miércoles, 5 de junio de 2013

La voz sin rostro

A decir verdad no me entusiasma en absoluto viajar, pero mi profesión me lo exige de vez en cuando. Lo que más detesto es conducir. Si voy con mi esposa, es ella quien conduce; si con mi hijo mayor, entonces él. A pesar de todo, hay ocasiones en que los viajes dejan cierta huella, un recuerdo, un resabio, una anécdota quizás, digna de ser contada; al menos yo quisiera contarla, una historia más de las que ya existen en número tan grande, que no pocas quedarán mudas, porque no encuentren un lector en quien subsistir, y eso que son historias escritos, pues las orales, las que no llegan a grabarse en papel o en microchip o en celuloides, las orales mueren tan pronto salen de los labios del bardo, sobre todo las historias triviales, pero todas. Cuando las cuentan a un espectador indiferente a ellas, caen en el olvido apenas ven la luz; a nadie le interesan los asuntos ajenos, si no interfieren en su vida. Tal vez ésta, mi historia, llegue a formar parte de esas otras que dejan de existir sin haber nacido, tal vez no merezca la pena escribirla o grabarla o rememorarla; quizás no tenga sentido contar una historia más, habiendo tantas por descubrir.

                En fin, el caso es que el coche se negó a seguir andando más, de eso hace un mes, día más día menos, parándose en una de esas carreteras tan largas y tan rectas, que sin siquiera se adivina donde termina o donde empieza otra o donde se desvía o donde se estremece o donde se apacigua, una carretera secundaria como hay muchas en tierra castellana, esa tierra atravesada por caminos en todas direcciones, que parecen las arrugas de una piel reseca por el calor y el cansancio. Inútil intentar arrancar el motor; se ahogaba nada más girar la llave. Era una protesta suave, sin estridencias, la negativa a seguir adelante sin antes repostar su pábulo: el indicador de la gasolina, el piloto rojo chillón que tanto me había molestado aquella noche, era la voz del vehículo pidiendo, es más, exorando gasolina. ¿Qué hacer? A lo lejos se veía una luz diminuta. Si se trataba de una casa, de las que se resisten a derruirse en medio de la nada, y sus habitantes, sin duda agricultores encallecidos, a rendirse y acabar emigrando al pueblo más próximo o a la ciudad lejana, al otro mundo de su mundo; si se trataba de esa casa, entonces no estaría tan lejos como la luz diminuta mostraba.

                Todo fueron atenciones. Era una casería hombruna; esto es, un lugar regido por y para hombres, como si hiciese años, siglos que una mujer no entraba allí o que la mujer, que con ellos estuviere, no conviviera, sino viviera independiente de la estancia y de los inquilinos. Padre e hijo se desenvolvían torpemente, mas era lo único con vida; las paredes tenían más de lápidas que de paredes, los muebles tenían el aspecto de llevar inmóviles varios milenios, hasta la comida vertida en los platos daba la impresión de estar fuera de este mundo. No me extrañó, pues, la disparidad entre el carácter de los hombres: su físico imponente moldeado en el trabajo, sus modales desmañados, su habla burda; y la viejecita que se sentó a la mesa, encogida, minúscula, como metida en sí misma. Entró en la cocina, que servía de comedor, arrastrando los pies, con el peso del mundo a sus espaldas, la mirada barriendo el suelo polvoriento; me miró con unos ojos desapasionados, hueros, ojos de muerto. Entró en la cocina como un espectro, sin saludo, sin habla, sin espíritu. Luego, se sentó en una silla a la mesa, una silla que era suya, porque se sentó en ella con la naturalidad de quien hace las cosas sin saber que existen otras formas de hacerlas, una silla ante la que no había platos ni vasos ni pan ni cucharas ni cubierto alguno; sea cual fuere el motivo, aquella noche no cenaría con nosotros. Es probable que su cena tuviera lugar más tarde, a solas, como un niño, una niña castigada por alguna travesura.

                Mientras cenábamos, la viejecita persistía en su silencio, en su inmovilidad, insistiendo en abstraerse del mundo, creo que a veces ni respiraba; sólo oye y observa sin levantar la vista. Las manos cruzadas sobre el regazo. Las piernas, que asomaban bajo los faldones decimonónicos, colgando de la silla, tan cortas que ni tocaban el suelo. La piel seca, sobre la que alguien había ido cincelando miles de arrugas y pintado con paciencia esas manchas oscuras que anuncian la decrepitud; el alma misma de su propia tierra, la reseca tierra con sus carreteras secundarias como arrugas o venas o pliegues, y los campos de cultivo, las eras como manchas decrépitas.

                Mi vejiga, por desgracia, ya no es lo que era y todas las noches me veo obligado a levantarme, despejado el sueño por la necesidad, para acudir al servicio una o dos veces. Aquella noche la vejiga incordió un par de horas después de la medianoche, cuando más dulce era el sueño, pero los contratiempos suelen presentarse de improviso, en mitad de la fortuna. Sentí algo de frío, el aire gélido de la noche serrana; lo notaba entrar por las rendijas de la ventana con sus marcos de madera podrida, por eso me arrebujé entre las sábanas antes de ponerme en pie para ir a desahogar la dichosa vejiga. Pensé en que a la mañana siguiente tendría que andar tres o cuatro kilómetros hasta el coche, alimentarlo con un par de litros de gasolina y ponerme en marcha otra vez; odioso viaje, no sólo el del coche, también el obligado desde el lecho al cuarto de baño. El suelo estaba helado, así que me puse los calcetines negros remendados. Seguía percibiendo el frío, me calcé los zapatos. Una brisa fría, la que se escabullía por las rendijas, me golpeaba con sus carámbanos la espalda desnuda; me coloqué la chaqueta sobre los hombros, no era cuestión de vestirse completo sólo para ir a orinar.

                Al cruzar por el pasillo, que va a dar a la cocina, no pude evitar escuchar una voz que platicaba. Normalmente procuro no atender a las conversaciones ajenas, pero esta vez ocurría algo extraño, ya que la voz no era masculina, tampoco la de una viejecita; era una voz que sonaba etérea, tan inmaterial, que así deben de sonar las de ultratumba. Quise averiguar quiénes charlaban tan apaciblemente allí dentro y a quién pertenecía la voz desconocida para darle un rostro, porque una voz sin rostro o un rostro sin voz es como una flor sin aroma, algo insustancial y anodino; necesitamos relacionar voz y rostro como necesitamos relacionar una cara con el ser amado. Apoyado en el quicio, inclinaba el cuerpo cuanto daba de sí, pero la extraña voz salía de una esquina de la cocina invisible desde la puerta. Sólo la viejecita, ella, el espectro sin sentimientos, permanecía a la vista en su silla, enfrente de la mesa, las manos en el regazo y la cabeza gacha, tan gacha que el mentó rozaba su pecho, los ojos abiertos… parecía que ni tan siquiera respiraba. Para los hombres de aquella casa la mujer no existía; a mí no me la presentaron ni yo hice para que así fuera, no hablaban con ella y no se dirigieron a ella en ningún momento; se comportaban como si no estuviera allí, tan menudita, con grietas en los labios mudos y los pelos caídos sobre el vestido decimonónico, pelos de muertos que se dejaban arrastrar desde la cabellera hasta los hombros.

                Cuando regresaba de evacuar las inmundas aguas, alguien cerraba tras de sí la puerta de una habitación, sólo vi cerrarse la puerta, y la viejecita entraba en un cuartucho, por lo que vi en tanto la puerta estuvo abierta, donde se desconocía la existencia del aseo. No había más que fijarse en la entrada, una puerta en cuyas bisagras debía dormitar algún arácnido dueño de las telas que por allí se esparcían. Aún más raro resultaba el hecho de que el pomo estuviese cubierto de polvo inveterado, inviolado desde su nacimiento. Mi preocupación, empero, seguía estando en el visitante invisible, al menos invisible para mí. Volví a asomarme a la cocina, entré en ella a oscuras, luego encendí la luz creyéndome a solas y mi instinto hizo que me girara hacia el rincón en donde se suponía había estado el otro: nada.

                Tardé en dormirme, desvelado por el frío y por la persona con voz y sin rostro. Podría tener el aspecto de un campesino frustrado, porque la última cosecha se hubiere arruinado a causa de una lluvia torrencial, o la de un hombre de negocios a quien le acabaren de comunicar su bancarrota, o un profesor de instituto al que le hubieren abierto un expediente disciplinario, o un sacerdote acusado de abusos sexuales a uno de sus feligreses; pero también podría tener el rostro de un deportista ganador en una olimpíada, o un obrero a quien le acabare de tocar el gordo de la lotería, o un actor al que le hubieren contratado para desempeñar el papel que llevara esperando toda su vida. Podría haber sido cualquiera de todos ellos, o de todos los que faltan y que nada tienen que ver; una voz sin rostro a quien podemos dar una personalidad, una historia; una voz, un locutor de la radio que pasea anónimo por la calle y sólo lo reconocen cuando habla.

                Pensé también en el hijo dormido, en quién le velaría en su sueño. Algunas noches, cuando en mi casa regreso a la cama después de la excursión al servicio y, como en aquella noche, me desvelo, me quedo en vigilia cuidando a mi esposa dormida, observándola mientras duerme, amándola, confesándole cuánto la necesito, cuánto necesito saber que ella estará en casa, que me espera tranquila, que aguarda a que yo retorne de los odiosos viajes, sigo en vigilia porque también en el sueño se comparte la vida. Pero en aquella casería nadie comparte nada; cada uno en su habitación y fuera de ella cada cual a lo suyo, sino la voz sin rostro. Yo sería incapaz de ignorar a mi esposa, lo supe desde la primera vez que hicimos el amor, cuando apenas nos conocíamos y concebimos el acto sexual como una mera necesidad biológica. Pero no fue como nos habíamos imaginado, como cuando lo hacen dos desconocidos que lo único que intentan es darse placer a sí mismos. Lo nuestro, en cambio, fue bien distinto, pues buscábamos, aun sin premeditarlo, ofrecernos para el placer del otro, así que ninguno de los dos disfrutó realmente de ello.

                Me costó horrores reprimir la comezón. Yendo y viniendo por la casa con excusas no muy creíbles, fui escrutando las habitaciones, todas ellas vacías, excepto la polvorienta en la que supuse a la viejecita todavía sumida en el sueño; se la veía tan acabada. Me moría de ganas por preguntar a uno de los dos hombres de la casa qué rostro tenía la voz de la noche anterior o qué mal pesaba sobre la abúlica mujer, la ancianita sin voluntad que no respiraba en su silla frente a la mesa. Incluso me interné por recovecos de insinuaciones y sugerencias, mas de balde. Parecía que allí sólo vivían ellos dos. Acallé mi curiosidad por no incurrir en un desaire con los inquilinos, que tan bien me habían tratado. ¿Quién era yo para reprenderlos por su desaire a la viejecita? Quizás el único misterio que existiese estuviera e en mi cabeza, me excusé a mí mismo; quizás no fuera más que una anciana, una de tantas, que lo único que espera de la vida es que termine sin más demora, como los ancianos que se pasan el día con otros ancianos, recordándose a sí mismos que la muerte no tardará muchos años, meses tal vez, en venir a buscarlos, y hasta ese momento se dedican a dormir en los geriátricos sobre su sillón preferido para regresar después a su casa, que ya no es la suya, sino la de su hijo o su hija o nieto o sobrina, y dormir en la cama en vez del sillón.

                Estoy convencido de que envejecemos de pronto, no poco a poco, al menos en los hombres. Una noche nos acostamos excitados por las piernas de aquella joven que nos encontramos en la calle, aquel culo tan bien formado que parecía imposible que existiera, un cuerpo veinteañero; a la mañana siguiente nos despertamos, volvemos a la calle y de nuevo nos encontramos a la misma joven con las piernas y el culo más de diosa que de mortal, pero cuando la vemos pasar a nuestro lado deja de ser la primera y se queda en la segunda hecha niña, ya no nos excita, no nos fijamos en ella; entonces comprendemos que hemos envejecido y su cara ya será siempre de niña, a menos que su piel se reseque como la tierra árida, incontables arrugas la resquebrajen como si fueran caminos intrincados y unas manchas a modo de eras vayan sembrándose por doquier. No es la edad ni la experiencia, sino la vida, la propia vejez, la conciencia del paso del tiempo, lo que nos envejece; somos viejos cuando estamos seguros de que ya no somos jóvenes. Probablemente la viejecita abúlica de las manos en el regazo se considere más muerta que viva, por eso los vivos no le prestan atención, por eso no necesita alimentar su cuerpo ni entretenerse con las deleznables banalidades que la realidad le ofrece. Pueden otros vivir por ella, hablar por ella, ver por ella y hasta alimentarse por ella; pero nadie está libre de padecer los mismos infortunios.

                En el momento de despedirnos me desearon buen viaje y me instaron a que les hiciera una nueva visita. Palabras amables que guardan en sí uno de nuestros males. Resulta cuanto menos curioso el modo en que nuestro comportamiento se vuelve cínico e hipócrita a lo largo de los años, incluso en aquellas personas a las que uno le aplicaría el calificativo de “bueno”. ¿Acaso no nos comportamos así cada vez que saludamos con un simple “hola”, tal vez con un “eh” mucho más detestable? Nos cruzamos en la calle con ese amigo de la infancia con quien habíamos compartido, durante tantos años, nuestros juegos, sueños y esperanzas… las circunstancias nos alejaron y ahora sólo nos decimos un “hola”, que es un “te conozco, pero sigue con tu vida, que yo seguiré con la mía”. Es probable que nos enteremos de su fallecimiento y entonces diremos “a ése lo conocía yo”, y será mentira.

                La gasolina que me dieron los hombres, el padre, fue suficiente para llegar al pueblo, en donde un único surtido abastecía a todos los vehículos de la zona., Un conjunto de edificios en torno a una plaza, que ni tenía ayuntamiento, sólo una fuente de la que no emanaba agua, escomida, no el agua, sino la fuente, por el mal uso y el largo tiempo maltratada. El surtidor de la gasolina estaba medita en una especie de nave, como si temiesen que el calor estival acabara reventando el depósito; una nave que daba a una calle, una que no era principal, porque en estos pueblos, como en todos, no hay calles principales como en las ciudades, en las que no sólo existe una, sino varias, calles modernas que no son más que una sucesión de tiendas y establecimientos de consumo a tal punto, que, si cerramos esos establecimientos, las calles dejan de tener sentido. Un pueblo metido en sí mismo, como la viejecita del vestido decimonónico, la anciana abúlica.

                Se me quedó mirando con la cara estúpida de quien no termina de comprender lo que se le acaba de contar. Se diría que veía en mí a uno de esos extranjeros venidos de la ciudad en busca de exotismo, como si el campo fuese un lugar de aventuras cinematográficas, diríase que oníricas; un extranjero que hace mofa de cuanto desconoce sin reconocerse un chocarrero de mal gusto y pésimo civismo. “Está usted equivocado”, me dijo, mientras me atendía, con ese tono y esa sabiduría que sólo los iletrados poseen, frente a las frases inconexas, enunciados infantiles, discursos gaseosos emitidos por agujeros cerebrales disfrazados de la autoridad de quienes tienen la oportunidad de ser entrevistados en algunas televisiones; sin duda el español no razona cuando habla, no piensa antes de emitir su criterio, por eso grita. Está claro que, en nuestro propio detrimento, otras muchas veces pensamos más rápido de lo que hablamos, de ahí que a veces se nos ocurran grandes discursos que, al intentar darlos a luz, se quedan sin las palabras apropiadas y todo se traba y confunde, aunque yo he conocido a personas que eran capaces de hablar más rápido de lo que pensaban. “Está usted equivocado. En esa casa hace muchos años que no vive ninguna mujer. La anciana que usted cree haber visto, según las señas con las que usted me la ha referido, debe de ser la abuela del chico”.

                Allí mismo me contó que esta abuela había envenenado a su marido. Como venganza, su hijo, el mayor de los dos que me habían acogido en su hogar, el hombre de piel encallecida por la vida del campo, ese mismo hombre había encerrado en la casa “se dice por ahí” a su madre, muerta al fin de inanición, porque su hijo y el hijo del hijo le habían negado la comida. “Asunto de malos tratos. La vieja mató a su marido, porque estaba harta de las palizas que le propinaba, y acabó padeciendo el maltrato de su hijo. Cosas de la vida, ¿sabe usted?”.


                Fantasmas o no, verdad o no, lo que sigo sin saber es cómo descubrir el rostro de aquella voz, que oí en la cocina hablando con la viejecita que no debería de existir.

sábado, 1 de junio de 2013

La dama de amaranto

I
¿Cómo evitar que te atrapen unos ojos como los suyos, rebosantes de vida, pletóricos de pasión, henchidos de misterio? ¡Y su voz, el canto de una sirena! Nada sobra en su cuerpo, sino es la perfección misma. Su paso entre la gente producía volutas lábiles, como halos deformes en espiral. Me adelantó como un suspiro, rozándome el brazo, como un soplo, un hálito vital insuflado por un dios omnipresente. No se detuvo, ni siquiera hizo ademán de demorar la marcha. Se alejaba de mí sin haberme prestado atención, quizás sin haber notado la fricción casual. Cuando me repuse, corrí en pos de ella, tratando de darle alcance, de no perderla de vista al menos. En vano. La vi doblar una esquina al tiempo que sonreía a alguien. ¿A quién? ¡Qué importa! Alguien la seguía cogido de la mano, devolviéndole la sonrisa, cruzándose las miradas. Sentí envidia, el monstruo de los ojos verdes y pecho azul.

                Después de aquel encuentro mi vida se convirtió en un tedio insufrible. Los segundos en que su figura estuvo ante mi vista se me repetían en la cabeza una y otra vez, la veía huir de mi lado, percibía su brazo rozando el mío. Entonces, llegada la culminación del embrujo, asomaba a mis pensamientos su mano entrelazada con la pálida, demacrada, salpicada de manchas, de un extraño y el green-eyed monster retornaba a sus dominios para flagelarme con su mirada. Penetraba en mí la necesidad perentoria de dar muerte al rival desconocido, de inmolar su vida ante el altar erigido para honrar la unión entre aquella hermosa diosa y yo, y apretaba el puño dentro del bolsillo del pantalón con tanta insistencia, que me clavaba las uñas, y varios hilillos de sangre corrían por la palma de la mano a modo de manantiales, que persiguen el cauce único del arroyuelo, los artejos estirando la piel en que dejan la huella blanca de su presión, los dientes a punto de saltar en pedazos por la opresión de la mandíbula [aún recuerdo cómo se encendían, cómo se inflamaban las encías].

                La obsesión acabó por obnubilar mi entendimiento y poco a poco me impelía a realizar actos excéntricos, todos abocados a un mismo fin: deambular por las calles con la vana esperanza de encontrarla de nuevo al torcer un cantó al azar, aunque su mano sujetara la mano émula. Insistía en recorrer toda la ciudad bajo el reseco sol de verano o empapado por la gélida lluvia del invierno, espiado por los hueros ojos de la luna o por la atenta mirada de las estrellas. De vez en cuando creía ver su nuca, su cabello, su silueta; me apresuraba a su encuentro y… nada, al volverse nunca era ella, siempre era otra, un lejano reflejo suyo, ni eso, como mucho un sombra informe. Otras veces intentaba llamarla, gritarle para que acudiese a mis súplicas, pero el esfuerzo caía irremediablemente en terreno baldío: no sé su nombre.

                Día a día descuidaba todo lo que me rodeaba a tal punto, que en algún atardecer me sorprendí imaginando que nada existía; el parque, vacío, mientras yo descansaba en un banco, sin voces de niños que corretean, sin conversaciones estridentes o discusiones acaloradas, sin la presencia inaudible de las jóvenes parejas que se besan sin rubor ni mesura. Con sólo abrir los ojos se volvían a poblar los parterres, los carrejos; si abría los oídos, retornaban las voces, los gritos. Por momentos me olvidé hasta de vivir mi vida, sólo tenía un propósito: encontrarla, costara lo que costase. Y a costa de persistir la halle finalmente.

                Fue al anochecer de uno de esos días de ofuscación. Tenía la vista cansada, casi desfallecida del tanto clavarla en los demás, como si hubiese estado golpeando con ella la espalda de todas las mujeres del mundo, frotado su cabeza, picoteado sus piernas. No resistía más y tuve que levantarla hacia el cielo, en donde esperaba no topar con nada. Permanecí unos cuantos segundos inmóvil, hasta que los noté mitigados y, al bajarlos de nuevo a las calles, la vi. La vi detrás de la ventana de un segundo piso; estaba de espaldas y lo único que apreciaba desde afuera era su cabellera larga y brillante. Podría ocurrir, como en tantas ocasiones, que sólo fuera mi deseo de encontrarlo lo que me llevaba a imaginarla en otras mujeres; pero aquello no era otra, estaba seguro, con esa certeza que exhala el triunfador, que va a la cabeza de la gloria consciente de que será suya para siempre en cuanto logre asirla con fuerza.
                La decepción me embargó. No era el mimo, sino otro incierto acompañante, éste más viejo y decrépito. La mano débil, que se extendía hacia ella, temblaba de emoción, puede que de temor a que al tocar su rostro se desvaneciera en el aire. Aprecié en el anciano el deleite que producía el contacto de su piel con la de ella. De repente, la hermosa dama se gira y la veo de perfil. Examino sus facciones, me empapo de ellas. Sus labios se acercan a los labios del anciano. El beso me estremece; las víboras, que se crían en las vísceras, se revuelven y provocan la angustia. Cierro los ojos un instante, el tiempo preciso para hacerme a la idea de que otro ocupa mi lugar y, al volver a abrirlos, los dos han desaparecido.

                Meneé la cabeza con desespero, como si con ello pudiese espantar los fantasmas de la demencia. ¿Podría haber imaginado una escena tan clara, tan nítida, tan real? Una alucinación, un toque de locura. En lo más honde de la incredulidad encontré fuerzas suficientes para armarme de valor y acercarme al portal del edificio y apretar el botón del segundo piso, el de la izquierda. La voz ronca de un varón surgió malhumorada para estrellarse contra mis oídos: “¿Quién es?”. ¿Quién soy? ¡Quién soy! Un espectro que busca su tumba para descansar en ella; un viento favonio que recorre montañas y desiertos y mares sin propósito alguno; un condenado a una pena eterna, la de buscar a aquella mujer por todas partes. ¿Quién soy? Mis labios no atinaron a moverse y la respuesta solamente retumbó dentro de mi propio cerebro, más alto cuanto más alto era el vocejón que reclamaba un interlocutor. Cuando se impuso el silencio, apreté el botón de la derecha: nada. Insistí: nada. Una vez más: nada. Ése era el piso: “Habrán salido y retornarán a cruzar esta misma puerta”, pensé; así que me aposté a un lado y aguardé a que llegaran: nada. Cayó la noche. Cansado de esperar de balde, comprendí lo fútil de mi porfía.

                Jornadas enteras, con sus días y sus noches, las pasé en vela. Todo a mi alrededor se me iba en horas muertas, hasta que una tarde la vi pasar ante mí. No reparé en ningún pensamiento, sólo eché a correr detrás de ella. Iba sola, con paso firme; sin duda sabía a dónde quería llega y no le importaba qué había entremedias, para ella no existía un alrededor. Alargué el brazo por entre la gente, mi cara tropezaba con las espaldas de los transeúntes, los codos me martilleaban el rostro. Mi brazo ya toca sus ropas; son suaves, por ellas se deslizarían los vientos sin quebrarse. Por fin la agarro del brazo y tiro de ella hacia atrás. Mis dedos parecen hundirse en su carne. Se detiene, gira y de un tirón se libera. Pero sus ojos ya son los míos o los míos son suyos; me mira de hito en hito y su mirada cegadora se mitiga despacio. Da la impresión de conocerme, de conocer mis pensamientos, mis sentidos todos: “¿Por qué me buscas?”, me preguntó y me avergoncé de la contestación que sonó en mi mente y ahogué antes de que saliera: “Que me poseas, ser tuyo sin condición alguna, tuyo hasta la muerte”. Quise bajar la cabeza, mostrar la cerviz sumisa; pero temí que al volverla a levantar ella ya no estuviera allí, que se hubiese ido para siempre. Me sonrió, tomó mi cabeza entre sus manos y acercó sus labios a mis oídos: “Me halaga tu decisión de buscarme”. Después, se separó: “Son tantos los que me buscan y se arrepienten al hallarme…”.

   -¿Me conocer? ¿Sabes quién soy?
   -Uno de tantos.
   -Llévame contigo.
   -No.
   -¿Por qué?
   -No es el momento. Hay otro que me espera y debo acudir a él. Me necesita.
   -Yo también te necesito.
   -Aún falta mucho para que yazcamos juntos. Llegado ese momento te buscaré y tal vez entonces no quieras venir   conmigo.
   -¡Eso, nunca!
   -Ni siquiera te das cuenta de lo que soy.
   -Al menos dime cuál es tu nombre.
   -¿Qué importancia tiene un nombre? Mi nombre anda en boca de quienes no me conocen y sólo él les sirve de escarnio y calumnia y, cuando los que me conocen escuchan tamañas difamaciones, callan y no se atreven a defender mi honra. Así soy vapuleada, algunos incluso me maldicen, mas siempre acaban por ceder ante mí y en mi presencia se arrepienten de sus improperios y, recostados sobre mi regazo, duermen placenteros.
   -Voy contigo. No me importa a dónde o el tiempo que tenga que esperarte mientras visitas a otros.
   -Debo ir sola. Sin embargo, me admira tu persistencia y me conmueve tu fidelidad. Aguárdame mañana en tu casa.

II
                Aquella noche no concilié el sueño, aunque ya estaba acostumbrado a ello, porque en los últimos tiempos todo yo había sido insomnio. Visité la ducha varias veces, como si con ello purgara mis obsesiones. Me sentaba en una silla de la cocina a contemplar la puerta del frigorífico; cuando me cansaba, me levantaba a deambular por el pasillo de la casa; si me cansaba, me reclinaba en el sofá de la salita con la vista puesta en el techo; otras veces me tumbaba sobre la cama sin conseguir cerrar los ojos. Desde que amaneció no cupe en mí. Navegaba en el barco de la hesitación a merced del oleaje; a veces dudaba que viniese, otras veces dudaba que los pasos que se oían afuera fuesen los suyos. Una nueva ducha, un nuevo afeitado, un nuevo cambio de ropa. Nuevos pasos en el pasillo de las escaleras aceleraban los latidos de mi corazón y los sentí percutir contra las sienes lo mismo que las olas se abalanzan contra los acantilados y los van escomiendo. Tronó el timbre de la puerta. Era ella.

                Sentí un irrefrenable impulso de abrazarla y besar sus labios. Ella me lo impidió con sus brazos alargados. Me sonrojé. Mis impulsos habían podido más que yo y a punto estuve de echarlo todo a perder; me hubiera dado tormento allí mismo, si la hubiera vista dar la vuelta y marcharse. Apenas pude balbucear una excusa inservible. Ella se paseó por la casa, fijando la atención en los muebles, las paredes, la cocina, la habitación, la chimenea tan falsa como mi serenidad. Yo estaba perplejo ante su imprevista curiosidad. La dejé a sus anchas hasta que se sentó en el sofá. Me cogió las manos entre las suyas, juntó su cuerpo al mío, metió sus ojos en los míos tan profundamente, que noté que indagaban en mi interior. “Seré tuya cuantas veces desees”, me dijo. ¿Puede haber mayor dicha en el mundo? ¡Mía! ¡Y cuantas veces desee! “Pero a condición de que nunca ¡jamás! Me beses en los labios”. ¡Qué más da! A cambio la tengo a ella, todo su cuerpo, toda su alma. ¿Qué importan unos besos en los labios? Acepté. Nada de besos en los labios. Al punto se levantó y ante mí dejó que su vestido se deslizara a lo largo del cuerpo, cayendo desmayado a sus pies. Me arrodillé ante ella, creía morirme, y mis manos recorrieron sus piernas, sus nalgas, sus pechos. Mi boca absorbía por cada uno de sus poros el alimento de la pasión. Me faltaba tiempo para apoderarme de toda ella. Tan excitada se encontraba mi mente, que no hallaba un punto de reposo.

                A aquél le siguieron otros días con sus noches. Yo no comía, no dormía, no pensaba más que en estar con ella; era como si su sola presencia bastara a espantar el sueño y el amor saciase el apetito. La casa se iba volteando: los muebles eran cambiados de sitio según el capricho femenino y cada mañana amanecía con un ramo de flores encrestando el búcaro sobre la televisión y un macetero cubierto de plantas regadas cada pocas horas. El olor que dejaba en casa era el olor femenino de quien toma las riendas del hogar, pero un olor mezclado con un extraño aroma, que recordaba el del silencio nocturno de los cipreses. Cuando salía, la casa perdía el perfume de las flores y sólo permanecía el cipresino. Lentamente todos los rincones rezumaban una especie de tristeza, que invadía el aire, los muebles, las paredes, las plantas, el suelo, el techo. Un par de horas con su ausencia y la casa ya no era más que un émulo de la desolación; sin ella no había vida posible.

                Se iba a menudo, no sin antes prometerme que volvería en cuanto yaciera con quien la buscaba. Me la imaginaba acostada con un extraño, con uno diferente cada vez que salía. Desfilaban por mi imaginación muchachos imberbes, viejos ahítos, incluso mujeres con aspecto desencajado o jóvenes adonis. Pero no me inquietaba ninguno de ellos, porque ella volvería conmigo y sólo conmigo vivía. Los demás gozaban de una única vez, un instante; yo poseía cuantas veces deseaba. Con el tiempo comenzó a mortificarme el pensar que todos ellos habrían sentidos sobre sus labios los labios de ella, incluso la llamarían por su nombre, al menos por un nombre, aunque no fuera el verdadero, pero tendrían un nombre al que aferrarse cuando, ausente su cuerpo, se la figuraran en sueños. ¿Por qué tenía que privarme de sus besos y de su nombre, si se los ofrecía a los demás? “Porque entonces dejarías de ser tú”, me contestó un día, “y yo te poseería toda la eternidad”. “¿Qué tiene de malo?”. “Un día mis labios se posarán en los tuyos y libarán tu hálito hasta el último soplo”.

                Cuando regresaba de día de sus excursiones, con ella retornaba la alegría. Los pétalos se retorcían para ofrecerle una sonrisa, los retratos y fotografías cobraban nuevos bríos. Su risa sin estridencias, con la mesura de quien sabe hasta qué punto hay que retener la carcajada inútil, revoloteaba en cada momento por las habitaciones y las llenaba de júbilo vital. Las escasas noches que pasábamos juntos en la cama, una vez hartos de pasión, ella sucumbía al sueño; yo contemplaba durante horas su cara y acariciaba su pelo. Tengo metidas en mi cabeza hasta la última de sus líneas faciales, la sensación que producía el contacto de mis dedos con su cabello, los rictus de sus labios mientras duerme ¡sus labios! Una y otra vez se metían en mis pensamientos y en más de una ocasión ella me sorprendió espiándola. Se despertaba de sopetón: “Me llaman. Y tú, abandona esos pensamientos”. Se vestía y marchaba sin más. La casa entera y yo quedábamos desamparados. Una noche fui más allá de lo que la prudencia dicta. La curiosidad morbosa, que todo lo aniquila, se instaló en mi espíritu aquella noche fatal. Poco antes de que ella se entregase al dulce sopor de la noche, la acometí con mil y una quejas, mil y un lamentos resumidos en dos preguntas: 
“¿Por qué tengo vedados tus labios? ¿Por qué no me permites conocer tu nombre?”. Parecía que mis palabras habían tardado una eternidad en llegar hasta ella, al cabo de la cual giró la cabeza hacia mí, me cogió de la mano, sonrió como ella sólo sabe y me dijo:

   -Mi nombre es veleidoso y cambia constantemente, pues que, apenas alguien lo pronuncia, desaparece requerido por la nada, reclamado por la muerte misma del mismo nombre. Cada cual me llama de forma diferente y yo respondo a todos los nombres, mas no me quedo con ninguno.
   -¿Y tus labios? ¿Por qué me están vetados, mientras los ofreces a los demás sin pudor alguno?
   -Aquél que bebe de mis labios lo hace porque le ha llegado la hora, porque se han ganado ese derecho.
   -Mataría por sorber de ellos.
   -Matar es fácil, lo difícil es morir, renunciar a la vida.
   -No dudaría en morir, si con ello me viese premiado.
   -Un solo beso por una vida entera.
   -Volvería desde la muerte para exigirte un segundo beso.
   -¿Pretender matar a la muerte? ¿Acaso puedes dar vida donde ya existe? ¿Qué harías para quitarla donde ya no está?

                Quizás como el Judas, el suyo sea el beso de la despedida, el símbolo por el que ha dejado de compartir su vida con la mía. Pero aquella noche era diferente. Presentía cercana la aurora. Me había pasado toda la noche examinando su faz, escudriñando sus labios. Eran para mí la manzana prohibida del paraíso perdido. La razón me concitaba a apartar aquella instigación de Satanás, la pasión ineluctable de morder la manzana del árbol del bien y del mal. Así pues, acerqué mis labios titubeantes a los suyos plácidos, serenos, durmientes. Más cerca, más cerca, más cerca… La emoción aceleraba el pulso, el corazón se golpeaba contra el pecho, tratando de salir fuera. Por fin los besé. Besé sus labios largamente y, en tanto los míos reposaban sobre los suyos, cerré los ojos y me dejé llevar por aquella dulzura sin igual. Ni su voz y ni su mirada ni su piel tenían el sabor aquél.

III
                Aún hoy no alcanzo a explicar el efecto del beso robado. Al instante todos mis sentidos se quedaron suspendidos y no fue hasta la mañana siguiente que volvieron a mí, la mañana en que comenzaron mis infortunios y la condena en que me hallo. Fue el roce de una brisa helada lo que me hizo despertar o tal vez la luz del sol acariciando mis ojos o tal vez el estirar el brazo a un lado y no topar en él a quien debiera estar. Hace tanto tiempo. ¿Qué importa el motivo? Desperté con el día y a mi lado no había nadie. Ella se había ido sin avisarme; “seguramente un encargo de última hora”, pensé. Me dispuse a esperar su vuelta como todas las mañanas, cuando me despertaba a solas. Sin embargo, algo había cambiado, la casa no supuraba la tristeza habitual. En el ambiente, en el aire que respiraba, parecía flotar una serenidad impasible, que nada tenía que ver con la paz que aquella mujer tan hermosa como enigmática había traído a mi vida. Incluso la noche anterior me resultaba lejana, como producto de un sueño largo y profundo.

                Al levantarme repasé los objetos que poblaban la habitación: los visillos estaban corridos y abierta la puerta que daba a la salita ¡qué cambiado estaba todo! “Se ha dedicado toda la noche a cambiar los muebles de sitio”, me dije, “quizás para meditar qué hacer conmigo por romper la promesa hecha sobre ósculos ilícitos”. Ya estaba acostumbrado a esos caprichos de cambiar las cosas de sitio, pero hasta esa noche no se había esmerado tanto en mudar el aspecto de la casa ¡hasta había desaparecido el búcaro con flores sobre la televisión, que todos los días refrescaba con agua tibia! “¿en dónde lo habrá puesto”, musité, como si el pensamiento saliera arrullado por la respiración. Acabé por rendirme a la evidencia de su desaparición y por espabilarme, ahuyentada la somnolencia primera que causa del despertar. Me di cuenta en ese momento de que los cuadros que vestían las paredes no eran los mismos; de que el tresillo había sido sustituido por unos burdos sillones; de que en el suelo no pisaba moqueta, sino alfombra; de que la ventana, desde la que se veía la calle, no tenía el esqueleto de madera, sino de aluminio, ese aluminio que intenta imitar a la madera, pero que en el fondo sólo es basto metal. ¿Qué significaba todo aquel desbarajuste? Quizás estuviera soñando. A pesar de todo, reconocía la casa, no sé explicar la causa, pero la reconocía disfrazada bajo tantos embozos.

                Me acerqué a la ventana con la intención de abrirla para que el aire fresco de la mañana acabara por hacerme reaccionar y comprender qué me estaba ocurriendo; pero, incluso antes de tocar la manilla, mis oídos cobran una dimensión que me era desconocida: si me concentraba, aunque fuera de forma negligente, podía escuchar las conversaciones de la calle, hasta el movimiento de la brisa más allá de los cristales parecía susurrarme en ellos. Le di la espalda a la ventana y me quedé envarado. Al volverme, sentí el roce de mi cuerpo con el aire, como cuando al andar una camisa sedeña produce un frufrú apenas audible, sólo que ahora el sonido era un chirrido agudo y molestísimo. Aun más, mi aturdimiento me hizo creer que podía divisar una mota de polvo posarse sobre el borde de un vaso u oler con exactitud el hedor de la contaminación, colándose por las rendijas de la ventana. La bocina estridente de algún automóvil irritó sobremanera mis oídos. Advertí que un hilillo de sangre corría por el interior de la oreja y me llevé una mano hasta ella para taponar la salida. El rojo chillón del tapizado de los sillones me hirió los ojos y hube de cerrarlos para apartar aquella visión lacerante. Dejé de respirar por la nariz con tal de no oler algún aromatizador polvificado en la habitación y que penetraba en las fosas nasales, arpándolas como el gato afila las uñas en la madera.

                Precisaba un café para despejar la mente. Entré en la cocina y, sin fijarme si también había sido transformada en demasía, me dispuse a asir la cafetera; mas, por mucho que la mano se aferraba a ella con todas sus fuerzas, no era capaz de levantarla, de moverlas siquiera. La solté asombrado. Abrí y cerré la mano varias veces, pero nada extraño percibía. Probé de nuevo a levantar la cafetera y tampoco se inmutó; un tercer intento y una vez más de balde. Corrí alocado hacia el cuarto de baño con la idea obsesiva de mirarme al espejo. Había que confirmar que era yo quien estaba viviendo aquella pesadilla. La puerta estaba cerrada y mis manos eran incapaces de girar el pomo. Golpeé repetidas veces la puerta con los puños: ningún sonido surgió. Quise probar fortuna con algo más fácil, el interruptor de la luz. Infructífero. Entonces, no sé por qué, se me ocurrió mirar la alfombre y verificar que mis pasos dejaban volátil huella al aplastar los hilos; ni siquiera se doblaban ante el peso de todo mi cuerpo, ni aun saltando sobre ellos. Mi perplejidad no me impidió escuchar voces en el exterior, voces que, estaba seguro, salían del ascensor y se dirigían, pasillo adelante, hacia mi casa. Las oigo acercarse al unísono. Eran varias pisadas. Unas, aceleradas y leves, pisadas de mujer; las otras, más seguras u aplomadas, pisadas de hombre. Agucé mis sentidos y entreoí cómo las voces y las pisadas y las respiraciones de las personas se detenían delante de la puerta de entrada. Me sobresalté cuando una llave comenzó a hurgar en la cerradura y, tras una breve lucha por penetrar, fue introducida en ella. La situación me exasperaba, así que acabé por perder los estribos. Torcía la cabeza con el sólo propósito de encontrar donde ocultarme de los intrusos, como si aquélla no fuera mi casa, como si el intruso fuera yo, como el beso robado me hubiese transportado a la morada de mi amada y ahora ella tornaba con uno de sus desconocidos. La puerta se abrió y entró una mujer de mediana edad; no era ella. La siguió un hombre canoso con una mano sobre la cintura de la mujer. Me quedé allí pasmado, sin mover ni uno sólo de los músculos. Los pies aparentaban dos tallos de alguna plantan, que hunde las raíces en el suelo. Daba la impresión de un espectro a quien las sombras del infierno hubieran atrapado. Estaba claro que me iban a descubrir en mitad de la salita, aterido por el frío del pavor. Era imposible que no me vieran; un poco más y se daban de narices contra mi cuerpo. Pasaron a mi lado, apenas unos centímetros, hasta pude escuchar sus pensamientos. No se inmutaron. ¿Eran ellos dos espíritus, dos almas en pena? ¿Sería todo una pesadilla, un juego de la mente, que se entretiene con burlas, mofas y escarnios?

                Cuando reaccionó me fui decidido hacia ellos, que acababan de entrar en la cocina. Gritaba y gritaba y gritaba pidiendo auxilio, reclamando, impetrando auxilio, que alguien escuchase mi voz. Me arrojé contra el supuesto marido, extendí las manos alrededor de su cuello y apreté con todas mis fuerzas, pero los dedos no llegaron a rozar su piel. Me volví hacia ella. Tenía el cabello suelto, así que soplé con todo mi ánimo: ni uno sólo de sus pelos se alteró. Caí de rodillas al suelo y, postrado en la genuflexión con las manos en el rostro, como un penitente contrito por sus pecados, imploré que me fueran remitidos éstos, fueran cuales fuesen, que se me devolviera el beso robado, si con ello recuperaba mi atormentada vida. A pesar de las lágrimas, al separar las manos vi que la mujer salía del cuarto de baño y dejaba la puerta abierta. Allí, en el cuarto de baño, había un espejo y hacia él me precipité ganoso de verme reflejado. Dicen que el hombre-vampiro no se refleja en los espejos; ¿habría sido yo transformado en uno de ellos a causa del beso nefario y, así, en vez de sangre habría bebido la esencia del vampirismo? Pero no; ahí estaba mi otro yo, mi “alter ego”, que me miraba con la misma expresión con la que yo le miraba a él. ¿Por qué no me veían los demás?

                Me invadió el prurito de salir a la calle para verificar mi estado de invisibilidad. Con un poco de suerte sería la casa, un lugar encantado en el que nada es lo que parece, y fuera de ella me aguardaría un mundo repleto de sensibilidades. Así pues, con una paciencia inusitada esperé a que la puerta se abriera, apostado junto a ella. Y se abrió a lo que me pareció mediodía. La esposa salía. Pretendí aprovechar la ocasión para salir yo también. Algo obstaculizó mi intento, un muro tan invisible para mí, como yo lo era para los demás. La ventana estaba abierta, la había abierto de par en par el marido para orear, supuse, la casa. Si por la puerta no podía salir, quizás podría por la ventana, al menos asomarme, sacar afuera la cabeza y vocear desde allí. Tropecé con el mismo muro invisible.

y IV
                Aquí estoy un día más, un año más, un trozo de eternidad más, encerrado en mi casa, que ya no es mía, prisionero de los sentidos en un mundo en que resultan mortificantes, pues de nada me sirven sino para ocasionarme tormento. No me queda más que llorar por lo perdido, como las plañideras, que antaño gemían al lado del cadáver, dando alaridos al viento y los baladros eran recogidos por seres invisibles para presentarlos ante el juez del alma recién llegada. A veces, mientras me contemplo en el espejo del cuarto de baño, creo ver en mi rostro una arruga nueva, un peinado diferente, unas manchas en la piel que antes no había. Todo es una falsa ilusión creada por la lucha contumaz contra el hastío de ver que nada cambia dentro de mí. A menudo me pregunto dónde, si es que soy espíritu, estará pudriéndose mi cuerpo, en qué tumba, nicho o yacija lo habrán recluido.

                El anciano que ahora ocupa lo que un día fue mi hogar está muy debilitado. Lo observo moverse con gran dificultad, incluso en su cerebro las ideas nadan en confusión, las oigo agitarse en desorden y revolver en la memoria para localizar huellas pasadas. Son ideas desesperadas, cansinas, faltas del vigor juvenil que mantiene la vida. Cuando se sienta en el butacón o se tumba sobre la cama, cruje todo él y da la impresión de írsele a salir todos los huesos, de quebrarse los tendones, de agarrotarse los músculos. Últimamente se pasa noches enteras retrepado en una mecedora de la salita, frente a una repisa en que descansa una fotografía añeja, la postrera que su esposa hizo antes de abandonarle por un jovenzuelo que conoció en el trabajo. La luz tímida de la lamparilla apenas la ilumina y deja en ella un fulgor mortecino. Los ojos del anciano se humedecen, pero en su cabeza no hay movimiento de ideas, sólo quietud. Quisiera calmarle su dolor, aliviar sus penas.

                ¿Quién llamará a la puerta? Este decrépito anciano nunca ha recibido una sola visita desde que le abandonó su mujer ¿qué habrá sido de ella? ¡Dios! No puede ser cierto. ¡Es ella! Y tan hermosa como la primera vez que la vi pasar a mi lado, tan joven como la última y postrera vez que la besé. Sus labios permanecen inmutables. Ahora que los veo, vuelvo a sentir los míos posándose en ellos. No ha perdido la mueca complaciente de la sonrisa ni la mirada cálida y confortable, ni su piel se ha corrompido ni su cabello deteriorado ni su voz consumido. ¡Ojalá pueda verme tan nítido como yo la vea a ella tan clara, resplandeciente como la aurora vencedora de las tinieblas! ¿Cómo es posible que el tiempo haya hecho mella en aquel cuerpo que fue mío? ¿Puede ser la muerte tan afable, tan magnífica, que nos haga sentir plenos de felicidad? ¡Cómo duele su ignorancia, su desaire para conmigo! Ellos dos conversan en el sofá, como dos enamorados que acaban de prometerse amor perpetuo. Ella le acaricia el mohoso pelo, le templa el corazón con dulces palabras, le enjuga con la mirada los ojos anegados por la emoción. Ahora sí escucho los pensamientos del anciano; los de ella, en cambio, permanecen anónimos. ¿No tendrá pensamientos la muerte, actuará de forma irreflexiva, como un cuerpo sin voluntad que va allá a donde se le dictamine? Ha resucitado el monstruo azul de los ojos verdes. ¿Por qué se empeña en recibir a ese repugnante anciano entre sus brazos, por qué le permite reposar la cabeza sobre sus pechos y mimar esas mejillas rugosas y enjutas? ¿Por qué se empeña en procurarme estos odiosos celos?

                Se levantan. ¿A dónde irán? A la habitación. Ella le ayuda a desnudarse y le tiende sobre el lecho. Deja caer a sus pies el vestido de color amaranto. ¡Qué firmes los senos, qué prietas las nalgas! No hay en ella un punto de imperfección, y entre todas sus excelencias esos labios de tentación; ¿cómo reprimir la codicia que nos aboca a besarlos? Si pudiese abrir esa ventana y arrojarme por ella a la calle y, al dar con mi alma en la acera, suspender mis sentidos para siempre. No quiero verlos. Me imagino los greñudos labios del viejo, recibiendo el beso de la mujer a quien amo, a quien he amado. No me lo imagino, no, que lo oigo tan diáfano como si los estuviera espiando; hasta puedo respirar el aroma que despide el cuerpo de la muerte, perfume de amaranto, como el color del vestido, como el tacto aterciopelado de su piel. ¡Un momento! Ya no escucho los pensamientos del anciano, sólo huelo la podredumbre de sus entrañas. Ya se ha cumplido. El anciano ha muerto. ¿Dónde está su alma, su espíritu, su “alter se”? ¿Por qué mis ojos no lo ven? Dos espectros que comparten el mundo y no se encuentran. Iré a la habitación. Necesito cerciorarme de que su cuerpo no alberga el alma, que ésta ha levantado el último vuelo. ¿Por qué no la oí desprenderse, batir las alas, surcar los aires? Ahí está, solo. El corazón, quieto; la sangre, estanca; el cerebro, mudo. ¿A dónde se ha ido la dama de amaranto? Todavía aprecio su olor, y su ropa reposa en el suelo. ¿Qué mano se posa en mi hombro?

   -¿Me reconoces?
   -¡Puedes verme!
   -Sí.
   -¡Y oírme!
   -Claro.
   -¿Por qué, entonces, me ignorabas? Te he llamado infinitas veces y tú nunca acudiste a mi socorro.
   -Rompiste el sagrado vínculo que nos unía. Sólo el beso que de mis labios se desprende puede quitar la vida, y tú me lo robaste, arrebatándome la tuya sin mi consentimiento.
   -Me arrepiento de ello.

   -Bésame y te ayudaré a cruzar el umbral de la muerte.

lunes, 27 de mayo de 2013

El mono sabio

Del encierro que padeció lo más angustioso era el reducido espacio que le impedía desperezarse o, a lo menos, extender los miembros uno a uno, pues los palos estaban engarzados de tal manera, que el hueco entre ellos imposibilitaba el paso de un grosor superior al de los dedos, por lo que se quedó todo el cuerpo escaldado de rozar constantemente con la pared. Además, como la jaula pendía del techo por una cuerda, durante todo el viaje, que fue de tres semanas, se vio zarandeado cual péndulo sin reposo, lo cual mareaba sus tripas y lo poco que le daban para comer y beber se alborotaba a tal punto, que pretendía salírsele por donde había entrado; él tapaba la boca con las manos al tiempo que los ojos se le volvían cegatos, mas alguna vez devolvió lo comido con tal mala suerte, que en cierta ocasión fue a parar sobre la calva del que cuidaba los reos, que eran un par de leones, varias serpientes, una cebra y tres leopardos. El esbirro se encabritó tanto, que cogió un látigo y la emprendió contra la guarida, poniéndole a caldo la espalda y las patas traseras; un golpe mal atinado hizo que la jaula se desprendiese del gancho que la sostenía y cayó sobre el propio agresor. No se puede dar fe de en qué acabó el berrinche, pero con la caída su cabeza dio con la madera de la cárcel y perdió la conciencia un par de horas. Cuando recobró el conocimiento, ya había retornado a la horquilla. Desde aquel día siempre tuvo la precaución de guardarse muy mucho de mover siquiera un dedo, cuando una calva se le cruzaba en el camino, que de malos ratos es de donde se aprende a comportarse.
                Otro día desgraciado fue el de la tormenta. Todos tenían los nervios a flor de piel, no porque se supusiera el peligro de naufragar, sino por los resplandores de los rayos y el meneo que les daban las olas. En uno de los vapuleos se soltó el cierre de la jaula de un leopardo y éste, viéndose libre y en tal situación, corrió alocado por la estancia, vociferando de tal modo, que los mismos truenos enmudecían con sus gruñidos. De esta forma el chimpancé se asustó todavía más y tantas revueltas dio entre aquellos cuatro palos, que a poco deja en ellos toda la pelleja; pero ya no por miedo al estruendo celeste, sino más bien a la enfurecida bestia, que abría sus fauces de par en par, que a él le parecía iba a tragarse todo el barco de un solo bocado. Más le amedrentaban aquellos dientes afilados como cuchillos, dispuestos a hincarse en cualquier momento. Nuevamente la mala fortuna hizo que el viento abriera la trampilla por donde penetraron bocanadas de mar, arroyando sobre la escalera; por allí saltó la fiera en busca de un refugio, pero se cree que tuvo mal fin, pues no se volvió a ver más.
                Una mañana se despertó el mono con la jaula sin movimiento. Como no estaba acostumbrado a la quietud, pensó que algo iba a cambiar. ¿Quién sabe cuántas cosas pasaron entonces por su cabeza? Temió que se presentara la calva con el látigo, que las mandíbulas del leopardo se clavasen en sus carnes, que la cuerda se desenganchara de nuevo, que se escaparan de su prisión las serpientes y lo engullesen. Con esas aprensiones y angustias pasó todo el día; mejor dijese pasaron, ya que todos padecían de las mismas inquietudes, como si aguardaran un fatal sino. Aquel viejo cascarón de pino rechinaba en todas las junturas, quejándose de la carencia de viento, de la calma total. A pesar de todo no les faltó el alimento vespertino a las fieras, lo cual, si bien no calmó los temores, sí consoló el hambre. En el ocaso le llegó un nuevo alivio; cuando daba la impresión de que el barco retornaba a su marcha lentamente, escuchó al otro lado de una tapia de madera el aullido de connaturales suyos, el cual le pareció de queja. Esto le causó a la vez alegría y congoja, pues sin duda el látigo habría hecho mella en ellos como a él se la había ocasionado días atrás. Con tales pensamientos se adormeció acurrucado en la cárcel.
                Por fin arribaron a puerto. En aquel momento imaginó lo peor, aunque le tranquilizó la curiosidad al ser desembarcado. Le llevaban subido en una especie de litera cómodamente aposentado en su diminuto reino. A medida que le transportaban por una rampa hacia el muelle, por su innato deseo de averiguar lo ajeno, viraba los ojos a todas partes embelesado por la gran cantidad de gente que trajinaba despreocupados unos de otros, cada cual a sus quehaceres. Aquí, un puesto de pescado, allí, otro de la competencia; ahí, vendedores de esclavos; acá, un grupo de pescadores ociosos; allá, un tenderete de porcelana; en una esquina, una tienda de telas finísimas y coloridas; en otra, una de telas más burdas y sencillas; un taller de hierros con su fragua, un poco más lejos; a su lado, una frutería; más lejos, un desembarco con cajas de madera; luego, una taberna bulliciosa; a la vera del mar, unos ganados en venta; por todas parte compradores, clientes y curiosos y navegantes y soldados y borrachos y paseantes… y en un rincón había gran cantidad de animales enjaulados a donde le conducían, carga y equipaje de la nao en que había viajado. Estaban apiñados los leones, las serpientes, varios simios, dos cocodrilos, una pareja de pajarracos de plumaje extravagante y hasta un elefante. Todos ellos parecían nerviosos, deambulando en lo que podían dentro de su recinto, y los que no podían se contentaban con mover la cabeza. Al chimpancé lo situaron lindero con el rinoceronte con tan mala fortuna, que al dejarlo solo el cornado se enfureció y arremetió contra el entablado próximo al suyo; los dos temblaron una y otra vez, ya se veía espetado en su cornamenta como un pincho moruno. Pero no hay bien que por mal no venga, así que con las sacudidas se soltó el cierre y se abrió la portezuela. ¡Qué maravilla apareció a sus ojos, qué milagro para sus esperanzas! Imposible describir con palabras o gestos el gozo que le invadió al contemplar la salida libre a su libertad. Aun así, dudó en la huida unos segundos por el pasmo ante tan buena ventura, mas, una vez repuesto del asombro, más que cuatro patas parecían dos pares de alas agitadas a toda prisa y sin control. No había escarmentado todavía con el hombre y se hubo de meter entre la chusma para su desgracia, pues de tan numerosos pies era fuerza que alguna tendría que pisarlo y herir su prieta carne, incluso alguien de los que lo perseguían, vociferando garrote en mano, le molió con la estaca una pata trasera. Todo así, se libró de la vapulación escalando fachadas de viviendas y aprovechando los tejados y su habilidad para imprimir más ligereza.
                Se pasó manco de la trasera un par de días, pero más tiempo sufrió los ardores producidos por la falta de condumio. Una tarde, por no soportar más aquel azuzamiento, se acercó a hurtadillas hasta la frutería del puerto, tomó una manzana sin mediar permiso y se aprestó a una huida célere, cuando de improviso notó que lo agarraban por la pata sanada y lo azotaban en la cabeza con un puño bien apretado. Soltó de inmediato el fruto, no fuera a arrepentirse tardíamente de haberlo hurtado, y tiró de la tenaza, que resultó ser la mano del dueño de la tienda, para desasirse de ella; pero el resultado fue otro buen coscorrón que lo dejó alelado y sin fuerzas para la lucha. El muy vengativo se cebó en él, a pesar del aturdimiento en que estaba sumido, y lo llenó de moratones y magulladuras a base de puntapiés y manotadas. Si se salvó de morir de la paliza fue gracias a un viejo desharrapado, que se apiadó de su suerte adversa. Entabló conversación con el propietario y acto seguido ató al simio una cuerda al cuello, lo recogió maltrecho en sus brazos y, adormecido por la zurra, lo llevó a un cuchitril en las afueras de la población, donde se aplicó a la cura y educación suya.
                Sin embargo, como ya el refrán nos apunta, nadie da nada por nada. Hay que confesar, no obstante, que su nuevo mantenedor lo trataba conforme se portara, así que hubo de esforzarse en acatar los deseos del amo, si quería nutrir el buche y dormir en blando, aunque sus buenos atolladeros de cabeza le costó entender lo que el señor pretendía. Ello era realizar ciertas piruetas con una compensación final: no más de algún cacahuete o miga de pan. Lo que más sudores le sacó fue el truco del latrocinio. Samuel, que ése era el nombre del amo, giraba la palanca de una caja, que resultó ser una especie de organillo, de la cual salía una melodía tosca; entre tanto, el simio debía echar una mirada al posible corro que en derredor suyo se formara, cosa ardua de imaginar para su cerebro, cuando debía practicarlo sin los maniquís; entonces se fijaba en la bolsa de monedas o en las joyas y, de esa manera, debía apreciar el más valioso botín. Una vez conseguido el primer paso, tenía que saltar como mimoso o asustado macaco sobre unos cuantos, entre los que estaría la víctima fijada de antemano, de quien sustraería el premio. Como recompensa a esta labor de ensayos se ganaba un plátano o una manzana.
                Adiestrado, pues, de esta suerte, recorrieron varias leguas de camino pedregoso y campo a través hasta llegar a Polarce, un pueblo de lo más rural, cuyas casas forjadas a base de adobes y piedras daban la impresión de un lugar frío y húmedo, maguer el sol calentaba de lo lindo. En una mugrienta tasca encontraron aposento y comida a pesar de las reticencias del tabernero a hospedar un simio; por ello se lo alojaron en un cuarto trasero no muy distante de la habitación de Samuel. Por temor a que su medio de vida se esfumara al verse sin vigilancia, el amo ató con una gruesa cuerda una pata trasera del animal a un arcón, confiado en que su flacucho cuerpo sería incapaz de arrastrar o levantar la grave arca. Aquella noche comió mendrugo de pan de trigo y un poco de agua, parca cena antes de morar en brazos de Morfeo.
                A la mañana siguiente, sin desayunarse, su dueño lo sacó del trastero y juntos se fueron a la plaza mayor. A un lado, una iglesia modesta precedida de escalones de piedra; a sus flancos, dos callejuelas mal empedradas y estrechas en demasía; por la izquierda, la casa consistorial, con un soportal que sostenía el balcón de los prebostes municipales; por la derecha, un ruinoso edificio, cuyo bajo estaba destinado a una tienda de ultramarinos; enfrente del recinto religioso, una amplia vía, como de veinticuatro pies, que es como decir ocho varas, y que se perdía en recovecos fuera de la población; a su diestra, una casa con ventana y puerta enrejada; a su siniestra, la vivienda engalanada del señor párroco; en el centro de todo, una fuente rodeada por un murillo de poco menos de un cuarto de metro en altura. Samuel y el mono de su mano se detuvieron al borde de las escaleras justo al tiempo de sonar las campanas de la torre eclesiástica. De pronto, el lugar se llenó, primero, de pordioseros, mendicantes y ciegos; luego, de niños traviesos; finalmente, de los devotos feligreses: unos de ricas vestiduras, otros de pobre atuendo.
                Su maestro comenzó por incitarlo a los piruetas y gracias, que le había enseñado, las cuales realizaba con renovado celo al verse admirado por tanta multitud como se agolpaba para reír y que de vez en cuando arrojaba alguna moneda al viejo, quien la recogía del suelo con prisas y se la guardaba celoso en el bolsillo. Miraban enrevesados los restantes pedigüeños al comprender que sus ganancias disminuirían con la actuación circense del macaco, mas Samuel no se amedrentó. Con parsimonia fueron entrando en la iglesia los beatos y en la plaza quedaron los humildes de bolsa. Mientras se esperaba la salida, el amo contó el dinero, que no debió de ser mucho, porque su expresión era entrecejosa y cariacontecida.
                Cuando observó el mono que preparaba el organillo, se le vino el mundo a los pies. Entendió que debía aprestarse a lo de robar al público y, como se hallaba por primera vez entre gente, los nervios desataron una tormenta dentro de sí, máxime al no haber recibido la habitual recompensa por las piruetas, lo cual le llevó a considerar que no habían sido lo asaz satisfactorias y, si erraba lo fácil, la equivocación en lo difícil podría acarrearle una buena somanta de garrotazos o una larga temporada en ayunas. Estando en éstas, llegó el momento de la verdad y a decir verdad que con sólo una canción consiguieron más dinero que andando boca abajo y saltando al aire con una vuelta mortal y rascando la cabeza como para pensar y pasando el sombrero a los espectadores y, en fin, haciendo las cabriolas y menesteres aprendidos.
                Durante una semana entera todas las mañanas hinchaban los bolsillos de Samuel, lo cual redundaba en la alimentación del animal, por lo que le tomó aún más apego. Lo único que su cerebro grabó fue lo de “socio”, a cuyo sonido acudía presto y célere. Funcionaba tan perfecto el truco de la caja musical, que, escondido en su cuarto, el viejo ataba y desataba el hatillo en el que iba depositando una pulsera, un collar, un anillo o un reloj, amén de una suculenta colección de monedas; pero su tacañería resultaba irritante, dado que sin pasar hambre ni frío vestía de torpe y comía en escasez, sólo lo suficiente para mantenerse despierto y ágil, cosa que no acababa de comprender el mono, viendo que por aquellas cosas otros humanos conseguían más comida y mejores vestidos. De todas formas, ya pensaba que los malos tratos se habían acabado, cuando un hecho desgraciado casi los llevó a la sepultura. El caso fue que una mañana, en que realizaban el numerito del organillo, fue a saltar sobre el hombro de un varón calvo. Se le vino de repente a la memoria el látigo del barco y se azoró tanto que, al irle a sustraer un reloj de oro, éste se cayó al suelo. El alopécico se enfureció de tal modo, que a poco no le descalabra allí mismo. Todos comenzaron a apedrearles, tanto al amo como a la mascota; ésta se escabulló entre las piernas no sin recibir varios golpes, que a punto estuvieron de estropearle la cola. A Samuel lo mantearon. Sin jefe ni protector se asustó y corrió alocado hasta la taberna; entró por el ventanuco de su cuchitril y no movió un pelo en espera de su maestro, el cual apareció maltrecho y a hurtadillas entrada la noche. Se alegró al encontrar al chimpancé, más al encontrar incólume el hatillo. Salieron del pueblo sin aguardar al alba. Jamás regresaron.
                Mucho tiempo hubo de pasar en recuperarse de las agresiones. Entre tanto, Samuel iba impartiéndole clases sobre nuevas habilidades, que pondría en práctica en el próximo pueblo, tales como gesticular a imitación de los humanos o adoptar sus posturas más comunes, distinguir algunos símbolos, que se conocen como letras y números, o contar con los dedos una cifra. Un día hicieron noche en un bosquecillo de castaños. Corría entre la arboleda una gélida brisa que, al rozar las oquedades de los troncos secos, silbaba demoníacamente. Como al unísono mezclaba los ramajes, rascándolos, el amo prestaba oídos a cualquier movimiento, por si un intruso hostil se les abalanzaba. Por su parte, cual si nunca hubiera salido de su ámbito humano, el mono notaba bullir la sangre y se acomodó sereno a fin de disfrutarlo. Le despertaron del ensueño los gritos del maestro, que semejaban aquéllos de la pantera huida de la jaula, por lo que chilló en su compaña aun sin conocer el motivo. Cada uno rivalizaba en superar al otro en desespero y volumen. Ello causó mayor confusión y mayor pavor. Cuando al rato calmaron el desasosiego, se averiguó el origen del atolondramiento: entre unos zarzales alguien se movía al acecho de su presa, tal vez un lobo, quizás un oso, probablemente un jabalí. El “socio” no necesitó que nadie le aconsejara, sino que con la cola entre las patas se encaramó a la copa de un árbol, vista fija en Samuel, quien se esmeraba en buscar refugio o un arma con que defenderse de la bestia. Una cacofonía llegó a él desde Samuel; acto seguido, un caco-olor; puso sus ojos en la procedencia y vio que su amo se llevaba las manos a la culera del pantalón con ceño de compungida palidez.
                Resolvió, luego, el amo asir una estaca y un tizón llameante, rodear el árbol en que aquél se cobijaba y escuchar la resolución de la fiera. Se oyó, a continuación, un raro ruido desde la maleza y nueva agitación de ramas. Por más que los dos a la par escudriñaban el enemigo, no alcanzaban a vislumbrar figura alguna, sino fueran las siluetas umbrosas que la luz de la luna proyectaba al suelo. Entonces, recordando su instinto prístino, el mono analizó la situación hasta convencerse de lo insustancial del susto: el viento movía las hojas y al choque con un hueco se obligaba a resonar. Bajó del árbol y se dispuso a acercarse allí donde esclareció a su maestro el absurdo miedo. Desde aquella aventura Samuel, y sin saber muy bien por qué, no volvió a regatear en agasajos y cuidados sin doble intención, ni a cargarlo con cuerdas ni con ensayos cansinos, los cuales suavizó en extremo para regocijo de los dos. No pecó el simio de mimoso ni malcriado, pues se atuvo a acatar los deseos del señor sin demora, no fuese a cambiar de actitud hacia él. En fin, entre éste y otros sucesos llegaron a Niango, villa de calles enrevesadas, fachadas blancas, fuentes secas y labrantíos áridos. Nada hubiera merecido la pena mencionar de ella a no ser por el quinto día de estancia allí. Mal pasaron los cuatro primeros, pues, como no sacaban un ochavo de sus habitantes, el amo se entregó a la abulia, a la apatía y al alcohol, dilapidando las ganancias que le restaban y perdiendo en el juego las joyas tan hábilmente hurtadas por las mañosas patas.
                Así pues, cuando llegó el circo, una alegría inusitada invadió al animal. El cortejo lo encabezaban payaso, que alborotaban al público y eran acosados por una miríada de pequeños mocosos; luego, avanzaban dos carromatos ornados con cintas policromas, carteles llamativos y un hombre fuerte de fácil sonrisa, quien con sus propias manos hacía resonar una especie de cuerno, a cuya llamada anunciaba la futura función en la afueras; tras éstos venían las jaulas de los animales: caballos, perros, jirafas y un corpulento oso, además de un par de pitones y una cobra, reptiles que se suponían estaban encerradas en sus respectivas cestas de mimbre y cuyas figuras se mostraban en otros tantos carteles con un dibujo tosco, pero provocador. Casi le saltaron las lágrimas al comprobar que, encerrada en otra jaula, una preciosa monita permanecía ida con los viles barrotes entre sus manitas. Volvió los ojos al amo, que dormía la última borrachera a la sombra de un soportal, y al saberse sin ataduras se abalanzó hacia la monita con ánimo de consolar sus pesares. Se colgó a su lado y rozó sus delicados dedos; ella le dirigió una triste mirada, que suplicaba ayuda. Repentinamente recibió un duro coscorrón, por lo cual tuvo que desasirse, cayó al suelo, se apartó bajo un poyo y rascó los golpes, que dolían como ascua en carne fresca. Tan ajeno a lo suyo estaba, que no percibió a los trapecistas, domadores, funámbulos, malabaristas y otros circenses personajes, que cerraban la caravana.
                Se pasó la víspera agitado, sin separarse de Samuel, que le impelía a ensayar una y otra vez lo enseñado. Tenía en sus ojos la chispa de los orgullosos maestros, cuyo alumno favorito destaca gracias a los sacrificios soportados con resignación. Mientras finaban a las tantas de la madrugada, lo alimentó a base de bien, por lo que coligó el mono que a la tarde tendrían trabajo. En efecto, una hora antes del espectáculo lo llevó de la mano a un hombre de bigote orondo y la faz arada. Hubo de realizar todo tipo de cabriolas delante de su atenta mirada, sin expresión en el rostro, incluso cuando llevó a cabo la resolución de cuestiones lógicas. Deliberaron, luego, en voz baja, como si el simio pudiese entenderlos aparcado debajo de un carromato. A continuación, inundado de compungidas lágrimas, el amo le abrazó largo y tendido para marcharse solo sin girar la cabeza. Se quedó la mascota estupefacta, unos segundos indecisa en seguir sus huellas o aguardar su vuelta, el suficiente tiempo para que el del mostacho le colocara un dogal al cuello y le encadenara a la rueda.
                Lopetegui, que así le llamaban al hombre que le había reclutado, no poseía paciencia, sino más bien una intolerante impertinencia. Al poco que le llevaban la contraria, arremetía insensible contra el primero con que tropezaba, que las más de las veces resultaba ser una concubina suya dedicada a la alambre con red. Del nombre artístico era conocida como Belamí la Mora; del verdadero, nada se sabe. Delgada, de fina silueta, de cara bella, de apariencia hermosa. De esta modo nada extraña que todos la deseasen, aunque por temor a Lopetegui apenas si le dirigían la palabra. El animal quedó a cargo de un tal Frenchi, que lo bautizó como Buba. Frenchi se encargaba también de la monita. Su malvada persona llegaba al extremo de mantenerlos separados todo el tiempo, con lo que tuvieron que conformarse con una comunicación de gestos y bufidos propios de los de su especie, aunque ninguno de los dos acabara de entender lo que el otro quería decir. A la monita la tildaron Salmona, maguer ella desobedecía sosa, si no le aplicaban la tortura de la vara, cosa que él se procuró muy mucho de no merecerla por escarmientos anteriores y amansado, en parte, por los palos y las heridas.
                Una tarde lluviosa aprovechó el descuido de Frenchi para fugarse de la jaula y visitar a Salmona. Gracias a sus dotes de observación, dedujo que el cierre de la cárcel era un barrote exterior que él mismo podía girar con los dedos, alargándolos a través del hueco de los otros barrotes. Consiguió, pues, salir y se fue derecho a la monita, la cual mostraba una curiosidad embobada por las artimañas del congénere. Con idéntico procedimiento abrió la salida de la otra prisión, pero ella no osaba siquiera pestañear. Se metió dentro, dado que la monita rehusaba la liberación; se acurrucó a su lado e intimaron sin pudor ni obsesión, con el frenesí desconocido de dos incipientes amantes. Finalizado el coito, descansaron entre las verjas unos minutos, mientras se sedaban tiernamente. Quien había aprendido a servirse del instinto y de las enseñanzas del antiguo amo, previno una más que posible desgracia, volteándolo todo a su anterior situación; esto es, encarceló a los dos por propia voluntad. Una vez comprobado el éxito de la operación, repitieron cada vez que la ocasión lo permitía, que no fueron pocas las veces, algunas con notable riesgo y ansiedad.
                El gran contento que esta relación les reportaba se reflejaba en las ansias por ampliar los horizontes de su limitada capacidad mental, por más que le costaba alguna paliza extra: si realizaba mal un ejercicio, Franchi le pagaba con un varapalo; si bien, también. De esta guisa alelaba al público formando palabras con varias letras, hasta frases elementales, cuyo sentido, aun siéndole arduo, comprendía a su manera. Incluso en los dos largos años que convivió con los del circo de población en espectáculo, llegó a aprender los rudimentos de la suma y de la resta. Creció su fama en estos inventos de voz en voz y de pueblo en pueblo; se extendió extra-carpa. Con él creció también el número de asistentes y con él el de viajes a través de una árida tierra con sólo rastrojos, polvo y calor insufrible. Sin embargo, a medida que pasaban las semanas veía cómo aumentaban las ganancias sin que los animales obtuvieran mejora alguna, más bien daba la impresión de empobrecer cada día un poco más, hasta que Buba se hartó de laborar sin predio y se fugó con su única amistad, Salmona.
                Y allá iban la una en pos del otro, saltando por encima de los matorrales, las tapias o los arroyuelos que se les iban cruzando en el camino. Perdidos en el inmenso campo, los dos sentían el extraño frenesí de la libertad recién adquirida. La monita estaba algo más decaída, sobre todo según avanzaba el día e iba comprendiendo que nadie le llevaría el bocado a la boca, pues su amiguete se dedicaba a corretear, ya sin sentido, de un lado a otro, enajenado del mundo. Así pues, Salmona se abstuvo de las correrías y se quedó mirando a Buba, que se iba alejando de ella sin darse cuenta de que iba solo, tan contento y tan poco acertado. Luego, sonó el cielo y la monita miró hacia arriba y vio malas nubes y supo que llovería y ella no tenía donde cobijarse a su gusto. Echaba de menos su casa, que no era la selva, sino el circo, la jaula con barrotes. Con la mirada triste y lágrimas en los ojos se dio la vuelta y caminó despacio; no corrió hasta sentir la primera gota caerle sobre la espalda.

Cuando Buba giró la cabeza y no vio a la monita, se quedó sorprendido, no acertaba a entender cómo había desaparecido de forma tan repentina ¡y encima había tormenta! Se olvidó de los amores tenidos con ella y no se sabe si alegre y feliz o temeroso y a punto de reventar su corazón, echó a correr buscando refugio contra el agua, que empezaba a ser ya de diluvio. Para desgracia suya, apenas gozaba de la libertad y apenas había tomado ya su primera decisión, la de abandonar a la monita sin más preocupaciones, le vino encima la vil muerte a manos de un mal rayo, que le fulminó en el acto a poco de resguardarse de la tormenta bajo un abeto. De lo cual se induce que quien a flote sale por honroso esfuerzo, el azar lo devuelve a su original estado, pues quien sube como un trueno suele bajar como un rayo. 

viernes, 24 de mayo de 2013

El suicida


El parto resultó duro, doloroso y prolongado. Al final, a la embarazada la tuvieron que practicar la cesárea, porque el bebé llegaba del revés y con el cordón umbilical alrededor del cuello. Al acontecimiento no asistió el padre y la criatura lloró más de lo usual, como si echara en falta al progenitor. Tampoco cuando dio sus primeros pasos gozó de aquella mirada paterna, aunque adivinó que tenía un padre, pues un día dijo aquello de “papá”, que arrancó unas lágrimas de alegría a su madre.

De niño recibía constantes palizas de su alcohólico ascendiente, un día sí y al otro también, sin motivo aparente, simplemente por el gusto que le proporcionaba al energúmeno hincar el diente en la criatura; la espalda del pequeño lucía las llagas señaladas por el cinturón de cuero y el escozor le abrasaba al rozar con las sábanas, con que su acólita madre le arropaba. Odiaba a su padre, pero aun odiaba más a su madre por la falta de iniciativa, por la abulia por la resignación con la que aceptaba el destino. Un día le entraron ganas de degollarla con el afilado cuchillo de la cocina, mas su padre se le anticipó aquella misma noche y, después de golpearla con el rodillo en el cráneo hasta dejarla sin vida, la descuartizó en presencia de su hijo, mientras reía ante la atónita mirada del infante. No pudo soportar el olor a sangre caliente y salió de casa sin volver la vista y sin que su padre, tambaleándose por los humores etílicos, pudiera darle alcance. Nunca más vio ni supo de quien le dio la mitad de la mida y le quitó la otra mitad.

Del hospicio, en donde le ingresaron por orden judicial tras ingresar al progenitor en un manicomio, huyó a los pocos meses. Nada le agradó de aquella experiencia: la mala bazofia que le daban para comer, los castigos que el implantaban por alguna desavenencia; las palizas que sus compañeros le propinaron le hicieron recordar la correa del genocida… así que en cuanto se le presentó la ocasión, saltó la verja y escapó. No le resultó tan fácil alejarse de las drogas, las consumía con la avidez de quien no sabe parar. No le satisfizo en absoluto pasar frío de noche y calor de día, como tampoco le bastaron los empleos a que se vio impelido a ejercer para solventar la penuria; pero el atolondramiento y la enajenación que le causaba la coca le dificultaba en su rendimiento, por lo que no duraba más de un par de meses en el oficio. Se inclinó por los atracos menores, los hurtos y los robos; mas, tras varias detenciones se decidió a dejar el vicio, ya que no conseguía tanto dinero como para mantenerlo. Y le costó algunas puñaladas y distintos moratones, que casi le conducen a la tumba; fue una compañera de infortunios la que se las arregló para salvarle una y otra vez. Con ella se casó y, después de una ridícula luna de miel que duró dos años viviendo en la calle, se volvió hacia la bebida. Emulando a su padre, maltrataba a su mujer, de quien tuvo tres hijos, el menor muerto a los dos días se cree que a consecuencia de los traumatismos sufridos por la mujer encienta. Ésta quiso abandonarle varias veces, mas, impedida por sus dos vástagos, siempre acababa por ser encontrada y el mal trato aumentaba más.

En una de aquella borracheras golpeó a su esposa con tal salvajismo, que la mató, y a ella le siguió el hijo mayor, arrojado desde un quinto piso. No logró la policía dar con él y su hija superviviente fue internada en el mismo hospicio que su padre había odiado tanto.

El año en que el dictador se fue, por fin lo metieron en la cárcel condenado por el asesinato de la mujer y el niño, pero le concedieron la libertad condicional a los pocos años. Allí dejó a sus camaradas dispuesto a rehacer la vida, lo que le resultó arduo dado que nadie estaba resuelto a arriesgarse con sus maneras. Pasó hambre, sed y sueño hasta que decidió dedicarse al tráfico de tabaco, alcohol, drogas, armas o lo que fuese. En poco tiempo llenó las vacuidades de sus bolsillos y se retiró a un honrado barucho, lejos de las preocupaciones legales con el sustento fijo y los nervios calmados. Indagó el paradero de su hija, pero ella le odiaba más todavía de lo que él había odiado a su propio padre, así que hubo de conformarse con saber que vivía sin apuros, aunque no muy feliz.

Ahora repasa lo que ha sido durante cincuenta años y lo que aún debería ser, pero ni el pasado ni el futuro le confortan el vacío que siente. A nadie tiene y a los que tuvo los desahució de malos modos; se odia a sí mismo por parecerse a quien él había odiado tanto y no halla respuesta ni en el crucifijo de su cuarto ni en las cuentas de su negocio. La pistola está dispuesta frente a la sien y el índice frente al gatillo; no hay más que apretarlo y todo se acabaría: no más disgustos, no más pesares, no más remordimientos. Apenas percibió el “click” del arma: los sesos se desparramaron sobre la mesa y el brazo se quedó colgando laso.

martes, 21 de mayo de 2013

Karban


Tú, extranjero que llegas por primera vez a estas tierras, no te detengas y prosigue tu camino o acabarás engrosando el número de los que pasean por los Campos Elíseos. Cuando desciendas de la cumbre acuérdate de baja runa rama de enebro rastrero, cuando asciendas del valle recuerda subir un ramito de margaritas blancas y, si en el camino te encuentras con una joven de bucles rosados, ojos almizcle y voz melodiosa pronunciando tu nombre y llamándote a su vera, apártate de ella, huye como si hubieras visto la muerte misma. Pero si aun así no puedes contener el impulso y te ves impelido hacia ella, no libes de sus labios beso alguno, porque cada uno de sus ósculos tiene escrito el nombre de un mortal. Se dice que esta joven es hija de los mismos infiernos, pues que, cuando llegó a esta región, lo hizo en noche tormentosa, con la luna llena tras las nubes aciagas, trayendo consigo la desgracia. Nadie conoce su procedencia, como un cometa que cruza el firmamento sin que se sepa de él o cuál es su patria. El viejo Hermedoro la acogió en su casa como si fuera hija suya, como sangre de su sangre. La bella extranjera le hechizó con su hermosura y le enamoró a tal punto, que el anciano la inició en los saberes secretos de la alquimia.

                Muchas noches pasaron en vela yendo del lecho al laboratorio y del laboratorio al lecho. Los días se pasaban en claro enseñando el uno, aprendiendo la otra. Así llegó el momento propicio para que la hermosa extranjera recibiese la lección última de los aprendices. Hermedoro le entregó un libro ajado por el paso del tiempo y por el manoseo a que había sido sometido durante tantos años. Después, se sentó en una silla y prestó oídos a lo que la joven leía. La voz de la neófita titubeaba por la emoción de leer el texto que Hermes había regalado a la humanidad para su superación espiritual, y el eco de las palabras viajaba por el aire hasta golpear las paredes del cuarto. El viejo alquimista la vigilaba en silencio, sentado junto a la chimenea, y clavaba en su pupila la mirada adusta.

                Helos ahí: la una, ávida de saber; el otro, de enseñar. La luz opalina ilumina la estancia. Es un momento solemne. Sólo el crepitar de las llamas rompe el silencio que dejan los descansos entre palabra y palabra. El anciano agarra, entonces, el libro sagrado y lee:

Ahora ve, busca al agricultor y pregúntale qué es el grano y qué la cosecha. De él aprenderás que quien siembra trigo recibirá trigo y quien siembra cebada recogerá cebada. Ello te conducirá a la idea de la creación y de la generación; acuérdate de que el hombre hace nacer al hombre, que el león hace nacer al león, que el perro reproduce al perro. Del mismo modo el otro produce oro, ¡he aquí todo el misterio!

                El juramento de los Hermanos de Hermes acaba de ser pronunciado y la joven ya forma parte de la alquimia. A partir de ese momento ya no será quien era, sino otra mujer, otra persona. Está preparada para hacer frente al dragón y matarlo con el fuego; conoce los materiales, los tiempos y las operaciones. “Ora, lege, relege labora et invenies”, aconseja Hermedoro. Pero la taimada no estaba dispuesta a acatar las premisas y su paciencia se iba agotando en cada noche que pasaba, hasta que llegó el día decisivo para la gran cocción que el anciano creía estar llevando a cabo en secreto, pues la malvada no dejaba de espiarle en cada momento, aun valiéndose de sus artes maléficas. Ese día Hermedoro se metió en el cuarto en donde reposaba el vaso, mientras ella se quedó en la habitación, lo que aprovechó para mezclar en el matraz una esencia de enebro y otra de margarita con un poco de azufre y mercurio, veneno eficaz e irremediable.

                Entre tanto, Hermedoro vigilaba el final de la Tercera Obra. Pronto el negro mudó de color; se hace blanco y del blanco pasa al amarillo con una rapidez tal, que al viejo alquimista no le da tiempo disfrutar con la emoción del éxito. Había llegado a la piedra filosofal: es la esencia perfecta de todos los elementos, el cuerpo indestructible que ningún elemento puede mermar ni destruir, la quintaesencia; arcano de todos los arcanos, virtud y poder de divinidad, término y meta de todas las cosas que están bajo el cielo, conclusión definitiva y maravillosa de las empresas de todos los sabios.

                Pero la falaz discípula acechaba, observándolo todo por el ojo de la cerradura y, convertida en brisa, penetra en el cuarto y envuelve el cuerpo del anciano, quien, sin llegar a comprender bien lo que sucede, advierte que de la brisa se forma se forma el cuerpo de una mujer más hermosa que la hermosura misma. Sumido en tan excelsa contemplación, se dejó acariciar por ella, agasajar por el placer femenino. De repente, sintió cómo unos labios humedecidos por el veneno, que al instante reconoció, se posaban en los suyos y le era arrebatado el hálito en un beso mortal. Se abalanzó hacia el atanor, cuando todavía conservaba algo de resuello, agarró la cetrina piedra para extraerla del fuego e impedir que se tornase roja, pero el dolor no le impidió destruir el fruto de toda su vida, despedazándolo contra el suelo.

   -¡Maldita seas, bestia inmunda! No consentiré que te la lleves para hacer el mal. Has venido a mí en busca de mi perdición y me arrebatas no sólo la esperanza, sino también la vida. Yo te conmino a que yerres por la tierra sin que puedas amar ni ser amada, pues que, si alguien se acercare a ti, sentirás un deseo irrefrenable de besarle y en ese beso le llevarás la muerte.

                Apenas arrojó la maldición, Hermedoro expiró. Ahora, extranjero, no detengas tus pasos aquí, si no te es necesario, pues que tal vez ni siquiera el enebro o la margarita te podrán librar del fatal beso de la joven de bucles rosados, ojos de almizcle y voz melodiosa.