Una anciana invidente sentada
frente al televisor encendido, como si pudiera ver, descansa sus hueros ojos en
la noche eterna. Un joven entra en la sala de puntillas, porque no quiere ser
advertido, y se dirige a la puerta de salida.
-¿Quién es? ¿Eres tú, Rodrigo?
-¿Cómo lo has sabido, abuela?
-Soy ciega, no sorda. ¿A dónde
vas? ¿Te escapas otra vez? Si tu madre
llegara a saber a dónde vas todas las noches… No sé qué vas a conseguir con
tanto estudiar.
-En la escuela nocturna aprendo
leyes, abuela.
-¡Qué leyes ni qué niño muerto!
Lo que tienes que hacer es aprovechar ese cuerpo que Dios te ha dado y meterte
a puto.
-Eso no es para mí. Prefiero
estudiar una carrera; me gustaría llegar a ser notario. Me asquea la
promiscuidad en el sexo.
-¡Ay, si te oyera tu madre!
-Mi madre está muy ocupada
follando a diestro y siniestro.
-No seas mal hablado y mucho
menos de tu madre, que ya tiene bastante la pobre con mantener fresco el
marisco para no perder clientela. Ya ves, treinta años al pie del cañón y
parecer una moza de lo joven que está.
-¿Tú que sabes, si no la puedes
ver?
-No lo necesito; me basta con
olerla.
-Huele a colonia de barrio.
-Lo que huele es a macho. Tres o
cuatro polvos siempre caen por noche. Esta misma mañana llegó exhausta: seis
seguidos, uno tras otro. En mis tiempos por ahí andábamos todas, pero durábamos
menos; a los diez años ya éramos tan adefesios que con tres o cuatro a la
semana íbamos bien servidas. Tu madre, la santa de tu madre, sigue en la brecha
después de treinta años. Ya ves, si alguien te llama hijo de puta, tú con la
cabeza bien alta.
Entonces
el jovenzuelo irguió la espalda, levantó la mirada y con gesto hierático
abandonó la sala.
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