I
¿Cómo evitar que te atrapen unos
ojos como los suyos, rebosantes de vida, pletóricos de pasión, henchidos de
misterio? ¡Y su voz, el canto de una sirena! Nada sobra en su cuerpo, sino es
la perfección misma. Su paso entre la gente producía volutas lábiles, como
halos deformes en espiral. Me adelantó como un suspiro, rozándome el brazo,
como un soplo, un hálito vital insuflado por un dios omnipresente. No se
detuvo, ni siquiera hizo ademán de demorar la marcha. Se alejaba de mí sin
haberme prestado atención, quizás sin haber notado la fricción casual. Cuando
me repuse, corrí en pos de ella, tratando de darle alcance, de no perderla de
vista al menos. En vano. La vi doblar una esquina al tiempo que sonreía a
alguien. ¿A quién? ¡Qué importa! Alguien la seguía cogido de la mano,
devolviéndole la sonrisa, cruzándose las miradas. Sentí envidia, el monstruo de
los ojos verdes y pecho azul.
Después de aquel encuentro mi
vida se convirtió en un tedio insufrible. Los segundos en que su figura estuvo
ante mi vista se me repetían en la cabeza una y otra vez, la veía huir de mi
lado, percibía su brazo rozando el mío. Entonces, llegada la culminación del
embrujo, asomaba a mis pensamientos su mano entrelazada con la pálida,
demacrada, salpicada de manchas, de un extraño y el green-eyed monster retornaba a sus dominios para flagelarme con su
mirada. Penetraba en mí la necesidad perentoria de dar muerte al rival
desconocido, de inmolar su vida ante el altar erigido para honrar la unión
entre aquella hermosa diosa y yo, y apretaba el puño dentro del bolsillo del
pantalón con tanta insistencia, que me clavaba las uñas, y varios hilillos de
sangre corrían por la palma de la mano a modo de manantiales, que persiguen el
cauce único del arroyuelo, los artejos estirando la piel en que dejan la huella
blanca de su presión, los dientes a punto de saltar en pedazos por la opresión
de la mandíbula [aún recuerdo cómo se encendían, cómo se inflamaban las
encías].
La obsesión acabó por obnubilar
mi entendimiento y poco a poco me impelía a realizar actos excéntricos, todos
abocados a un mismo fin: deambular por las calles con la vana esperanza de
encontrarla de nuevo al torcer un cantó al azar, aunque su mano sujetara la
mano émula. Insistía en recorrer toda la ciudad bajo el reseco sol de verano o
empapado por la gélida lluvia del invierno, espiado por los hueros ojos de la
luna o por la atenta mirada de las estrellas. De vez en cuando creía ver su
nuca, su cabello, su silueta; me apresuraba a su encuentro y… nada, al volverse
nunca era ella, siempre era otra, un lejano reflejo suyo, ni eso, como mucho un
sombra informe. Otras veces intentaba llamarla, gritarle para que acudiese a
mis súplicas, pero el esfuerzo caía irremediablemente en terreno baldío: no sé
su nombre.
Día a día descuidaba todo lo que
me rodeaba a tal punto, que en algún atardecer me sorprendí imaginando que nada
existía; el parque, vacío, mientras yo descansaba en un banco, sin voces de
niños que corretean, sin conversaciones estridentes o discusiones acaloradas, sin
la presencia inaudible de las jóvenes parejas que se besan sin rubor ni mesura.
Con sólo abrir los ojos se volvían a poblar los parterres, los carrejos; si
abría los oídos, retornaban las voces, los gritos. Por momentos me olvidé hasta
de vivir mi vida, sólo tenía un propósito: encontrarla, costara lo que costase.
Y a costa de persistir la halle finalmente.
Fue al anochecer de uno de esos
días de ofuscación. Tenía la vista cansada, casi desfallecida del tanto
clavarla en los demás, como si hubiese estado golpeando con ella la espalda de
todas las mujeres del mundo, frotado su cabeza, picoteado sus piernas. No
resistía más y tuve que levantarla hacia el cielo, en donde esperaba no topar
con nada. Permanecí unos cuantos segundos inmóvil, hasta que los noté mitigados
y, al bajarlos de nuevo a las calles, la vi. La vi detrás de la ventana de un
segundo piso; estaba de espaldas y lo único que apreciaba desde afuera era su
cabellera larga y brillante. Podría ocurrir, como en tantas ocasiones, que sólo
fuera mi deseo de encontrarlo lo que me llevaba a imaginarla en otras mujeres;
pero aquello no era otra, estaba seguro, con esa certeza que exhala el
triunfador, que va a la cabeza de la gloria consciente de que será suya para
siempre en cuanto logre asirla con fuerza.
La decepción me embargó. No era
el mimo, sino otro incierto acompañante, éste más viejo y decrépito. La mano
débil, que se extendía hacia ella, temblaba de emoción, puede que de temor a
que al tocar su rostro se desvaneciera en el aire. Aprecié en el anciano el
deleite que producía el contacto de su piel con la de ella. De repente, la
hermosa dama se gira y la veo de perfil. Examino sus facciones, me empapo de
ellas. Sus labios se acercan a los labios del anciano. El beso me estremece;
las víboras, que se crían en las vísceras, se revuelven y provocan la angustia.
Cierro los ojos un instante, el tiempo preciso para hacerme a la idea de que
otro ocupa mi lugar y, al volver a abrirlos, los dos han desaparecido.
Meneé la cabeza con desespero,
como si con ello pudiese espantar los fantasmas de la demencia. ¿Podría haber
imaginado una escena tan clara, tan nítida, tan real? Una alucinación, un toque
de locura. En lo más honde de la incredulidad encontré fuerzas suficientes para
armarme de valor y acercarme al portal del edificio y apretar el botón del
segundo piso, el de la izquierda. La voz ronca de un varón surgió malhumorada
para estrellarse contra mis oídos: “¿Quién es?”. ¿Quién soy? ¡Quién soy! Un
espectro que busca su tumba para descansar en ella; un viento favonio que
recorre montañas y desiertos y mares sin propósito alguno; un condenado a una
pena eterna, la de buscar a aquella mujer por todas partes. ¿Quién soy? Mis
labios no atinaron a moverse y la respuesta solamente retumbó dentro de mi
propio cerebro, más alto cuanto más alto era el vocejón que reclamaba un
interlocutor. Cuando se impuso el silencio, apreté el botón de la derecha:
nada. Insistí: nada. Una vez más: nada. Ése era el piso: “Habrán salido y
retornarán a cruzar esta misma puerta”, pensé; así que me aposté a un lado y
aguardé a que llegaran: nada. Cayó la noche. Cansado de esperar de balde,
comprendí lo fútil de mi porfía.
Jornadas enteras, con sus días y
sus noches, las pasé en vela. Todo a mi alrededor se me iba en horas muertas,
hasta que una tarde la vi pasar ante mí. No reparé en ningún pensamiento, sólo
eché a correr detrás de ella. Iba sola, con paso firme; sin duda sabía a dónde
quería llega y no le importaba qué había entremedias, para ella no existía un
alrededor. Alargué el brazo por entre la gente, mi cara tropezaba con las
espaldas de los transeúntes, los codos me martilleaban el rostro. Mi brazo ya
toca sus ropas; son suaves, por ellas se deslizarían los vientos sin quebrarse.
Por fin la agarro del brazo y tiro de ella hacia atrás. Mis dedos parecen
hundirse en su carne. Se detiene, gira y de un tirón se libera. Pero sus ojos
ya son los míos o los míos son suyos; me mira de hito en hito y su mirada
cegadora se mitiga despacio. Da la impresión de conocerme, de conocer mis pensamientos,
mis sentidos todos: “¿Por qué me buscas?”, me preguntó y me avergoncé de la
contestación que sonó en mi mente y ahogué antes de que saliera: “Que me
poseas, ser tuyo sin condición alguna, tuyo hasta la muerte”. Quise bajar la
cabeza, mostrar la cerviz sumisa; pero temí que al volverla a levantar ella ya
no estuviera allí, que se hubiese ido para siempre. Me sonrió, tomó mi cabeza
entre sus manos y acercó sus labios a mis oídos: “Me halaga tu decisión de
buscarme”. Después, se separó: “Son tantos los que me buscan y se arrepienten
al hallarme…”.
-¿Me conocer? ¿Sabes quién soy?
-Uno de tantos.
-Llévame contigo.
-No.
-¿Por qué?
-No es el momento. Hay otro que me espera y
debo acudir a él. Me necesita.
-Yo también te necesito.
-Aún falta mucho para que yazcamos juntos.
Llegado ese momento te buscaré y tal vez entonces no quieras venir conmigo.
-¡Eso, nunca!
-Ni siquiera te das cuenta de lo que soy.
-Al menos dime cuál es tu nombre.
-¿Qué importancia tiene un nombre? Mi nombre
anda en boca de quienes no me conocen y sólo él les sirve de escarnio y
calumnia y, cuando los que me conocen escuchan tamañas difamaciones, callan y
no se atreven a defender mi honra. Así soy vapuleada, algunos incluso me
maldicen, mas siempre acaban por ceder ante mí y en mi presencia se arrepienten
de sus improperios y, recostados sobre mi regazo, duermen placenteros.
-Voy contigo. No me importa a dónde o el
tiempo que tenga que esperarte mientras visitas a otros.
-Debo ir sola. Sin embargo, me admira tu
persistencia y me conmueve tu fidelidad. Aguárdame mañana en tu casa.
II
Aquella noche no concilié el
sueño, aunque ya estaba acostumbrado a ello, porque en los últimos tiempos todo
yo había sido insomnio. Visité la ducha varias veces, como si con ello purgara
mis obsesiones. Me sentaba en una silla de la cocina a contemplar la puerta del
frigorífico; cuando me cansaba, me levantaba a deambular por el pasillo de la
casa; si me cansaba, me reclinaba en el sofá de la salita con la vista puesta
en el techo; otras veces me tumbaba sobre la cama sin conseguir cerrar los
ojos. Desde que amaneció no cupe en mí. Navegaba en el barco de la hesitación a
merced del oleaje; a veces dudaba que viniese, otras veces dudaba que los pasos
que se oían afuera fuesen los suyos. Una nueva ducha, un nuevo afeitado, un
nuevo cambio de ropa. Nuevos pasos en el pasillo de las escaleras aceleraban
los latidos de mi corazón y los sentí percutir contra las sienes lo mismo que
las olas se abalanzan contra los acantilados y los van escomiendo. Tronó el
timbre de la puerta. Era ella.
Sentí un irrefrenable impulso de
abrazarla y besar sus labios. Ella me lo impidió con sus brazos alargados. Me
sonrojé. Mis impulsos habían podido más que yo y a punto estuve de echarlo todo
a perder; me hubiera dado tormento allí mismo, si la hubiera vista dar la
vuelta y marcharse. Apenas pude balbucear una excusa inservible. Ella se paseó
por la casa, fijando la atención en los muebles, las paredes, la cocina, la
habitación, la chimenea tan falsa como mi serenidad. Yo estaba perplejo ante su
imprevista curiosidad. La dejé a sus anchas hasta que se sentó en el sofá. Me
cogió las manos entre las suyas, juntó su cuerpo al mío, metió sus ojos en los
míos tan profundamente, que noté que indagaban en mi interior. “Seré tuya
cuantas veces desees”, me dijo. ¿Puede haber mayor dicha en el mundo? ¡Mía! ¡Y
cuantas veces desee! “Pero a condición de que nunca ¡jamás! Me beses en los
labios”. ¡Qué más da! A cambio la tengo a ella, todo su cuerpo, toda su alma.
¿Qué importan unos besos en los labios? Acepté. Nada de besos en los labios. Al
punto se levantó y ante mí dejó que su vestido se deslizara a lo largo del
cuerpo, cayendo desmayado a sus pies. Me arrodillé ante ella, creía morirme, y
mis manos recorrieron sus piernas, sus nalgas, sus pechos. Mi boca absorbía por
cada uno de sus poros el alimento de la pasión. Me faltaba tiempo para
apoderarme de toda ella. Tan excitada se encontraba mi mente, que no hallaba un
punto de reposo.
A aquél le siguieron otros días
con sus noches. Yo no comía, no dormía, no pensaba más que en estar con ella;
era como si su sola presencia bastara a espantar el sueño y el amor saciase el
apetito. La casa se iba volteando: los muebles eran cambiados de sitio según el
capricho femenino y cada mañana amanecía con un ramo de flores encrestando el
búcaro sobre la televisión y un macetero cubierto de plantas regadas cada pocas
horas. El olor que dejaba en casa era el olor femenino de quien toma las
riendas del hogar, pero un olor mezclado con un extraño aroma, que recordaba el
del silencio nocturno de los cipreses. Cuando salía, la casa perdía el perfume
de las flores y sólo permanecía el cipresino. Lentamente todos los rincones
rezumaban una especie de tristeza, que invadía el aire, los muebles, las
paredes, las plantas, el suelo, el techo. Un par de horas con su ausencia y la
casa ya no era más que un émulo de la desolación; sin ella no había vida
posible.
Se iba a menudo, no sin antes
prometerme que volvería en cuanto yaciera con quien la buscaba. Me la imaginaba
acostada con un extraño, con uno diferente cada vez que salía. Desfilaban por
mi imaginación muchachos imberbes, viejos ahítos, incluso mujeres con aspecto
desencajado o jóvenes adonis. Pero no me inquietaba ninguno de ellos, porque
ella volvería conmigo y sólo conmigo vivía. Los demás gozaban de una única vez,
un instante; yo poseía cuantas veces deseaba. Con el tiempo comenzó a
mortificarme el pensar que todos ellos habrían sentidos sobre sus labios los
labios de ella, incluso la llamarían por su nombre, al menos por un nombre,
aunque no fuera el verdadero, pero tendrían un nombre al que aferrarse cuando,
ausente su cuerpo, se la figuraran en sueños. ¿Por qué tenía que privarme de
sus besos y de su nombre, si se los ofrecía a los demás? “Porque entonces
dejarías de ser tú”, me contestó un día, “y yo te poseería toda la eternidad”.
“¿Qué tiene de malo?”. “Un día mis labios se posarán en los tuyos y libarán tu
hálito hasta el último soplo”.
Cuando regresaba de día de sus
excursiones, con ella retornaba la alegría. Los pétalos se retorcían para
ofrecerle una sonrisa, los retratos y fotografías cobraban nuevos bríos. Su
risa sin estridencias, con la mesura de quien sabe hasta qué punto hay que retener
la carcajada inútil, revoloteaba en cada momento por las habitaciones y las
llenaba de júbilo vital. Las escasas noches que pasábamos juntos en la cama,
una vez hartos de pasión, ella sucumbía al sueño; yo contemplaba durante horas
su cara y acariciaba su pelo. Tengo metidas en mi cabeza hasta la última de sus
líneas faciales, la sensación que producía el contacto de mis dedos con su
cabello, los rictus de sus labios mientras duerme ¡sus labios! Una y otra vez
se metían en mis pensamientos y en más de una ocasión ella me sorprendió
espiándola. Se despertaba de sopetón: “Me llaman. Y tú, abandona esos
pensamientos”. Se vestía y marchaba sin más. La casa entera y yo quedábamos
desamparados. Una noche fui más allá de lo que la prudencia dicta. La curiosidad
morbosa, que todo lo aniquila, se instaló en mi espíritu aquella noche fatal.
Poco antes de que ella se entregase al dulce sopor de la noche, la acometí con
mil y una quejas, mil y un lamentos resumidos en dos preguntas:
“¿Por qué tengo
vedados tus labios? ¿Por qué no me permites conocer tu nombre?”. Parecía que
mis palabras habían tardado una eternidad en llegar hasta ella, al cabo de la
cual giró la cabeza hacia mí, me cogió de la mano, sonrió como ella sólo sabe y
me dijo:
-Mi nombre es veleidoso y cambia
constantemente, pues que, apenas alguien lo pronuncia, desaparece requerido por
la nada, reclamado por la muerte misma del mismo nombre. Cada cual me llama de
forma diferente y yo respondo a todos los nombres, mas no me quedo con ninguno.
-¿Y tus labios? ¿Por qué me están vetados,
mientras los ofreces a los demás sin pudor alguno?
-Aquél que bebe de mis labios lo hace porque
le ha llegado la hora, porque se han ganado ese derecho.
-Mataría por sorber de ellos.
-Matar es fácil, lo difícil es morir,
renunciar a la vida.
-No dudaría en morir, si con ello me viese
premiado.
-Un solo beso por una vida entera.
-Volvería desde la muerte para exigirte un
segundo beso.
-¿Pretender matar a la muerte? ¿Acaso puedes
dar vida donde ya existe? ¿Qué harías para quitarla donde ya no está?
Quizás como el Judas, el suyo
sea el beso de la despedida, el símbolo por el que ha dejado de compartir su
vida con la mía. Pero aquella noche era diferente. Presentía cercana la aurora.
Me había pasado toda la noche examinando su faz, escudriñando sus labios. Eran
para mí la manzana prohibida del paraíso perdido. La razón me concitaba a
apartar aquella instigación de Satanás, la pasión ineluctable de morder la
manzana del árbol del bien y del mal. Así pues, acerqué mis labios titubeantes
a los suyos plácidos, serenos, durmientes. Más cerca, más cerca, más cerca… La
emoción aceleraba el pulso, el corazón se golpeaba contra el pecho, tratando de
salir fuera. Por fin los besé. Besé sus labios largamente y, en tanto los míos
reposaban sobre los suyos, cerré los ojos y me dejé llevar por aquella dulzura
sin igual. Ni su voz y ni su mirada ni su piel tenían el sabor aquél.
III
Aún hoy no alcanzo a explicar el
efecto del beso robado. Al instante todos mis sentidos se quedaron suspendidos
y no fue hasta la mañana siguiente que volvieron a mí, la mañana en que
comenzaron mis infortunios y la condena en que me hallo. Fue el roce de una
brisa helada lo que me hizo despertar o tal vez la luz del sol acariciando mis
ojos o tal vez el estirar el brazo a un lado y no topar en él a quien debiera
estar. Hace tanto tiempo. ¿Qué importa el motivo? Desperté con el día y a mi
lado no había nadie. Ella se había ido sin avisarme; “seguramente un encargo de
última hora”, pensé. Me dispuse a esperar su vuelta como todas las mañanas,
cuando me despertaba a solas. Sin embargo, algo había cambiado, la casa no
supuraba la tristeza habitual. En el ambiente, en el aire que respiraba,
parecía flotar una serenidad impasible, que nada tenía que ver con la paz que
aquella mujer tan hermosa como enigmática había traído a mi vida. Incluso la
noche anterior me resultaba lejana, como producto de un sueño largo y profundo.
Al levantarme repasé los objetos
que poblaban la habitación: los visillos estaban corridos y abierta la puerta
que daba a la salita ¡qué cambiado estaba todo! “Se ha dedicado toda la noche a
cambiar los muebles de sitio”, me dije, “quizás para meditar qué hacer conmigo
por romper la promesa hecha sobre ósculos ilícitos”. Ya estaba acostumbrado a
esos caprichos de cambiar las cosas de sitio, pero hasta esa noche no se había
esmerado tanto en mudar el aspecto de la casa ¡hasta había desaparecido el
búcaro con flores sobre la televisión, que todos los días refrescaba con agua
tibia! “¿en dónde lo habrá puesto”, musité, como si el pensamiento saliera
arrullado por la respiración. Acabé por rendirme a la evidencia de su
desaparición y por espabilarme, ahuyentada la somnolencia primera que causa del
despertar. Me di cuenta en ese momento de que los cuadros que vestían las
paredes no eran los mismos; de que el tresillo había sido sustituido por unos
burdos sillones; de que en el suelo no pisaba moqueta, sino alfombra; de que la
ventana, desde la que se veía la calle, no tenía el esqueleto de madera, sino
de aluminio, ese aluminio que intenta imitar a la madera, pero que en el fondo
sólo es basto metal. ¿Qué significaba todo aquel desbarajuste? Quizás estuviera
soñando. A pesar de todo, reconocía la casa, no sé explicar la causa, pero la
reconocía disfrazada bajo tantos embozos.
Me acerqué a la ventana con la
intención de abrirla para que el aire fresco de la mañana acabara por hacerme
reaccionar y comprender qué me estaba ocurriendo; pero, incluso antes de tocar
la manilla, mis oídos cobran una dimensión que me era desconocida: si me
concentraba, aunque fuera de forma negligente, podía escuchar las
conversaciones de la calle, hasta el movimiento de la brisa más allá de los
cristales parecía susurrarme en ellos. Le di la espalda a la ventana y me quedé
envarado. Al volverme, sentí el roce de mi cuerpo con el aire, como cuando al
andar una camisa sedeña produce un frufrú apenas audible, sólo que ahora el
sonido era un chirrido agudo y molestísimo. Aun más, mi aturdimiento me hizo
creer que podía divisar una mota de polvo posarse sobre el borde de un vaso u
oler con exactitud el hedor de la contaminación, colándose por las rendijas de
la ventana. La bocina estridente de algún automóvil irritó sobremanera mis
oídos. Advertí que un hilillo de sangre corría por el interior de la oreja y me
llevé una mano hasta ella para taponar la salida. El rojo chillón del tapizado
de los sillones me hirió los ojos y hube de cerrarlos para apartar aquella
visión lacerante. Dejé de respirar por la nariz con tal de no oler algún
aromatizador polvificado en la habitación y que penetraba en las fosas nasales,
arpándolas como el gato afila las uñas en la madera.
Precisaba un café para despejar
la mente. Entré en la cocina y, sin fijarme si también había sido transformada
en demasía, me dispuse a asir la cafetera; mas, por mucho que la mano se
aferraba a ella con todas sus fuerzas, no era capaz de levantarla, de moverlas
siquiera. La solté asombrado. Abrí y cerré la mano varias veces, pero nada
extraño percibía. Probé de nuevo a levantar la cafetera y tampoco se inmutó; un
tercer intento y una vez más de balde. Corrí alocado hacia el cuarto de baño
con la idea obsesiva de mirarme al espejo. Había que confirmar que era yo quien
estaba viviendo aquella pesadilla. La puerta estaba cerrada y mis manos eran
incapaces de girar el pomo. Golpeé repetidas veces la puerta con los puños:
ningún sonido surgió. Quise probar fortuna con algo más fácil, el interruptor
de la luz. Infructífero. Entonces, no sé por qué, se me ocurrió mirar la
alfombre y verificar que mis pasos dejaban volátil huella al aplastar los
hilos; ni siquiera se doblaban ante el peso de todo mi cuerpo, ni aun saltando
sobre ellos. Mi perplejidad no me impidió escuchar voces en el exterior, voces
que, estaba seguro, salían del ascensor y se dirigían, pasillo adelante, hacia
mi casa. Las oigo acercarse al unísono. Eran varias pisadas. Unas, aceleradas y
leves, pisadas de mujer; las otras, más seguras u aplomadas, pisadas de hombre.
Agucé mis sentidos y entreoí cómo las voces y las pisadas y las respiraciones
de las personas se detenían delante de la puerta de entrada. Me sobresalté
cuando una llave comenzó a hurgar en la cerradura y, tras una breve lucha por
penetrar, fue introducida en ella. La situación me exasperaba, así que acabé
por perder los estribos. Torcía la cabeza con el sólo propósito de encontrar
donde ocultarme de los intrusos, como si aquélla no fuera mi casa, como si el
intruso fuera yo, como el beso robado me hubiese transportado a la morada de mi
amada y ahora ella tornaba con uno de sus desconocidos. La puerta se abrió y
entró una mujer de mediana edad; no era ella. La siguió un hombre canoso con
una mano sobre la cintura de la mujer. Me quedé allí pasmado, sin mover ni uno
sólo de los músculos. Los pies aparentaban dos tallos de alguna plantan, que
hunde las raíces en el suelo. Daba la impresión de un espectro a quien las
sombras del infierno hubieran atrapado. Estaba claro que me iban a descubrir en
mitad de la salita, aterido por el frío del pavor. Era imposible que no me
vieran; un poco más y se daban de narices contra mi cuerpo. Pasaron a mi lado,
apenas unos centímetros, hasta pude escuchar sus pensamientos. No se inmutaron.
¿Eran ellos dos espíritus, dos almas en pena? ¿Sería todo una pesadilla, un juego
de la mente, que se entretiene con burlas, mofas y escarnios?
Cuando reaccionó me fui decidido
hacia ellos, que acababan de entrar en la cocina. Gritaba y gritaba y gritaba
pidiendo auxilio, reclamando, impetrando auxilio, que alguien escuchase mi voz.
Me arrojé contra el supuesto marido, extendí las manos alrededor de su cuello y
apreté con todas mis fuerzas, pero los dedos no llegaron a rozar su piel. Me
volví hacia ella. Tenía el cabello suelto, así que soplé con todo mi ánimo: ni
uno sólo de sus pelos se alteró. Caí de rodillas al suelo y, postrado en la
genuflexión con las manos en el rostro, como un penitente contrito por sus
pecados, imploré que me fueran remitidos éstos, fueran cuales fuesen, que se me
devolviera el beso robado, si con ello recuperaba mi atormentada vida. A pesar
de las lágrimas, al separar las manos vi que la mujer salía del cuarto de baño
y dejaba la puerta abierta. Allí, en el cuarto de baño, había un espejo y hacia
él me precipité ganoso de verme reflejado. Dicen que el hombre-vampiro no se
refleja en los espejos; ¿habría sido yo transformado en uno de ellos a causa
del beso nefario y, así, en vez de sangre habría bebido la esencia del
vampirismo? Pero no; ahí estaba mi otro yo, mi “alter ego”, que me miraba con
la misma expresión con la que yo le miraba a él. ¿Por qué no me veían los
demás?
Me invadió el prurito de salir a
la calle para verificar mi estado de invisibilidad. Con un poco de suerte sería
la casa, un lugar encantado en el que nada es lo que parece, y fuera de ella me
aguardaría un mundo repleto de sensibilidades. Así pues, con una paciencia
inusitada esperé a que la puerta se abriera, apostado junto a ella. Y se abrió
a lo que me pareció mediodía. La esposa salía. Pretendí aprovechar la ocasión
para salir yo también. Algo obstaculizó mi intento, un muro tan invisible para
mí, como yo lo era para los demás. La ventana estaba abierta, la había abierto
de par en par el marido para orear, supuse, la casa. Si por la puerta no podía
salir, quizás podría por la ventana, al menos asomarme, sacar afuera la cabeza
y vocear desde allí. Tropecé con el mismo muro invisible.
y IV
Aquí estoy un día más, un año
más, un trozo de eternidad más, encerrado en mi casa, que ya no es mía,
prisionero de los sentidos en un mundo en que resultan mortificantes, pues de
nada me sirven sino para ocasionarme tormento. No me queda más que llorar por
lo perdido, como las plañideras, que antaño gemían al lado del cadáver, dando
alaridos al viento y los baladros eran recogidos por seres invisibles para
presentarlos ante el juez del alma recién llegada. A veces, mientras me
contemplo en el espejo del cuarto de baño, creo ver en mi rostro una arruga
nueva, un peinado diferente, unas manchas en la piel que antes no había. Todo
es una falsa ilusión creada por la lucha contumaz contra el hastío de ver que
nada cambia dentro de mí. A menudo me pregunto dónde, si es que soy espíritu,
estará pudriéndose mi cuerpo, en qué tumba, nicho o yacija lo habrán recluido.
El anciano que ahora ocupa lo
que un día fue mi hogar está muy debilitado. Lo observo moverse con gran
dificultad, incluso en su cerebro las ideas nadan en confusión, las oigo
agitarse en desorden y revolver en la memoria para localizar huellas pasadas.
Son ideas desesperadas, cansinas, faltas del vigor juvenil que mantiene la
vida. Cuando se sienta en el butacón o se tumba sobre la cama, cruje todo él y
da la impresión de írsele a salir todos los huesos, de quebrarse los tendones,
de agarrotarse los músculos. Últimamente se pasa noches enteras retrepado en
una mecedora de la salita, frente a una repisa en que descansa una fotografía
añeja, la postrera que su esposa hizo antes de abandonarle por un jovenzuelo
que conoció en el trabajo. La luz tímida de la lamparilla apenas la ilumina y
deja en ella un fulgor mortecino. Los ojos del anciano se humedecen, pero en su
cabeza no hay movimiento de ideas, sólo quietud. Quisiera calmarle su dolor,
aliviar sus penas.
¿Quién llamará a la puerta? Este
decrépito anciano nunca ha recibido una sola visita desde que le abandonó su
mujer ¿qué habrá sido de ella? ¡Dios! No puede ser cierto. ¡Es ella! Y tan
hermosa como la primera vez que la vi pasar a mi lado, tan joven como la última
y postrera vez que la besé. Sus labios permanecen inmutables. Ahora que los
veo, vuelvo a sentir los míos posándose en ellos. No ha perdido la mueca
complaciente de la sonrisa ni la mirada cálida y confortable, ni su piel se ha
corrompido ni su cabello deteriorado ni su voz consumido. ¡Ojalá pueda verme
tan nítido como yo la vea a ella tan clara, resplandeciente como la aurora
vencedora de las tinieblas! ¿Cómo es posible que el tiempo haya hecho mella en
aquel cuerpo que fue mío? ¿Puede ser la muerte tan afable, tan magnífica, que
nos haga sentir plenos de felicidad? ¡Cómo duele su ignorancia, su desaire para
conmigo! Ellos dos conversan en el sofá, como dos enamorados que acaban de
prometerse amor perpetuo. Ella le acaricia el mohoso pelo, le templa el corazón
con dulces palabras, le enjuga con la mirada los ojos anegados por la emoción.
Ahora sí escucho los pensamientos del anciano; los de ella, en cambio,
permanecen anónimos. ¿No tendrá pensamientos la muerte, actuará de forma
irreflexiva, como un cuerpo sin voluntad que va allá a donde se le dictamine?
Ha resucitado el monstruo azul de los ojos verdes. ¿Por qué se empeña en
recibir a ese repugnante anciano entre sus brazos, por qué le permite reposar
la cabeza sobre sus pechos y mimar esas mejillas rugosas y enjutas? ¿Por qué se
empeña en procurarme estos odiosos celos?
Se levantan. ¿A dónde irán? A la
habitación. Ella le ayuda a desnudarse y le tiende sobre el lecho. Deja caer a
sus pies el vestido de color amaranto. ¡Qué firmes los senos, qué prietas las
nalgas! No hay en ella un punto de imperfección, y entre todas sus excelencias
esos labios de tentación; ¿cómo reprimir la codicia que nos aboca a besarlos?
Si pudiese abrir esa ventana y arrojarme por ella a la calle y, al dar con mi
alma en la acera, suspender mis sentidos para siempre. No quiero verlos. Me
imagino los greñudos labios del viejo, recibiendo el beso de la mujer a quien
amo, a quien he amado. No me lo imagino, no, que lo oigo tan diáfano como si
los estuviera espiando; hasta puedo respirar el aroma que despide el cuerpo de
la muerte, perfume de amaranto, como el color del vestido, como el tacto
aterciopelado de su piel. ¡Un momento! Ya no escucho los pensamientos del
anciano, sólo huelo la podredumbre de sus entrañas. Ya se ha cumplido. El
anciano ha muerto. ¿Dónde está su alma, su espíritu, su “alter se”? ¿Por qué
mis ojos no lo ven? Dos espectros que comparten el mundo y no se encuentran.
Iré a la habitación. Necesito cerciorarme de que su cuerpo no alberga el alma,
que ésta ha levantado el último vuelo. ¿Por qué no la oí desprenderse, batir
las alas, surcar los aires? Ahí está, solo. El corazón, quieto; la sangre,
estanca; el cerebro, mudo. ¿A dónde se ha ido la dama de amaranto? Todavía
aprecio su olor, y su ropa reposa en el suelo. ¿Qué mano se posa en mi hombro?
-¿Me reconoces?
-¡Puedes verme!
-Sí.
-¡Y oírme!
-Claro.
-¿Por qué, entonces, me ignorabas? Te he
llamado infinitas veces y tú nunca acudiste a mi socorro.
-Rompiste el sagrado vínculo que nos unía.
Sólo el beso que de mis labios se desprende puede quitar la vida, y tú me lo
robaste, arrebatándome la tuya sin mi consentimiento.
-Me arrepiento de ello.
-Bésame y te ayudaré a cruzar el umbral de
la muerte.
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