todo era tan hermoso…

Una curiosa reacción de la gente fue la de animarse a expresar sus preferencias: había quien se inclinaba por los colores terrosos, arraigados a la seguridad, a la confianza; otros, en cambio, elogiaban los colores más volátiles, más caprichosos y llamativos. Todos, quien más y quien menos, elegía su propio color, muy al contrario que cuando el mundo vivía en tonalidades grises, cuyos matices a nadie interesaba y sobre los que nadie opinaba. Ahora ya no, ahora incluso se discutía de forma abierta sobre las predilecciones, sobre cuál era mejor y en qué circunstancias, o sobre cuál iba más acorde con esto o esotro. Hasta se llegó a otorgar un significado distinto a cada color, a cada gama, a cada gradación: uno indicaba la ansiedad, otro la esperanza, ése la ira, aquél la frustración.

Y el niño y el anciano recibieron con sorpresa las dádivas, las miradas compasivas, los saludos de los viandantes. En cierta ocasión que erraban por un sendero de la campiña fruyéndose en los colores, contemplaron un grupo de jóvenes que parecía mantenían una amena conversación entre ellos, a no ser uno con cara fosca y mirada algo taimada que se hallaba unos metros apartado de los demás. Aquel joven dirigía su vista desde su chaqueta azul hasta la chaqueta verde de otro joven; daba la impresión de que estaba comparando las dos tonalidades, como si midiera la intensidad de color de cada una de las prendas. De pronto, se adelantó unos metros, los que le separaban del otro que llevaba la chaqueta verde, se plantó delante suyo y le espetó: “Dame tu chaqueta, la mía no me gusta”. Ante aquella petición tan repentina y extraña el otro muchacho se retrajo un par de pasos hacia atrás al tiempo que instintivamente se agarraba las mangas de la chaqueta: “No”, le contestó, “Ésta es mía”. “Pero yo la quiero”, le replicó el otro, “ése color es mejor que el de la mía”, y sin aguardar más tiempo se abalanzó con violencia sobre el otro y forcejeó con él por la posesión de la chaqueta verde; en un cierto instante el agresor se aferró con fiereza a una manga, tiró de ella con toda la fuerza del mundo y le desgajó un jirón. Entonces, abrió la mano y contempló el jirón del que se había apoderado: había perdido su color verde y en su lugar se había vuelto gris, un gris pálido, triste, mortecino, del tono de la ceniza. Todos los demás jóvenes se maravillaron, sino el anciano, cuyas mejillas estaban bañadas en lágrimas.

lunes, 15 de abril de 2013

El señor Rosales


                El señor Rosales, Rogelio Rosales, cruzó la sala con aire distraído mascullando entre dientes que su esposa volvía a retrasarse, lo cual le molestaba mucho; el mayordomo le miró de soslayo, pero no le dio más importancia. Rosales salió al exterior, al jardincillo en donde solía comer cada día. Se fue derecho hacia la mesa, en donde reposaban los cubiertos para una sola persona, “hasta el servicio sabe que no llegará a tiempo”, pensó, “y a mí no me dice ni Pamplona”. Con aspecto cansado y el gesto un tanto descompuesto, hizo una señal al mayordomo y al punto le trajeron la comida. Rogelio Rosales apenas hablaba con la servidumbre, se comunicaba con ellos a través de pequeños gestos que el mayordomo, que ya hacía muchos años había entrado a su servicio, interpretaba casi siempre de forma inequívoca.
         El señor Rosales, Rogelio Rosales, comió con frugalidad, apenas unos bocados de pescado y otros pocos de carne; el postre ni lo tanteó. Se veía que estaba desmejorado, que su delgadez no era la acostumbrada. En otro tiempo, Rosales se distinguía con rapidez de entre sus contertulios: era alto y fuerte, no como ahora, encorvado y flaco. El mayordomo, que junto a su señor había conocido mejores tiempos, meneó la cabeza en señal de desaprobación, pero se contuvo de hacerlo entender a Rosales. En la mirada que el mayordomo dirigió al huésped de la casa no había censura, sino más bien conmiseración.
         El señor Rosales, Rogelio Rosales, entró en la casa con paso decidido; sin duda, iba a sentarse al salón, en el sillón viejo que había frente al televisor, iba a encender un cigarro y a servirse una copa de sol y sombra, iba a relajarse mirando las paredes del salón decoradas por su esposa. Así fue todo, mas al llegar al último punto, maldijo a la infortunada que todos los días faltaba a la comida y nunca le avisaba. “Seguramente estará en casa de alguna amiga chismorreando de otra”, pensaba en voz alta, “o, a lo peor, se habrá liado con cualquier estúpido del tres al cuarto y querrá fugarse con él a algún lugar paradisíaco; ¡pues que les vaya bien y no regresen! En cuanto esta noche la vea cruzar por esa puerta le pongo las maletas en la cara”.
         El señor Rosales, Rogelio Rosales, se durmió con el cigarro en una mano y la copa en la otra, con lo que ambos, cigarro y copa, acabaron en el suelo. El mayordomo se acercó a él, recogió el cigarro y la copa, y cubrió a Rosales con una manta. Rogelio despertó al anochecer; como por las noches apenas dormía, se levantaba en vela y andaba por la casa argumentando cualquier elucubración consigo mismo, cuando llegaba la sobremesa se quedaba dormido durante varias horas. Al despertar, lo primero que hizo fue dirigirse a la puerta de la entrada, la abrió y observó si el coche de su esposa estaba aparcado. “Todavía no ha llegado”, dijo en voz alta y algo excitado. “Esta vez ha ido demasiado lejos, cerraré la puerta y yo mismo me sentaré aquí; así, cuando llegue me va a oír y la mando con viento fresco”. Pero quien llegó no fue su esposa, sino su médico, José Bermúdez, que había sido avisado por el mayordomo, preocupado porque el señor Rosales parecía que tampoco esa noche iba a cenar, como de costumbre, y tal vez con la visita de Bermúdez se animaría a meter algo en la boca.
         El señor Rosales, Rogelio Rosales, recibió al médico, amigo suyo por demás, con los brazos abiertos. Los dos se sentaron en el salón, disfrutando de un buen cigarro y una copa de brandy. Rogelio le contó a Bermúdez sus sospechas sobre la infiel esposa y la determinación a la que había llegado. “Pero no puedes hacer eso”, le replicó el médico. “Esta es mi casa y haré lo que me apetezca”, insistió Rosales elevando la voz. “¿Es que no comprendes…?”, iba a decir Bermúdez, cuando su amigo se levantó de súbito: “ya sabes cómo la amaba…”, murmuró como una queja lastimosa. “Lo sé, y ella a ti”. “¿Por eso se va con otro?”. El médico y amigo le cogió con suavidad del brazo y le susurró quedamente: “Amigo Rogelio, no pienses más en ello y conserva el buen recuerdo que tu amada esposa te dejó… antes de morir”.
         El señor Rosales, Rogelio Rosales, se llevó las manos a la cara y lloró amargamente.