sábado, 18 de mayo de 2013

Cuestión de lógica


Una anciana invidente sentada frente al televisor encendido, como si pudiera ver, descansa sus hueros ojos en la noche eterna. Un joven entra en la sala de puntillas, porque no quiere ser advertido, y se dirige a la puerta de salida.

-¿Quién es? ¿Eres tú, Rodrigo?
-¿Cómo lo has sabido, abuela?
-Soy ciega, no sorda. ¿A dónde vas? ¿Te escapas otra vez?  Si tu madre llegara a saber a dónde vas todas las noches… No sé qué vas a conseguir con tanto estudiar.
-En la escuela nocturna aprendo leyes, abuela.
-¡Qué leyes ni qué niño muerto! Lo que tienes que hacer es aprovechar ese cuerpo que Dios te ha dado y meterte a puto.
-Eso no es para mí. Prefiero estudiar una carrera; me gustaría llegar a ser notario. Me asquea la promiscuidad en el sexo.
-¡Ay, si te oyera tu madre!
-Mi madre está muy ocupada follando a diestro y siniestro.
-No seas mal hablado y mucho menos de tu madre, que ya tiene bastante la pobre con mantener fresco el marisco para no perder clientela. Ya ves, treinta años al pie del cañón y parecer una moza de lo joven que está.
-¿Tú que sabes, si no la puedes ver?
-No lo necesito; me basta con olerla.
-Huele a colonia de barrio.
-Lo que huele es a macho. Tres o cuatro polvos siempre caen por noche. Esta misma mañana llegó exhausta: seis seguidos, uno tras otro. En mis tiempos por ahí andábamos todas, pero durábamos menos; a los diez años ya éramos tan adefesios que con tres o cuatro a la semana íbamos bien servidas. Tu madre, la santa de tu madre, sigue en la brecha después de treinta años. Ya ves, si alguien te llama hijo de puta, tú con la cabeza bien alta.

                Entonces el jovenzuelo irguió la espalda, levantó la mirada y con gesto hierático abandonó la sala.

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