No lo querrás
creer, pero ¿a que no adivinas a quién vi esta mañana? ¡A Eloína! Ya sabes, Eloína,
la de Gelín, la hija de Manuela, la sorda. Estaba esperando en la frutería a
que me tocara la vez y se llegó a mí por la espalda y me tocó en el hombro y,
cuando me di la vuelta para ver quién era, ahí estaba Eloína. Hacía la tira que
no nos veíamos, casi no la reconozco de lo cambiada que está; pero, no me
extraña, las debe de estar pasando mal por lo de su cuñada Conchita, que estaba
casada con el hermano mayor de Eloína, Saturnino; te tienes que acordar, ¿cómo
no te vas a acordar? Saturnino, el andaluz lo llamaban, porque no pronunciaba
bien las eses. Bueno; pues a lo que iba. Que todo el mundo la critica; a ella y
a Lidia, la hija, que fue la que la armó gorda con lo de Conchita. ¡Eso no se
hace! ¡Y menos a la familia! Hasta el hermano de Conchita, Juan, cuando le
preguntan cómo murió Conchita, él dice que no murió, que la mataron. Y, claro,
la cosa llegó a los oídos de Eloína y ahora me viene esta mañana a quejarse,
porque Teresa y Adamina andan diciendo por ahí que a Conchita la mató Lidia.
Que no, que no lo dicen ellas, le dije, que eso es cosa de su hermano Juan. Y
la verdad es que no le falta razón, porque Lidia trató a su tía muy mal; yo
creo que Conchita murió de pena. Dos meses, eso fue lo que duró en el
geriátrico al que la llevó. Para ser sinceros, no se merecía menos, por lo mal
que trató a las otras, a Teresa y a Adamina, que cuidaron de ella tanto y, al
final, ya ves, llegó Lidia y se lo llevó todo. No sé cómo pudo haber salido tan
ladina, porque sus hermanos no son así; lo que es Gersán, es un cacho de pan, y
Fernando, un bendito de Dios que no se entera de nada; si hasta la mujer de Fernando
está contra Eloína y Lidia, porque ella ya sabe lo que es eso, que también a
ella le hicieron lo mismo cuando murió su padre. Ya ves, a Teresa y a Adamina
no les dejó ni un mendrugo de pan; y a Juan, el pobre, ni los “buenos días”.
¡Pobre hombre! Con lo mal que lo trató. Conchita, por muy hermana que fuera
suya, le arruinó la vida. Figúrate tú, que si se separó de la mujer fue por
culpa de ella, y cuando se arrimó a la otra, lo mismo. Si lo tenía como un
perro faldero y, claro, así no se le arrimaba ninguna. La verdad, pobre sí que
fue, pero también un calzonazos, que se dejaba manipular por la hermana. ¿Ya te
conté lo suyo con la que le limpiaba la casa? Sí, mujer; ¿cómo no te lo iba a
haber contado? Pues verás. Resulta que Juan ya está muy mayor, debe de ser unos
años primero que Conchita, seguro que tres o cuatro por lo menos, y hay tareas
que no puede hacer en casa, así que contrató a una mujer para que pasara por
allí un par de días a la semana. Un día la invitó a un café, como amigos, y
resulta que se toparon con Teresa en el bar, pero ésta no dijo ni chitón, a lo
suyo, “hola” y “adiós”; ¿qué se le iba a ella que si andaba con esta o aquella
otra? El caso es que un día tropezó en la calle con Lidia y se le escapó
decírselo, sin querer, estaban hablando y se lo contó. Pues verás lo que hizo
la zorra de Lidia; le faltó tiempo para ir hasta el geriátrico a visitar a Conchita:
“Mira a tu hermano, a Juan, que tiene algo de mozuca por ahí, y las otras, la Teresa
y la Adamina, no te dicen nada”, le soltó; y, bueno, la Conchita, que todos
sabemos cómo es: “Será desgraciado; él por ahí con una pelandusca y a mí que me
parta un rayo”. Y eso que Juan la iba a visitar todos los días en autobús, con
lo mal que le sientan los viajes; pero ella, la Conchita, ya sabemos todos de
qué pie cojea, ¿qué le importaría a ella si su hermano andaba con una o con
otra? Toda la vida igual; lo desgració con esa manía de tenerlo bien atado; en
cambio, al otro hermano, a Primo, que ni mira por ella, a ése lo idolatraba:
que si Primo esto, que si Primo lo otro, que si Primo lo de más allá; y el tal Primo,
que si te veo no me acuerdo; no quería saber nada de ella, ni una sola vez la
visitó en vida, y eso que Juan, con quien no se hablaba, lo llamó varias veces
por teléfono cuando se puso tan mala. Pero, la tosca de ella ¡hala! Primo era
un santo y al otro, a Juan, que tanto se preocupó de ella, no le dejó ni un
céntimo, todo para Primo; bueno, para Primo y para Lidia, que bien se la supo
camelar, que consiguió que cambiara el testamento después de que ya estaba todo
firmado. Un día la sacó del geriátrico, “mañana vas a comer con nostras a casa de
mi madre”, le dijo. Y Conchita, tan feliz. Sí, sí; allí le dieron palique y,
después de comer, dijo: “Tía, vamos a hablar”, y eso se lo dijo la misma Conchita
a Adamina. Y hablararon del testamento, que cómo lo tenía escrito, que qué
dejaba qué a quién. Ya sabes, antes de morir Saturnino había hecho un
testamento, y Saturnino dejó bien claro que las fincas del Tomelloso eran para Adamina,
y las del Barañón para Teresa, y que, cuando él muriese, si moría antes que Conchita,
la parte que correspondía a sus hermanos era para ellos. ¡Ya! Ni lo uno ni lo
otro. Murió Saturnino y no se repartió nada, que, al parecer, habían hecho otro
testamento después, y que quedaba todo para Conchita. Y, luego, ella misma hizo
otro, cuando ya estaba viuda, y dejaba las fincas como había dicho Saturnino,
el piso se lo quedaba Juan, con todo lo que había dentro, y para el otro, para Primo,
no sé qué cantidad de dinero, que ya te puedes imaginar que no era poco. Y, al
final, llega Lidia, y se queda con todo. Ahora ya entiendo: cuando tropezábamos
con Eloína por la calle y preguntábamos por Conchita, decía que tenía prisa y
no podía parar a hablar, y escapaba con el rabo entre las piernas: claro,
porque ya estaban en ello y no querían que nadie lo supiera. A mí no me importa
que se hayan quedado con todo, con casi todo, porque a Primo tampoco le fue
mal, que se quedó con el piso; pero, a Eloína y a Lidia... Si eso no se hace, y
menos a la familia. Mira cómo sería que, mientras Conchita estuvo en el primer
geriátrico, Juan la iba a ver todos los días; y Adamina y Teresa, unos días iba
una y otros días iba la otra. Y siempre que llegaban, lo primero iban al
mostrador a preguntar cómo iba Conchita, porque, como tenía esa diabetes tan
mala, tenía que comer algo cada poco tiempo, y, bueno, que ahí controlaban lo
que comía y los niveles de azúcar y todo eso. Y, luego, salían con ella a dar
una vuelta por la calle, a veces, incluso, la llevaban a la peluquería, como
ella era tan “puesta”, siempre andaba por ahí presumiendo, pintada y bien
arreglada. El caso es que llegó Lidia un día y le dijo que si quería ir a vivir
con ella y su marido y su hijo. Conchita vio el cielo abierto, porque no es lo
mismo estar en el geriátrico, aunque estuviera bien cuidada, que en una casa.
Así que llegó una tarde al geriátrico y les dijo a los encargados que se la
llevaba a vivir a su casa, y la sacó de allí. Ya me dirás tú cómo dejaron que
se la llevara, porque, cuando la ingresaron, tuvo que firmar Juan, así que para
sacarla tenía que firmar también él, porque Conchita ya no estaba para ello.
Pero, Lidia la sacó de allí y se la llevó al geriátrico donde trabajaba ella en
la limpieza sin decírselo a nadie. ¡Dos meses! Dos meses duró allí. “Mira,
tía”, le dijo Lidia; “no puedo llevarte a casa, porque yo trabajo casi todo el
día y Jamín sale por ahí y no atiende para nadie, y mi hijo está estudiando,
así que no hay nadie que te pueda atender”. La muy artera. Allí la tuvo
abandonada hasta que se murió. Yo creo que murió de pena, después de darse
cuenta del mal que había hecho: dejar sin nada a Teresa y Adamina, que tanto
trabajaron con ella. Fíjate que, antes de ingresarla en el geriátrico, como
padecía del Párkinson, aunque ella decía que no, pero cogía una cuchara de sopa
y, cuando llegaba a la boca, ya no tenía nada, había caído todo por el camino;
pues eso, caía en casa y, como estaba en los huesos de no comer, porque Conchita
no comía más que un yogur, y no entero; cada poco caía y no podía levantarse,
así que, no sé cómo se las arreglaba, pero conseguía llegar al teléfono y
llamaba a Teresa o a Adamina, y éstas dejaban lo que estuvieran haciendo e iban
a levantarla. Un día, tres veces seguidas llamó a Adamina; a la cuarta, ésta
llamó a Teresa y le pidió que fuera por ella, que tenía que preparar la comida
para los niños y no podía ir más veces. Y mientras tanto, la Lidia sin aparecer.
Tres años, más, estuvieron así; y en tres meses que asomó Lidia, ésta se lo
llevó todo. Y Sarita, la hija de Alvarín, el que tuvo una zapatería en la plaza
de la fuente; tienes que acordarte, estás harta de verlo por ahí. Bueno, da
igual; Sarita trabaja allí, en el geriátrico al que Lidia llevó a su tía; y
decía Sarita que veía a Conchita sentada en un rincón, sola y con la cabeza
gacha. Una vez que la vio caer y se lo dijo a Lidia, ésta contestó “pues que se
levante”, y siguió a lo suyo; como ya había cambiado el testamento... Decía
Sarita que la pobre mujer estaba cada vez más delgaducha y pálida. Normal, en
el primer geriátrico cuidaban de ella, de eso ya se encargaba Juan y Teresa y Adamina,
que para algo la Concha pagaba un pastón; pero, en ese otro al que la llevó Lidia,
no atendían para ella: si quería comer, que comiera, y si no, que lo dejara. Yo
pienso que ni siquera le controlaban lo de la diabetes. Que la mataron allí,
sobre todo, Lidia, como dice Juan; aunque yo creo, para mí, que Conchita debió
de arrepentirse al final y eso aceleró la muerte. Mira como sería, que después
de su muerte ni siquiera pusieron una esquela ni le echaron una misa, con lo
que ella iba a la iglesia: todos los días con las amigas, siempre
emperifollada. Pues ni una misa echaron. Entre Lidia y Primo la llevaron a
incinerar y al día siguiente la enterraron en la tumba con Saturnino. Como a un
perro la trataron. Ese día estaban allí Eloína y toda su familia, Lidia, Fernando,
Gersán; bueno, todos, y Dolores, la que está casada con Juaco. Tú no pareces de
este pueblo, ¿cómo no los vas a conocer? Que ella estuvo liada con José, que
tenía un bar en la plaza del Ayuntamiento. Pareces tonta, si estoy segura de
que los conoces de sobra. Bueno, a lo que iba. Que Dolores estaba en el
cementerio, porque había ido a limpiar la lápida de su hermano, el pobre murió
abrasado dentro del coche; ¿lo puedes creer? Quedó atrapado en el coche y
prendió fuego. Cuando lo sacaron era un trozo de carbón. Pueso eso, que decía
Dolores que sólo estaba la familia de Eloína, y ella, que conoce por todo lo
que tuvieron que pasar Teresa y Adamina, me llega la otra tarde y me dice que
cómo pudieron Adamina y Teresa haber hecho a Lidia lo que hicieron, acusarla de
haber matado a Conchita, que se habían portado muy mal con ella. Y encima,
después de haber marchado con toda la herencia, entierran a Conchita como a un
perro; peor todavía. Si es que eso no se hace. Y encima, ¿no va y me viene
Eloína a decirme que si quiere puede denunciar a Adamina y a Teresa por robar a
Conchita? Pues, sí, ya ves qué cara tienen. Resulta que, cuando fue Lidia a
abrir la caja fuerte de la casa, porque ya sabes que tenía la llave de la casa
y la combinación de la cerradura, se topan con que estaba vacía. ¡Qué chasco!
¡Qué bien les cayó! Un par de meses antes, en vida de Conchita, la abrió para
guardar no sé qué papeles y allí había dinero y un cofre lleno de joyas, ni
siquiera podía cerrar de lo lleno que estaba, porque Conchita, como no tenía
gastos y Saturnino tenía una buena paga, empleaba el dinero que cobraba del
Estado en comprar joyas, pero nada de baratijas, sino oro. Pues ¡zas! Iba Lidia
a echarle las zarpas ¡y no había nada! Seguro que ya se lo había llevado Primo.
Pues ahora me llega Eloína y me dice que, si quiere, puede acusar a Adamina de
robar las joyas. ¿Y de dónde iba ella a sacar la llave para entrar en el piso y
la combinación para abrir la caja fuerte? Pero mucha culpa de todo esto la
tiene Conchita, que siempre fue muy mala, ya desde pequeña. “Saturnino tiene
que estar en el cielo”, me dijo Juan una vez. “Mira que yo soy su hermano, y no
la aguanto más de dos horas seguidas; no sé cómo Saturnino la pudo aguantar
tantos años”. A mí no me extraña, porque era un calzonazos; lo traía a la
baqueta. Sin ir más lejos, poco antes de caer tan malo e ingresar en el
hospital, Conchita le reñía porque no hacía las camas o no iba a recados. “Pero
no ves que no puedo con el peso y me ahogo”. Al pobre, que tanto padecía, le
había dicho el médico que nada de esfuerzos, que la silicosis estaba muy
avanzada. Acuérdate de que a cada poco tenía que poner oxígeno porque no podía
respirar. Y esa caradura, ¡hala!: que si vete a la carnicería, que si vete al
trastero, que si mueve este mueble. Y el tontorrón de él, a obedecer, como un
imbécil. Fíjate cómo lo trataría que, cuando ya estaba para morir en la cama del
hospital, Conchita no paraba de reprocharle que la dejara sola, como si se
muriera a posta. “Tanto atender para él”, se quejaba, “y yo aquí con estos
dolores de espalda”. De dolores no se muere, pero Saturnino ya estaba en las
últimas; hasta en ese momento hacía burla de él. Además, ella siempre fue muy
quejica, así que lo de los dolores no debían de ser para tanto. Bueno, pues
eso, que Eloína y yo estuvimos charlando un tanto de todo menos de lo de
Conchita; porque, claro, a ver quién es la guapa que menta lo que hizo Lidia. Y
cuando enterraron a Conchita, ella que era tan de ir todas las tardes a la
iglesia con sus amigas, tan devota decía, ni esquelas pusieron para que nadie
se enterara, y, claro, durante el oficio, los bancos vacíos; la familia de
Eloína en los primeros bancos y algún que otro curioso repartido por los demás.
Ya te digo, como a un perro, peor, la mataron y enterraron.
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