viernes, 24 de mayo de 2013

El suicida


El parto resultó duro, doloroso y prolongado. Al final, a la embarazada la tuvieron que practicar la cesárea, porque el bebé llegaba del revés y con el cordón umbilical alrededor del cuello. Al acontecimiento no asistió el padre y la criatura lloró más de lo usual, como si echara en falta al progenitor. Tampoco cuando dio sus primeros pasos gozó de aquella mirada paterna, aunque adivinó que tenía un padre, pues un día dijo aquello de “papá”, que arrancó unas lágrimas de alegría a su madre.

De niño recibía constantes palizas de su alcohólico ascendiente, un día sí y al otro también, sin motivo aparente, simplemente por el gusto que le proporcionaba al energúmeno hincar el diente en la criatura; la espalda del pequeño lucía las llagas señaladas por el cinturón de cuero y el escozor le abrasaba al rozar con las sábanas, con que su acólita madre le arropaba. Odiaba a su padre, pero aun odiaba más a su madre por la falta de iniciativa, por la abulia por la resignación con la que aceptaba el destino. Un día le entraron ganas de degollarla con el afilado cuchillo de la cocina, mas su padre se le anticipó aquella misma noche y, después de golpearla con el rodillo en el cráneo hasta dejarla sin vida, la descuartizó en presencia de su hijo, mientras reía ante la atónita mirada del infante. No pudo soportar el olor a sangre caliente y salió de casa sin volver la vista y sin que su padre, tambaleándose por los humores etílicos, pudiera darle alcance. Nunca más vio ni supo de quien le dio la mitad de la mida y le quitó la otra mitad.

Del hospicio, en donde le ingresaron por orden judicial tras ingresar al progenitor en un manicomio, huyó a los pocos meses. Nada le agradó de aquella experiencia: la mala bazofia que le daban para comer, los castigos que el implantaban por alguna desavenencia; las palizas que sus compañeros le propinaron le hicieron recordar la correa del genocida… así que en cuanto se le presentó la ocasión, saltó la verja y escapó. No le resultó tan fácil alejarse de las drogas, las consumía con la avidez de quien no sabe parar. No le satisfizo en absoluto pasar frío de noche y calor de día, como tampoco le bastaron los empleos a que se vio impelido a ejercer para solventar la penuria; pero el atolondramiento y la enajenación que le causaba la coca le dificultaba en su rendimiento, por lo que no duraba más de un par de meses en el oficio. Se inclinó por los atracos menores, los hurtos y los robos; mas, tras varias detenciones se decidió a dejar el vicio, ya que no conseguía tanto dinero como para mantenerlo. Y le costó algunas puñaladas y distintos moratones, que casi le conducen a la tumba; fue una compañera de infortunios la que se las arregló para salvarle una y otra vez. Con ella se casó y, después de una ridícula luna de miel que duró dos años viviendo en la calle, se volvió hacia la bebida. Emulando a su padre, maltrataba a su mujer, de quien tuvo tres hijos, el menor muerto a los dos días se cree que a consecuencia de los traumatismos sufridos por la mujer encienta. Ésta quiso abandonarle varias veces, mas, impedida por sus dos vástagos, siempre acababa por ser encontrada y el mal trato aumentaba más.

En una de aquella borracheras golpeó a su esposa con tal salvajismo, que la mató, y a ella le siguió el hijo mayor, arrojado desde un quinto piso. No logró la policía dar con él y su hija superviviente fue internada en el mismo hospicio que su padre había odiado tanto.

El año en que el dictador se fue, por fin lo metieron en la cárcel condenado por el asesinato de la mujer y el niño, pero le concedieron la libertad condicional a los pocos años. Allí dejó a sus camaradas dispuesto a rehacer la vida, lo que le resultó arduo dado que nadie estaba resuelto a arriesgarse con sus maneras. Pasó hambre, sed y sueño hasta que decidió dedicarse al tráfico de tabaco, alcohol, drogas, armas o lo que fuese. En poco tiempo llenó las vacuidades de sus bolsillos y se retiró a un honrado barucho, lejos de las preocupaciones legales con el sustento fijo y los nervios calmados. Indagó el paradero de su hija, pero ella le odiaba más todavía de lo que él había odiado a su propio padre, así que hubo de conformarse con saber que vivía sin apuros, aunque no muy feliz.

Ahora repasa lo que ha sido durante cincuenta años y lo que aún debería ser, pero ni el pasado ni el futuro le confortan el vacío que siente. A nadie tiene y a los que tuvo los desahució de malos modos; se odia a sí mismo por parecerse a quien él había odiado tanto y no halla respuesta ni en el crucifijo de su cuarto ni en las cuentas de su negocio. La pistola está dispuesta frente a la sien y el índice frente al gatillo; no hay más que apretarlo y todo se acabaría: no más disgustos, no más pesares, no más remordimientos. Apenas percibió el “click” del arma: los sesos se desparramaron sobre la mesa y el brazo se quedó colgando laso.

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