¿Qué se puede
desenterrar de la fosa? ¿A mi abuelo? No lo creo. Allí no está mi abuelo, ni
allí ni en otra parte, por eso no merece la pena desenterrar nada. Supongamos
que exhumamos sus restos: unos jirones de ropa deshechos, tal vez alguna
pertenencia suya como un anillo, una pulsera, una moneda... y sus huesos; eso
es todo. Pero eso no es mi abuelo.
¿Jirones de
ropa? que se pudran bajo tierra; ¿para qué quiero jirones de ropa? Desde luego,
ésos no son mi abuelo, ni mucho menos. ¿Un anillo, una pulsera, una moneda...?
Lo mismo podrían pertenecer a otra persona y eso no la convertiría en mi
abuelo, de modo que tampoco esas cosas son mi abuelo. “Pero los huesos sí, ésos
sí son mi abuelo”, podría decir alguien. Pues, no; ésos tampoco son mi abuelo.
¿Acaso si sustituimos los huesos por otros de fibra de carbono o de aluminio o
de grafeno o de abramantium, dejaría entonces de ser mi abuelo; creo que no,
que seguiría siendo él, aunque le falten todos los huesos, luego ésos no son mi
abuelo.
¿Qué es,
entonces, mi abuelo? Mi abuelo son sus actos, sus palabras y sus pensamientos.
De sus actos tenemos noticias por quienes le conocieron, por los documentos en
que aparece reflejado, por los soportes audio-visuales que de él se conservan.
Mi abuelo es el que se levantaba todos los días a las cinco de la mañana para
recorrer andando ocho kilómetros antes de entrar en la mina del carbón; mi
abuelo es el que en cierta ocasión recibió una buena tunda por defender a un
niño a quien maltrataba su padre; mi abuelo es el que se negó a disparar un
solo tiro durante la guerra civil porque le parecía que aquello no estaba bien.
Todo eso, y mucho más, es mi abuelo. Sus palabras las conocemos por testimonios
de quienes le oyeron decirlas, de quienes las reflejaron por escrito o de
quienes las grabaron en algún soporte analógico o digital. Mi abuelo es el que,
cuando alguien le pedía consejo sobre inmiscuirse o no en polémicas, decía que
cada uno gobernara en su alma y no en la de los demás; o el que martilleaba con
aquella frase tan suya “no mires a otro lado, si no quieres darte de bruces
contra el suelo”, cada vez que alguien le contaba que no quería saber nada de
lo que ocurría alrededor; o el que, cuando su vecina retrasada mental le
saludaba por la mañana con un “holita mismo, don Remigio”, contestaba de forma
impepinable “Dios te tiene en un pedestal, Rosita, de tanto como te quiere”.
Todo eso, y mucho más, es mi abuelo.
En cuanto a
sus pensamientos, sólo él sabrá cuáles son, porque nadie puede asegurar que los
haya oreado al viento. Ellos conforman su verdadera personalidad, mi verdadero
abuelo; lo anterior, las acciones y las palabras, sólo le dieron forma de cara
a los demás: nos hemos formado una idea suya a través de lo que hacía y de lo
que decía, pero mi verdadero abuelo sólo él mismo lo conocía, y no tiene por
qué ser el mismo que los demás veían. Casi nadie actúa según sus palabras, de
donde se deduce que casi nadie dice lo que piensa; luego, pensar, hablar y
actuar no suelen corresponderse; por eso existían dos abuelos: el verdadero, el
íntimo, el único, el desconocido; y el exterior, el que asomaba al mundo, el
conocido por todos. Los dos pueden ser ciertos, no excluyentes, pero sólo el
primero es mi abuelo.
Así pues, ¿qué
me importan a mí unos huesos, unos jirones de ropa o unas posesiones? Nada de
eso es mi abuelo, nada de eso lo describe, de nada sirven esas cosas, salvo
para que algunos se lleven unas monedas extras a costa del sentimentalismo de
los más débiles, de los frustados, de quienes aún no han superado la pérdida de
un ser querido. Mi abuelo, en cambio, vive en mis pensamientos; lo otro, los
huesos, la ropa y los anillos, no son él, no le representan, son nada.
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