viernes, 10 de mayo de 2013

El rey anónimo


Ligero de peso, pues que tenía las carnes enjutas y livianas por sus muchos agujeros, avanzaba por la calle que llaman De la Concordia, el pie izquierdo barriendo el suelo, pues lo arrastraba inútil por culpa de un accidente de hacía un par de años, en el que se le rompieron los huesos, los músculos y hasta los tendones. A la altura de Marquitos tomó dirección Ayuntamiento, que está en la plaza de Arrellaneda. Aparcó su escuálido esqueleto en los soportales de la consistorial, acomodando sus reales en el real suelo, luego de doblar a duras penas las débiles rodillas. Adosó la espalda a la pared, cerró los ojos y se dispuso a dormitar. Carraspeó un tanto para aclararse la garganta, de modo que la respiración no se le hiciera harto trabajosa, y se abandonó al sueño plácido. A su lado se tumbó un perro de menguada figura, aspecto hambrón y hocico repelente; se lamió el costado, seguramente para aliviar el escozor de alguna pulga indigesta, y dejó caer la cabeza sobre una pata.

                La noche era tranquila, sin barullos de gentes, sin ruidos de motores, como casi todas las noches del año. A esa hora, la sexta de la madrugada, en Siféride siempre había calma, tan sólo interrumpida por algún borracho, algún trasnochador. Llovía. El frío se podía soportar, no es tan intenso como en los campos castellanos.

                Pocas fuerzas iba a poder reponer el vagabundo, porque no habían pasado dos horas y ya alguien le zarandeaba para despertarlo. El perro fue el primero en espabilar, en ladrar con desafuero y en echar a correr con un grito agudísimo de sorpresa y dolor al recibir un puntapié. “Vamos, gamberro; despierta de una vez”. Pues que no acababa de despejarse, de abrir los ojos o de reaccionar, el menguado cuerpo del pordiosero fue izado en volandas por cuatro robustos brazos, con el único fin de apartarlo de la entrada, ya que el pobre hombre había ido a reposar justo ante la puerta. Cuando lo volvieron a tumbar en el suelo, uno de los fortachones se inquietó un tanto. “Oye, tío; éste no respira”. “¿Pero qué dices, hombre?”. “Mira; ni respira ni se mueve”. El incrédulo le quiso tomar el pulso, apretando levemente los dedos sobre la carótida. “Pues es cierto; el tío está muerto”. “¿Y qué hacemos ahora”. “Habrá que avisar a alguien”. “Lo llevamos al ambulatorio y que se ocupen de él”. Dudó un instante el otro, pero no tardó en asentir la idea. Subieron el cadáver al coche de uno de ellos y, como estaba acordado, lo llevaron al ambulatorio.

                “¿Y qué queréis que hagamos con esto?, preguntó indignado el médico de guardia. “¿Y qué vamos a hacer nosotros con él?”. “Pues lo que es aquí no se queda ¿faltaría más! Así que ¡hala! a cargarlo de nuevo en el coche y con viento fresco”. “¿Qué vamos a hacer ahora?”, preguntó uno de los funcionarios, una vez dispuesto el fiambre en la parte de atrás del automóvil y sentados los otros dos en la de delante. “No sé, chico; no se me ocurre nada”. “Pues algo habrá que hacer”. “Estoy bloqueado”. “¡A la Guardia Civil! Que ellos se las arreglen”. “¿Maldita sea! La que nos ha caído. Y encima, mira; estoy chorreando. Y ya verás cómo tampoco quieren saber nada, pues menudos son ellos”. “Pues lo dejamos en donde lo encontramos y en paz”. “¿Sabes si tenía familia?”. “Sé lo mismo que todos”. “Pues vamos apañados”.

                Atravesaron la barriada de Colombres y llegaron, por fin, al cuartel. Al mismo tiempo, como si hubiera una sincronización pactada de antemano, cesó la lluvia. Bajaron del coche, se fijaron en la puerta, cerrada, y dudaron en seguir hacia ella. “¿Llamamos o qué?”. “No sé. ¿Y si no hay nadie?”. “¿En un cuartel de la Guardia Civil?”. “Toca el claxon, a ver si asoma alguien”. Abrió la puerta del coche y golpeó en el centro del volante tres veces; por tres veces un estrépito molesto salió del capó como un rugido celeste a punto de arrojar toda su cólera sobre el plante. Esperaron unos segundos y aquel hombre fornido volvió a repetir la estridente llamada. El otro hizo un gesto con los hombros, un gesto de conformismo, de ignorancia y de incompetencia, todos los tres en un mismo crisol. “Pues tiene que haber alguien dentro”. En lo alto de las escaleras la puerta giró en los goznes y apareció la figura desgarbada y somnolienta de un uniformado. “¿Qué pasa?”, inquirió de mal humor, “¿Se ha muerto alguien?”. “Pues, sí”. “Menos coña, que no está el horno para bollos”. “A nosotros nos lo va a decir, que llevamos media hora paseando a un muerto en el coche. Ahí dentro está”. “¿Y de dónde lo habéis sacado?”. “Estaba en el Ayuntamiento”. ¿Quién es?”. “El mendigo ése que andaba por ahí con un perro. ¿No se da cuenta? Sí, hombre”. “¡Ah, ya! El que dicen que se volvió majara de tanto escuchar estupideces”. “Pues ése será”. “¿Y de qué ha muerto?”. “No sé; de frío, supongo. Estaba muerto cuando llegamos”. “Bueno; pues si no hubo delito, ¿a qué fin me lo traéis?”. “¿Y a dónde lo vamos a llevar? En el ambulatorio tampoco quieren saber de él”. “¿Y por eso me lo queréis cargar a mí? Anda y que os zurzan”. El sargento cerró tras sí la puerta. Los dos funcionarios se miraron sin decir nada. Se sentaron en el interior del coche, pusieron en marcha el motor y quien conducía preguntó: “¿A dónde?”. “El cura sabrá lo que hay que hacer. Se lo endilgamos y Santas Pascuas; que se las ventile con el cuerpo”.

                No tardaron más de diez minutos en pulsar el timbre de la puerta. Como nadie daba muestras de vida, reiteraron en la llamada repetidas veces hasta que, pasados unos minutos, apareció la figura eclesiástica. “¿Qué horas son éstas de andar por ahí?”. “Perdone usted lo intempestivo, pero es que tenemos un problema”. “ ¿Tan grave que no puede aguardar?”. “Y más todavía”. “Pues ¡ea! Largando, que es gerundio”. “Resulta que nos hemos encontrado un muerto”. “¡Hala, hala! ¿Qué modo de hablar es ése? ¿Cómo que os habéis encontrado un muerto? Los muertos no andan por ahí esperando que sean encontrados”. “Pues éste sí”. “¿Y quién es?”. “El vagabundo del perro, ¿recuerda? El que se volvió loco, que era amigo de aquel otro que se creía algo importante y que no era más que un botarate”. “Sí, sí; ya sé quién es. ¿Y qué queréis que haga yo?”. “Pues como nadie lo quiere…”. “En el redil del Señor no tiene cabida el lobo. Ese vagabundo no ha pisado la iglesia desde que lo conozco, así que después de muerto que se vaya al Infierno”. Dio un portazo de enojo y rabia. Ya los dos funcionarios se quedaron, según se suele decir, con un palmo de narices. Se miraron un instante, volvió a reanudarse la lluvia y entraron en el coche. “¿Y ahora qué?”. “Esperamos al alcalde y Sanseacabó”.

                Aparcaron enfrente de la consistorial y aguardaron pacientemente a que apareciera el preboste del Ayuntamiento. “Los demás ya debieron de haber llegado”, dijo al poco uno. “Se nota que no nos han echado en falta”. “Vete tú a saber. Lo mismo han ido a buscarnos a casa. Con tal de hacer fiesta… No como nosotros. Deberíamos entrar y esperar dentro”. “¿A qué te refieres?”. “¡Coño! ¿A qué va a ser? Que si seguimos así nos tenemos que quedar con él”. “Como no lo reclame el perro…”.

                En tales divagaciones transcurrieron los horas primeras de la mañana. La gente pasaba al lado del coche y miraban a aquellos dos sentados dentro sin hacer ni decir nada, y ponían cara como de que habían perdido lo chaveta. Pero ellos, ni inmutarse. A eso del mediodía apareció por fin el alcalde. El conductor se apeó veloz del coche, más lentamente su acompañante, y le dieron una voz. “¡Eh, señor alcalde! ¡Aquí! Que tenemos un bulto”. “¿Quiénes sois vosotros? ¡Ah! Ya veo. ¿Qué mosca os ha picado esta vez?”. “Que en el coche tenemos al vagabundo ése que andaba por ahí despiojándose”. “¿Os habéis metido ahora a samaritanos?”. “Es que lo hemos encontrado ahí mismo, cabe la puerta, muerto”. “Será broma”. “Muy serio. El pobre estaba tieso como un carámbano. Se ve que murió de frío”. “¿Y a mí a qué me venís con ésas?”. “Que nadie se quiere hacer cargo de él”. “Pues hoy no es día de andar con tonterías, que estamos muy ocupados. No sé qué podéis hacer con él”. “Ya no queda donde llevarlo”. “Tenéis el día libre. Encargaos del muerto y no molestéis más”. “Pero, ¿qué hacemos?”. “Buscarle asilo”. Les dio la espalda y se metió en la casa, dejándoles con la boca abierta y la palabra a medio salir. Hartos ya de tanta insensatez, de tanto deambular con el cadáver a cuestas, los dos operarios decidieron deshacerse de él. “Cogemos el coche, nos plantamos en el  El Socarral y sin que nadie nos vea lo arrojamos al río”, dijo uno de ellos. “¿Y cuando lo encuentren?”. “Allá el desgraciado ése, que maldita la gracia que me hace andar con el muerto arriba y abajo”.

                Sin más se subieron al vehículo, pusieron dirección al mencionado lugar y, una vez aparcado el automóvil convenientemente disimulado a la vista ajena, descargaron el paquete de huesos enmohecidos y lo arrojaron a la orilla del río, como quien tira una bolsa de basura o un conejo muerto.
 
                Varios días después hallaron al pobre vagabundo. El forense remitió su análisis a la correspondiente competencia, en el que daba como causa mortal el ahogamiento. A la vista de los sucesos el juez dictaminó que se había suicidado. No hubo responso, indagaciones ni comentarios; tal vez alguien haya mencionado el nombre Enrique, el poeta, pero, de ser cierto, nadie oyó nada ni tampoco se acordaron de él, de aquel hombre solitario que paseaba a solas por la calle y del que se mofaban sus munícipes.

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