El parto
resultó duro, doloroso y prolongado. Al final, a la embarazada la tuvieron que
practicar la cesárea, porque el bebé llegaba del revés y con el cordón
umbilical alrededor del cuello. Al acontecimiento no asistió el padre y la
criatura lloró más de lo usual, como si echara en falta al progenitor. Tampoco
cuando dio sus primeros pasos gozó de aquella mirada paterna, aunque adivinó
que tenía un padre, pues un día dijo aquello de “papá”, que arrancó unas
lágrimas de alegría a su madre.
De niño
recibía constantes palizas de su alcohólico ascendiente, un día sí y al otro
también, sin motivo aparente, simplemente por el gusto que le proporcionaba al
energúmeno hincar el diente en la criatura; la espalda del pequeño lucía las
llagas señaladas por el cinturón de cuero y el escozor le abrasaba al rozar con
las sábanas, con que su acólita madre le arropaba. Odiaba a su padre, pero aun
odiaba más a su madre por la falta de iniciativa, por la abulia por la
resignación con la que aceptaba el destino. Un día le entraron ganas de
degollarla con el afilado cuchillo de la cocina, mas su padre se le anticipó
aquella misma noche y, después de golpearla con el rodillo en el cráneo hasta
dejarla sin vida, la descuartizó en presencia de su hijo, mientras reía ante la
atónita mirada del infante. No pudo soportar el olor a sangre caliente y salió
de casa sin volver la vista y sin que su padre, tambaleándose por los humores
etílicos, pudiera darle alcance. Nunca más vio ni supo de quien le dio la mitad
de la mida y le quitó la otra mitad.
Del hospicio,
en donde le ingresaron por orden judicial tras ingresar al progenitor en un
manicomio, huyó a los pocos meses. Nada le agradó de aquella experiencia: la
mala bazofia que le daban para comer, los castigos que el implantaban por alguna
desavenencia; las palizas que sus compañeros le propinaron le hicieron recordar
la correa del genocida… así que en cuanto se le presentó la ocasión, saltó la
verja y escapó. No le resultó tan fácil alejarse de las drogas, las consumía
con la avidez de quien no sabe parar. No le satisfizo en absoluto pasar frío de
noche y calor de día, como tampoco le bastaron los empleos a que se vio
impelido a ejercer para solventar la penuria; pero el atolondramiento y la
enajenación que le causaba la coca le dificultaba en su rendimiento, por lo que
no duraba más de un par de meses en el oficio. Se inclinó por los atracos
menores, los hurtos y los robos; mas, tras varias detenciones se decidió a
dejar el vicio, ya que no conseguía tanto dinero como para mantenerlo. Y le
costó algunas puñaladas y distintos moratones, que casi le conducen a la tumba;
fue una compañera de infortunios la que se las arregló para salvarle una y otra
vez. Con ella se casó y, después de una ridícula luna de miel que duró dos años
viviendo en la calle, se volvió hacia la bebida. Emulando a su padre,
maltrataba a su mujer, de quien tuvo tres hijos, el menor muerto a los dos días
se cree que a consecuencia de los traumatismos sufridos por la mujer encienta.
Ésta quiso abandonarle varias veces, mas, impedida por sus dos vástagos,
siempre acababa por ser encontrada y el mal trato aumentaba más.
En una de
aquella borracheras golpeó a su esposa con tal salvajismo, que la mató, y a
ella le siguió el hijo mayor, arrojado desde un quinto piso. No logró la
policía dar con él y su hija superviviente fue internada en el mismo hospicio
que su padre había odiado tanto.
El año en que
el dictador se fue, por fin lo metieron en la cárcel condenado por el asesinato
de la mujer y el niño, pero le concedieron la libertad condicional a los pocos
años. Allí dejó a sus camaradas dispuesto a rehacer la vida, lo que le resultó
arduo dado que nadie estaba resuelto a arriesgarse con sus maneras. Pasó
hambre, sed y sueño hasta que decidió dedicarse al tráfico de tabaco, alcohol,
drogas, armas o lo que fuese. En poco tiempo llenó las vacuidades de sus
bolsillos y se retiró a un honrado barucho, lejos de las preocupaciones legales
con el sustento fijo y los nervios calmados. Indagó el paradero de su hija,
pero ella le odiaba más todavía de lo que él había odiado a su propio padre,
así que hubo de conformarse con saber que vivía sin apuros, aunque no muy
feliz.
Ahora repasa
lo que ha sido durante cincuenta años y lo que aún debería ser, pero ni el
pasado ni el futuro le confortan el vacío que siente. A nadie tiene y a los que
tuvo los desahució de malos modos; se odia a sí mismo por parecerse a quien él
había odiado tanto y no halla respuesta ni en el crucifijo de su cuarto ni en
las cuentas de su negocio. La pistola está dispuesta frente a la sien y el
índice frente al gatillo; no hay más que apretarlo y todo se acabaría: no más
disgustos, no más pesares, no más remordimientos. Apenas percibió el “click”
del arma: los sesos se desparramaron sobre la mesa y el brazo se quedó colgando
laso.
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