Graciela era una niña de ojos de
azul inmenso con la cabeza llena de fantasías; Graciela soñaba cuando dormía y
cuando estaba despierta; a Graciela no le gustaban las escuelas ni los maestros
ni los libros; a Graciela le gustaba soñar o jugar sola con su amiga invisible
que no tenía nombre y que siempre le hacía compañía; Graciela detestaba las
gafas y los correctores de dientes; Graciela disfrutaba mirando las flores de
los jardines y las estrellas del cielo.
Por
las noches solía levantarse de la cama a hurtadillas y contemplar el firmamento
acodada en la ventana y entonces soñaba que podía volar hasta allá arriba desde
donde contemplaba la Tierra, la Luna y el Sol. Así se pasaba dos o tres horas,
cuando no más, mientras se adormecía; luego se acostaba con una sonrisa y
soñaba que se convertía en la estrella más brillante.
Pero
a Graciela la tenían últimamente metida en la cama, porque sufría grandes
dolores en el pecho y el médico le recetaba un jarabe que sabía a mil rayos; le
daban sopas calientes e insípidas y le ponían inyecciones. A veces, cuando se
sentía mejor, la dejaban sentarse en una silla junto a la ventana, pero no la
dejaban asomarse a la calle y en casa se aburría mucho; echaba de menos las
flores. Ella los engañaba a todos y se levantaba siempre a medianoche para
observar las estrellas junto a su amiga invisible. Graciela había puesto un
mote a algunas de ellas y se lo decía a su amiga para que guardara el secreto:
a una la llamaba “frambuesa”, a otra “lunar blanco”, a otra “titilosa” porque
nunca paraba de titilar.
Una
mañana se sintió peor que otras veces y vomitó entre las sábanas; creyó que la
iban a reñir y a castigar, pero su madre la acarició, la besó y la arropó con
otras sábanas limpias ¡qué a gusto se sentía cuando su madre la acariciaba y le
decía palabras bonitas! Aquella mañana le daba todo un poco igual, no le
hubiera importado que en vez de mimos le hubiesen pegado ¡cómo le dolía el
pecho! Apenas si podía respirar. A veces abría mucho los ojos para que entrara
el aire por ellos, ya que no entraba por la boca y lo poco que entraba pasaba
por la garganta como si fuera fuego.
Por
la noche vino el médico otra vez. Era simpático y le contaba algunas cosas que
le parecían muy hermosas, pero no le gustaba nada que le recetara aquel jarabe
tan malo, y menos todavía las inyecciones, porque le dejaban la nalga dolorida
durante un buen trato.
Cuando
llegaba la noche su padre solía sentarse a la cabecera y le contaba un cuento.
Aquella vez le contó uno sobre una tal Alicia, a la que le pasaban cosas muy
raras; y soñó después que le pasaban a ella. Precisamente en aquella ocasión no
pudo levantarse a ver las estrellas, se sentía muy débil y casi no podía ni
moverse en la cama; se quejó a su amiga, pero ésta no quiso escucharla, así que
se durmió un poco triste y tuvo pesadillas y sudaba mucho y despertaba a cada
rato y su madre le quitaba el sudor de la frente con un trapo y la cubría con
la manta cuando se destapaba.
El
día siguiente lo pasó casi sin moverse, muy cansada, con los párpados cerrados
y, cuando los abría, veía la habitación borrosa. A la hora de comer no pudo
tragar ni la sopa ni el puré; le daban arcadas y le caía la baba como a los
niños pequeños; ella se enfadaba consigo misma, porque era mayor y a los
mayores no se les cae la baba.
Una
tarde la visitó una tía suya a la que quería mucho, porque jugaba con ella y la
dejaba hacer muchas cosas que sus padres no la dejaban. Se puso muy contenta y
estuvieron jugando al parchís, a la oca, a las cartas… Pero su madre le dijo
que ya era hora de dormir, que, si no, mañana iba a estar muy cansada. Graciela
no quería dormirse, pues tenía miedo de despertar y que su tía no estuviera
allí; pero ella prometió que volvería si se dormía pronto y, para que no
tuviera pesadillas, le iba a contar un cuento. Graciela le dijo que le contara
uno sobre las estrellas. Su tía se rascó la barbilla pensando cuál podría ser y
se le ocurrió uno. No era muy bonito, pero Graciela se durmió pronto. Cuando
despertó a la mañana siguiente, se molestó un poco porque recordaba el
principio del cuento y no sabía cómo había terminado.
Unos
días después seguía en la cama sin poder levantarse y estaba harta de tener que
pasarse todo el tiempo allí metida, pero su madre la regañaba cada vez que la
pillaba descalza por el pasillo o junto a la ventana, mirando el cielo. Si
estaba nublado, imaginaba muchas formas en las nubes y se le ocurría hacer
carreras con ellas: ella escogía una nube para sí y su amiga invisible escogía
otra; si perdía, ponía morros y le contaba a su amiga que la otra había hecho
trampa y que era más grande y que la suya estaba malita como ella y que su
madre no la dejaba corretear con el resto de las nubes.
Una
mañana que notó mucho frío al despertar presintió que había nevado fuera.
Corrió a la ventana y descorrió los visillos, levantó la persiana y vio la
calle cubierta de nieve. Se puso muy contenta al observarlo todo blanco y
pensaba que su madre la iba a dejar salir por fin. Imaginaba que hacía muchos
muñecos y les ponía nombres, incluso se imaginó que hacía una gran estrella de
nieve, que volaría con ella encima, como si fuera un caballo. Pero su mamá la
regañó, porque la había encontrado descalza asomada a la ventana, y le mandó
acostarse y estarse quieta.
Se
pasó todo el día muy triste y por la tarde tosió mucho y echaba espumarajos por
la boca y le costaba mucho respirar y a veces creía que se ahogaba. Y, a pesar
de los dolores que sentía en el pecho, se fijó en cómo su mamá se daba la
vuelta para que no la viera, pero sí que la vio, reflejada en un espejo: estaba
llorando; nunca había visto a su madre llorar y eso la apenó todavía más.
Graciela quería decirle a su mamá que no llorara, que ella estaba bien y que se
iba a poner buena muy pronto, pero apenas podía respirar y no le salían las palabras.
Por la noche
se desveló y quiso llamar a su padre, que le contara un cuento, pero seguía sin
salirle la voz. Entonces soñaba que una estrella muy brillante le hacía
compañía y que la acariciaba y que le susurraba algo, pero no entendía bien lo
que decía. Intentó abrir los ojos para verla mejor, pero los párpados pesaban
tanto… Quiso subir a ella con su amiga invisible, pero su amiga no estaba allí.
Sintió que la habían dejado sola y tuvo mucho miedo, porque a Graciela no le
gustaba quedarse sola, aunque tuviera una estrella muy grande sólo para ella.
¡Pobre
Graciela! A la mañana siguiente ya no despertó: una estrella se la había
llevado al cielo.
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