LA DESPEDIDA
Ella fingía
dormir, con los párpados lo suficientemente despegados para observarlo. No quería
ser descubierta, pero la congoja, como una bola de sebo ardiente que le subía
desde las entrañas, penetraba en el interior de la garganta y se abotaba detrás
de los ojos, empujaba la ardiente agua a salir. Él le echaba alguna que otra
furtiva mirada mientras se vestía, sospechando que fingía, pues su respiración,
aquel movimiento contenido del pecho, eso indicaba, y, ya al final, vio cómo de
sus ojos se desprendían sendos reguerillos lacrimosos; pero no hizo nada,
simuló no enterarse de ello y, tras agacharse para besarle los labios, murmuró
un “te quiero” quedo y triste para, acto seguido, abandonar la estancia.
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