Después
de tantos años postrada en cama por culpa de una dolencia desconocida, Anabel
se había acostumbrado a vivir desde su trono de colchas y sábanas rodeada de
libros de misterio, de mandos a distancia, de productos inservibles que se
anunciaban en la televisión, de galletas, pastas, licores y de un gato de fea
apariencia a quien tenía un aprecio especial. A Anabel ya casi nada la molestaba:
ni la parálisis de sus piernas ni el débil curso de su corazón ni la aguda
asfixia que le producía el asma. Vivía mejor que cuando se dedicaba a limpiar
escaleras en los edificios de los ricos o cuando mendigaba para aumentar su
peculio; ahora disfrutaba de su propia enfermera y, lo que era más importante,
de su propia vida para hacer de ella cuanto pudiere, eso sí, desde su púlpito
donde la retenía aquella rara enfermedad.
El
mayor problema de Anabel era su carácter, un carácter arisco, huraño y
vengativo; trataba a todos como si fueran la escoria que se tira en cualquier
parte, siempre pensando en ella y obviando la dependencia ajena. Así fue cómo
poco a poco las visitas se redujeron después de los primeros meses o cómo su
asistenta cambiaba una y otra vez de nombre. La última se llamaba Estela y era
una joven de no más de treinta años, desenvuelta, alegre y sufridora; pero
Anabel sospechaba algo misterioso en ella y cuando podía la hacía irritar con “tráeme
la comida”, “la ropa está fría caliéntala”, “ahora está muy caliente”, “pues no
me apetece sopa, tráeme carne” y así sucesivamente. Estela no solía inmutarse a
pesar de las vueltas que tenía que
dar de un lado a otro de la habitación limpiando el polvo donde no había, sólo
porque Anabel decía que sí, ni tampoco cuando la enferma cogía alguna de sus
rabietas por una insignificancia e insultaba a diestro y siniestro, maldecía y tiraba
las cosas que estuvieren a su alcance.
A
veces Estela recibía a un novio suyo en el salón a escondidas, porque Anabel no
quería que visitaran a nadie en su casa y mucho menos a su cuidadora. Así que
Juan y Estela hablaban callandito, si hablaban, o permanecían durante horas susurrando,
mirándose o en silencio. Pero la enteca bruja se las arreglaba, no se sabe
cómo, para oír los susurros e intuir la presencia de un extraño; entonces
llamaba a Estela, se encolerizaba y la amenazaba si volvía a repetirse.
En
cierta ocasión en que Estela limpiaba la mesilla del cuarto, encontró entre
unos papeles una nota de la enferma en que acusaba a su enfermera de intentar
envenenarla. Aunque se asustó un tanto por la sorprendente acusación, dejó el
papel en el mismo sitio y salió de la habitación con los ojos ardorosos. Estuvo
todo el día con las lágrimas a punto de salir y sólo entró en casos contados. Se
lo dijo a su novio, Estela siempre le contaba cosas a Juan, y éste la
tranquilizó como pudo con arrumacos y besuqueos; le aconsejaba que dejara el
trabajo y que se fuera de aquella casa cuanto antes, que de lo contrario acabaría
tan irascible como la vieja o quizás loca. Pero ella quería estar allí, en su
puesto, para eso había estudiado y era lo que le gustaba.
A
veces Anabel le pedía libros de medicina, porque no se fiaba de los fármacos
que le daban y se pasaba las noches leyéndolos y releyéndolos, tomando notas y
apuntes y comparando unos síntomas con otros. Incluso le pedía que le llevara
algún medicamento que no había recetado el médico, obviamente sin resultado.
Cuando
Anabel sufrió un grave ataque al corazón tras la cena, Estela estuvo a punto de
dejarla morir, pero sólo fueron un par de segundos; acabó siendo su ángel
protector, incluso la mimó en los días siguientes con la esperanza de que
cambiase la actitud y se mostrara más amable. Anabel le achacó la culpa del
paro cardíaco alegando que había intentado envenenarla una vez más y que no
había llamado al médico para que no se enterara. La verdad es que no sólo había
acudido una ambulancia, sino que incluso había estado ingresada en el hospital,
pero de todo aquello Anabel no recordaba nada o fingía no recordarlo. Desde entonces Anabel exigió a Estela que
probara la comida y la bebida delante suyo.
Juan
veía a su compañera cada vez más cabizbaja, más desganada. Pensó que era el
cansancio e insistió en que abandonara el trabajo, pero Estela estaba
convencida de que los enfermos tenían el derecho a ser atendidos en todo
momento por muy antipáticos y absorbentes que fuesen. Juan le replicaba que no
se dejara intimidar por sus amenazas y Estela le decía que no ocurría tal cosa,
que ella sabía lo que era correcto y lo que no, que en el fondo se comportaba
de esa forma porque se sentía sola y desamparada.
Anabel
la trataba peor cada día, sobre todo desde que la golpeó en la espalda y la
abofeteó en sus mejillas cuando, al ir a limpiarle las heces, pues Anabel tenía
incontinencias, un alfiler que Estela tenía en la bata la pinchó en un brazo.
Estela asumió los golpes como si los mereciera. Una mañana de mucho frío la
vieja bruja se desgañitó en llamar a Estela, pero esto no aparecía ni daba
señales de aparecer, así que agarró el teléfono y llamó a la policía. Cuando
éste llegó a la casa encontraron a la enfermera tumbada en el sofá del salón
completamente dormida: se encontraba flaca, desgreñada, pálida y fría. La
llevaron al hospital y allí murió de alguna dolencia que los médicos no
acertaron a puntualizar. A Anabel le pusieron otra enfermera con más experiencia
y tan gruñona como la misma enferma. Según declaración de Juan a la policía
Estela no comía, no bebía, no dormía y trabajaba constantemente alerta y en
tensión.
La
noche de la tormenta la nueva enfermera recibió una llamada en la que le
comunicaban que era requerida en su residencia familiar. No dudó en desamparar
a la enferma, la cual protestó y refunfuñó hasta perder de vista a la gorda
sanitaria. Anabel tenía un pavor desmesurado a los rayos y a los truenos, por
lo que se enroscó entre las sábanas como la víbora sobre sí. Para colmo la
electricidad se ausentó al caer un árbol sobre el tendido. Se sobresaltó un
tanto, pues a la vieja le asustaba la oscuridad desde niña. Entonces quiso asir
el teléfono a fin llamar a urgencias, pero se atemorizó al comprobar que no
daba línea.
De
pronto imaginó que todo aquello no era casualidad, que estaba preparado, y
examinó atentamente si había luz en las farolas de la calle: vio que a través
de las rendijas de la persiana penetraba una luz difusa. Comenzó a sudar, a
faltarle aire en los pulmones y a temblar de nerviosismo: pensó que alguien
pretendía asesinarla, tal vez el novio de Estela. Palpó la mesilla sin conocer
muy bien lo que había encima de ella y al hacerlo tiró involuntariamente la
lámpara; el ruido del chascar la bombilla la excitó aun más y empezó a gritar y
a pedir socorro, pero su voz salía confusa y afónica.
Escuchó
pasos afuera, en el jardín, acercándose a la puerta con lentitud, como si se
acercaran con la premeditación de delinquir sin ser descubierto. Eran pasos de
hombre, estaba segura, pasos de Juan que venía a matarla por lo de Estela. Intentó
levantarse con la ayuda de los brazos, pero su cuerpo resonó seco cuando lo
recibió el suelo de madera. Escuchó el ronroneo de su gato en la cocina; era el
ronroneo que producía cada vez que alguien visitaba la casa, por eso sabía
cuándo Estela recibía a su novio.
Anabel
se arrastró con gran dificultad hacia la ventana, quería abrirla y pedir
auxilio desde ella, mas el cierre se había encasquillado y no encontraba el
modo de solucionarlo. Y los pasos llegaban a la puerta de la entrada: llamaron
a ella, Anabel callaba. Luego oyó el chirrido de la hoja moverse sobre sus
goznes y los pasos adentrándose sigilosos, acercándose más y más, recorriendo
la casa entera con parsimonia y paciencia. Anabel no acertaba a reaccionar ni
atinaba a cerrar la boca abierta de par en par ni los ojos desencajados de su
sitio. Los pasos se dirigían hacia su cuarto cada vez más nítidos, llegaban a
él, estaban cerca, más cerca, a punto de llegar; vio la luz de una linterna colarse
por debajo de la puerta. A Anabel se le cerró el corazón, notaba que se le iba
la vida, que los pulmones se paraban. Una sombra abrió la puerta, miró la cama
vacía y volvió a cerrarla tras de sí. Anabel notó cómo la muerte le sobrevenía
al tiempo que la sombra la llamaba: “¡Señora! ¿Dónde está? Soy yo, la enfermera”.
Fuera, el poste de teléfono yacía en el suelo cortado por un mal rayo y un
camión de reparaciones de la compañía de teléfonos esperaba junto a él con las
luces de los faros iluminando a los trabajadores.
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