miércoles, 5 de enero de 2022

La profecía del adivino

 

El rey mesó su larga barba largo tiempo antes de dar largas al adivino; luego, a través de la ventana observó a su hijo adolescente ejercitándose en el manejo de la espada. ¡Cuánto amor en su mirada! ¡Cuánta piedad en su corazón! Y aquel insensato agorero trayendo nubarrones sobre él y su hijo. De todos son conocidos los vaticinios en que se auguran parricidios por doquier, sobre manera en forma de regicidio; pero éste no era el caso por mucho que insistiese en ello el vidente: “un día tu hijo te habrá de quitar la vida, así está escrito en las estrellas”. ¡Qué estrellas ni qué paparruchas! ¡Ni que unas cuantas luces en el cielo pudieran predecir el futuro! ¿Acaso tenía que privar de la vida a su hijo por mor de salvar la suya propia, y todo ello porque un hechicero infausto afirma haber leído en unas luces que, de no actuar de tal forma, habría de perder corona y cabeza a un tiempo a manos de aquel regio muchacho? ¡Cuántas veces le abrazó siendo niño con aquellos bracitos blandengues que apretaban su cuello sin apenas fuerza! ¡Cuántas veces le mostró respeto y amor, obedeciendo siempre, pronto a ayudar en lo que pudiere, tendiéndole la mano y en ella su amor y respeto! ¿Y si aquel miserable pronosticador llevaba razón? ¿Qué hecho insólito podría corromper la honestidad de un hijo como el suyo? ¿Qué gusano podrido habría de viciar un corazón tan devoto y virtuoso? Aun así, ¿cómo castigar un crimen que no se ha cometido? ¿Es que el alma humana no es capaz de señalar su propio destino? Si nada puede el hombre por evitar lo que ha de venir, ¿de qué nos sirve el libre albedrío?

El rey se debate, lucha consigo mismo. Ha de tomar una decisión con urgencia. ¿Qué ser más funesto se divierte escribiendo tales oráculos en las estrellas? ¿Por qué se nos otorga el don de elegir si no luego no se nos da una elección? Pues ya sea cierta o ilusoria la profecía, que el destino disponga de nos. De este modo el monarca se tomó la advertencia de su consejero adivino. Siguió educando a su hijo como siempre había hecho, mas con el recelo de verlo aspirar al trono, midiendo sus palabras y, sobre todo, sus hechos, con quién conversa, con quién se reúne, en brazos de quién se deja caer. No acaba de creerse títere del hado, pero tampoco se atreve a negarlo por completo, de modo que ha comenzado a pasar las noches en vela y dormitar durante el día cuando buenamente puede. La salud se debilita y toda la Corte, incluido su propio hijo, se dan cuenta de ello. ¿Por qué no duermes? ¿Por qué no descansas? ¿Qué te tiene tan preocupado? El heredero ansía averiguar el motivo de aquella decrepitud que va consumiendo el cuerpo y el espíritu de su padre, mas todo lo que intenta es en vano.

Y así el tiempo fue transcurriendo: el rey envejece más y más cada día, cada hora, cada respiración; el príncipe, en cambio, se hace hombre, fortalece los músculos, amplía los conocimientos, se instruye en materias de gobierno. Sin embargo, ambos continúan unidos por lazos familiares, ni el amor paternal ni el amor filial han flaqueado con los años. ¡Qué estúpidez, pensar que moriría a manos de su hijo cuando éste le idolatra como padre, le enorgullece como soberano! Pero una cierta mañana recibe noticias de un aliado suyo, rey en otras tierras, compañero de juventud durante guerras pasadas y ya casi olvidadas: sus tierras se hayan asediadas por un ejército hostil que pretende invadir el reino y arrebatarle, cuando menos, el trono, por el cual motivo le pide acuda en su ayuda. Funestas noticias, malos augurios, sin duda. Teme acudir a la llamada de socorro con sus tropas y dejar a su hijo rigiendo el reino, pues que tal vez fuera ésa la causa por la que conocería su traición. Quizás debiera llevárselo con él, a su lado, para que adquiera experiencia en el campo de batalla y se haga aún más hombre de lo que es; claro que en ese caso los súbditos quedarían sin gobierno y los asuntos de estado podrían torcerse y a su regreso encontrar un país revuelto, inmerso en una profunda crisis. Pero ¡cómo arriesgarse a dejar a su hija ante la tentación de cumplir con su destino, ofrecerle la posibilidad de alzarse como soberano de la nación y desterrar a su propio padre! ¿Quién sabe si el adivino, cuando dijo aquello de que “un día tu hijo de habrá de quitar la vida”, no se referiría a que fuera el parrida material del hecho, sino solamente el inductor? No se puede colocar una zanahora delante del hocico del burro y esperar que éste la rechace. Estaba decidido, su hijo le seguiría en la campaña militar.

Finados que fueron los preparativos, sus tropas embarcaron en las naves de la escuadra naval, cruzarían el piélago de anchas aguas y acudirían en auxilio de su amigo. Así pues, zarpó del puerto  la escuadra con viento a favor. Juntos iban el rey y el príncipe, ambos en el mismo barco, pues que incluso el padre recelaba de que, si su hijo se viedra al frente de su propio navío, crecieran en él ínfulas de poder y, obnubilado por ellas, surgieran en su mente mil dolos con que dar muerte a su padre. Así pues, y en contra de lo que la prudencia dicta en estos casos, rey y herederos viajan juntos. Orgulloso, el patriarca va señalándole este o aquel detalle sobre el modo en que los marineros se comportan, incidiendo en las diferencias con los soldados de tierra; o bien explicándole cómo realizar las rutas marinas apuntando con el dedo en un mapa extendido sobre la mesa; o recordándole las formas en que ha de mandar, llegado el caso, sosteniendo siempre entre sus manos la balanza donde se ha de pesar la severidad de los castigos y la indulgencia de los perdones.

En fin, que cercana la noche el cielo se oscurece aún más por causa de negros nubarrones, la brisa se enfurece poco a poco y las aguas se van agitando alrededor. Sin duda, una tormenta les acecha y todos han de ponerse en alerta, dejándose aconsejar y dirigir por la más experta marinería, que de seguro se ha visto en lances parecidos en más de cien ocasiones. Pero la tormenta no amaina, los buques son zarandeados como palitos arrojados a un torrente bravío; la lluvia se ceba con los hombres atemorizados y algunos rayos amenazan con caérseles desde lo más alto del cielo. Una cuerda que se rompe, un mástil que se astilla, una bocanada de agua salada que barre la cubierta y arrastra lo que encuentra a su paso. Voces que se ahogan en el mar, las de los que caen por la borda; voces que mueren entre los estampidos de los truenos, las de los heridos a los que nadie puede auxiliar; voces que ordenan y se pierden en el vacío, voces que mueren apenas salen de la boca, voces que nadie escucha. Y entre esas voces, la del rey, a quien una ola traicionera ha empujado contra la barandilla, donde una tabla rota recibe la pierna real, cuyo cuerpo acaba precipitándose al mar fragoso, y en la caída nota que algo se le ha roto por dentro; su hijo que lo ve, que intuye una pronta muerte, arroja un barril casi vacío, pues los víveres que en él hubo una vez han sido engullidos días atrás; tras el barril se arroja él mismo, llega a duras penas hasta su padre y con esfuerzo hercúleo consigue arrastarlo hacia el barril, al cual se agarra con desesperación en tanto sujeta al amado progenitor.

Amainada la tempestad, padre e hijo recalaron en un islote de no más de cinco metros de diámetro, exhaustos por el esfuerzo, más el rey, cuya pierna herida ha dejado escapar gran cantidad de sangre y la debilidad amenaza con extinguir el ánima. Allá a lo lejos el príncipe avista una lancha, mejor acomodo para entrever alguna solución a sus vidas, y así se lo indica a su padre. Pero no hay nadie en ella y el oleaje no la acerca, sino que la aleja, de modo que deberán nadar hasta ella un largo trecho. La soberana expresión es de abandono, él no podrá alcanzarla ni aun con la ayuda de su querido hijo, pues no sólo le es inútil la pierna herida, sino que otra todavía mayor le mortifica en las entrañas, y es consciente de que la muerte no tardará en llevarse su alma. Viéndose en esa situación, no puede por menos que sonreír: no fue su hijo quien le va a arrebatar la vida, sino la desgracia de su propio destino. En nada acertó el adivino con sus alocadas profecías; ahora estaba bien seguro de que no había errado al ordenar que le cortasen la testa, por falso y por peligroso, no fuera a írsele aquella profecía de sus labios y cayera en oídos inoportunos. El rey insiste a su hijo en que se eche a la mar, nade hasta la barca y, si puede, regrese a buscarlo; mas el hijo se niega a ello por temor a que la corriente sea, como parece, tan fuerte que no pueda hacer retornar la barca y ésta, sin remos ni timones, se lo lleve mar adentro. El uno porfía en que debe abandonarle y buscar su propia salvación, que quizás algún barco haya resistido el embate del temporal y acabe por recogerlo; el otro en quedarse a su lado y afrontar juntos lo que haya de venir, sea cual fuere el final que les espera.

Conmovido se encuentra el rey por el amor y la lealtad de su hijo, mas ya no hay tiempo para holgarse en ello, ya que la corriente aleja cada vez más a la barca y pronto ni siquiera su hijo podrá alcanzarla. Una vez más suplica que le deje allí, una vez más el hijo se niega a dejarle morir solo, como un perro apaleado. Sólo cabe una solución, piensa el rey: morir prontamente para que su hijo pueda irse, mas la muerte se demora y la barca continúa separándose. “Toma mi daga”, dice al fin, “y arrebátame tú mismo la vida, de manera que, una vez muerto, quedes libre de irte”. El hijo no da crédito a lo que oye, pero su padre le convence de que nada puede ya alargarle la vida más de lo necesario y hay que preocuparse del reino, de futuros herederos, de que la estirpe prosiga su caminar a través de los siglos. Sólo él, el príncipe heredero, podrá realizar dicha labor, y para ello tendrá que ayyudarle a morir. Así pues, con los ojos llorosos y el espíritu lacerado, el hijo clavó la daga en el corazón del padre, tal como estaba escrito en las estrellas.

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