Enrique Galíndez era poeta.
Enrique Galíndez se creía poeta. A Enrique Galíndez le llamaban poeta, porque a
él le gustaba y en su pueblo tenían que apodarlo de alguna forma: Enrique, el
poeta. No es que Galíndez escribiera versos, no, no era eso; es que los
recitaba, los suyos, claro, porque Enrique los escribía en su cabeza, los
memorizaba y los soltaba después de una larga agonía puliéndose. A Enrique
Galíndez le dolía con frecuencia la cabeza de tanto pulir versos “¿por qué no
los escribes?” le preguntaban las gentes “no quiero legarlos al mundo así, tan
desnudos, como para que cojan frío y se constipen; primero tengo que arroparlos
bien” contestaba. Lo malo era que Enrique el poeta no encontraba las ropas adecuadas,
aunque ya había ojeado en los armarios de los que él llamaba grandes: Góngora
mucho abrigo y poco seso, y Quevedo mucho seso y poco abrigo; San Juan de la
Cruz no muy claro y Jorge Manrique poco oscuro, Antonio Machado algo pasado de
moda, Rafael Alberti anacrónico y Pablo Neruda errático, Miguel Hernández
simplista en exceso y Rubén Darío complicado en porfía. Así era Enrique, el
poeta: todo estaba por hacer, nadie daba la talla. Quería medir sin métrica,
rimar sin rima y sin ritmo versificar “la fusca zarpa, lenitivo de oleajes…”
poco diáfano “la oscura lija, suavizante de oleajes…” poco brillante. Un
conocido, pues para Enrique sólo había un amigo, los demás, los otros sólo eran
conocidos, “deberías escribir un libro”, “estoy con el primer poema; lo titulo La sevicia del óbito o tal vez La crueldad de la muerte o…” Otro
conocido “¿cómo va ese poema?”, “se atranca en el primer verso y no me sale de
corrido, le falta alguna ropa” Y así se iba excusando ante los conocidos, pero
no ante su amigo, ante Corvino Covarrubias, el otro poeta del pueblo, el
desconocido, el que gustaba de leer y no meterse en un jersey de once varas. A
Corvino le gustaban las sonoridades de Góngora, el acierto de Quevedo, lo
sublime de San Juan, lo humano de Manrique, de Machado apreciaba su intimismo,
de Alberti su pasión y de Neruda su franqueza; idolatraba a Hernández y adoraba
a Darío. A Corvino Covarrubias, otro poeta, el anónimo lector de poemas, le
gustaba toda clase de poesía: la floja de Cervantes, la moralizante de Campoamor,
la fabulística de Samaniego… Pero ni el poeta ni el otro poeta eran antagónicos
del todos, los dos estaban de acuerdo en que la lengua española era la lengua
de la poesía, que la poesía había nacido para ser loada en la española lengua.
Cuando Enrique Galíndez recitaba sus últimas invenciones, de memoria, claro, a
Corvino Covarrubias el paladar se le volvía manantial de alabanzas “eres el
mejor, sí señor, no hay duda; el mejor” y el poeta crecía y crecía y crecía…
Enrique el poeta tomaba cualquier escena de la vida y la revestía de poema; si
acudía al encuentro de su amigo bajo un temporal se decía “con la cellisca
medra el tarquín / en tanto la macana…” duda y rectifica “con el agua-nieve
crece el vil fango / mientras el grueso palo…” Otras veces permanecía horas
contemplando el trasiego de los gorriones entre la hierba de los prados y
aspirando con gran ruido pensaba “un galopo oxea el averío / que arpa la tierra
húmeda…” duda y rectifica “un niño espanta las aves /que arañan la tierra
húmeda…” Y en cuanto topaba a su amigo el poeta anónimo, el casi poeta, el que
era poeta sin serlo, el otro poeta, le decía con tono de decepción que había
hallado la idea, pero la tenía en cueros vivos por falta de vestimenta; Corvino
le instaba a que le recitara los últimos versos, Enrique resistía en el
silencio, Covarrubias insistía más y Galíndez aún más, el otro poeta ganaba y
el poeta recitaba “con la cellisca medra el tarquín /mientras con la macana el
galopo / oxea…” duda y rectifica “con el agua-nieve crece el vil fango /
mientras espanta un niño las…” El otro poeta, el que lee versos, se pierde
entre tantas rectificaciones y se queda con la idea primera, pero Enrique el
poeta le saca de su error diciéndole que los versos están desnudos, que les
falta la ropa adecuada “es todo un embolismo poético” dice finalmente Corvino
Covarrubias, y Enrique Galíndez agacha la cabeza “es verdad, es un embolismo…
mejor sea decir una confusión, que se entiende mejor y a nadie engaña” Después de conversar con su amigo el otro poeta,
el poeta anónimo que lee versos, Galíndez siempre dice “algo me atora el
colodrillo; tal vez algún abrigo se me está insinuando. Tendré que irme a la
soledad, que así pinto mejor los vestidos” pero ni en la soledad del campo
hallaba Enrique el poeta aquellos vestidos para cubrir sus versos. Junto a un
arroyo se sentaba a su orilla, descalzaba los pies y los sumergía en la tibia
agua creyendo que de ese modo surgiría alguna idea para arropar las suyas.
Nada. Ni una mísera camiseta. Ni los calzoncillos. Puede que un par de
calcetines, pero nada más “¿si estaré errado?” pensaba “dicen que el japonés es
un idioma de poesía; ¿será posible que la poesía sea japonesa y no española?”
Intentaba luego inventar palabras japonesas, pronunciaciones orientales con reminiscencia
melódica. Nada. Tampoco el japonés “el inglés es muy agrio; no sirve. El
francés me parece demasiado vulgar. Al italiano le faltan condimentos. El
portugués, sin embargo, tiene un no-sé-qué… Pero no, tampoco. Del alemán ni se
habla. Quizás haya que aprender zulú para vestir los versos con adecuado
uniforme ¡qué estupidez! Japonés, tengo que aprender japonés; o el chino, que
es igual” Se levantaba luego del suelo y echaba a andar sin rumbo, olvidado el
calzado, los pies al descubierto, mas insensibles al dolor como consecuencia de
la tibieza del arroyo “¿Cómo era aquel… el poeta japonés aquel…? ¡ah ya!
¡Boshó! No, no era así… sí, hombre; el del jaicu… ¡Bashó! Eso era, Bashó” Y se
encaminaba hacia el pueblo, la vista puesta en la biblioteca, aunque no se
viera hasta dar de narices con la puerta. Enrique el poeta conocía bien la
biblioteca, porque allí se pasaba horas y horas buscando en los armarios de los
que él llamaba los grandes poetas y algunos otros cuyo nombre nunca recordaba.
Pero como en aquella biblioteca no habían oído hablar nunca de que en Japón
alguien pudiera escribir poesía (¡figúrate tú, poetas en Japón! Pero si allí no
hay más que hombrecitos pegados a sus máquinas, con una sonrisita idiota y unos
ojillos que no parecen sino de una camada de conejos), como no había lo que
buscaba, digo, Galíndez volvió pesaroso a sus adentros “a lo mejor no era uno
de los grandes” Y es que a Enrique el poeta no le bastaba que un poema le
resultara ameno, incluso resultón; para él, sin no lo había escrito uno de los
grandes poetas, y algunos otros cuyos nombres nunca recordaba, no era para
tener en cuenta la ropa que llevaba puesta “éstos son poetastros” se decía con
risa falsa y esperpéntica “sólo se dedican a vestir sus versas con la ropa que
se lleva de moda, y eso no está nada bien, no señor. Una idea con ropas de moda
es una idea desnuda, que en cuanto se acaba la moda ¡zas! Ya no hay poema”
Cuando Enrique Galíndez leía a estos poetas lo hacía con la complacencia de un
padre bonachón, indulgente con los fallos de sus hijos, pero sin darles
importancia. A Enrique el poeta le interesaban otras miras más altas, le
interesaban los grandes poetas y la poesía del Japón “oye, tú” le dijo a su
amigo “¿no has oído hablar de Blasó?, “no, no tengo el gusto de haberle leído…
¿del sur, verdad? Tiene nombre de Cádiz o de Málaga”, “no seas necio, hombre;
es un gran poeta del Japón”, “¡del Japón!”, “como olo oyes; el tal Basó escribe
jaicura”, “¿Qué escribe qué? Bueno, da igual; no me interesa, yo no sé
japonés”, “deberías saberlo; todo el mundo deberíamos saber hablar japonés, y
los poetas más”, “¿y qué es una jaicura?”, “es el abrigo que yo buscaba para
mis versos” agachaban la cabeza y ambos guardaban silencio “pero ni siquiera sé
de qué tejido está hecho” vuelta al silencio. A veces el poeta y el otro poeta
anónimo no hablaban en minutos, a veces en horas, pero se entendían en el
silencio “bueno; debo irme, porque aquí en el colodrillo tengo un algo… como un
jacurio de ojos pequeñitos y piel limonada…” Y se iba sin más explicaciones.
Mientras meditaba sobre el nuevo ropaje algún conocido se le cruzaba en el
camino “¿cómo va el poeta?”, “solo desnudo, sin ropa y sin ideas” Otro más allá
se le acercaba al verle mal meditando “¿salen mal los versos, maestro?” “muy
mal” Y otro todavía más pícaro se le encaraba “recite usted algo, Galíndez”
Enrique el poeta meditaba unos segundos en tanto clavaba los ojos en los del
munícipe “la cineraria yacija / conserva todavía la tuina / del último
estertor…”, “muy bien, maestro; es usted un genio”, “lo dije sin pensar, que no
le queda muy bien el sayo, mejor ‘la caja mortuoria aún / guarda la chaqueta /
del postrero resuello…’”, “es usted el más grande”, “no sé…” duda y rectifica
“la idea no es mala, pero la indumentaria es floja” Torna a su paseo y
reflexiona sobre la forma de arropar aquellos versos al estilo oriental “¿cómo
los diría Bastó?” Enrique el poeta se deshacía en estos pensamientos y sus
sesos se iban resintiendo un poco más cada día que pasaba, hasta que le entró
un mal en el cuerpo que le hacía toser desaforadamente y en constantes turnos,
seguían luego arcadas con alguna gotita de sangre y acababa por perder el
sentido, las más de las veces en la soledad de algún sendero montés, porque
Enrique el poeta solía caminar solo por los montes en busca de un abrigo para
sus versos desnudos “¡reluctante razón! / hazme partícipe de tus drogmanes…”
Aquello no iba bien, no tenía sentido, incluso la idea huía de sí misma “el
monte blanco / aúllan negros lobos / la noche muere” Enrique el poeta se
detiene un instante en mitad de la senda, levanta los ojos al estrellado cielo
“no está mal, nada mal; pero no acaba de cuajar… sobra algo de carne y falta
algo de ropa” Un ataque repentino de toses y arcadas le tumba en el suelo y
pierde el conocimiento. A veces tarda un cuarto de hora en volver en sí, otras
no es más que un amago y todavía hay otras que duran el doble. Ahora no se
mueve, parece dormido, pero sus labios se mueven recitando “corto camino /
conduce a la muerte /del sol brillante” duda y rectifica “largo sendero guía
mis manos tibias / de sucia muerte” duda y vuelve a rectificar. De aquella
crisis salió con bien, aunque con algo menos de seso. Su amigo, el otro poeta,
el poeta que no escribía versos, que sólo los leía, el poeta anónimo, Corvino
Covarrubias lo recogió en su casa, lo cuidó unos días y le dio plática, poca
por la carencia de fuerzas en el enfermo y las pocas que aún le quedaban las
gastaba en pulir los últimos versos, porque Enrique Galíndez siempre tenía unos
últimos versos que pulir en la cabeza, pero eso le dolía tan a menudo y decía
“el colodrillo se me está saturando; quizás se obstruya con alguna ropa, ¿no
crees, amigo mío?”, “es posible; pero deberías descansar algo antes de seguir
componiendo”, “no, no puede ser; luego se me olvidan las cosas”, “escríbelas”,
“eso nunca, hasta que las abrigue bien, como si fueran versos en lengua
japonesa. ¿No has leído nada de Basnó? Ése sí que sabía arropar” Pero Corvino
Covarrubias sabía que el poeta no había leído nunca nada que no fuera escrito
en español, ni siquiera traducido, porque “a mí me interesan los escritores, no
los traductores” y continuaba “la enjundia poética se halla en la libre
conexión entre las ideas y las ropas: sólo el original nos da una visión exacta
de la verdadera obra” Pero el otro poeta sí que había leído, porque no le
importaban esas menudencias, aunque leído poco y nada del japonés “en Japón
hacen bien las cosas”, “claro, son tan pequeñitos…!” Y de esta forma, poco a
poco, Enrique el poeta se recuperaba lindamente, a pesar de que se encenagaba
algo más en la poesía oriental. De vez en cuando recuperaba la agudeza y por
las calles, si algún conocido le paraba, decía “una lamerona mosca / a un buey
irritaba… “ tras dudar “un goloso insecto…” y reanudaba el paseo como si nadie
le estuviera observando, regresado a su oratorio, transcurrida la inspiración.
Mas, a fuerza de tanto pulimento, los versos que recitaba Enrique el poeta
resultaban más y más incongruentes, menos entendibles “deberías ir a un médico”
l e recomendaba su amigo el otro poeta “no me gusta cómo evolucionan tus
versos”, “es que siguen desnudos y se constipan”, “tal vez” y Enrique el poeta
pensaba entre tanto “roncera la hiedra ergotiza / según traza la vereda hirsuta
/ que muere en el rellano” y ya no dudaba, sino que meneaba con pausa la cabeza
negando sus pensamientos. Un día, el último del poeta, el postrero aliento de
la duda, Enrique Galíndez cayó desmayado en mitad de la calle y ya no pudo
levantarse. Hubiera deseado llegar al alto montaraz, pues el colodrillo le
avisaba de que algo inminente y supremo estaba a punto de emerger de su alma.
Corvino Covarrubias el otro poeta lo halló casi sin resuello tumbado boca
arriba, con los ojos abiertos de par en par, como ventanas que miran al infinito
aguardando la llegada de una respuesta, tal vez la del ropaje. Su amigo, el
poeta anónimo, le llevó a su propia casa, no a la del poeta, sino a la anónima
suya; intuía el desenlace. Enrique Galíndez musitó entre sábanas “tengo un no
sé qué en el colodrillo… tendré que ir a orearlo entre los árboles” Por
desgracia el poeta no pudo perderse más por el monte ni sumergir los pies en el
arroyo. Murió sin haber leído el japonés, murió murmurando algunos versos con
sonido oriental en casa del otro poeta, el poeta que sólo lee versos. Enrique
el poeta, aún después de muerto, sigue buscando un abrigo para sus versos.
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