Tú, extranjero que llegas por
primera vez a estas tierras, no te detengas y prosigue tu camino o acabarás
engrosando el número de los que pasean por los Campos Elíseos. Cuando
desciendas de la cumbre acuérdate de baja runa rama de enebro rastrero, cuando
asciendas del valle recuerda subir un ramito de margaritas blancas y, si en el
camino te encuentras con una joven de bucles rosados, ojos almizcle y voz
melodiosa pronunciando tu nombre y llamándote a su vera, apártate de ella, huye
como si hubieras visto la muerte misma. Pero si aun así no puedes contener el
impulso y te ves impelido hacia ella, no libes de sus labios beso alguno,
porque cada uno de sus ósculos tiene escrito el nombre de un mortal. Se dice
que esta joven es hija de los mismos infiernos, pues que, cuando llegó a esta
región, lo hizo en noche tormentosa, con la luna llena tras las nubes aciagas,
trayendo consigo la desgracia. Nadie conoce su procedencia, como un cometa que
cruza el firmamento sin que se sepa de él o cuál es su patria. El viejo
Hermedoro la acogió en su casa como si fuera hija suya, como sangre de su
sangre. La bella extranjera le hechizó con su hermosura y le enamoró a tal
punto, que el anciano la inició en los saberes secretos de la alquimia.
Muchas
noches pasaron en vela yendo del lecho al laboratorio y del laboratorio al
lecho. Los días se pasaban en claro enseñando el uno, aprendiendo la otra. Así
llegó el momento propicio para que la hermosa extranjera recibiese la lección
última de los aprendices. Hermedoro le entregó un libro ajado por el paso del
tiempo y por el manoseo a que había sido sometido durante tantos años. Después,
se sentó en una silla y prestó oídos a lo que la joven leía. La voz de la
neófita titubeaba por la emoción de leer el texto que Hermes había regalado a
la humanidad para su superación espiritual, y el eco de las palabras viajaba
por el aire hasta golpear las paredes del cuarto. El viejo alquimista la
vigilaba en silencio, sentado junto a la chimenea, y clavaba en su pupila la
mirada adusta.
Helos
ahí: la una, ávida de saber; el otro, de enseñar. La luz opalina ilumina la
estancia. Es un momento solemne. Sólo el crepitar de las llamas rompe el
silencio que dejan los descansos entre palabra y palabra. El anciano agarra,
entonces, el libro sagrado y lee:
Ahora ve, busca al agricultor y pregúntale qué es el grano y qué la
cosecha. De él aprenderás que quien siembra trigo recibirá trigo y quien
siembra cebada recogerá cebada. Ello te conducirá a la idea de la creación y de
la generación; acuérdate de que el hombre hace nacer al hombre, que el león
hace nacer al león, que el perro reproduce al perro. Del mismo modo el otro
produce oro, ¡he aquí todo el misterio!
El
juramento de los Hermanos de Hermes acaba de ser pronunciado y la joven ya
forma parte de la alquimia. A partir de ese momento ya no será quien era, sino
otra mujer, otra persona. Está preparada para hacer frente al dragón y matarlo
con el fuego; conoce los materiales, los tiempos y las operaciones. “Ora, lege,
relege labora et invenies”, aconseja Hermedoro. Pero la taimada no estaba
dispuesta a acatar las premisas y su paciencia se iba agotando en cada noche
que pasaba, hasta que llegó el día decisivo para la gran cocción que el anciano
creía estar llevando a cabo en secreto, pues la malvada no dejaba de espiarle
en cada momento, aun valiéndose de sus artes maléficas. Ese día Hermedoro se
metió en el cuarto en donde reposaba el vaso, mientras ella se quedó en la
habitación, lo que aprovechó para mezclar en el matraz una esencia de enebro y
otra de margarita con un poco de azufre y mercurio, veneno eficaz e
irremediable.
Entre
tanto, Hermedoro vigilaba el final de la Tercera Obra. Pronto el negro mudó de
color; se hace blanco y del blanco pasa al amarillo con una rapidez tal, que al
viejo alquimista no le da tiempo disfrutar con la emoción del éxito. Había
llegado a la piedra filosofal: es la esencia perfecta de todos los elementos,
el cuerpo indestructible que ningún elemento puede mermar ni destruir, la
quintaesencia; arcano de todos los arcanos, virtud y poder de divinidad,
término y meta de todas las cosas que están bajo el cielo, conclusión
definitiva y maravillosa de las empresas de todos los sabios.
Pero
la falaz discípula acechaba, observándolo todo por el ojo de la cerradura y,
convertida en brisa, penetra en el cuarto y envuelve el cuerpo del anciano,
quien, sin llegar a comprender bien lo que sucede, advierte que de la brisa se
forma se forma el cuerpo de una mujer más hermosa que la hermosura misma.
Sumido en tan excelsa contemplación, se dejó acariciar por ella, agasajar por
el placer femenino. De repente, sintió cómo unos labios humedecidos por el
veneno, que al instante reconoció, se posaban en los suyos y le era arrebatado
el hálito en un beso mortal. Se abalanzó hacia el atanor, cuando todavía
conservaba algo de resuello, agarró la cetrina piedra para extraerla del fuego
e impedir que se tornase roja, pero el dolor no le impidió destruir el fruto de
toda su vida, despedazándolo contra el suelo.
-¡Maldita seas, bestia inmunda! No consentiré que te la lleves para
hacer el mal. Has venido a mí en busca de mi perdición y me arrebatas no sólo
la esperanza, sino también la vida. Yo te conmino a que yerres por la tierra
sin que puedas amar ni ser amada, pues que, si alguien se acercare a ti,
sentirás un deseo irrefrenable de besarle y en ese beso le llevarás la muerte.
Apenas
arrojó la maldición, Hermedoro expiró. Ahora, extranjero, no detengas tus pasos
aquí, si no te es necesario, pues que tal vez ni siquiera el enebro o la
margarita te podrán librar del fatal beso de la joven de bucles rosados, ojos
de almizcle y voz melodiosa.
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