El pequeño
grupo de personas que se habían reunido en torno a aquella brizna de hierba iba
aumentando a medida que se extendía el rumor. Aquella brizna tenía la misma
forma que las demás, parecía tener la misma consistencia y todo apuntaba a que
en nada se diferenciaba de las demás briznas de alrededor, salvo por aquella
extraña tonalidad que la hacía resaltar sobre sus hermanas. Todos los ojos
convergían en ella como un raro fenómeno de la Naturaleza que nadie lograba
explicar. Mientras el corro aumentaba, la gente pisoteaba la hierba en redor de
la brizna sin darle importancia; sólo la brizna con la tonalidad diferente era
respetada, pues nadie osaba acercarse en demasía a ella, mucho menos tocarla.
Entre
todos aquellos observadores se fue abriendo paso un anciano que todos conocían
de verlo deambular por las calles con su inseparable bastón, que le ayudaba en
su andar lento y pausado; se servía del callado porque los años le habían
atrofiado los huesos: se decía de él que tenía mucho más de cien años. En sus
ojos, casi ocultos por los párpados, se podrían ver todos los días vividos y el
cansancio que ello le había producido. Los últimos días, sin embargo, le habían
visto también en compañía de un niño de unos diez u once años que le ayudaba a
caminar; al chico lo conocían también de vista, pues que era un pordiosero que
vagaba por las calles pidiendo limosnas que apenas le llegaban para comer. El
caso es que los últimos días el pequeño se había interesado por la salud del
anciano y, sin que hubiera ley o norma alguna al respecto, el niño quiso
ayudarlo sin pedir compensación alguna, como era lo usual.
En
fin, los dos, niño y anciano, consiguieron adelantarse y llegar hasta la brizna
de hierba, unas veces abriéndose paso con un ligero toque y otras veces aplicando
un leve empujón. Entonces, el corazón le dio un vuelco al anciano y todo su
cuerpo tembló como si hubiera visto un fantasma que le venía a buscar. Su
pequeño lazarillo sintió aquella convulsión como propia y agarró el brazo del
anciano con fuerza, como si presintiese que fuera a desplomarse de un momento a
otro. Sin embargo, el anciano se mantuvo en pie, con la mirada fija en la
brizna y un brillo nuevo en su mirada;
parecía que sus ojos hubieran rejuvenecido diez lustros. Nadie, excepto el
chiquillo, se dio cuenta de que una lágrima le arrollaba por la mejilla, una
lágrima ardiente, una gota de agua que daba la impresión de llevarse todas las
impurezas del mundo y aliviar la pesadumbre de la humanidad entera. Y el
infante no podía apartar su vista de aquel anciano que lloraba de emoción ante
una brizna, por muy diferente que fuera la tonalidad.
Entonces,
el centenario viejo dobló las rodillas no sin dificultad, apuntalado en el
bastón y en los hombros de su pequeño amigo, hasta completar la genuflexión,
hincando las dos rodillas en la hierba. Una vez que se creyó a una distancia
oportuna, dejó el bastón en el suelo y, sin soltarse del brazo del chico,
alargó su mano libre y la extendió hacia la brizna. Ahora sí que todos se
quedaron observando al anciano, quietos, inmóviles como estatuas de frío
mármol, todos ellos con unos ojos de santo de iglesia, como los ojos sin vida
de esas tallas que ornan las capillas. Y el anciano acercó la mano a la brizna
de hierba y con un dedo la tocó al tiempo que un “oooooooh” sonó uniforme entre
todos los espectadores. Justo en ese mismo momento la voz de una mujer se
levantó por encima de aquel silencio sepulcral: “¡Allí hay otra! ¡Allí hay
otra! ¡Allí hay otra!”, repetía con evidente excitación y a viva voz una y otra
vez mientras con un dedo señalaba hacia un árbol que había no muy distante. En
efecto, la gente se volvió hacia el árbol y vieron que de entre todas las hojas
había una con una tonalidad muy diferente a las demás, una tonalidad, empero,
similar a la brizna de hierba; entonces, unos se dirigieron hacia el árbol y
otros decidieron permanecer junto a la brizna sin saber cuál de las dos
anomalías era más extravagante.
Fue en ese
preciso instante cuando se oyó susurrar al anciano: “Es él, ha vuelto; es él, que
renace”. Aunque nadie siquiera sospechaba a qué se refería, no hubo ninguna
pregunta al respecto. Sólo una mirada inquisitiva, una mirada de pasmo y
admiración a un tiempo, se posó en el rostro del anciano: era la del chico, que
con ella le pedía una explicación de aquellas palabras enigmáticas. El anciano
se sentó allí mismo, muy cerca de la brizna y con un gesto ostensible le indicó
al chiquillo que le imitara. Cuando ambos se hubieron acomodado, el anciano le
sonrió y dijo muy quedo, como para que sólo su amigo le oyera: “Son los colores
¿sabes? que han vuelto”. El crío meneó la cabeza; ¡qué iba a saber él de… ¿cómo
era…? ¿los colores?!
“Cuando yo
tenía tu edad”, comenzó el anciano, “el mundo era muy diferente a lo que es
ahora; entonces todo estaba lleno de colores: verdes, rojos, azules, lilas,
naranjas, violetas…”. El niño comenzó a sospechar que aquel viejo estaba
delirando, pues no decía que la naranja era uno de esos… ¿cómo era? ¡Colores!;
pero si todo el mundo sabía que la naranja era una fruta, y la violeta era una
flor. “Y un buen día”, continuaba el anciano, “los colores comenzaron a
desaparecer sin que nadie supiera el motivo, y todo alrededor se volvía gris, a
veces más claro y otras veces más oscuro, pero todo gris, sin colores. Con el
tiempo el mundo se fue acostumbrado al cambio y con el paso del tiempo todos se
olvidaron de ellos, de los colores, y todo quedó en el olvido, incluso los
recuerdos… hasta hoy”. Y aquí detuvo la narración; su mirada parecía perderse
en la inmensidad del espacio; pero no, lo que ocurría era que el cielo se había
vuelto azul y ya eran muchos los que se habían percatado de ello y sostenían
sus cabezas vueltas hacia las alturas.
De repente
alguien se sobresaltó: era un adusto señor de bigote y perilla que había descubierto
que su jersey también había cambiado de tonalidad; lo agarraba con las manos y
lo estiraba como queriendo deshacerse de él. El brillo de aquella tonalidad
casi le hería los ojos, pero era incapaz de apartar la mirada, embelesado en
aquel brillo nuevo, que el anciano llamó “amarillo”. Luego, muy cerca de él, una
señora circunspecta y con expresión sombría dio un traspié apenas vio que en su
falda lucían algunas figuras caprichosas que habían adoptado tonalidades
diferentes. Poco a poco aquellos “colores” fueron adueñándose de más y más
objetos hasta que llegó un momento en que todo se había inundado de ellos y los
grises hubieran desaparecido por completo, si no fuera que aún permanecían en
la piel de las personas. La gente deambulaba como perdida de un lado a otro sin
saber a dónde ir, mirándolo todo como si un mundo nuevo se acabara de revelar a
su mirada. Era tanta la profusión de colores que algunos, los más reacios a los
cambios, sentían que sus ojos se herían al contemplar tanto esplendor; en cambio,
la mayoría se confortaba con los colores, sentían crecer dentro de sí una
felicidad del todo novedosa, como nunca hubieran pensado que podía existir. La
calle fue anegándose de risas, de conversaciones: las personas se saludaban
cuando se encontraban en la calle, se sonreían unas a otras, los más pequeños
empezaron a divertirse con chanzas y juegos… incluso la piel fue adquiriendo
una tonalidad completamente nueva, acorde con el mundo que renacía. Todo era
tan hermoso…
Una curiosa
reacción de la gente fue la de animarse a expresar sus preferencias: había
quien se inclinaba por los colores terrosos, arraigados a la seguridad, a la
confianza; otros, en cambio, elogiaban los colores más volátiles, más
caprichosos y llamativos. Todos, quien más y quien menos, elegía su propio
color, muy al contrario que cuando el mundo vivía en tonalidades grises, cuyos
matices a nadie interesaba y sobre los que nadie opinaba. Ahora ya no, ahora
incluso se discutía de forma abierta sobre las predilecciones, sobre cuál era
mejor y en qué circunstancias, o sobre cuál iba más acorde con esto o esotro.
Hasta se llegó a otorgar un significado distinto a cada color, a cada gama, a
cada gradación: uno indicaba la ansiedad, otro la esperanza, ése la ira, aquél
la frustración.
Y el niño y el
anciano recibieron con sorpresa las dádivas, las miradas compasivas, los
saludos de los viandantes. En cierta ocasión que erraban por un sendero de la
campiña fruyéndose en los colores, contemplaron un grupo de jóvenes que parecía
mantenían una amena conversación entre ellos, a no ser uno con cara fosca y
mirada algo taimada que se hallaba unos metros apartado de los demás. Aquel
joven dirigía su vista desde su chaqueta azul hasta la chaqueta verde de otro
joven; daba la impresión de que estaba comparando las dos tonalidades, como si
midiera la intensidad de color de cada una de las prendas. De pronto, se
adelantó unos metros, los que le separaban del otro que llevaba la chaqueta
verde, se plantó delante suyo y le espetó: “Dame tu chaqueta, la mía no me
gusta”. Ante aquella petición tan repentina y extraña el otro muchacho se
retrajo un par de pasos hacia atrás al tiempo que instintivamente se agarraba
las mangas de la chaqueta: “No”, le contestó, “Ésta es mía”. “Pero yo la
quiero”, le replicó el otro, “ése color es mejor que el de la mía”, y sin
aguardar más tiempo se abalanzó con violencia sobre el otro y forcejeó con él
por la posesión de la chaqueta verde; en un cierto instante el agresor se
aferró con fiereza a una manga, tiró de ella con toda la fuerza del mundo y le
desgajó un jirón. Entonces, abrió la mano y contempló el jirón del que se había
apoderado: había perdido su color verde y en su lugar se había vuelto gris, un
gris pálido, triste, mortecino, del tono de la ceniza. Todos los demás jóvenes
se maravillaron, sino el anciano, cuyas mejillas estaban bañadas en lágrimas.
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