Del encierro que padeció lo más angustioso era el reducido
espacio que le impedía desperezarse o, a lo menos, extender los miembros uno a
uno, pues los palos estaban engarzados de tal manera, que el hueco entre ellos
imposibilitaba el paso de un grosor superior al de los dedos, por lo que se
quedó todo el cuerpo escaldado de rozar constantemente con la pared. Además,
como la jaula pendía del techo por una cuerda, durante todo el viaje, que fue
de tres semanas, se vio zarandeado cual péndulo sin reposo, lo cual mareaba sus
tripas y lo poco que le daban para comer y beber se alborotaba a tal punto, que
pretendía salírsele por donde había entrado; él tapaba la boca con las manos al
tiempo que los ojos se le volvían cegatos, mas alguna vez devolvió lo comido con
tal mala suerte, que en cierta ocasión fue a parar sobre la calva del que
cuidaba los reos, que eran un par de leones, varias serpientes, una cebra y
tres leopardos. El esbirro se encabritó tanto, que cogió un látigo y la
emprendió contra la guarida, poniéndole a caldo la espalda y las patas
traseras; un golpe mal atinado hizo que la jaula se desprendiese del gancho que
la sostenía y cayó sobre el propio agresor. No se puede dar fe de en qué acabó
el berrinche, pero con la caída su cabeza dio con la madera de la cárcel y
perdió la conciencia un par de horas. Cuando recobró el conocimiento, ya había
retornado a la horquilla. Desde aquel día siempre tuvo la precaución de
guardarse muy mucho de mover siquiera un dedo, cuando una calva se le cruzaba
en el camino, que de malos ratos es de donde se aprende a comportarse.
Otro
día desgraciado fue el de la tormenta. Todos tenían los nervios a flor de piel,
no porque se supusiera el peligro de naufragar, sino por los resplandores de
los rayos y el meneo que les daban las olas. En uno de los vapuleos se soltó el
cierre de la jaula de un leopardo y éste, viéndose libre y en tal situación,
corrió alocado por la estancia, vociferando de tal modo, que los mismos truenos
enmudecían con sus gruñidos. De esta forma el chimpancé se asustó todavía más y
tantas revueltas dio entre aquellos cuatro palos, que a poco deja en ellos toda
la pelleja; pero ya no por miedo al estruendo celeste, sino más bien a la
enfurecida bestia, que abría sus fauces de par en par, que a él le parecía iba
a tragarse todo el barco de un solo bocado. Más le amedrentaban aquellos
dientes afilados como cuchillos, dispuestos a hincarse en cualquier momento.
Nuevamente la mala fortuna hizo que el viento abriera la trampilla por donde
penetraron bocanadas de mar, arroyando sobre la escalera; por allí saltó la
fiera en busca de un refugio, pero se cree que tuvo mal fin, pues no se volvió
a ver más.
Una
mañana se despertó el mono con la jaula sin movimiento. Como no estaba
acostumbrado a la quietud, pensó que algo iba a cambiar. ¿Quién sabe cuántas
cosas pasaron entonces por su cabeza? Temió que se presentara la calva con el
látigo, que las mandíbulas del leopardo se clavasen en sus carnes, que la
cuerda se desenganchara de nuevo, que se escaparan de su prisión las serpientes
y lo engullesen. Con esas aprensiones y angustias pasó todo el día; mejor
dijese pasaron, ya que todos padecían de las mismas inquietudes, como si
aguardaran un fatal sino. Aquel viejo cascarón de pino rechinaba en todas las
junturas, quejándose de la carencia de viento, de la calma total. A pesar de
todo no les faltó el alimento vespertino a las fieras, lo cual, si bien no
calmó los temores, sí consoló el hambre. En el ocaso le llegó un nuevo alivio;
cuando daba la impresión de que el barco retornaba a su marcha lentamente,
escuchó al otro lado de una tapia de madera el aullido de connaturales suyos,
el cual le pareció de queja. Esto le causó a la vez alegría y congoja, pues sin
duda el látigo habría hecho mella en ellos como a él se la había ocasionado
días atrás. Con tales pensamientos se adormeció acurrucado en la cárcel.
Por fin
arribaron a puerto. En aquel momento imaginó lo peor, aunque le tranquilizó la
curiosidad al ser desembarcado. Le llevaban subido en una especie de litera
cómodamente aposentado en su diminuto reino. A medida que le transportaban por
una rampa hacia el muelle, por su innato deseo de averiguar lo ajeno, viraba
los ojos a todas partes embelesado por la gran cantidad de gente que trajinaba
despreocupados unos de otros, cada cual a sus quehaceres. Aquí, un puesto de
pescado, allí, otro de la competencia; ahí, vendedores de esclavos; acá, un
grupo de pescadores ociosos; allá, un tenderete de porcelana; en una esquina,
una tienda de telas finísimas y coloridas; en otra, una de telas más burdas y
sencillas; un taller de hierros con su fragua, un poco más lejos; a su lado,
una frutería; más lejos, un desembarco con cajas de madera; luego, una taberna
bulliciosa; a la vera del mar, unos ganados en venta; por todas parte compradores,
clientes y curiosos y navegantes y soldados y borrachos y paseantes… y en un
rincón había gran cantidad de animales enjaulados a donde le conducían, carga y
equipaje de la nao en que había viajado. Estaban apiñados los leones, las
serpientes, varios simios, dos cocodrilos, una pareja de pajarracos de plumaje
extravagante y hasta un elefante. Todos ellos parecían nerviosos, deambulando
en lo que podían dentro de su recinto, y los que no podían se contentaban con
mover la cabeza. Al chimpancé lo situaron lindero con el rinoceronte con tan
mala fortuna, que al dejarlo solo el cornado se enfureció y arremetió contra el
entablado próximo al suyo; los dos temblaron una y otra vez, ya se veía
espetado en su cornamenta como un pincho moruno. Pero no hay bien que por mal
no venga, así que con las sacudidas se soltó el cierre y se abrió la
portezuela. ¡Qué maravilla apareció a sus ojos, qué milagro para sus
esperanzas! Imposible describir con palabras o gestos el gozo que le invadió al
contemplar la salida libre a su libertad. Aun así, dudó en la huida unos
segundos por el pasmo ante tan buena ventura, mas, una vez repuesto del
asombro, más que cuatro patas parecían dos pares de alas agitadas a toda prisa
y sin control. No había escarmentado todavía con el hombre y se hubo de meter
entre la chusma para su desgracia, pues de tan numerosos pies era fuerza que
alguna tendría que pisarlo y herir su prieta carne, incluso alguien de los que
lo perseguían, vociferando garrote en mano, le molió con la estaca una pata trasera.
Todo así, se libró de la vapulación escalando fachadas de viviendas y
aprovechando los tejados y su habilidad para imprimir más ligereza.
Se pasó
manco de la trasera un par de días, pero más tiempo sufrió los ardores
producidos por la falta de condumio. Una tarde, por no soportar más aquel
azuzamiento, se acercó a hurtadillas hasta la frutería del puerto, tomó una
manzana sin mediar permiso y se aprestó a una huida célere, cuando de improviso
notó que lo agarraban por la pata sanada y lo azotaban en la cabeza con un puño
bien apretado. Soltó de inmediato el fruto, no fuera a arrepentirse tardíamente
de haberlo hurtado, y tiró de la tenaza, que resultó ser la mano del dueño de
la tienda, para desasirse de ella; pero el resultado fue otro buen coscorrón
que lo dejó alelado y sin fuerzas para la lucha. El muy vengativo se cebó en
él, a pesar del aturdimiento en que estaba sumido, y lo llenó de moratones y
magulladuras a base de puntapiés y manotadas. Si se salvó de morir de la paliza
fue gracias a un viejo desharrapado, que se apiadó de su suerte adversa.
Entabló conversación con el propietario y acto seguido ató al simio una cuerda
al cuello, lo recogió maltrecho en sus brazos y, adormecido por la zurra, lo
llevó a un cuchitril en las afueras de la población, donde se aplicó a la cura
y educación suya.
Sin
embargo, como ya el refrán nos apunta, nadie da nada por nada. Hay que
confesar, no obstante, que su nuevo mantenedor lo trataba conforme se portara,
así que hubo de esforzarse en acatar los deseos del amo, si quería nutrir el
buche y dormir en blando, aunque sus buenos atolladeros de cabeza le costó
entender lo que el señor pretendía. Ello era realizar ciertas piruetas con una
compensación final: no más de algún cacahuete o miga de pan. Lo que más sudores
le sacó fue el truco del latrocinio. Samuel, que ése era el nombre del amo,
giraba la palanca de una caja, que resultó ser una especie de organillo, de la
cual salía una melodía tosca; entre tanto, el simio debía echar una mirada al
posible corro que en derredor suyo se formara, cosa ardua de imaginar para su
cerebro, cuando debía practicarlo sin los maniquís; entonces se fijaba en la
bolsa de monedas o en las joyas y, de esa manera, debía apreciar el más valioso
botín. Una vez conseguido el primer paso, tenía que saltar como mimoso o
asustado macaco sobre unos cuantos, entre los que estaría la víctima fijada de
antemano, de quien sustraería el premio. Como recompensa a esta labor de
ensayos se ganaba un plátano o una manzana.
Adiestrado,
pues, de esta suerte, recorrieron varias leguas de camino pedregoso y campo a
través hasta llegar a Polarce, un pueblo de lo más rural, cuyas casas forjadas
a base de adobes y piedras daban la impresión de un lugar frío y húmedo, maguer
el sol calentaba de lo lindo. En una mugrienta tasca encontraron aposento y
comida a pesar de las reticencias del tabernero a hospedar un simio; por ello
se lo alojaron en un cuarto trasero no muy distante de la habitación de Samuel.
Por temor a que su medio de vida se esfumara al verse sin vigilancia, el amo
ató con una gruesa cuerda una pata trasera del animal a un arcón, confiado en
que su flacucho cuerpo sería incapaz de arrastrar o levantar la grave arca.
Aquella noche comió mendrugo de pan de trigo y un poco de agua, parca cena antes
de morar en brazos de Morfeo.
A la
mañana siguiente, sin desayunarse, su dueño lo sacó del trastero y juntos se
fueron a la plaza mayor. A un lado, una iglesia modesta precedida de escalones
de piedra; a sus flancos, dos callejuelas mal empedradas y estrechas en
demasía; por la izquierda, la casa consistorial, con un soportal que sostenía
el balcón de los prebostes municipales; por la derecha, un ruinoso edificio,
cuyo bajo estaba destinado a una tienda de ultramarinos; enfrente del recinto
religioso, una amplia vía, como de veinticuatro pies, que es como decir ocho
varas, y que se perdía en recovecos fuera de la población; a su diestra, una
casa con ventana y puerta enrejada; a su siniestra, la vivienda engalanada del
señor párroco; en el centro de todo, una fuente rodeada por un murillo de poco
menos de un cuarto de metro en altura. Samuel y el mono de su mano se
detuvieron al borde de las escaleras justo al tiempo de sonar las campanas de
la torre eclesiástica. De pronto, el lugar se llenó, primero, de pordioseros,
mendicantes y ciegos; luego, de niños traviesos; finalmente, de los devotos
feligreses: unos de ricas vestiduras, otros de pobre atuendo.
Su
maestro comenzó por incitarlo a los piruetas y gracias, que le había enseñado,
las cuales realizaba con renovado celo al verse admirado por tanta multitud
como se agolpaba para reír y que de vez en cuando arrojaba alguna moneda al
viejo, quien la recogía del suelo con prisas y se la guardaba celoso en el
bolsillo. Miraban enrevesados los restantes pedigüeños al comprender que sus
ganancias disminuirían con la actuación circense del macaco, mas Samuel no se
amedrentó. Con parsimonia fueron entrando en la iglesia los beatos y en la
plaza quedaron los humildes de bolsa. Mientras se esperaba la salida, el amo
contó el dinero, que no debió de ser mucho, porque su expresión era entrecejosa
y cariacontecida.
Cuando
observó el mono que preparaba el organillo, se le vino el mundo a los pies.
Entendió que debía aprestarse a lo de robar al público y, como se hallaba por
primera vez entre gente, los nervios desataron una tormenta dentro de sí,
máxime al no haber recibido la habitual recompensa por las piruetas, lo cual le
llevó a considerar que no habían sido lo asaz satisfactorias y, si erraba lo
fácil, la equivocación en lo difícil podría acarrearle una buena somanta de
garrotazos o una larga temporada en ayunas. Estando en éstas, llegó el momento
de la verdad y a decir verdad que con sólo una canción consiguieron más dinero
que andando boca abajo y saltando al aire con una vuelta mortal y rascando la
cabeza como para pensar y pasando el sombrero a los espectadores y, en fin,
haciendo las cabriolas y menesteres aprendidos.
Durante
una semana entera todas las mañanas hinchaban los bolsillos de Samuel, lo cual
redundaba en la alimentación del animal, por lo que le tomó aún más apego. Lo
único que su cerebro grabó fue lo de “socio”, a cuyo sonido acudía presto y
célere. Funcionaba tan perfecto el truco de la caja musical, que, escondido en
su cuarto, el viejo ataba y desataba el hatillo en el que iba depositando una
pulsera, un collar, un anillo o un reloj, amén de una suculenta colección de
monedas; pero su tacañería resultaba irritante, dado que sin pasar hambre ni
frío vestía de torpe y comía en escasez, sólo lo suficiente para mantenerse
despierto y ágil, cosa que no acababa de comprender el mono, viendo que por
aquellas cosas otros humanos conseguían más comida y mejores vestidos. De todas
formas, ya pensaba que los malos tratos se habían acabado, cuando un hecho desgraciado
casi los llevó a la sepultura. El caso fue que una mañana, en que realizaban el
numerito del organillo, fue a saltar sobre el hombro de un varón calvo. Se le
vino de repente a la memoria el látigo del barco y se azoró tanto que, al irle
a sustraer un reloj de oro, éste se cayó al suelo. El alopécico se enfureció de
tal modo, que a poco no le descalabra allí mismo. Todos comenzaron a
apedrearles, tanto al amo como a la mascota; ésta se escabulló entre las
piernas no sin recibir varios golpes, que a punto estuvieron de estropearle la
cola. A Samuel lo mantearon. Sin jefe ni protector se asustó y corrió alocado
hasta la taberna; entró por el ventanuco de su cuchitril y no movió un pelo en
espera de su maestro, el cual apareció maltrecho y a hurtadillas entrada la
noche. Se alegró al encontrar al chimpancé, más al encontrar incólume el
hatillo. Salieron del pueblo sin aguardar al alba. Jamás regresaron.
Mucho
tiempo hubo de pasar en recuperarse de las agresiones. Entre tanto, Samuel iba
impartiéndole clases sobre nuevas habilidades, que pondría en práctica en el
próximo pueblo, tales como gesticular a imitación de los humanos o adoptar sus
posturas más comunes, distinguir algunos símbolos, que se conocen como letras y
números, o contar con los dedos una cifra. Un día hicieron noche en un
bosquecillo de castaños. Corría entre la arboleda una gélida brisa que, al
rozar las oquedades de los troncos secos, silbaba demoníacamente. Como al
unísono mezclaba los ramajes, rascándolos, el amo prestaba oídos a cualquier
movimiento, por si un intruso hostil se les abalanzaba. Por su parte, cual si
nunca hubiera salido de su ámbito humano, el mono notaba bullir la sangre y se
acomodó sereno a fin de disfrutarlo. Le despertaron del ensueño los gritos del
maestro, que semejaban aquéllos de la pantera huida de la jaula, por lo que
chilló en su compaña aun sin conocer el motivo. Cada uno rivalizaba en superar
al otro en desespero y volumen. Ello causó mayor confusión y mayor pavor.
Cuando al rato calmaron el desasosiego, se averiguó el origen del
atolondramiento: entre unos zarzales alguien se movía al acecho de su presa,
tal vez un lobo, quizás un oso, probablemente un jabalí. El “socio” no necesitó
que nadie le aconsejara, sino que con la cola entre las patas se encaramó a la
copa de un árbol, vista fija en Samuel, quien se esmeraba en buscar refugio o
un arma con que defenderse de la bestia. Una cacofonía llegó a él desde Samuel;
acto seguido, un caco-olor; puso sus
ojos en la procedencia y vio que su amo se llevaba las manos a la culera del
pantalón con ceño de compungida palidez.
Resolvió,
luego, el amo asir una estaca y un tizón llameante, rodear el árbol en que
aquél se cobijaba y escuchar la resolución de la fiera. Se oyó, a continuación,
un raro ruido desde la maleza y nueva agitación de ramas. Por más que los dos a
la par escudriñaban el enemigo, no alcanzaban a vislumbrar figura alguna, sino
fueran las siluetas umbrosas que la luz de la luna proyectaba al suelo.
Entonces, recordando su instinto prístino, el mono analizó la situación hasta
convencerse de lo insustancial del susto: el viento movía las hojas y al choque
con un hueco se obligaba a resonar. Bajó del árbol y se dispuso a acercarse
allí donde esclareció a su maestro el absurdo miedo. Desde aquella aventura
Samuel, y sin saber muy bien por qué, no volvió a regatear en agasajos y
cuidados sin doble intención, ni a cargarlo con cuerdas ni con ensayos
cansinos, los cuales suavizó en extremo para regocijo de los dos. No pecó el
simio de mimoso ni malcriado, pues se atuvo a acatar los deseos del señor sin
demora, no fuese a cambiar de actitud hacia él. En fin, entre éste y otros
sucesos llegaron a Niango, villa de calles enrevesadas, fachadas blancas,
fuentes secas y labrantíos áridos. Nada hubiera merecido la pena mencionar de
ella a no ser por el quinto día de estancia allí. Mal pasaron los cuatro
primeros, pues, como no sacaban un ochavo de sus habitantes, el amo se entregó
a la abulia, a la apatía y al alcohol, dilapidando las ganancias que le
restaban y perdiendo en el juego las joyas tan hábilmente hurtadas por las
mañosas patas.
Así
pues, cuando llegó el circo, una alegría inusitada invadió al animal. El
cortejo lo encabezaban payaso, que alborotaban al público y eran acosados por
una miríada de pequeños mocosos; luego, avanzaban dos carromatos ornados con
cintas policromas, carteles llamativos y un hombre fuerte de fácil sonrisa,
quien con sus propias manos hacía resonar una especie de cuerno, a cuya llamada
anunciaba la futura función en la afueras; tras éstos venían las jaulas de los
animales: caballos, perros, jirafas y un corpulento oso, además de un par de
pitones y una cobra, reptiles que se suponían estaban encerradas en sus
respectivas cestas de mimbre y cuyas figuras se mostraban en otros tantos carteles
con un dibujo tosco, pero provocador. Casi le saltaron las lágrimas al
comprobar que, encerrada en otra jaula, una preciosa monita permanecía ida con
los viles barrotes entre sus manitas. Volvió los ojos al amo, que dormía la
última borrachera a la sombra de un soportal, y al saberse sin ataduras se
abalanzó hacia la monita con ánimo de consolar sus pesares. Se colgó a su lado
y rozó sus delicados dedos; ella le dirigió una triste mirada, que suplicaba
ayuda. Repentinamente recibió un duro coscorrón, por lo cual tuvo que
desasirse, cayó al suelo, se apartó bajo un poyo y rascó los golpes, que dolían
como ascua en carne fresca. Tan ajeno a lo suyo estaba, que no percibió a los
trapecistas, domadores, funámbulos, malabaristas y otros circenses personajes,
que cerraban la caravana.
Se pasó
la víspera agitado, sin separarse de Samuel, que le impelía a ensayar una y
otra vez lo enseñado. Tenía en sus ojos la chispa de los orgullosos maestros,
cuyo alumno favorito destaca gracias a los sacrificios soportados con
resignación. Mientras finaban a las tantas de la madrugada, lo alimentó a base
de bien, por lo que coligó el mono que a la tarde tendrían trabajo. En efecto,
una hora antes del espectáculo lo llevó de la mano a un hombre de bigote orondo
y la faz arada. Hubo de realizar todo tipo de cabriolas delante de su atenta
mirada, sin expresión en el rostro, incluso cuando llevó a cabo la resolución
de cuestiones lógicas. Deliberaron, luego, en voz baja, como si el simio
pudiese entenderlos aparcado debajo de un carromato. A continuación, inundado
de compungidas lágrimas, el amo le abrazó largo y tendido para marcharse solo
sin girar la cabeza. Se quedó la mascota estupefacta, unos segundos indecisa en
seguir sus huellas o aguardar su vuelta, el suficiente tiempo para que el del
mostacho le colocara un dogal al cuello y le encadenara a la rueda.
Lopetegui,
que así le llamaban al hombre que le había reclutado, no poseía paciencia, sino
más bien una intolerante impertinencia. Al poco que le llevaban la contraria, arremetía
insensible contra el primero con que tropezaba, que las más de las veces
resultaba ser una concubina suya dedicada a la alambre con red. Del nombre
artístico era conocida como Belamí la Mora; del verdadero, nada se sabe.
Delgada, de fina silueta, de cara bella, de apariencia hermosa. De esta modo
nada extraña que todos la deseasen, aunque por temor a Lopetegui apenas si le
dirigían la palabra. El animal quedó a cargo de un tal Frenchi, que lo bautizó
como Buba. Frenchi se encargaba también de la monita. Su malvada persona
llegaba al extremo de mantenerlos separados todo el tiempo, con lo que tuvieron
que conformarse con una comunicación de gestos y bufidos propios de los de su
especie, aunque ninguno de los dos acabara de entender lo que el otro quería
decir. A la monita la tildaron Salmona, maguer ella desobedecía sosa, si no le
aplicaban la tortura de la vara, cosa que él se procuró muy mucho de no
merecerla por escarmientos anteriores y amansado, en parte, por los palos y las
heridas.
Una
tarde lluviosa aprovechó el descuido de Frenchi para fugarse de la jaula y
visitar a Salmona. Gracias a sus dotes de observación, dedujo que el cierre de
la cárcel era un barrote exterior que él mismo podía girar con los dedos,
alargándolos a través del hueco de los otros barrotes. Consiguió, pues, salir y
se fue derecho a la monita, la cual mostraba una curiosidad embobada por las
artimañas del congénere. Con idéntico procedimiento abrió la salida de la otra
prisión, pero ella no osaba siquiera pestañear. Se metió dentro, dado que la
monita rehusaba la liberación; se acurrucó a su lado e intimaron sin pudor ni
obsesión, con el frenesí desconocido de dos incipientes amantes. Finalizado el
coito, descansaron entre las verjas unos minutos, mientras se sedaban tiernamente.
Quien había aprendido a servirse del instinto y de las enseñanzas del antiguo
amo, previno una más que posible desgracia, volteándolo todo a su anterior
situación; esto es, encarceló a los dos por propia voluntad. Una vez comprobado
el éxito de la operación, repitieron cada vez que la ocasión lo permitía, que
no fueron pocas las veces, algunas con notable riesgo y ansiedad.
El gran
contento que esta relación les reportaba se reflejaba en las ansias por ampliar
los horizontes de su limitada capacidad mental, por más que le costaba alguna
paliza extra: si realizaba mal un ejercicio, Franchi le pagaba con un varapalo;
si bien, también. De esta guisa alelaba al público formando palabras con varias
letras, hasta frases elementales, cuyo sentido, aun siéndole arduo, comprendía
a su manera. Incluso en los dos largos años que convivió con los del circo de
población en espectáculo, llegó a aprender los rudimentos de la suma y de la
resta. Creció su fama en estos inventos de voz en voz y de pueblo en pueblo; se
extendió extra-carpa. Con él creció también el número de asistentes y con él el
de viajes a través de una árida tierra con sólo rastrojos, polvo y calor
insufrible. Sin embargo, a medida que pasaban las semanas veía cómo aumentaban
las ganancias sin que los animales obtuvieran mejora alguna, más bien daba la
impresión de empobrecer cada día un poco más, hasta que Buba se hartó de
laborar sin predio y se fugó con su única amistad, Salmona.
Y allá
iban la una en pos del otro, saltando por encima de los matorrales, las tapias
o los arroyuelos que se les iban cruzando en el camino. Perdidos en el inmenso
campo, los dos sentían el extraño frenesí de la libertad recién adquirida. La
monita estaba algo más decaída, sobre todo según avanzaba el día e iba comprendiendo
que nadie le llevaría el bocado a la boca, pues su amiguete se dedicaba a
corretear, ya sin sentido, de un lado a otro, enajenado del mundo. Así pues,
Salmona se abstuvo de las correrías y se quedó mirando a Buba, que se iba
alejando de ella sin darse cuenta de que iba solo, tan contento y tan poco
acertado. Luego, sonó el cielo y la monita miró hacia arriba y vio malas nubes
y supo que llovería y ella no tenía donde cobijarse a su gusto. Echaba de menos
su casa, que no era la selva, sino el circo, la jaula con barrotes. Con la
mirada triste y lágrimas en los ojos se dio la vuelta y caminó despacio; no
corrió hasta sentir la primera gota caerle sobre la espalda.
Cuando Buba giró la cabeza y no
vio a la monita, se quedó sorprendido, no acertaba a entender cómo había
desaparecido de forma tan repentina ¡y encima había tormenta! Se olvidó de los
amores tenidos con ella y no se sabe si alegre y feliz o temeroso y a punto de
reventar su corazón, echó a correr buscando refugio contra el agua, que
empezaba a ser ya de diluvio. Para desgracia suya, apenas gozaba de la libertad
y apenas había tomado ya su primera decisión, la de abandonar a la monita sin
más preocupaciones, le vino encima la vil muerte a manos de un mal rayo, que le
fulminó en el acto a poco de resguardarse de la tormenta bajo un abeto. De lo
cual se induce que quien a flote sale por honroso esfuerzo, el azar lo devuelve
a su original estado, pues quien sube como un trueno suele bajar como un rayo.
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