Ligero de peso, pues que tenía
las carnes enjutas y livianas por sus muchos agujeros, avanzaba por la calle
que llaman De la Concordia, el pie izquierdo barriendo el suelo, pues lo
arrastraba inútil por culpa de un accidente de hacía un par de años, en el que
se le rompieron los huesos, los músculos y hasta los tendones. A la altura de
Marquitos tomó dirección Ayuntamiento, que está en la plaza de Arrellaneda.
Aparcó su escuálido esqueleto en los soportales de la consistorial, acomodando
sus reales en el real suelo, luego de doblar a duras penas las débiles
rodillas. Adosó la espalda a la pared, cerró los ojos y se dispuso a dormitar.
Carraspeó un tanto para aclararse la garganta, de modo que la respiración no se
le hiciera harto trabajosa, y se abandonó al sueño plácido. A su lado se tumbó
un perro de menguada figura, aspecto hambrón y hocico repelente; se lamió el
costado, seguramente para aliviar el escozor de alguna pulga indigesta, y dejó
caer la cabeza sobre una pata.
La
noche era tranquila, sin barullos de gentes, sin ruidos de motores, como casi
todas las noches del año. A esa hora, la sexta de la madrugada, en Siféride
siempre había calma, tan sólo interrumpida por algún borracho, algún
trasnochador. Llovía. El frío se podía soportar, no es tan intenso como en los
campos castellanos.
Pocas
fuerzas iba a poder reponer el vagabundo, porque no habían pasado dos horas y
ya alguien le zarandeaba para despertarlo. El perro fue el primero en
espabilar, en ladrar con desafuero y en echar a correr con un grito agudísimo
de sorpresa y dolor al recibir un puntapié. “Vamos, gamberro; despierta de una
vez”. Pues que no acababa de despejarse, de abrir los ojos o de reaccionar, el
menguado cuerpo del pordiosero fue izado en volandas por cuatro robustos
brazos, con el único fin de apartarlo de la entrada, ya que el pobre hombre
había ido a reposar justo ante la puerta. Cuando lo volvieron a tumbar en el
suelo, uno de los fortachones se inquietó un tanto. “Oye, tío; éste no
respira”. “¿Pero qué dices, hombre?”. “Mira; ni respira ni se mueve”. El
incrédulo le quiso tomar el pulso, apretando levemente los dedos sobre la
carótida. “Pues es cierto; el tío está muerto”. “¿Y qué hacemos ahora”. “Habrá
que avisar a alguien”. “Lo llevamos al ambulatorio y que se ocupen de él”. Dudó
un instante el otro, pero no tardó en asentir la idea. Subieron el cadáver al
coche de uno de ellos y, como estaba acordado, lo llevaron al ambulatorio.
“¿Y
qué queréis que hagamos con esto?, preguntó indignado el médico de guardia. “¿Y
qué vamos a hacer nosotros con él?”. “Pues lo que es aquí no se queda ¿faltaría
más! Así que ¡hala! a cargarlo de nuevo en el coche y con viento fresco”. “¿Qué
vamos a hacer ahora?”, preguntó uno de los funcionarios, una vez dispuesto el
fiambre en la parte de atrás del automóvil y sentados los otros dos en la de
delante. “No sé, chico; no se me ocurre nada”. “Pues algo habrá que hacer”.
“Estoy bloqueado”. “¡A la Guardia Civil! Que ellos se las arreglen”. “¿Maldita
sea! La que nos ha caído. Y encima, mira; estoy chorreando. Y ya verás cómo
tampoco quieren saber nada, pues menudos son ellos”. “Pues lo dejamos en donde
lo encontramos y en paz”. “¿Sabes si tenía familia?”. “Sé lo mismo que todos”.
“Pues vamos apañados”.
Atravesaron
la barriada de Colombres y llegaron, por fin, al cuartel. Al mismo tiempo, como
si hubiera una sincronización pactada de antemano, cesó la lluvia. Bajaron del
coche, se fijaron en la puerta, cerrada, y dudaron en seguir hacia ella.
“¿Llamamos o qué?”. “No sé. ¿Y si no hay nadie?”. “¿En un cuartel de la Guardia
Civil?”. “Toca el claxon, a ver si asoma alguien”. Abrió la puerta del coche y
golpeó en el centro del volante tres veces; por tres veces un estrépito molesto
salió del capó como un rugido celeste a punto de arrojar toda su cólera sobre
el plante. Esperaron unos segundos y aquel hombre fornido volvió a repetir la
estridente llamada. El otro hizo un gesto con los hombros, un gesto de
conformismo, de ignorancia y de incompetencia, todos los tres en un mismo
crisol. “Pues tiene que haber alguien dentro”. En lo alto de las escaleras la
puerta giró en los goznes y apareció la figura desgarbada y somnolienta de un
uniformado. “¿Qué pasa?”, inquirió de mal humor, “¿Se ha muerto alguien?”.
“Pues, sí”. “Menos coña, que no está el horno para bollos”. “A nosotros nos lo
va a decir, que llevamos media hora paseando a un muerto en el coche. Ahí
dentro está”. “¿Y de dónde lo habéis sacado?”. “Estaba en el Ayuntamiento”.
¿Quién es?”. “El mendigo ése que andaba por ahí con un perro. ¿No se da cuenta?
Sí, hombre”. “¡Ah, ya! El que dicen que se volvió majara de tanto escuchar
estupideces”. “Pues ése será”. “¿Y de qué ha muerto?”. “No sé; de frío,
supongo. Estaba muerto cuando llegamos”. “Bueno; pues si no hubo delito, ¿a qué
fin me lo traéis?”. “¿Y a dónde lo vamos a llevar? En el ambulatorio tampoco
quieren saber de él”. “¿Y por eso me lo queréis cargar a mí? Anda y que os
zurzan”. El sargento cerró tras sí la puerta. Los dos funcionarios se miraron
sin decir nada. Se sentaron en el interior del coche, pusieron en marcha el
motor y quien conducía preguntó: “¿A dónde?”. “El cura sabrá lo que hay que
hacer. Se lo endilgamos y Santas Pascuas; que se las ventile con el cuerpo”.
No
tardaron más de diez minutos en pulsar el timbre de la puerta. Como nadie daba
muestras de vida, reiteraron en la llamada repetidas veces hasta que, pasados
unos minutos, apareció la figura eclesiástica. “¿Qué horas son éstas de andar
por ahí?”. “Perdone usted lo intempestivo, pero es que tenemos un problema”. “ ¿Tan
grave que no puede aguardar?”. “Y más todavía”. “Pues ¡ea! Largando, que es
gerundio”. “Resulta que nos hemos encontrado un muerto”. “¡Hala, hala! ¿Qué
modo de hablar es ése? ¿Cómo que os habéis encontrado un muerto? Los muertos no
andan por ahí esperando que sean encontrados”. “Pues éste sí”. “¿Y quién es?”.
“El vagabundo del perro, ¿recuerda? El que se volvió loco, que era amigo de
aquel otro que se creía algo importante y que no era más que un botarate”. “Sí,
sí; ya sé quién es. ¿Y qué queréis que haga yo?”. “Pues como nadie lo quiere…”.
“En el redil del Señor no tiene cabida el lobo. Ese vagabundo no ha pisado la
iglesia desde que lo conozco, así que después de muerto que se vaya al
Infierno”. Dio un portazo de enojo y rabia. Ya los dos funcionarios se
quedaron, según se suele decir, con un palmo de narices. Se miraron un
instante, volvió a reanudarse la lluvia y entraron en el coche. “¿Y ahora
qué?”. “Esperamos al alcalde y Sanseacabó”.
Aparcaron
enfrente de la consistorial y aguardaron pacientemente a que apareciera el
preboste del Ayuntamiento. “Los demás ya debieron de haber llegado”, dijo al
poco uno. “Se nota que no nos han echado en falta”. “Vete tú a saber. Lo mismo
han ido a buscarnos a casa. Con tal de hacer fiesta… No como nosotros.
Deberíamos entrar y esperar dentro”. “¿A qué te refieres?”. “¡Coño! ¿A qué va a
ser? Que si seguimos así nos tenemos que quedar con él”. “Como no lo reclame el
perro…”.
En
tales divagaciones transcurrieron los horas primeras de la mañana. La gente
pasaba al lado del coche y miraban a aquellos dos sentados dentro sin hacer ni
decir nada, y ponían cara como de que habían perdido lo chaveta. Pero ellos, ni
inmutarse. A eso del mediodía apareció por fin el alcalde. El conductor se apeó
veloz del coche, más lentamente su acompañante, y le dieron una voz. “¡Eh,
señor alcalde! ¡Aquí! Que tenemos un bulto”. “¿Quiénes sois vosotros? ¡Ah! Ya
veo. ¿Qué mosca os ha picado esta vez?”. “Que en el coche tenemos al vagabundo
ése que andaba por ahí despiojándose”. “¿Os habéis metido ahora a
samaritanos?”. “Es que lo hemos encontrado ahí mismo, cabe la puerta, muerto”.
“Será broma”. “Muy serio. El pobre estaba tieso como un carámbano. Se ve que
murió de frío”. “¿Y a mí a qué me venís con ésas?”. “Que nadie se quiere hacer
cargo de él”. “Pues hoy no es día de andar con tonterías, que estamos muy
ocupados. No sé qué podéis hacer con él”. “Ya no queda donde llevarlo”. “Tenéis
el día libre. Encargaos del muerto y no molestéis más”. “Pero, ¿qué hacemos?”.
“Buscarle asilo”. Les dio la espalda y se metió en la casa, dejándoles con la
boca abierta y la palabra a medio salir. Hartos ya de tanta insensatez, de
tanto deambular con el cadáver a cuestas, los dos operarios decidieron
deshacerse de él. “Cogemos el coche, nos plantamos en el El Socarral y sin que nadie nos vea lo
arrojamos al río”, dijo uno de ellos. “¿Y cuando lo encuentren?”. “Allá el
desgraciado ése, que maldita la gracia que me hace andar con el muerto arriba y
abajo”.
Sin
más se subieron al vehículo, pusieron dirección al mencionado lugar y, una vez
aparcado el automóvil convenientemente disimulado a la vista ajena, descargaron
el paquete de huesos enmohecidos y lo arrojaron a la orilla del río, como quien
tira una bolsa de basura o un conejo muerto.
Varios
días después hallaron al pobre vagabundo. El forense remitió su análisis a la
correspondiente competencia, en el que daba como causa mortal el ahogamiento. A
la vista de los sucesos el juez dictaminó que se había suicidado. No hubo
responso, indagaciones ni comentarios; tal vez alguien haya mencionado el
nombre Enrique, el poeta, pero, de ser cierto, nadie oyó nada ni tampoco se
acordaron de él, de aquel hombre solitario que paseaba a solas por la calle y
del que se mofaban sus munícipes.
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